Una renta básica garantizada podría ser la mejor medicina

Philip Berger

Lisa Simon

27/11/2015

 

194 médicos han firmado una carta enviada hoy [17 de agosto de 2015. Nota de la Redacción] al ministro de Sanidad de Ontario, en la que le solicitan que lidere su propuesta de establecer una renta básica garantizada en la provincia.

La misiva es un reflejo de los problemas de salud derivados de las rentas precarias, que observan día a día estos médicos. El único tratamiento posible es una renta digna y estable.

 

La semana pasada, una mujer de 22 años de la zona rural de Ontario, portadora del VIH, acudió a su clínica de urgencias aquejada de un dolor dental agudo. En el transcurso de la cita, la mujer se retorcía de dolor y hacía muecas, inclinando la cabeza hacia abajo. Residía en un centro de acogida y percibía asistencia del programa Ontario Works, cuya cuota máxima de ayuda económica es de 656 dólares americanos (USD) al mes. La mujer había recibido asesoramiento en una clínica dental de asistencia gratuita, pero su estado era tan avanzado que requería un tratamiento especializado del que dicha clínica no disponía. El dolor era tan grave que ni siquiera podía comer.

El programa Ontario Works no cubre el tipo de reparación dental que la mujer necesitaba. Del centro clínico la devolvieron a casa con una receta de analgésicos bajo el brazo. Si hubiera contado con una ayuda a la renta adecuada, habría podido efectuar un prepago y cancelar las facturas mensuales de la clínica. De este modo, podría haber vuelto a comer. Sin embargo, lo único que hicieron fue recetarle píldoras, cuando lo que en realidad necesitaba era una renta para poder permitirse los servicios dentales.

También a nivel comunitario la pobreza tiene impactos profundos y prolongados; algunos son visibles, y otros no. En el condado de Simcoe, Ontario, donde trabaja un miembro de nuestro equipo, hemos podido analizar dichos impactos. Allí, una de cada cuatro familias monoparentales experimenta inseguridad alimentaria moderada o severa durante algún periodo del año, todos los años. Una familia de cada cuatro que recibe asistencia del programa Ontario Works destina el 93 % de sus ingresos netos únicamente al pago del alquiler y la compra de alimentos básicos, dejando apenas margen para otros gastos también necesarios.

Además, hemos observado repercusiones graves en la salud de la población: los que viven dentro del 20 % de los barrios con renta menor tienen una tasa de mortalidad por causas prevenibles un 50 % superior a la de los que viven en el 20 % con renta mayor. La percepción individual sobre la salud mental y física es también notablemente peor entre los individuos que viven en los barrios de rentas bajas.

Nada de esto resulta sorprendente, dadas las terribles secuelas que la renta tiene sobre la salud a cualquier edad, secuelas que han sido demostradas tras décadas de investigación. Por ejemplo, la comunidad médica ya acepta que la experiencia de pobreza durante los primeros años de infancia puede conducir a lo que se denomina «estrés tóxico», el cual tiene graves consecuencias sobre la salud física y mental desde la infancia hasta la edad adulta.

Y aquí es donde entra en escena esta (BIG, gran) idea, la renta básica garantizada (BIG, según sus siglas en inglés). Tal y como la define la red Basic Income Canada Network (BICN), la renta básica es una garantía de que todo ciudadano percibe ingresos suficientes para satisfacer sus necesidades básicas y poder vivir con dignidad, independientemente de su situación laboral. Este tipo de renta también propicia que todos se integren en la sociedad participando de ella, y disminuye las desigualdades más acentuadas en las rentas.

La renta básica es un concepto analizado y debatido desde hace décadas, del cual han derivado distintos proyectos piloto en los Estados Unidos, Canadá y otros países. La ciudad holandesa de Utrech se ha embarcado recientemente en un proyecto de prueba. El experimento canadiense Mincome fue un alentador proyecto piloto dirigido a adultos en edad de trabajar, llevado a cabo conjuntamente por el gobierno federal y el de Manitoba en los años 70, y cuyos resultados pusieron de manifiesto una mejora en la salud y un incremento en el número de alumnos que finaliza la enseñanza secundaria. La renta básica presenta similitudes con las rentas garantizadas que actualmente ofrece Canadá a las personas mayores y a los niños, las cuales han aportado mejoras sociales y en la salud de dichos grupos etarios.

Además de proporcionar una política de respuesta efectiva frente a la pobreza y la desigualdad, la renta básica garantizada supondría un elemento clave de ayuda social para combatir el empleo precarizado que prolifera actualmente en Canadá. Dada la tendencia a la escasez en oportunidades de trabajo seguro y permanente con prestaciones y salarios dignos, la renta básica garantizada contribuiría a amortiguar los efectos del empleo precario, pues ofrecería protección a aquellos que se precipitan hacia la pobreza en los tiempos más difíciles.

Últimamente se ha producido una oleada de apoyo a la renta básica garantizada por parte de distintas autoridades sanitarias, organizaciones médicas y sociales, así como de un creciente número de grupos ciudadanos de base. También se han observado cada vez más expresiones de apoyo por parte de los políticos de Canadá a nivel tanto municipal, provincial como federal, como es el caso de los alcaldes de Calgary, Edmonton y Charlottetown, el primer ministro de la Isla del Príncipe Eduardo, así como el de las resoluciones aprobadas por el partido liberal y el de los verdes de Canadá.

Esta semana hemos puesto la mirada en la dirección del ministro Hoskins a nivel provincial en esta política tan crucial, a la espera de que ponga en marcha el programa de prueba o el proyecto de demostración correspondiente. Ontario, del mismo modo que otras provincias de Canadá, tiene un largo historial de tentativas y experimentos con otros métodos para abordar la pobreza, que simplemente no han producido el impacto necesario. Está, por tanto, completamente justificado, y además sabemos que este es viable, probar con un método distinto para lograr las prestaciones sociales y sanitarias a las que todo el mundo tiene derecho.  Quizás ahora sea el momento.

es director del programa de salud Inner City Health Program en el hospital St. Michael. También es profesor asociado en el departamento de medicina familiar en la Universidad de Toronto. Ha contribuido a fundar organizaciones sanitarias vinculadas con la lucha por los derechos humanos gracias a su trabajo con las víctimas de la tortura, personas con VIH y refugiados, y ha participado en campañas de lucha contra la pobreza y ayuda a los drogadictos. En 2013 se incorporó a la Academia Canadiense de Ciencias de la Salud.
es funcionaria de sanidad en el centro de salud Simcoe Muskoka, donde trabaja en las áreas de enfermedades crónicas y prevención de daños, salud materna e infantil, y determinantes sociales de la salud. Obtuvo su titulación de medicina en la Universidad de Calgary y realizó la residencia en el área de sanidad pública y medicina preventiva, así como de medicina familiar, en la Universidad McMaster.
Fuente:
http://www.thinkupstream.net/big_medicine
Traducción:
Vicente Abella