Viejos dioses, nuevos enigmas

Mike Davis

08/05/2018

Mientras que la globalización, el hundimiento de los sindicatos y la automatización rehacen el mundo del trabajo, dejando a las generaciones presentes y futuras subsistiendo con un empleo contingente e informal, ¿podemos seguir manteniendo la idea de que la clase trabajadora es el principal agente de cambio radical? ¿Existe todavía una «fuerza histórica» (como la describió Eric Hobsbawn en 1995) que apoye al proyecto socialista? Con pocas excepciones, los marxistas han llegado tarde a este debate existencial, muchas veces armados con poco más que eslóganes filosóficos. Este artículo defiende que, para afrontar el asunto, necesitamos especificar un punto de referencia: es decir, un entendimiento completo de cómo funcionaba la agencia proletaria durante la era del socialismo clásico. Con un comienzo a través de las pocas pistas que dejaron Marx y sus sucesores, pasando por Rosa Luxemburgo, este artículo esboza una teoría de la formación de clases y de la hegemonía socialista con las ideas actuales de la clase trabajadora. La tesis principal es que el principio de «agencia», en última instancia, está condicionado por el desarrollo de las fuerzas productivas, pero es activado por la convergencia (o «sobredeterminaciones») de los conflictos políticos, económicos y culturales. Incluso en la era clásica del socialismo, el poder de los trabajadores no residía exclusivamente en los centros de producción de las grandes fábricas: los movimientos urbanos y las campañas de solidaridad internacional fueron también cruciales para la conciencia de clase, y quizás tenga una relevancia inmediata para este mundo nuevo, feliz pero sin trabajo.

En una corta entrevista hecha en 1995 tras la publicación de La edad de los extremos, le preguntaron a Eric Hobsbawn sobre la futura aceptación de las ideas socialistas. Él respondió que dependía de si todavía seguía existiendo «una fuerza histórica» que apoyase el proyecto socialista. «Me parece que la fuerza histórica no ha descansado particularmente en las ideas sino en una situación material particular… el mayor problema de la Izquierda es el de la agencia». Al respecto de la disminución de los ratios de capital variable en la producción moderna (y por tanto del peso social de la industria proletaria), ya dijo:

Podríamos encontrarnos en un patrón diferente de sociedad, como aquel previo a la sociedad capitalista, en el cual la mayoría de la gente no eran trabajadores asalariados. Serán algo más, y eso incluye a los países del tercer mundo y a aquellos que operan en el área gris de la economía informal, que no pueden ser clasificados como trabajadores asalariados o de otra manera. Ahora, ante esas circunstancias, la pregunta es clara: ¿Cómo puede movilizarse este conjunto de trabajadores para conseguir los objetivos que todavía siguen ahí y que incluso son, en su propia manera, más urgentes?[1]

El declive de la clase trabajadora económica tradicional y su poder político (que ahora incluye a los BRICS como Brasil y Sudáfrica) ha marcado una época. [2] Tanto en Europa como en Estados Unidos, la erosión del empleo industrial a través del arbitraje, la subcontratación internacional y la automación ha ido de la mano con el aumento de la precariedad en el sector servicios, la industrialización digital de los trabajos de oficina y el estancamiento del empleo público sindicado. El nuevo darwinismo social, si bien exacerba el resentimiento de la clase trabajadora contra las nuevas élites y los ricos tecnológicos, también han reducido y contaminado las culturas tradicionales basadas en la solidaridad, aumentando los movimientos anti-inmigración de la nueva derecha. [3] Incluso si el huracán del neoliberalismo llegara a pasar (y no hay muchos indicios de que esto vaya a ser así) parece amenazar los últimos vestigios de seguridad en los propios núcleos de la economía: la automación de la producción y de la gestión rutinaria y también los expertos en investigación científica. [4]

Por supuesto, Hobsbawn no incluyó la producción global del Este asiático y el crecimiento exponencial de la clase trabajadora industrial china a lo largo de la última generación. Pero el reemplazo del capital humano por una generación futura con sistemas y máquinas de inteligencia artificial no eximirá al Este Asiático. Foxconn, el productor más grande del mundo, está sustituyendo a los trabajadores de la cadena de montaje de su gigante complejo de Shenzhen y otros lugares con un millón de robots: porque estos no se suicidan por desesperación y a causa de las condiciones de trabajo.[5] En gran parte del sur global, mientras tanto, las tendencias estructurales que vienen desde 1980 han acabado con las ideas tradicionales de las «fases del crecimiento económico», ya  que la urbanización ya no es sinónimo de crecimiento económico al igual que el trabajo asalariado ya no es sinónimo de subsistencia.[6] Incluso en países que recientemente han tenido un buen crecimiento del PIB, como India y Nigeria, han visto cómo la pobreza y el desempleo se han reproducido en lugar de reducirse, motivo por el cual el crecimiento con desempleo se ha unido a la desigualdad de salarios como principal prioridad en la agenda del Foro Económico Mundial de 2015.[7] Mientras tanto, la pobreza rural en el mundo (y especialmente en África) ha sufrido una rápida urbanización (aunque quizás «almacenización» es un mejor término), ofreciendo pocas perspectivas para que los migrantes sean reincorporados a las relaciones modernas de producción. Su destino serán los escuálidos campos de refugiados y las barriadas periféricas llenas de desempleados, donde sus niños podrán soñar en convertirse en prostitutas o terroristas de coches bomba.

La suma de estas transformaciones, tanto en regiones ricas como pobres, no tiene precedentes en esta crisis de proletarización; o si lo prefieren, la «subsunción real» del trabajo, repleto de sujetos cuya conciencia y capacidad para efectuar cambios sigue siendo un enigma. Neilson y Stubbs, mediante la terminología del capítulo 25 de El Capital, arguyen que «el desarrollo desigual de las contradicciones en el mercado de trabajo capitalista a largo plazo está generando un relativo número de población excedente, distribuida de manera y cantidad desiguales por los países del mundo. De hecho, esa población es más grande que los trabajadores en activo y se prevé su crecimiento a medio y largo plazo.[8] Ya sea como un contingente o como una fuerza de trabajo individual, como micro-empresarios o como criminales subsistentes o incluso como desempleados permanentes, el destino de esta «humanidad sobrante» se ha convertido en el problema central para el marxismo del siglo XXI. En este sentido, Oliver Schwartz se pregunta: ¿Podemos definir todavía la idea de las «clases populares» a través de las viejas concepciones de un sentimiento común y un destino compartido?[9] El socialismo, tal y como advirtió Hobsbawm, tendrá un futuro muy corto a menos que una gran parte de esta clase trabajadora informal encuentre fuentes de fortaleza colectiva, niveles de poder y plataformas para participar en una lucha de clases internacional.

Sería un gran error, sin embargo, concluir como los post-marxistas diciendo que el punto de inicio para ese teórico renacer tiene que ser un funeral para las «viejas clases trabajadoras», la cual, francamente, ha sido degradada en su agencia, no eliminada de la historia. Los maquinistas, las enfermeras, los conductores de camiones y los profesores de escuela se mantienen como la base social organizada que defiende el legado histórico del trabajo en Europa Occidental, América del Norte y Japón. Los sindicatos, a pesar de haberse debilitado o disuelto, continúan articulando un modo de vida «basado en un sentido coherente de la dignidad hacia los otros y hacia su lugar en el mundo».[10] Pero el número de trabajadores tradicionales y sus sindicatos no está creciendo y la mayoría de las incorporaciones a la fuerza de trabajo global suele darse sin salario o sin trabajo. Tal y como decía Christian Marazzi hace poco, ya no es fácil hablar de la «composición de clases» para «analizar una situación en la que los sujetos están fragmentados entre el mundo del trabajo y el del desempleo». [11]

A través de un alto nivel de abstracción, la actual fase de la globalización se define por una trilogía de economías ideales: la superindustrial (del Este Asiático costero), la financiera-terciaria (el Atlántico Norte) y la hiper urbanizada-extractiva (África Occidental). El «crecimiento sin empleo» es muy incipiente en la primera economía, un problema crónico en la segunda y uno absoluto en la tercera. Podríamos añadir un cuarto tipo de sociedad ideal en proceso de desintegración, cuya tendencia se basa en la exportación de refugiados y de trabajo migrante. En cualquier caso, no podemos confiar en la idea de una sociedad o clase única y paradigmática a la hora de realizar críticas al desarrollo histórico. Hemos coronado de manera imprudente abstracciones como «la multitud», y al convertirla en sujeto histórico solo hemos dramatizado la pobreza de la investigación empírica. El marxismo contemporáneo tiene que ser capaz de analizar el futuro desde las distintas perspectivas: desde Shenzhen, Los Ángeles y Lagos si quiere resolver el puzzle de cómo agrupar categorías sociales heterodoxas a la hora de formar una resistencia contra el capitalismo.

La descripción de las tareas del proletariado

Hasta las tareas más sencillas son desalentadoras. Una nueva teoría de la revolución, para empezar, toma de referencia la antigua y empieza clarificando la «agencia del proletariado» bajo el pensamiento socialista clásico. Para resumir la visión general, Ellen Wood defina la agencia como «la posesión de poder estratégico y la capacidad para la acción colectiva, basada en las condiciones específicas de la vida material». Pero no hay un texto canónico que exponga el punto de vista maduro de Marx y que vincule la capacidad de clase con las categorías de El capital.[12] Tal y como se lamenta Lukács:

El trabajo principal de Marx se rompe justo cuando está a punto de embarcarse en la definición de clase [capítulo 52 de El Capital]. Esta omisión tendría graves consecuencias tanto para la teoría como para la práctica del proletariado. Pues en este punto vital, el movimiento posterior se vio obligado a basarse en interpretaciones, en la compilación de enunciados ocasionales de Marx y Engels y en la extrapolación y aplicación independiente de su método.[13]

Desde que Lukács intentó rectificar esta «omisión» en Historia y Conciencia de Clase (1923), se han recuperado, interpretado y debatido un tesoro de manuscritos y obras inéditas de Marx, pero el itinerario de los macro-conceptos clave (clase, agencia histórica, el estado, los modos de producción, etc.) tienen que ser extraídos con cuidado de tres fuentes diferentes: declaraciones filosóficas explícitas, principalmente de antes de 1850; las conclusiones político-estratégicas extraídas de análisis parcialmente empíricos; y fragmentos o alusiones de los Grundrisse, los Manuscritos Económicos de 1861-63 y de El Capital que extienden o modifican ideas anteriores.

