Violencia y utopía en el discurso de Bolívar Echeverría

Adolfo Gilly

20/02/2011

1. La violencia

Conversamos poco y leí mucho a Bolívar Echeverría: es decir, me tocó conversar con él de otra manera. No sé cómo fueron su infancia y su adolescencia. Sé que era un andino, tanto en su modo suave de ser firme como en esa peculiar capacidad de abstracción que dan las montañas ásperas y altas, sus valles rientes y la antigua civilización cuyos idiomas siguen bañando con sus sonidos y significados la vida cotidiana de los Andes y dando cauce con sus modos de estar a los sentimientos.

No estoy hablando sólo de Bolívar, sino de los andinos desde Ecuador hasta Bolivia, esos que dieron su música verbal a José María Arguedas, el peruano, y a César Dávila Andrade, el ecuatoriano. Y Bolívar, repito, era de allá desde en su modo de mirar hasta en los tonos de su voz. Estudió en su juventud en Alemania. Habrá sido entonces un andino en Berlín, un despaisado. Pero estas son memorias que toca contar a José María Pérez Gay.

Bolívar quiso adentrar su pensamiento, y lo hizo como pocos, en desmenuzar con mesurada calma intelectual la violencia atroz de nuestra época. Ahora fui a buscarlo en las páginas de uno de sus libros, Valor de uso y utopía, las cubiertas de cuyo ejemplar están desgastadas de tanto ir y venir entre mis usos. Allí volví a su ensayo “Violencia y modernidad” donde, desde un coloquio de 1997, apuntó hacia el desencadene de la violencia institucional y la violencia salvaje (es decir, no institucionalizada) en esta época del Estado neoliberal que las rezuma como si fuera un sudor de su cuerpo. Escribió entonces Bolívar: [1]

Kantiana sin saberlo, la opinión pública de la “época posmoderna” no quiere mirar en el exacerbamiento y la agudización monstruosa tanto de la violencia social “salvaje” como de la violencia estatal “civilizadora” una posible reactualización catastrófica de la violencia ancestral no superada, sino que se contenta por tenerlas por el precio que es ineludible pagar en el trecho último y definitivo del camino que llevaría a la conquista de la “paz perpetua”.

Bolívar desentraña –extrae de las entrañas- de la violencia ancestral “cierto tipo de violencia que no sólo es ineludible en la condición humana sino constitutiva de ella, de su peculiaridad –de sus grandezas y sus miserias, de sus maravillas y sus aberraciones- en medio de la condición de los demás seres”.

Ve a esa violencia como enraizada en las condiciones de supervivencia de la comunidad arcaica ante la situación de “escasez absoluta” que era la suya: [2]

es decir, de unas condiciones en las que el mundo natural presenta un carácter incondicionalmente inhóspito para las exigencias específicas del mundo humano. La escasez absoluta es una condición que vuelve a la existencia humana cosa de milagro, afirmación desesperada, siempre en peligro, en medio de la amenaza omnipresente [...]. 

Pero la distingue en manera tajante de lo que llama “la violencia fundamental en la época de la modernidad capitalista, aquella en la que se apoyan todas las otras, heredadas, reactivadas o inventadas”. Ésta, nos dice: [3]

Es la violencia represiva elemental que no permite que lo que en los objetos del mundo hay de creación, por un lado, y de promesa de disfrute, por otro, se realice efectivamente, si no es como soporte o pretexto de la valorización del valor. Es la violencia que encuentra al comportamiento humano escindido y desdoblado en dos actitudes divergentes, contradictorias entre si, la una atraída por la “forma natural” del mundo y la otra subyugada por su forma mercantil-capitalista, y que castiga y sacrifica siempre a la primera en bien y provecho de la segunda.

Esa modernidad tiene que cuidar en su modo de existir y funcionar que el valor de la fuerza de trabajo se mantenga deprimido respecto del valor de las demás mercancías. Tiene que generalizar la circulación sin fronteras nacionales de todas las mercancías, el trabajo objetivado; y al mismo tiempo, con muros alzados en esas fronteras, tiene que controlar e impedir la libre circulación de los humanos, el trabajo vivo, y con él de esa mercancía extraña de la cual es portador inseparable, la fuerza de trabajo.

Esa modernidad, dice Bolívar: [4]

Tuvo que velar, antes que nada. por que el conjunto de los trabajadores esté siempre acosado por la amenaza del desempleo o el mal empleo, es decir, siempre en trance de perder su derecho a la existencia. [...]  Debió aferrarse al esquema arcaico de la escasez absoluta; recrearla artificialmente dentro de la nueva situación real, la de la escasez o abundancia relativas.

Esta modernidad “reabsolutiza artificialmente la escasez” y coloca a la sociedad humana “como constitutivamente insaciable o infinitamente voraz”, recreando así el escenario primigenio de la violencia.

La modernidad capitalista nos despoja de los cuatro elementos del mundo antiguo: agua, aire, fuego, tierra, para convertirlos en puro valor de cambio; nos destruye los mundos de la vida donde esos elementos eran parte inseparable de la existencia humana; y nos crea un universo artificial en la abundancia ficticia de materiales desechables por exceso y efímeros por defecto - una propuesta del mundo como centro comercial, de la cultura como producto mediático, del