Pero tal reconstrucción a partir de fuentes fragmentarias, sin importar cuán fieles sean, no debe malinterpretarse como el «verdadero Marx». Es simplemente un posible Marx. Marcello Musto ha argumentado que el fracaso de Marx para actualizar y sistematizar sus ideas no fue solo el resultado de la enfermedad y la constante revisión de El Capital, sino un resultado inevitable de «su aversión intrínseca» a la esquematización. Su «pasión inextinguible por el conocimiento, no alterada por el paso de los años, lo lleva una y otra vez a nuevos estudios; y, finalmente, la conciencia que alcanzó en sus últimos años a raíz de lo difícil que fue confinar la complejidad de la historia dentro de un proyecto teórico; tales hechos hicieron que la inconclusión fuera su fiel compañera».[14]

Teniendo esto en cuenta, el presente ensayo no pretende ser un ejercicio riguroso en marxología; más bien, hago un amplio uso de la extrapolación Lukácsiana para sugerir una sociología histórica congruente con el tipo ideal de una clase obrera revolucionaria en las eras de la Primera y la Segunda Internacional.[15]  Sintetizo diversas afirmaciones sobre el papel revolucionario de la clase obrera fabril que fueron hechas por Marx, Engels, sus sucesores en la Segunda Internacional y la escuela de Lukács, o que podrían hacerse a la luz de nuestra comprensión actual de la historia del movimiento obrero del siglo XIX y comienzos del XX. El resultado, ilustrado con varios ejemplos, es una defensa incondicional de la clase trabajadora tradicional como el sepulturero del capitalismo. Imagine, por así decirlo, que el Espíritu del mundo solicita al proletariado un resumen de sus cualificaciones para el puesto de Emancipador Universal.[16]

Tal enumeración de las capacidades atribuidas, comenzando con la capacidad de los trabajadores para hacerse conscientes de sí mismos como clase, es una construcción (en forma de lista con propósitos comparativos) que no tiene pretensión de cierre empírico o coherencia teórica. Sin embargo, asume con Marx que la suma de estas capacidades supone un potencial real para la autoemancipación y la revolución. Varios descargos de responsabilidad son necesarios. Al centrarme en los recursos para la auto organización y la acción, así como los intereses que los movilizan y las tareas históricas que los demandan, evito los debates filosóficos sobre ontología y conciencia social, así como las recientes controversias sobre agencia y estructura entre teóricos e historiadores sociales ( tal y como menciona Alex Callinicos tan acertadamente en Making History.)[17]

El primero es cómo las clases, a través de conflictos estructuralmente definidos por regímenes de acumulación, en realidad se hacen y se influyen mutuamente en sus capacidades relativas y autoconciencia. Un ejemplo célebre es el décimo capítulo de El Capital, donde Marx relata cómo la victoria de los trabajadores ingleses a la hora de conseguir la legislación de una jornada laboral de diez horas fue contrarrestada rápidamente por la inversión de sus empleadores en una nueva generación de máquinas que aumentó la intensidad del trabajo. (El texto teórico principal del obrerismo  italiano, Operai e Capitale de Mario Tronti [1966] desarrolló a partir de este ejemplo una teoría radical de la lucha entre el capital y el trabajo como una dialéctica de «composición y recomposición de clase»).[18]

La segunda dimensión es el camino desigual y con crisis de la acumulación de capital en el tiempo: la cambiante topografía económica de la lucha de clases. Marx vio en la espiral del ciclo económico la apertura y el cierre periódicos de oportunidades para el avance proletario: por ejemplo, el auge de la década de 1850 apaciguó el conflicto laboral en Gran Bretaña, mientras que la depresión de la década de 1870 volvió a despertar la lucha de clases a escala internacional.[19] El Capital dio a las «condiciones objetivas» un significado nuevo y más poderoso como teoría de la crisis. (Sin embargo, hasta la época de Lenin, los marxistas no intentarían teorizar sobre la guerra como una causa de cambio estructural comparable o incluso más importante). [20]

En tercer lugar, la capacidad, según la entiendo yo, es un potencial que se puede desarrollar de actividad consciente y consecuente, no una disposición que surge automática e inevitablemente de las condiciones sociales. Ni en el caso del proletariado es la capacidad sinónimo de atributo, como el poder de contratar y despedir que tiene un capitalista por el simple hecho de poseer los medios de producción. Las condiciones que confieren capacidad, además, pueden ser estructurales o coyunturales. Las primeras surgen de la posición del proletariado en el modo de producción: por ejemplo, la posibilidad de organizar huelgas masivas que cierren la producción en ciudades, industrias e incluso naciones enteras. El segundo es históricamente específico y, en última instancia, transitorio: como, por ejemplo, el mantenimiento obstinado del control informal sobre el proceso de trabajo por parte de los trabajadores de la ingeniería y los constructores navales de finales de la era victoriana. La capacidad coyuntural también puede denotar la intersección de historias no sincronizadas, como la persistencia del absolutismo en el período medio de la industrialización, que condujo a Europa a la potente coincidencia de luchas internas y conflictos industriales, (no fue el caso en los Estados Unidos y en otros países de asentamiento blancos).

A pesar de que «las estructuras facultan a los agentes de manera diferente», uno está casi tentado de aplicar la Segunda Ley de Newton a la historia, ya que las condiciones estructurales producen tendencias y contra-tendencias al mismo tiempo. «La forma de la fábrica», por ejemplo, «encarna y, por lo tanto, enseña nociones capitalistas de relaciones de propiedad. Pero, como señala Marx, también puede enseñar el carácter necesariamente social y colectivo de la producción y socavar así la noción capitalista de la propiedad privada».[21] Del mismo modo, en El Capital, la composición orgánica creciente (intensidad de capital) de la producción es contrapesada de manera indeterminada en términos de valor por el abaratamiento de los bienes de capital. De manera similar, los recursos se pueden implementar para fines alternativos, incluso opuestos. La sed de conocimiento técnico y científico, por ejemplo, es una presuposición para el control obrero de la producción, pero también sirve a las ambiciones de una aristocracia del trabajo que espera algún día convertirse en gerentes o propietarios. La sociedad civil proletaria auto organizada, del mismo modo, puede reforzar la identidad de clase, ya sea en un sentido subordinado, corporativista, como una subcultura que orbite alrededor de las instituciones burguesas, o en un sentido hegemónico, anticipatorio, como una contracultura antagónica.

Finalmente, el «proletariado clásico» se define como las clases trabajadoras europeas y norteamericanas de la Segunda Revolución Industrial, de 1848 a 1921. Los puntos de referencia fundamentales comienzan con la insurrección socialista de junio de 1848 en París (el comienzo) y la llamada Acción de Marzo de 1921 en Sajonia (el final). El primero abrió la era de la revolución posburguesa; el segundo cerró la Revolución Europea de 1917-1921. Con la revolución alemana derrotada, el marxismo de la Comintern se volvió hacia unos sujetos históricos: los movimientos anticoloniales, los casi-proletarios, los campesinos, los desempleados, los musulmanes, incluso los granjeros estadounidenses, no incluidos dentro de la perspectiva teórica original de Marx y Engels.[22]

      

Cadenas y necesidades

1

El proletariado moderno, en palabras de la Introducción de 1843, lleva «cadenas radicales». Su emancipación requiere la abolición de la propiedad privada y la eventual desaparición de las clases.

En contraste con el artesano obsoleto, el campesino pobre, o incluso el esclavo, el trabajador industrial no mira hacia atrás con nostalgia jeffersoniana o proudhoniana soñando una restauración utópica de la pequeña producción, la economía natural y la competencia igualitaria. «El instinto humano de control de uno mismo y su entorno inmediato, que para las clases anteriores significaba esencialmente un impulso hacia el perfeccionamiento del control privado de los medios de subsistencia personal y la creación de riqueza, para el proletariado se convierte en un deseo de control colectivo y de la propiedad de la medios de producción.»[23] Acepta que la masacre de pequeñas propiedades por el capital es irreversible y que la democracia económica debe construirse a partir de la abolición del sistema salarial, más que de la industria a gran escala per se. Solo el proletariado, de todos los productores subalternos y explotados, carece de ningún interés residual en la preservación de la propiedad privada de los medios de producción o la reproducción de la desigualdad económica.

Sin embargo, es esencial distinguir entre las cadenas del «proletariado filosófico» de Marx en los escritos de 1843-1845 y las que más tarde encadenaron a los trabajadores en el Volumen Uno de El Capital.[24] Los primeros estaban definidos por la indigencia absoluta, la explotación y la exclusión: «una clase de la sociedad civil que no es una clase de la sociedad civil, un estado que es la disolución de todos los estados, una esfera que tiene un carácter universal por su sufrimiento universal.» Su existencia, según el joven Marx, no era solo una «negación» de la humanidad, sino una condición cuya propia negación requiere una «revolución radical», el derrocamiento del «orden mundial hasta ahora existente». [25]

En El Capital, por otro lado, la posición estructural se vuelve tan importante como la condición existencial para definir la esencia del proletariado. Marx demuestra que la pobreza de los proletarios, aunque es menos extrema que la del campo hambriento, es de naturaleza más radical ya que surge de su papel como productores de una riqueza sin precedentes. En Gran Bretaña, la Revolución Industrial había creado una sociedad "en la que la pobreza se engendraba de forma tan abundante como la riqueza", mientras que en Alemania el proletariado emergente «no era un pobre natural, sino artificialmente empobrecido».[26] Si la pobreza, como afirmó André Gorz, es la «base natural» de la lucha por el socialismo, es esta «pobreza antinatural», que crece al compás de los poderes productivos del trabajo colectivo.[27]

Marx también hace una distinción crucial entre la fuerza de trabajo socializada en la fábrica y el trabajo general. Las «relaciones formales de producción» (trabajo asalariado y capital) que surgen de la expropiación de los pequeños productores por parte del capital agrícola y mercantil conforman los amplios límites de una clase trabajadora sin propiedad. Además, el «sistema de salarios», nos recuerda David Montgomery, «históricamente no ha ido de la mano de la sociedad industrial».[28]  En la Gran Bretaña de mediados de la época victoriana, por ejemplo, los sirvientes domésticos formaban el grupo más numeroso dentro de la población asalariada y el trabajo manual continuaba floreciendo junto con el sistema fabril. La Gran Exposición de 1851 glorificó la era del poder del vapor, pero los trescientos mil paneles de cristal que cubrían el Palacio de Cristal se soplaron a mano. [29]

En contraste, las relaciones socio-técnicas de producción distinguen al proletariado de fábrica, el núcleo colectivizado de la clase trabajadora moderna, según Marx.[30] Para que el movimiento obrero adquiera una forma universal, incluyendo todas las variedades de trabajo asalariado, debe acumular poder, primero y sobre todo, en los sectores industriales más modernos: textiles, hierro y acero, carbón, construcción naval, ferrocarriles, etc. en. Solo ellos, en las palabras del Manifiesto, poseen «iniciativa histórica». [31]

2

La condición básica para el proyecto proletario es el reino de la libertad inmanente en la misma economía industrial avanzada. Para alcanzar el objetivo principal del socialismo (la transformación del trabajo excedente en tiempo libre distribuido por igual) las cadenas deben traducirse en necesidades.

Las revoluciones de los pobres en los países atrasados ​​pueden alcanzar las estrellas, pero solo el proletariado en los países avanzados puede conquistar el futuro. La integración de la ciencia en la producción, impulsada tanto por la competencia intercapitalista como por la militancia de la clase trabajadora, reduce la necesidad (si no la realidad) del trabajo alienado. Ya en La miseria de la filosofía (1847) Marx había argumentado que «la organización de los elementos revolucionarios como clase supone la existencia de todas las fuerzas productivas que pueden engendrarse en el seno de la vieja sociedad».[32] Una década más tarde, en los Grundrisse, predijo que «en la medida en que la gran industria se desarrolla, la creación de riqueza real dependerá menos del tiempo de trabajo y de la cantidad de trabajo empleado» que del «estado general de la ciencia y del progreso de la tecnología o la aplicación de esta ciencia a la producción.» En este punto « el trabajo excedente de la masa ha dejado de ser la condición para el desarrollo de la riqueza general, al igual que el no trabajo de unos pocos, para el desarrollo de los poderes generales de la cabeza humana». Entonces será tanto materialmente posible como históricamente necesario para los propios trabajadores apropiarse de su trabajo excedente como tiempo libre para «el desarrollo de los individuos a nivel artístico, científico, etc […] la medida de la riqueza ya no será, de ninguna manera, el tiempo de trabajo, sino más bien el tiempo disponible».[33]

Pero tal apropiación nunca puede ocurrir si el objetivo se enmarca simplemente como justicia redistributiva, igualdad de ingresos o prosperidad compartida.[34] Estas son condiciones previas para el socialismo, no su sustancia. El nuevo mundo, más bien, se definiría por la satisfacción de las «necesidades básicas» generadas por la lucha por el socialismo mismo e incompatibles con la alienación de la sociedad capitalista. «Incluyen la necesidad de la comunidad, de las relaciones humanas, del trabajo como fin (el principal deseo de la vida), de la universalidad, del tiempo libre y de la actividad libre, y del desarrollo de la personalidad. Son necesidades cualitativas, en contraste con las necesidades de productos materiales, que disminuyen relativamente en una sociedad de productores asociados (a medida que desaparece la necesidad de “poseer”).»[35] No es el desarrollo del consumo o la «influencia» capitalista la que crea necesidades radicales de tiempo libre y trabajo liberado, sino más bien los contravalores y sueños encarnados en los movimientos de masas radicales. Para echar raíces en la vida diaria, tales necesidades deben ser prefiguradas, sobre todo en las actitudes socialistas hacia la amistad, la sexualidad, los roles de género, la violencia contra las mujeres, el nacionalismo, el fanatismo racial y étnico y el cuidado de los niños. La bien conocida aversión de Marx y Engels a los planes utópicos y las especulaciones futuristas demostraron su disciplina científica, pero no pretendían excluir la imaginación socialista, y mucho menos desalentar la profusión de instituciones alternativas, desde universidades obreras hasta cooperativas de consumidores, clubes de excursionistas y clínicas psicoanalíticas gratuitas, a través de las cuales el movimiento obrero abordaría las necesidades existentes y prevería otras nuevas.[36]

3

El proletariado tiene un interés fundamental en el desarrollo de las fuerzas productivas en la medida en que esto equivale a menos trabajo, más tiempo libre y seguridad económica garantizada. Pero un ciclo virtuoso de desalienación y un creciente nivel de vida cualitativo asume una base material de abundancia; en una situación de escasez transitoria, la violencia estructural seguiría siendo inherente a las relaciones económicas. Por eso Marx llamó a la etapa entre el capitalismo y el socialismo la «dictadura del proletariado».

Sobre los fundamentos de la tecnología moderna y en una unión de países avanzados, un gobierno de los trabajadores podría sostener el crecimiento económico al mismo tiempo que realiza mejoras sustanciales en la calidad de vida, sobre todo la reducción de la jornada laboral. Dado que los propios trabajadores participarían en la toma de decisiones tanto a pequeña como a gran escala sobre la inversión, los objetivos de producción y la intensidad del trabajo, habría una amplia motivación para continuar la innovación tecnológica, convirtiendo a las máquinas en esclavas de los trabajadores y no a la inversa.[37]

¿A qué nivel de desarrollo económico estaría una sociedad madura para el socialismo? En 1870, a pesar del impresionante progreso industrial en América del Norte, Alemania y Francia, Marx juzgó que solo Inglaterra tenía «las condiciones materiales para la destrucción del latifundio y el capitalismo».[38] Sin embargo, al mismo tiempo, continuó concibiendo la revolución como un proceso global o al menos multinacional. Lenin, en todo caso, fue aún más enfático sobre el carácter necesariamente «europeo» de una victoria socialista, con la revolución alemana como el sine qua non de su posibilidad. Tan solo después de su muerte a principios de 1924, coincidiendo con el Plan Dawes que estabilizó la República burguesa de Weimar, los bolcheviques se vieron obligados a enfrentar su futuro sin el deus ex machina de una revolución en Occidente.

Como Lenin y otros, partidarios y oponentes, ya habían previsto, un gobierno de los trabajadores en un país atrasado con una gran población rural, agricultura no mecanizada y exportaciones de bajo valor se enfrentaría a enormes dificultades para generar inversión industrial nacional, especialmente dirigida a infraestructura y capital fijo, sin obligar al campo a diezmar la mayor parte de su excedente a los sectores modernos. En otras palabras, antes de que pudiera convertirse en un emancipador general, la clase trabajadora, una pequeña minoría aunque bien organizada en tales sociedades, tendría que actuar en lugar de la burguesía como confiscador colectivo o explotador. Esto implicaría el peligro equivalente de una huelga general rural, ya que los campesinos más ricos, los productores más eficientes, perderían cualquier incentivo para mantener la producción y comenzarían a acumular alimentos para la venta en el mercado negro, exactamente lo que sucedió durante la Guerra Civil y nuevamente al final de la Nueva Política Económica (NEP). En respuesta, el Estado tendría que ceder (estrategia «derechista» de Bujarin) o recurrir a la coacción pura (la política de Lenin en 1918-19 y la de Stalin desde fines de la década de 1920).

«La acumulación socialista primitiva», como la llamó Yevgeni Preobrazhensky en 1925, era a la vez una necesidad y una tragedia para el gobierno proletario en una economía atrasada. Pero estrategias alternativas como la NEP corrían el riesgo de rehabilitar las relaciones de propiedad capitalistas y, como muchos argumentaron, una burguesía rural que corría el riesgo de romper la «alianza entre la ciudad y campo».[39] La única forma de cortar este nudo gordiano sería la inversión extranjera y la asistencia técnica de los países socialistas más avanzados, volviendo así la teoría de la revolución a la casilla de partida, a la premisa de un avance socialista en el corazón industrial de Europa al oeste del Elba.

4

En contraste con el capitalismo, que desperdicia o reprime el pensamiento cooperativo en el proceso de trabajo, la capacidad proletaria para la autoorganización y la colaboración creativa se convertirá en una fuerza importante de producción en una sociedad socialista. La asociación libre, cibernéticamente potenciada, impulsará el avance de la sociedad.

En sus comentarios dispersos sobre las condiciones previas materiales para el socialismo, Marx no hizo una distinción clara entre el desarrollo de las fuerzas productivas per se y la creación de capacidades sociales paralelas para la coordinación y planificación económica. Esto último implica, por un lado, instituciones de democracia económica y control obrero y, por otro, tecnologías que procesen datos económicos masivos en tiempo real y los presenten en formatos que permitan la participación popular en la toma de decisiones. Se puede argumentar que la informática necesaria para la planificación democrática solo ha surgido recientemente en forma de sistemas de información informáticos, la reorganización de los procesos empresariales, los cuadros de mandos gerenciales, los teléfonos inteligentes, Internet, recursos comunes de colaboración y la producción entre iguales y otros similares. Al mismo tiempo, solo ahora se están introduciendo las plataformas de observación y los paradigmas científicos necesarios para comprender los impactos geoambientales de la economía (especialmente sobre los ciclos de carbono y los nutrientes), lo que hace posible por primera vez la planificación de la sostenibilidad.

5

El sistema fabril organiza la fuerza de trabajo como una colectividad sincronizada que mediante la lucha y la organización consciente puede convertirse en una comunidad de solidaridad. «Como escuelas de lucha», dijo Engels, «los sindicatos son insuperables.»[40]

En El Dieciocho Brumario, Marx comparó célebremente los estratos retrógrados del campesinado francés a un «saco de patatas». «Su modo de producción», escribió, «los aísla al uno del otro, en lugar de ponerlos en interacciones complejas».[41] Como resultado, agrega Hobsbawm, la conciencia campesina tiende a ser completamente localista o a constituirse en oposición abstracta a la ciudad, o a expresarse en el lenguaje milenarista de la religión. «La unidad de su acción organizada es la parroquia o el universo. No hay nada en medio».[42] El proletariado industrial (en el que Marx incluye a los obreros de las fábricas, los trabajadores de la construcción, los mineros, los trabajadores de la agricultura capitalista y los trabajadores del transporte), por otro lado, solo se constituye como un todo, como colectividades integrales, dentro de la división social del trabajo. El socialista francés Constantin Pecqueur, en su libro de 1839 sobre la naturaleza revolucionaria de la era del vapor, ya había exaltado a la fábrica por su «socialización progresista» de la fuerza de trabajo y su creación de una «vida pública proletaria».[43]

La ayuda mutua, como se señaló anteriormente, no es un atributo ‘natural’, y la conciencia de clase (como nos recuerda David Montgomery) «siempre es un proyecto». Los trabajadores en nuevas industrias o plantas están atomizados inicialmente, una situación de competencia entre si que los capitalistas intentan prolongar a través del favoritismo, el trabajo a destajo y las divisiones étnicas  en el trabajo.[44] Las formas más elementales de solidaridad deben construirse conscientemente, comenzando con los grupos de trabajo informales, definidos por tareas o habilidades comunes, que son las «familias» a partir de las cuales se construye una sociedad fabril. Forjar vínculos de interés común entre los grupos de trabajo y los departamentos es un trabajo extenuante y paciente que requiere negociación, educación y confrontación; los líderes de base que lo emprendieron corrieron el riesgo de ser despedidos, incluidos en listas negras, incluso la prisión o la muerte.[45] Los primeros pasos hacia una organización inclusiva, por lo general, fueron de carácter defensivo: para protestar, por ejemplo, contra una reducción de los salarios, la introducción de maquinaria peligrosa, o alguna otra queja colectiva. Pero como Marx enfatiza en La miseria de la filosofía, el sindicato (o en algunos casos, la organización clandestina en el lugar de trabajo) se convirtió en un objetivo en sí mismo, tan irreductible a sus funciones puramente instrumentales como, por ejemplo, una iglesia o un pueblo. «Esto es tan cierto que los economistas ingleses se sorprenden al ver que los trabajadores sacrifican una buena parte de sus salarios en favor de las asociaciones, que, a los ojos de estos economistas, se establecen únicamente a favor de mejores salarios». [46]

6

Mientras que la militancia sindical puede alcanzar su mayor desarrollo en las aldeas o barrios industriales, el socialismo es en última instancia hijo de las ciudades: cementerios del paternalismo y las creencias religiosas. En las ciudades, un espacio público proletario puede florecer.

En La situación de la clase obrera en Inglaterra, el joven Engels retrata un proletariado cuya «creación» es tanto el resultado de la urbanización como de la industrialización.

Si la centralización de la población, estimula y desarrolla la clase propietaria, obliga al desarrollo de los trabajadores aún más rápidamente ... Las grandes ciudades son el lugar de nacimiento de los movimientos obreros; en ellas, los trabajadores comenzaron a reflexionar sobre su propia condición y a luchar contra ella; en ellas, la oposición entre el proletariado y la burguesía se manifestó primero ... Sin las grandes ciudades y su influencia dominante sobre la inteligencia popular, la clase obrera sería mucho menos avanzada de lo que es ... [Las ciudades] han destruido el último remanente de la relación patriarcal entre los trabajadores y los empresarios.[47]

Engels, que a menudo se quejaba de la sofocante piedad de su propio trasfondo burgués, quedó asombrado por la fácil indiferencia casi universal de los trabajadores de Londres hacia la religión organizada y los dogmas espirituales. «Todos los escritores de la burguesía son unánimes en este punto, que los trabajadores no son religiosos y no asisten a la iglesia».[48] Mientras tanto, en París, donde la Diosa de la Razón había sido brevemente entronizada en Nôtre Dame en 1792, el anticlericalismo militante estaba profundamente arraigado en la pequeña burguesía republicana y en el artesanado socialista. Pero el ejemplo más dramático y quizás más sorprendente fue Berlín, el Chicago de Europa, donde en 1912 los socialistas ganaban con el 75% de los votos y los distritos más pobres eran considerados «descristianizados». El Berlín de la clase trabajadora, como África, era una frontera misionera. [49]

Si el secularismo representaba un modo de «integración negativa» en la sociedad capitalista, otro era el surgimiento de instituciones alternativas que cuestionaban los valores burgueses en prácticamente todo el espectro de la vida cotidiana. Las ideas del socialismo y el anarco-comunismo se materializaron en contraculturas populares bien organizadas y alfabetizadas que proyectaban la solidaridad del lugar de trabajo y el barrio en todas las esferas del ocio, la educación y la cultura. En 1910, prácticamente todas las ciudades o pueblos industriales tenían un impresionante edificio central para reuniones de los trabajadores, oficinas sindicales, periódicos obreros y cosas por el estilo. La típica maison du peuple o ‘casa del pueblo’ tenía una biblioteca, un teatro o cine, instalaciones deportivas y, a veces, una clínica médica. Algunas eran catedrales visionarias del pueblo: La Maison du Peuple de Bruxelles, Urania en Viena y la Volkshaus en Leipzig. (Los constructivistas de la joven Unión Soviética dieron el siguiente paso y hicieron de los clubes de trabajadores, convertidos en obras maestras modernistas como los de Zuev y Rusakov en Moscú, los centros de la nueva cultura y de sus esperanzas utópicas).

El ejemplo más célebre de una contracultura proletaria fue el vasto universo de clubes de ciclismo, excursionismo y canto, equipos deportivos, escuelas de adultos, sociedades de teatro, grupos de lectores, clubes juveniles, grupos naturalistas y otros patrocinados por el SPD y los sindicatos alemanes. Durante el período de las leyes antisocialistas (1878 a 1890), estas asociaciones obreras proporcionaron un refugio legal crucial para las reuniones de los trabajadores y la formación de los activistas. En su importante libro de 1985 The Alternative Culture, Vernon Lidtke cuestionó la afirmación de algunos historiadores de que este «mundo proletario propio» eventualmente se volvió demasiado hermético para constituir una amenaza radical para el sistema guillermino. «Esta alternativa puede llamarse radical no porque propuso acabar con el Kaiserreich en un golpe audaz, sino porque incorporó en sus principios una concepción de la producción, las relaciones sociales y las instituciones políticas que rechazaban las estructuras, prácticas y valores existentes casi punto por punto». Ciertamente, el estado vio las actividades culturales socialistas como una amenaza subversiva, especialmente para el adoctrinamiento nacionalista de la juventud. Así, «en vísperas de la guerra, el 2 de julio de 1914, el Kaiser aprobó establecer una organización juvenil nacional obligatoria para todos los niños entre las edades de trece y diecisiete años», bajo el mando de oficiales retirados.[50]

La verdadera debilidad de la contracultura alemana, Lidtke dice, fue el énfasis del SPD en democratizar la alta cultura burguesa en lugar de explorar la «posibilidad de que los trabajadores […]desarrollasen una cultura propia del movimiento obrero, que se inspirase directamente en la vida de los trabajadores».[51] Esto no fue un problema en Cataluña, donde el anarcosindicalismo era culturalmente libertario y apenas existía un estrato burocrático o reformista en el movimiento obrero. En ninguna parte de Europa hubo sindicatos y barrios tan sólidamente unidos en la lucha como en Barcelona, donde la Confederación Nacional del Trabajo (que en 1918 tenía 250,000 miembros en la ciudad y sus barrios fabriles) era capaz de organizar un día una huelga y al día siguiente «escoltas armadas» para grupos de mujeres de la clase trabajadora que requisasen alimentos de las tiendas».[52] La mayoría del proletariado industrial -despreciado por la clase media catalana- eran inmigrantes de Murcia y Andalucía, y con la ayuda de sus ricas tradiciones comunitarias construyeron su propia sociedad alternativa antinacionalista y con el esperanto como lengua en los barrios de chabolas y tugurios más tuberculosos y violentos de Europa.

Sobredeterminaciones

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El movimiento obrero puede y debe enfrentarse al poder del capital en todos los aspectos de la vida social, organizando la resistencia en los terrenos económico, político, urbano, social reproductivo, y asociativo. Es la fusión o síntesis de estas luchas, en lugar de su simple adición, la que inviste al proletariado de agencia histórica.

Marx y Engels, por ejemplo, creían claramente que la conciencia socialista de masas sería una aleación dialéctica de lo económico y lo político, de batallas épicas sobre derechos, salarios y horas de trabajo, de amargas luchas locales y grandes causas internacionales. Desde la formación de la Liga Comunista en 1847, habían argumentado que el trabajo asalariado constituía la única fuerza social seria capaz de representar y promulgar un programa democrático y consistente de sufragio y derechos, y así proporcionar el pegamento hegemónico para unir una amplia coalición de trabajadores, campesinos pobres, minorías nacionales y estratos radicalizados de la clase media. Mientras la mente de la pequeña burguesía liberal amputaba fácilmente los derechos políticos de las reivindicaciones económicas, las vidas de los trabajadores refutaban cualquier distinción categórica entre opresión y explotación. El «transcrecimiento» de la democracia política y económica, y de la lucha de clases económica en la cuestión del poder del Estado -el proceso que Marx caracterizó como «revolución permanente» en los contextos de 1848 y del Cartismo- sería el principal motivo de una crisis prerrevolucionaria.

Pero debido a que las luchas económicas y los conflictos políticos solo se sincronizan episódicamente, generalmente durante una depresión o una guerra, también hubo una fuerte tendencia hacia su bifurcación. Las ilusiones inversas pero simétricas del economicismo / sindicalismo (el progreso solo mediante la organización económica) y el cretinismo parlamentario (reformas sin poder en el lugar de trabajo) siempre han requerido una limpieza regular del jardín rojo. Así, para Rosa Luxemburgo, la lección central de la revolución de 1905 en Rusia fue la necesidad de entender lo económico y lo político como momentos de un solo proceso revolucionario:

En una palabra: la lucha económica es el transmisor de un centro político a otro; la lucha política es la fertilización periódica del suelo para la lucha económica. Causa y efecto aquí continuamente cambian de lugar; y así el factor económico y político en el período de la huelga de masas, ahora muy alejado, completamente separado, o incluso mutuamente excluyente, como el plan teórico lo plantearía, simplemente forma los dos lados entrelazados de la lucha de clases proletaria en Rusia. Y su unidad es precisamente la huelga de masas. Si la teoría sofisticada propone hacer una disección lógica inteligente de la huelga de masas con el fin de lograr una «huelga de masas puramente política», mediante esta disección, como cualquier otra, no percibirá el fenómeno en su esencia viva, sino que lo matará por completo.[53]

En su extraordinario libro sobre la formación de la clase obrera coreana, la más militante de Asia, Hagen Koo hace hincapié en el diálogo continuo entre las luchas de taller y la resistencia populista al Estado: un ejemplo moderno de la sobredeterminación de lo económico por parte de la política y viceversa, y, en este caso, también por la cultura del lugar. Sin una tradición heredada de la clase obrera y enfrentados a un régimen represivo y pro patronal con un enorme aparato de seguridad, los trabajadores coreanos, especialmente las mujeres jóvenes en industrias manufactureras ligeras, obtuvieron una fuerza inesperada de su alianza con el extraordinario movimiento minjung (de masas) que surgió a mediados de la década de 1970:

Este amplio movimiento populista fue dirigido por intelectuales y estudiantes disidentes y tuvo como objetivo forjar una amplia alianza de clase entre los trabajadores, los campesinos, los habitantes urbanos pobres y los intelectuales progresistas contra el régimen autoritario. ... Introdujo un nuevo lenguaje político y actividades culturales al reinterpretar la historia de Corea y se reapropió de la cultura local de Corea desde la perspectiva minjung. ... Así, la cultura y la política tienen roles críticos en la formación de la clase trabajadora surcoreana, no en los roles usuales que se les atribuyen en la literatura sobre el desarrollo de Asia oriental como factores de docilidad y quietud laboral, sino como fuentes de resistencia laboral y conciencia creciente.[54]

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La proximidad espacial en la ciudad industrial de producción y reproducción, fabrica satánica y tugurio, reforzó la conciencia de clase autónoma. Las luchas de clases urbanas, especialmente las surgidas de las necesidades de refugio, comida y combustible, fueron generalmente dirigidas por madres de la clase obrera, las héroinas olvidadas de la historia socialista.

El pecado original de los partidos de la Segunda Internacional fue su tibio apoyo, e incluso oposición, al sufragio femenino y la igualdad económica. Sin embargo, como nos recuerda David Montgomery, «las mujeres casadas que cuidaban a sus hijos en barrios sombríos y congestionados, enfrentados a los usureros y acreedores, a los funcionarios de la caridad y la ominosa autoridad del clero tenían vivencias de clase con la misma regularidad que sus maridos, hijas e hijos en las fábrica.»[55] Las madres, además, eran las organizadoras habituales de huelgas de alquiler, manifestaciones contra la escasez de combustible y disturbios por el pan, la forma más antigua de protesta plebeya. La Revolución Rusa de 1917, debemos recordar, comenzó en el Día Internacional de la Mujer cuando «miles de amas de casa y trabajadoras enfurecidas por las colas interminables de pan ocuparon las calles de Petrogrado, gritando: 'Abajo los precios' y 'Abajo el hambre’».[56] En su historia analíticamente brillante del socialismo europeo, Geoff Eley le da al barrio marginal el mismo peso que a la fábrica en la formación de la conciencia socialista. «No menos vitales fueron las formas complejas en que los barrios hablaron y lucharon. Si el lugar de trabajo era una frontera de resistencia, donde se podía imaginar el sujeto colectivo, la familia -o más bien las solidaridades del vecindario, que las mujeres de la clase obrera forjaron para sobrevivir- era la otra. ... El desafío para la izquierda era organizarse en ambos frentes de opresión social». [57]

Poderes

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Interpretar las «insurrecciones iniciadas en la mente de los trabajadores». [58]

La lucha en gran medida exitosa para la alfabetización de la clase obrera en el siglo XIX, acompañada de una revolución tecnológica en los medios impresos, trajo al mundo -como noticias, literatura, ciencia o simplemente sensaciones- a la rutina diaria del proletariado.

El rápido crecimiento de la prensa obrera y socialista en el último cuarto del siglo XIX alimentó la conciencia política cada vez más sofisticada en las fábricas, los suburbios chavolistas y los barrios fabriles.

En las formaciones sociales previas, los productores directos tenían poco acceso o necesidad de aprendizaje formal -generalmente una prerrogativa de la iglesia o una clase de escribas- pero la Revolución Francesa generó un insaciable apetito popular por la alfabetización y la educación. Los trabajadores industriales heredaron así una rica tradición autodidacta de artesanos-intelectuales en París y Lyon, que fueron los pioneros del socialismo, y de sus contrapartes inglesas que adaptaron la economía política clásica al programa del Cartismo. Como Marx siempre reconoció, el desarrollo de la «teoría del valor trabajo» ricardiana en una poderosa crítica de la explotación, usualmente atribuida a él, en realidad fue obra de intelectuales plebeyos como el impresor nacido en Estados Unidos John Bray, el obrero industrial escocés John Gray, y el marinero juzgado en una corte marcial y periodista pícaro Thomas Hodgskin. Del mismo modo, varios de los científicos ingleses más importantes del siglo XIX fueron plebeyos autodidactas, especialmente Michael Faraday (aprendiz de encuadernador), Alfred Russell Wallace (agrimensor) y el teórico de la Edad del Hielo, James Croll (conserje de universidad).

A mediados de siglo, además, grandes sectores de la clase trabajadora, especialmente en Inglaterra y Estados Unidos, estaban tan ávidamente al tanto de las noticias y los acontecimientos de actualidad como las clases medias. De hecho, los periódicos, escribió Marx en los Manuscritos de 1861-63, ahora «forman parte de los medios de subsistencia necesarios del trabajador urbano inglés».[59] A principios de la década de 1840, los cartistas publicaron más de un centenar de periódicos y revistas.[60] El propio Marx, por supuesto, era un periodista (como lo fue Trotsky) -el único trabajo que alguna vez tuvo- y la aparición de los partidos socialistas de masas a fines del siglo XIX habría sido inimaginable sin el dramático crecimiento de la prensa obrera y la narrativa alternativa de la historia contemporánea que presentó.

En Diez días que sacudieron al mundo, John Reed se asombra de la guerra impresa entre clases y facciones:

En cada ciudad, en la mayoría de las ciudades, a lo largo del frente, cada facción política tenía su periódico, a veces varios. Cientos de miles de panfletos eran distribuidos por miles de organizaciones, y se distribuían en los ejércitos, las aldeas, las fábricas, las calles. La sed de educación, frustrada durante tanto tiempo, estalló con la revolución en un frenesí de expresión. Solo desde el Instituto Smolny, en los primeros seis meses, salían todos los días toneladas, en cargas de camiones, por tren, montones de literatura, saturando el país. Rusia absorbió insaciable estos materiales de lectura, como las arena ardientes el agua.[61]

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El proletariado, les dijo Wilhelm Liebknecht a los socialistas alemanes, es el «portador de la cultura moderna». [62] Su interés por la ciencia, en particular, presagia el papel del trabajo en una futura república obrera.

Del mismo modo, los trabajadores victorianos abarrotaban las salas de lectura, los institutos mecánicos, las bibliotecas baratas, los ateneos y salas de conferencias públicas. Los institutos de mecánica, inspirados por las famosas conferencias del Dr. George Birkbeck de 1800-04 a los artesanos de Glasgow, alimentaron el hambre popular de comprender la ciencia de las nuevas máquinas y motores. El primer instituto fue creado en Glasgow en 1821; cuando Marx se mudó al Soho, había más de setecientos.[63]

En la década de 1850, las sectores científicamente alfabetizados de las clases trabajadoras proporcionaron grandes audiencias para los debates de vanguardia, especialmente durante la guerra cultural que provocó la publicación de El origen de las especies de Darwin. Los mecánicos y artesanos londinenses que acudieron en masa a las «Conferencias para hombres trabajadores» de Thomas Huxley eran, según Huxley, «tan atentos e inteligentes como la mejor audiencia ante la que he pronunciado una conferencia ... He evitado cuidadosamente la impertinencia de hablarles de manera paternalista».[64] Karl Liebknecht, veterano de 1848 y más tarde fundador del SPD, recordó con cariño haber asistido a seis de estas conferencias con Karl Marx, y luego quedarse despierto toda la noche discutiendo sobre Darwin. Toda la familia de Marx, de hecho, estaba fascinada por los grandes debates. (La Sra.) Jenny Marx se jactó ante un amigo suizo de la extraordinaria popularidad de las «Veladas dominicales populares». «Con respecto a la religión, un gran movimiento se está desarrollando actualmente en la vieja reaccionaria Inglaterra. Los mejores hombres de ciencia, Huxley (el discípulo de Darwin) a la cabeza, con Tyndall, Sir Charles Lyell, Bowring, Carpenter, etc. brindan conferencias muy ilustradas, verdaderamente liberales y audaces para el pueblo en St. Martin's Hall (de gloriosa memoria por sus bailes de waltz) y, lo que es más, los domingos por la tarde, exactamente en el momento en que las ovejas pastan habitualmente en los prados del Señor; el salón esta a punto de estallar y el entusiasmo de la gente es tan grande que, la primera noche, cuando fui con las chicas, 2.000 personas no pudieron entrar en la sala, que estaba abarrotada». [65]

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El proletariado organizado posee poderes sin precedentes para obstaculizar la vida económica y el espacio social. La huelga general era la "bomba atómica" de la clase obrera victoriana.

El sistemafábril y el mercado mundial han dado lugar a nodos geoestratégicos cruciales, como redes ferroviarias, cadenas de suministro industriales, redes eléctricas, centros de herramientas y matrices, complejos de la industria bélica, etc. cuya captura o cierre por grupos de trabajadores, incluso relativamente pequeños, puede paralizar economías enteras. La huelga de masas, iniciada por medio millón de mineros y obreros textiles británicos en 1842 (The Plug Riots), era rara en la época de Marx, pero se hizo cada vez más común hacia fines de siglo, con la huelga general belga (por el sufragio) en 1893 y la huelga Pullman de EE. UU. en 1894, solo unos meses antes de la muerte de Engels. Los radicales europeos y estadounidenses, sin embargo, se dividieron sobre la dinámica social y las implicaciones estratégicas de tales revueltas. Para Bernstein y otros «revisionistas» en la Segunda Internacional, el advenimiento de la huelga general ratificó la creencia en un camino pacífico a la revolución, con la movilización del poder sindical como garantía de que una futura mayoría socialdemócrata pudiera implementar su plataforma de manera no violenta. (De hecho, el propio Marx había especulado precisamente sobre esa posibilidad en Inglaterra y, tal vez, en los Estados Unidos).

Para los anarcosindicalistas, por otro lado, la huelga general prometía desatar la espontaneidad militante y la imaginación social mucho más allá de la capacidad de los políticos socialistas y los jefes sindicales para canalizarla y controlarla. De forma radical, Georges Sorel teorizó la huelga general como la puerta apocalíptica a un nuevo mundo y un «mito necesario en el que todo el socialismo está comprendido».[66]

Rosa Luxemburgo, sin embargo, rechazó las interpretaciones revisionistas y sindicalistas de las grandes olas de huelgas de principios del siglo XX. Al analizar la primera revolución rusa y las grandes manifestaciones socialistas de su época por el sufragio universal en Europa Central, escribió que la huelga de masas «no era un acto aislado sino un período completo de la lucha de clases» en el que «la acción recíproca incesante de la política y las luchas económicas» creaban escenarios explosivamente impredecibles que alentaban un extraordinario espontaneidad de las bases. Fue una de las primeras socialistas en prestar atención a la microestructura de la radicalización proletaria (lo que Trotsky llamaría más tarde «el proceso molecular del pensamiento revolucionario») y, lejos de construir un culto a la espontaneidad, como frecuentemente se la acusaba, su visión crucial sobre la autoorganización proletaria formaba parte de una crítica profunda a la autoimagen del SPD de sus dirigentes electos como el estado mayor general de un ejército obediente de sindicalistas y votantes socialistas[67] (Irónicamente, fue Lenin, no Luxemburgo, quien afirmó a la luz de las insurrecciones de 1905 que los trabajadores fueron "instintivamente, espontáneamente socialdemócratas"). [68]

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Los trabajadores pueden gestionar las fábricas. Hasta la Primera Guerra Mundial, gran parte de la ciencia aplicada de la producción seguía siendo cuasi propiedad de los trabajadores del metal y otros artesanos.

Dada la especialización inherente a la división industrial del trabajo y la pérdida de habilidades complejas que implica la mecanización del proceso de trabajo, ¿dónde encontrarán los trabajadores la capacidad para gestionar la economía en una comunidad socialista? En Los principios del comunismo, Engels es directo: "La gestión común de la producción no puede ser llevada a cabo por la gente como son hoy en día, cada persona asignada a una sola rama de producción, encadenada a ella, explotada por ella, desarrollando solo una de sus capacidades a costa de todas las demás y conociendo solo una rama, o solo una rama de una rama de la producción total”. Su solución era un sistema de educación universal que desarrollase individuos con capacidades multifacéticas. «La organización comunista de la sociedad dará a sus miembros la posibilidad de un ejercicio completo de habilidades que permitan un desarrollo integral». [69]

Pero, ¿cómo se cerraría la brecha entre la fuerza de trabajo descualificada del capitalismo y una sociedad socialista polivalente? La respuesta, que Engels no proporciona, fue la nueva élite de la Revolución Industrial: fabricantes de moldes, diseñadores de patrones, ajustadores, torneros y otros trabajadores de precisión del metal. La subordinación progresiva de la mayoría de la fuerza de trabajo a la maquinaria fue acompañada por un mayor conocimiento y poder de negociación de los trabajadores que construían, instalaban y mantenían las máquinas: un fenómeno que David Montgomery ha caracterizado como «cerebro del gerente bajo gorra de obrero». Aunque sus habilidades eran nuevas, su control del conocimiento artesanal, en gran parte secreto, se basaba en los artesanos que le habían apadrinado, con largos aprendizajes, rituales tribales y estándares estrictamente mantenidos de un «día de trabajo justo». [70] Hasta que los ingenieros universitarios se convirtieron en una parte crucial de la jerarquía industrial en los años 1910-1920 y la gestión científica controló y descompuso sustancialmente el conocimiento artesanal, el control capitalista completo del proceso de trabajo (la «apropiación real», en términos de Marx) era imposible. [71]

Los oficios del metal ocupaban una posición crítica, pero a menudo ambigua, en el movimiento obrero en su conjunto. Nelson Lichtenstein señala: «Debido a su confianza en sí mismos y su lugar vital en el proceso de producción, los expertos artesanos podían encontrarse tanto en la vanguardia de quienes planteaban un desafío radical al orden industrial existente y, casi al mismo tiempo, entre aquellos trabajadores que eran más emprendedores y conscientes de su carrera profesional».[72] Antes de la Primera Guerra Mundial solían ser reacios a unirse a las luchas de los trabajadores semicualificados, pero durante los años catastróficos de 1917-1919, cuando las mujeres y los jóvenes eran reclutados en masa para las fábricas de guerra, los metalúrgicos proporcionaron la dirección de los movimientos de consejos de trabajadores en Barcelona, Berlín, Glasgow, Seattle y Viena, así como a los partidos proto-comunistas que surgieron de las huelgas generales e insurrecciones. En Petrogrado desde 1917, brevemente en Turín en 1920, y nuevamente en Barcelona en 1936 y 1937, los comités de trabajadores y los delegados sindicales revolucionarios administraron las fábricas por su propia cuenta, confirmando las peores pesadillas de los patrones.[73]

Una clase para sí misma

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Debido a su posición en la producción social y la universalidad de sus intereses objetivos, el proletariado posee una «capacidad epistemológica» superior para ver la economía como un todo y desentrañar el misterio del aparente auto-movimiento del capital (ver las tesis de Lukács).

La burguesía y el proletariado son las únicas «clases puras» en la sociedad moderna, pero no son simétricas en su formación interna o capacidad de conciencia. La competencia entre empresas y sectores es la ley de hierro del capitalismo, pero la competencia entre los trabajadores puede ser modificada mediante la organización. Marx fue explícito: «Si todos los miembros de la burguesía moderna tienen los mismos intereses en tanto que forman una clase en comparación con otra clase, tienen intereses opuestos, antagónicos, en la medida en que se enfrentan los unos con los otros»[74]. El auto interés racional, argumentó Lukács, siguiendo a Marx, significa que los dueños individuales de capital «no pueden ver y son necesariamente indiferentes a todas las implicaciones sociales de sus actividades». El «velo que cubre la naturaleza de la sociedad burguesa» - es decir, la negación de su propia historicidad - «es indispensable para la burguesía misma. [...] Desde una etapa muy temprana, la historia ideológica de la burguesía no ha sido más que una resistencia desesperada a toda comprensión de la verdadera naturaleza de la sociedad que había creado y, por lo tanto, a una comprensión real de su situación de clase».[75] Tan pronto como el capital se enfrentó a un proletariado en ascenso, además, se quitó su toga republicana y, al menos en el continente europeo, se echó en brazos del absolutismo o apoyó a dictadores como Napoleón III y más tarde Mussolini, Hitler y Franco.

El proletario, pobre y sin camisa, tiene una mejor visión. «Como la burguesía», dice Lukács, «tiene capacidades intelectuales, organizativas y de todo tipo, pero la superioridad del proletariado debe residir exclusivamente en su capacidad de ver la sociedad desde su centro, como un todo coherente». En una interpretación famosa pero diversamente interpretada de un pasaje de Historia y Conciencia de Clase, introduce la idea de una «conciencia de clase para si»: las posibilidades objetivas y maduras que el proletariado debe reconocer y transformar para hacer la revolución. Sin embargo, en períodos previos a la crisis, la clase trabajadora tiende a estar dominada por las «actitudes pequeño burguesas de la mayoría de los sindicalistas» y desconcertada por la «separación conceptual y real de los diversos escenarios de conflicto» («El proletariado encuentra la inhumanidad económica a la que está sujeto más fácil de entender que la política, y la política más fácil que la cultura» ).[76]

El principal obstáculo para la conciencia de clase, además, es menos la ideología burguesa (o la profunda influencia de los «aparatos ideológicos del estado» de Althusser) que «el funcionamiento cotidiano real de la economía y la sociedad. Este tiene el efecto de causar la internalización de las relaciones mercantiles y la reificación de las relaciones humanas».[77] En la depresión y la guerra, sin embargo, las contradicciones fisuran este palacio de cristal de las realidades económicas y políticas cosificadas, y el profundo significado del momento histórico «se vuelve comprensible en la práctica«. Finalmente es «posible interpretar la historia y deducir el curso de acción correcto que debe seguirse». ¿El lector? «El consejo obrero es la explicación de la derrota política y económica de la reificación». [78]

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Se cristaliza una voluntad colectiva revolucionaria (y se deciden «cursos de acción correctos») principalmente a través de una democracia directa primaria en períodos de extrema actividad de masas. La conciencia de clase no es el programa del partido, sino la síntesis de las experiencias proletarias y las lecciones aprendidas en la larga guerra de clases.

Si los sindicatos y los partidos de izquierda constituían las instituciones cuasi permanentes de la esfera pública proletaria, la lucha de clases generaba periódicamente formas ad hoc como comités de huelgas generales, consejos de trabajadores y soviets que ampliaban drásticamente la participación popular en el debate y la toma de decisiones para incluir al proletariado no partidista y a los trabajadores no organizados, así como en ciertos casos a los desempleados, los estudiantes, las madres de clase trabajadora, y a los soldados y marineros. Ya fuese en Bremen, Glasgow, Petrogrado o Winnipeg (con su huelga general de 1919), la «democracia del movimiento» reprodujo muchas de las características clásicas de 1792 y 1871: grandes concursos de oratoria, audiencias insumisas y fuertes gritos desde la sala, delegados que informaban a sus fábricas o barrios de lo dicho y decidido, reuniones nocturnas, una ventisca de panfletos y manifiestos, el trabajo incesante de comités, la organización de piquetes móviles y guardias obreras, rumores y batallas contra los rumores, y, por supuesto, la competencia entre partidos y facciones .

La oposición predecible de los jefes de los sindicatos conservadores y de los socialistas moderados a tácticas radicales como las ocupaciones de fábricas y las huelgas de masas, y especialmente el armamento de los trabajadores, precipitó nuevas direcciones, a menudo surgidas anónimamente desde los talleres. Un ejemplo paradigmático fue el movimiento clandestino contra la guerra dentro de las enormes fábricas de armamento de Berlín. El núcleo (que, según Pierre Broué, «nunca contó con más de cincuenta miembros») estaba constituido por torneros de oficio, partidarios de la extrema izquierda, que construyeron:

Un tipo de organización sin precedentes, ni sindicato ni partido, sino un grupo clandestino tanto en los sindicatos y el Partido [SPD]. ... Podían movilizar, con la ayuda de algunos cientos de hombres a quienes influenciaban directamente, a cientos y más tarde a cientos de miles de trabajadores, permitiéndoles tomar sus propias decisiones sobre que iniciativas seguir. ... Desconocidos en 1914, al final de la guerra eran los dirigentes aceptados por los trabajadores de Berlín y, a pesar de su relativa juventud, los cuadros del movimiento socialista revolucionario.[79]

De hecho, Broué los considera «la mejor gente de la socialdemocracia». A pesar de la leyenda de ser un partido ultra-centralista, que operaba con perfecta disciplina conspirativa, los bolcheviques, con el apoyo mayoritario en las grandes fábricas y la flota báltica, fueron los promotores más consistentes de la democracia directa en el movimiento revolucionario más amplio de 1917. Por ejemplo, cuando los liberales y los socialistas moderados propusieron una Conferencia Estatal Democrática para diseñar un nuevo régimen parlamentario, Lenin (que acababa de escribir El Estado y la Revolución) instó a una movilización total para ampliar la participación popular :

Llevémosla a los que están abajo, a las masas, a los empleados de las oficinas, a los trabajadores, a los campesinos, no solo a nuestros partidarios, sino especialmente a los que siguen a los socialistas revolucionarios, a los elementos no partidarios, a los ignorantes. Vamos a informarles para que puedan emitir un juicio independiente, tomar sus propias decisiones, enviar sus propias delegaciones a la Conferencia, a los soviets, al gobierno y nuestro trabajo no habrá sido en vano, sin importar el resultado de la Conferencia.[80]

En su celebrado estudio del proceso revolucionario en Petrogrado, Alexander Rabinowitch desmontó el estereotipo bolchevique. Explicando el atractivo del partido para la mayoría de la clase trabajadora de la ciudad, señala su «estructura y método de funcionamiento interno relativamente democrático, tolerante y descentralizado, así como su carácter esencialmente abierto y masivo ... dentro de la organización bolchevique de Petrogrado, a todos los niveles, en 1917 hubo discusión libre y animada y debate sobre los temas teóricos y tácticos más importantes».[81] De hecho, así fue exactamente como Preobrazhensky recordaba la Revolución de Octubre, cuando intentaba explicar en 1920 la relación entre la reciente erosión de la democracia partidaria y el «declive de la espontaneidad» del proletariado:

Comparando la vida del partido a finales de 1917 y 1918 con la vida del partido en 1920, uno se sorprende como se extinguió precisamente entre las masas del partido ... Anteriormente, los comunistas de base sentían que no solo estaban implementando las decisiones partidistas, sino que también las adoptaban, que ellos mismos contribuían a formar la voluntad colectiva del Partido. Ahora implementan las decisiones partidarias tomadas por comités que a menudo no se molestan en presentar las decisiones a las asambleas generales.[82]

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Los trabajadores deben gobernar, porque la burguesía es finalmente incapaz de cumplir las promesas de progreso. Si el proyecto socialista es derrotado, el resultado será el retroceso de la civilización como un todo.

Los trabajadores, argumentaba Marx, puede arrebatar reformas significativas al capital en períodos de bonanza, pero cada crisis erosiona esas conquistas y provoca niveles crecientes de desempleo y miseria. Aunque dejó pistas confusas sobre los mecanismos exactos de las crisis económicas, no cabe duda de que sus teorías sobre la revolución y una elevación de la conciencia de clase asumieron una creciente intensidad, frecuencia y ámbito geográfico de las recesiones industriales, tal vez incluso una «crisis económica final». Esto, por supuesto, fue un pronóstico preciso en general del ciclo económico desde la década de 1870 hasta la de 1940. Ningún marxista, sin embargo, predijo el prolongado auge de la posguerra o, para el caso, de los levantamientos radicales de estudiantes y trabajadores en 1968-1969 en la Europa y América del Norte de un relativo pleno empleo. El «trabajador acomodado» se convirtió durante un breve periodo de tiempo en una explicación académica popular de la moderación progresiva de los movimientos sindicales en algunos países avanzados. Pero la historia ha cerrado el círculo a principios del siglo XXI: una economía mundial que no puede crear empleos al ritmo del crecimiento de la población, garantizar la seguridad alimentaria o adaptar nuestros hábitats a un cambio climático catastrófico puede considerarse razonablemente como un fracaso.

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Gracias al mercado mundial y la emigración masiva, el proletariado industrial se constituye objetivamente como una clase internacional con intereses comunes que cruzan fronteras nacionales y étnicas. Grandes campañas internacionales, además, cristalizan la comprensión del proletariado de su vocación histórica mundial.

Al concluir su discurso en la cena inaugural de los Demócratas Fraternos en Londres en septiembre de 1845, el cartista George Julian Harney declaró: "Repudiamos la palabra 'extranjero', ¡no existirá en nuestro vocabulario democrático!" Engels, que informó sobre la reunión (lo llamó "un festival comunista") en el Rheinische Jahrbücher, tomo nota de que el comentario de Harney fue recibido con "grandes aplausos" por los delegados de nueve naciones. Hubo repetidos brindis en honor de Tom Paine, Robespierre y los cartistas recientemente arrestados. "La gran masa de los proletarios", escribió Engels, "están, por su propia naturaleza, libres de prejuicios nacionales y toda su disposición y movimiento es esencialmente humanitario, antinacionalista". [83] Esto suena increíblemente ingenuo hoy, pero puede haber sido una observación razonablemente precisa en vísperas de la «Primavera de los pueblos».

De hecho, los primeros movimientos obreros en general siguieron el camino tantas veces recorrido de la democracia revolucionaria, celebrando la fraternidad internacional en la confianza de que la revolución social sería necesariamente una revolución mundial según el modelo de 1789. Los grupos conspirativos revolucionarios como la Sociedad de las Estaciones de Louis Auguste Blanqui y Arman Barbès era desafiantemente cosmopolitas en su afiliación, y los artesanos ambulantes y los trabajadores migrantes llevaban las ideas subversivas de de un lugar a otro entre las principales ciudades y centros industriales. Los artesanos alemanes, el mayor grupo de inmigrantes trabajadores en la Europa de la Santa Alianza, establecieron núcleos radicales en Gran Bretaña, Suiza y América del Norte, pero la verdadera capital del primer proletariado alemán en la década de 1840 fue París, donde unos cincuenta mil «inmigrantes indocumentados» germano parlantes trabajaban en buhardillas y talleres inmundos.[84]

En sus escritos y discursos sobre la Guerra Civil estadounidense y la fundación de la Primera Internacional, Marx argumentó que la solidaridad internacional es el catalizador crucial de la conciencia de clase y que la movilización de los trabajadores a escala nacional se ve acelerada por la organización internacional de sus destacamentos más avanzados. Pero también advirtió que ningún movimiento obrero podría emanciparse a sí mismo mientras participase política o materialmente en la opresión de otra nación o raza. En algunos de sus artículos y discursos más apasionados defendió que la libertad de los negros era la condición previa para una política independiente de la clase obrera estadounidense, como lo era la libertad de Irlanda para una radicalización de la clase obrera británica. En el continente, la independencia de Polonia, por supuesto, ha sido durante mucho tiempo la piedra de toque del internacionalismo democrático y más tarde socialista.

En biología, uno aprende acerca de cierta especie de oruga que solo puede cruzar el umbral de la metamorfosis al ver su futura mariposa. La subjetividad proletaria no evoluciona poco a poco, sino que requiere saltos no lineales, especialmente a través de la auto-identificación moral a través de la solidaridad con la lucha de un pueblo lejano. Incluso cuando esto contradice su interés propio a corto plazo, como en los casos famosos del entusiasmo de los trabajadores del algodón de Lancashire por Lincoln y más tarde por Gandhi, tales esfuerzos no solo anticipan un mundo más allá del capitalismo, sino que avanzan la marcha de la clase trabajadora hacia él.

El socialismo, en otras palabras, requiere actores no utilitarios, cuyas motivaciones y valores finales surgen de estructuras de sentimientos que otros considerarían espirituales. Marx criticó con razón el humanismo romántico en abstracto, pero su panteón personal -Prometeo y Espartaco, Homero, Cervantes y Shakespeare-, afianzaron una visión heroica de la capacidad humana. Pero, ¿puede esa posibilidad realizarse en el mundo de hoy, un mundo donde la «vieja clase obrera» ha sido esquilmada como sujeto? Este artículo no responde esa pregunta. Espero que ayude a estimular un intercambio continuo que pueda señalar el camino a seguir.

Notas:


[1] “History in the ‘Age of Extremes’: A Conversation with Eric Hobsbawm (1995),” International Labor and Working-Class History 83 (March 2013), 19.

[2] Incluso en China, su ocaso puede estar en el horizonte. El crecimiento general de la clase obrera china, dado que el campo ha enviado a decenas de millones de sus hijas e hijos a trabajar en las zonas costeras de procesamiento de exportaciones, disfraza el declive simultáneo del sector industrial estatal y los enormes despidos entre los veteranos industriales trabajadores. Ver Ju Li, «De 'Maestro' a 'Perdedor:' Cambio de Identidad cultural de la clase trabajadora en la China contemporánea» Trabajo Internacional e Historia de la Clase Obrera 88 (Otoño de 2015): 190-208.

[3] Los estudios, por ejemplo, han contrastado el sentido ampliamente inclusivo de «nosotros» de la clase trabajadora francesa en la década de 1970 con la furia actual contra los inmigrantes musulmanes y los jóvenes desempleados en general. "Ellos" ahora incluye a aquellos «debajo» del proletariado tradicional, así como a los que están «por encima» de él. Véase Michele Lamont y Nicolas Duvous, «¿Cómo ha transformado el neoliberalismo los límites simbólicos de Francia?», Cultura y sociedad 32, núm. 2 (verano de 2014): 57-75; Olivier Schwartz, «Vivons-nous encore dans une une des des classes?» La Vie des Idées, 22 de septiembre de 2009.

[4] La amenaza inminente de la automatización para la clase trabajadora es una vieja historia. Los primeros en proponer el proletariado fueron Stuart Chase y el movimiento de Tecnocracia a principios de la década de 1930, seguidos de Norbert Weiner, Ben Seligman y el Comité de la Triple Revolución en la década de 1960, y luego André Gorz en 1980. Sin embargo, todas las pruebas apuntan a que el lobo en realidad está en la puerta.

[5] Martin Ford, Rise of the Robots: Technology and the Threat of a Jobless Future (New York: Basic Books, 2015), 10.

[6] Hay, por supuesto, muchos precedentes para desvincular la tríada de urbanización, industrialización y modernización. Trotsky, por ejemplo, caracterizó a la Rusia zarista como un caso de «industrialización sin modernización». (Véase la fascinante discusión en Baruch Knei-Paz, The Social and Political Thought of Leon Trotsky, Oxford: Oxford University Press, 1978, 94–107.)

[7] Michael Goldman, “With the Declining Significance of Labor, Who Is Producing Our Global Cities?,” International Labor and Working-Class History 87 (Spring 2015), 137–64 (on Bangalore); Olu Ajakaiye et al., «Understanding the Relationship between Growth and Employment in Nigeria» Brookings Paper, mayo de 2016.

[8] David Neilson and Thomas Stubbs, «Relative Surplus Population and Uneven Development in the Neoliberal Era: Theory and Empirical Application,» Capital and Class 35, nº 3 (2011): 451.

[9] Schwartz, ibid. Sus estudios etnográficos sobre el impacto en las dos últimas generaciones de neoliberalismo en la conciencia de los mineros, conductores de autobuses y maquinistas son esenciales para cualquier conocimiento de Nicolas Sarkozy o Marine Le Pen.

[10] Simon Charlesworth, A Phenomenology of Working-Class Experience (Cambridge: Cambridge University Press, 2000), 2. Esta es una cuenta eviscerante del costo humano de la desindustrialización y la destrucción de una cultura tradicional del trabajo.

[11] Christian Marazzi, “Money and Financial Capital,” Theory, Culture, Society 32 (2015): 7–8, 42.

[12] Ellen Meiksins Wood, The Retreat from Class: A New «True» Socialism (London and New York: Verso, 1986), 5.

[13] Georg Lukács, History and Class Consciousness: Studies in Marxist Dialectics (Cambridge, MA: MIT Press, [1923] 1971), 46.

[14] International Review of Social History 52 (2007): 478.

[15] Lukács, History and Class Consciousness, 46.

[16] Estas notas podrían considerarse una expansión arriesgada de la tesis en "La clase especial", capítulo 2 del libro de Hal Draper, Karl Marx’s Theory of Revolution, Vol II: The Politics of Social Classes (New York: Monthly Review, 1978), 33–48. 

[17] Alex Callinicos, Making History: Agency, Structure, and Change in Social Theory (Leiden, Netherlands: Brill, [1987] 2005.

[18] Partes del famoso trabajo de Tronti han aparecido en inglés, pero en general esperamos la finalización de la próxima traducción de Verso. Mientras tanto, su ensayo seminal "Lenin en Inglaterra" ofrece una versión anterior de este argumento.

[19] En uno de sus primeros artículos de Londres («Review / de mayo a octubre de 1850»), Marx primero argumentó que las revoluciones de 1848 estallaron por la crisis económica de 1847 y que la crisis revolucionaria terminó con el regreso de la prosperidad al final de 1849. Más tarde incorporó este artículo como la Cuarta Parte de las Luchas de Clase en Francia.

[20] The key text is V.I. Lenin, «The Impending Catastrophe and How to Combat It,» Collected Works, Vol. 25 (Moscow: Progress Publishers, [1917] 1964), 323–69.

[21] David Shaw, “Happy in Our Chains? Agency and Language in the Postmodern Age,” History and Theory 40 (December 2001): 19, 21.

[22] La época de la guerra partidista y la liberación nacional bajo el liderazgo comunista es aún más rica en analogías para pensar en la formación de la clase contemporánea y la capacidad revolucionaria, pero lo primero es lo primero.

[23]  Marc Mulholland, “Marx, the Proletariat, and the ‘Will to Socialism,’” Critique 37, nº. 3 (2009): 339–40.

[24] «El jefe de esta emancipación es la filosofía, su corazón es el proletariado. La filosofía no puede hacerse realidad sin la abolición del proletariado, el proletariado no puede ser abolido sin que la filosofía se haga realidad.» V.I. Lenin, Collected Works, Vol. 4 (Moscow: Progress Publishers, 1960), 187.

[25] V. I. Lenin, «1844 Introduction» Collected Works, Vol. 3 (Moscow: Progress Publishers, 1960), 186.

[26] Ibid., 186–87; V.I. Lenin, Collected Works, Vol. 6 (Moscow: Progress Publishers, 1961),176.

[27] André Gorz, Strategy for Labor (Boston: Beacon Press, 1967), 3.

[28] David Montgomery, «Commentary and Response» Labor History 40, no. 1 (1999): 37.

[29] Raphael Samuel, “Mechanization and Hand Labour in Industrializing Britain,” in Lenard Berlanstein (ed.), The Industrial Revolution and Work in Nineteenth-Century Europe (London: Routledge, 1992), 38. Desde el punto de vista de la mano de obra necesaria para crear valor de uso en la sociedad, sin embargo, el trabajo doméstico no remunerado de las madres y esposas de la clase trabajadora puede haber contribuido en mayor medida. No he encontrado ninguna estimación victoriana, pero para EE. UU. en los años 1950-60, Nordhaus y Tobin estimaron que el trabajo doméstico no asalariado era equivalente al 50 por ciento del PIB. Véase William Nordhaus y James Tobin,  «Is Growth Obsolete?» in Economic Research: Retrospect and Prospect, vol. 5, edited by National Bureau of Economic Research (New York: National Bureau of Economic Research, 1972).

[30] Para un tratamiento sofisticado de esta distinción y sus implicaciones para la formación de clases, véase David Neilson, «Formal and Real Subordination and the Contemporary Proletariat: Re-coupling Marxist Class Theory and Labour-Process Analysis» Capital and Class 31, no. 1 (Spring 2007): 89–123.

[31] No se pretende con esto afirmar que los trabajadores industriales fueron inicialmente los más conscientes de la clase o políticamente radicales; lo contrario fue a veces cierto, siendo los artesanos semiproletarizados y los artesanos de pequeñas tiendas (sastres e impresores sobre todo), los que continuaron formando el medio revolucionario hasta la década de 1870 o incluso más tarde.

[32] En «Principios del comunismo», un borrador del Manifiesto, Engels proclamó: «Mientras no sea posible producir tanto que no solo haya suficiente para todos, sino también un excedente para el aumento del capital social y para el mayor desarrollo de las fuerzas productivas, siempre deberá existir una clase gobernante que disponga de las fuerzas productivas de la sociedad y una clase pobre y oprimida.» Karl Marx y Friedrich Engels, Collected Works, vol. 6 (New York: International Publishers, [1845–48] 1976), 349.

[33] Grundrisse, 704-08. Por el contrario, la burguesía veía la supresión del tiempo libre y su conversión en un trabajo disciplinado como la base misma de la industria, si no de la civilización. Marx cita al economista primitivo Cunningham (1770): "Hay un gran consumo de lujos entre los pobres trabajadores de este reino; particularmente entre la población manufacturera, que también consume su tiempo, el más fatal de todos sus consumos. Karl Marx y Friedrich Engels, Collected Works, vol. 34 (Nueva York: Editores Internacionales, [1863-64] 1993), 294.

[34] «El problema, como él lo ve, no es una redistribución, más o menos igual de la riqueza existente. Para Marx, el comunismo es la creación de nuevas riquezas, de nuevas necesidades y de las condiciones para su satisfacción».  Shlomo Avineri, The Social and Political Thought of Karl Marx (Cambridge: Cambridge University Press, 1968), 64.

[35] Michael Lebowitz, “Review: Heller on Marx’s Concept of Needs,” Science and Society 43, no. 3 (Fall 1979): 349–50; Agnes Heller, The Theory of Need in Marx (London Allison & Busby, 1976).

[36] Marx y Engels hicieron una distinción entre los falansterios fourieristas y las colonias owenitas, que se distanciaban de la lucha de clases, y las instituciones cooperativas, que eran parte integral de los movimientos obreros.

[37] Bajo el capitalismo, «el obrero observa la naturaleza social de su trabajo, en su combinación con el trabajo de otros para un propósito común como lo haría con un poder ajeno. ... La situación es bastante diferente en las fábricas propiedad de los propios trabajadores, como en Rochdale, por ejemplo». Karl Marx, El capital, Vol. II (Moscow: Progress Publishers, 1962), 85.

[38] Marx, “The General Council to the Federal Council of Romance Switzerland,” Karl Marx y Friedrich Engels, Collected Works, vol. 21 (New York: International Publishers, [1867–70] 1985), 86.

[39] Leon Trotsky, Platform of the Joint Opposition, capítulos 1 y 3, sacado de marxists.org.

[40] Karl Marx y Friedrich Engels, Collected Works, vol. 1v (New York: International Publishers, [1844–45] 1975), 511.

[41] Karl Marx y Friedrich Engels, Collected Works, vol. 11 (New York: International Publishers, [1851–53] 1980), 187.

[42] Eric Hobsbawm, «Class Consciousness in History» en el libro de  István Mészáros (ed.), Aspects of History and Class Consciousness (London: Routledge, 1971), 9.

[43] Constantin Pecqueur, «Economie sociale ... sous l'influence des applications de la vapeur» (París: Desessart, 1839), xii, 62-63. Pecqueur, defensor de una versión más bien siniestra de socialismo de estado, ha sido celebrado ocasionalmente -por escritores franceses- como el «Marx francés». (Véase Joseph Marie, Le socialism de Pecqueur, París 1906, 66-67, 108-10). )

[44] Para un famoso estudio de un lugar de trabajo hobbesiano fragmentado al máximo por raza, género y habilidad, véase Katherine Archibald, Wartime Shipyard: A Study in Social Disunity (Berkeley: University of California Press, 1947).

[45] La versión clásica del siglo XX del sindicalismo local como una alianza elaborada y forjada de las culturas de las tiendas es The Emergence of a UAW Local, 1936-1939: A study on class and culture, de Roger Friedlander (Pittsburgh: University of Pittsburgh Press, 1977).

[46] Marx y Engels, Collected Works, vol. 6, 211.

[47]  F. Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra, en Marx y Engels, Collected Works, vol. 4, 418.

[48]  Ibid., 421.

[49]  Hugh McLeod, Piedad y pobreza: la religión de la clase trabajadora en Berlín, Londres y Nueva York, 1870-1914 (Nueva York: Holmes y Meier, 1996), 11, capítulo 1. En Wedding, por ejemplo, apenas el 3% de la población eran considerados creyentes.

[50] Vernon Lidtke, La cultura alternativa: trabajo socialista en la Alemania imperial (Oxford: Oxford University Press, 1985), 7-8, 17. En su capítulo sobre canciones, Liederbucher y Lidtke ofrecen maravillosos ejemplos de socialistas que satirizan la guerra y se burlan del patriotismo en el estilo «burlesco» que Brecht luego transfirió al teatro.

[51]  Ibid., 194.

[52] Chris Ealham, Clase, cultura y conflicto en Barcelona, ​​1898-1937 (Londres: Routledge, 2005), 36.

[53] Rosa Luxemburgo, «The Mass Strike», en The Essential Rosa Luxemburg, editado por Helen Scott (Chicago: Haymarket Books, [1906] 2008), 145. En un estudio estadístico de las huelgas durante la revolución de 1905, Lenin reivindicó empíricamente el análisis de Luxemburgo. (CW 16, 393-422)

[54]  Hagen Koo, Trabajadores coreanos: la cultura y la política en la formación de la clase (Ithaca, NY: Cornell University Press, 2001), 18-19.

[55] David Montgomery, La caída del sindicalismo (Cambridge: Cambridge University Press, 1987) 1.

[56] Karen Hunt, "La política de la alimentación y el activismo vecinal de las mujeres en la Primera Guerra Mundial en Gran Bretaña", Trabajo internacional e historia de la clase trabajadora 77 (primavera de 2010): 8.

[57] Geoff Eley, Forging Democracy: The History of the Left in Europe, 1850-2000 (Oxford: Oxford University Press, 2002), 58.

[58] Jonathan Rose, La vida intelectual de las clases trabajadoras británicas (New Haven, CT: Yale University Press, 2008), 8; Dennis Sweeney, "Práctica cultural y deseo utópico en la socialdemocracia alemana: leyendo Arbeiterfrage (1912) de Adolf Levenstein," Social History 28, no. 2 (2003): 174-99.

[59] Karl Marx, Manuscritos económicos de 1861-63, en Marx y Engels, Collected Works, vol. 34, 101 ("Valor Excedente Relativo").

[60] Gregory Vargo, “Outworks of the Citadel of Corruption: The Chartist Press infors about the Empire”, Victorian Studies 54, no. 2 (Invierno de 2012): 231. Ver también Stephen Coltham, "Periódicos ingleses de la clase trabajadora en 1867", Estudios victorianos 13, núm. 2 (diciembre de 1969).

[61] John Reed, Diez días que sacudieron al mundo (Londres: Penguin Classics, 2007) 24.

[62]  Gerhard Ritter, "Cultura obrera en la Alemania imperial", Journal of Contemporary History 13 (1978): 166.

[63]  Martyn Walker, "Fomento de una educación sólida entre las clases industriales": Institutos de Mecánica y Membresía de clase trabajadora, 1838-1881, "Educational Studies 39, no. 2 (2013): 142. Walker desaprueba la afirmación de que los institutos estaban dominados por las clases medias: por el contrario, argumenta, representaban una "convergencia de intereses de clase". "Los radicales de la clase obrera se alinearon con los simpatizantes de clase media en relación a la política y a la autoayuda "(145).

[64] Citado en Ed Block, "La retórica de Huxley y la popularización de las ideas científicas victorianas: 1854-1874, "Victorian Studies 29, no. 3 (primavera de 1986): 369.

[65]  Ralph Colp, "Los contactos entre Karl Marx y Charles Darwin", Revista de Historia de las Ideas 35, no. 2 (1974): 329 - 38; y Jenny Marx, Carta a Johann Becker (29 de enero de 1866), Karl Marx y Friedrich Engels, Collected Works, vol. 42 (Nueva York: Editores internacionales, 1987), 568.

[66] Georges Sorel, Reflexiones sobre la violencia (Glencoe, IL: Free Press, 1950), 145.

[67] Luxemburgo, La huelga de masas, 141, 147. Para la conocida crítica de la "espontaneidad" de Trotsky, véase "¿Quién dirigió la insurrección de febrero?”, Historia de la revolución rusa (Nueva York: Simon y Schuster, 1937), 142- 52. Además de la revolución en el imperio ruso, un millón de trabajadores se manifestaron en el Austría y Alemania (especialmente en Sajonia). "Se estima que 250.000 trabajadores se manifestaron solo en Viena". Véase Christoph Nonn, "Poniendo el radicalismo a prueba: la socialdemocracia alemana y las manifestaciones por el sufragio de 1905 en Dresde", Revista internacional de historia social 41 (1996): 186.

[68]  Lenin, "La Reorganización del Partido" Collected Works, vol. 10 (Moscú: Editores de progreso, [1905] 1962), 32; Phil Goodstein, The Theory of the General Strike: From the French Revolution to Poland (Nueva York: Columbia University Press, 1984), 153.

[69] Marx y Engels, Collected Works, vol. 6, 354.

[70]  Véase Montgomery, La caída de los sindicatos, «Capítulo 1: Cerebro de gerente bajo gorra de obrero». Los ingenieros y químicos, sin embargo, fueron organizadores integrales de las nuevas industrias del siglo XX, en particular los productos químicos y la maquinaria eléctrica.

[71] La «desaparición del trabajador especializado polivalente», escribe Gorz, «también ha implicado la desaparición de la clase capaz de hacerse cargo del proyecto socialista y traducirlo en realidad. Fundamentalmente, la degeneración de la teoría y la práctica socialista tiene ahí su origen». Véase André Gorz, Adiós a la clase obrera, (Londres: Pluto Press, 2001), 66.

[72] Nelson Lichtenstein, Walter Reuther: el hombre más peligroso de Detroit (Urbana-Champaign: University of Illinois Press, 1995), 20.

[73] Un ejemplo más reciente. En 1974, como parte de una huelga general contra el intento de Harold Wilson de incorporar a líderes católicos moderados al gobierno del Ulster, los trabajadores unionistas pararon la central eléctrica de Ballylumford que generaba la mayor parte de la electricidad de Belfast. Los ingenieros del ejército británico, totalmente desconcertados por los amaños de años de ajustes ad hoc por parte de los trabajadores de la central, no pudieron poner en marcha la planta y Wilson se vio obligado de forma humillante a abandonar sus reformas. Un libro sobre la huelga recoge el pánico posterior en la OTAN cuando sus planificadores se dieron cuenta de que los trabajadores comunistas en las empresas francesas e italianas sin duda podrían hacer lo mismo. Ver Don Anderson, 14 días de mayo (Dublín: Gill y MacMillan, 1994).

[74] Marx y Engels, Collected Works, vol. 6, 176.

[75] Lukács, 63 y 66. (Su énfasis)

[76] Ibid, 69 y 76-77.

[77] Stephen Perkins, El marxismo y el proletariado: una perspectiva lukácsiana, Plutón, Londres 1993, 171.

[78] Lukács, Historia y conciencia de clase, traducido por Rodney Livingston (Cambridge, MA: MIT Press, 1972), 74, 80.

[79] Pierre Broué, La revolución alemana 1917-1923 (Chicago: Haymarket Books, [1971] 2006), 68.

[80]  Lenin, «Las tareas de la revolución», en Collected Works, vol. 26 (Moscú: Editores de progreso, [1917] 1964), 60.

[81]  Alexander Rabinowitch, Los bolcheviques llegan al poder: La revolución de 1917 en Petrogrado (Chicago: Haymarket Books, 2004), 311-12.

[82] Preobrazhensky, citado en la reseña de A. Marshall sobre The Preobrazhensky Papers in Critique 43, no. 1 (2015): 92-93.

[83] George Julian Harney, discurso reimpreso en Engels, «El Festival de las Naciones en Londres», en Marx y Engels, Collected Works, vol. 6, 11

[84] Jacques Grandjonc, «Les étrangers a Paris sous la monarchie de Juillet et la seconde République», Population 29 (marzo de 1974): 84 (edición francesa). Stanley Nadel, señala que «el asalariado promedio se quedó en París solo por un período limitado, perfeccionó su oficio y luego siguió su camino, calculó que entre 100.000 y medio millones de veteranos de los talleres de París habían regresado a Alemania antes de que acabase la década [ de 1840] ». Ver Stanley Nadel, “Desde las barricadas de París hasta las aceras de Nueva York: los artesanos alemanes y las raíces europeas del radicalismo laborista estadounidense ", Historia del trabajo 30, núm. 1 (invierno de 1989): 49-50.

 

profesor del Departamento de Pensamiento Creativo en la Universidad de California, Riverside, es miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso. Traducidos recientemente al castellano: su libro sobre la amenaza de la gripe aviar (El monstruo llama a nuestra puerta, trad. María Julia Bertomeu, Ediciones El Viejo Topo, Barcelona, 2006), su libro sobre las Ciudades muertas (trad. Dina Khorasane, Marta Malo de Molina, Tatiana de la O y Mónica Cifuentes Zaro, Editorial Traficantes de sueños, Madrid, 2007) y su libro Los holocaustos de la era victoriana tardía (trad. Aitana Guia i Conca e Ivano Stocco, Ed. Universitat de València, Valencia, 2007). Sus libros más recientes son: In Praise of Barbarians: Essays against Empire (Haymarket Books, 2008), Buda's Wagon: A Brief History of the Car Bomb (Verso, 2007; traducción castellana de Jordi Mundó en la editorial El Viejo Topo, Barcelona, 2009) y junto con Justin Akers Chacón, Nadie Es Ilegal, Combatiendo el Racismo y la Violencia del Estado en la Frontera (Chicago, Illinois. Haymarket Books. 2009).
Fuente:
Catalyst, Volumen I, número 2 – verano de 2017
Traducción:
Enrique García
Francisco Rebollo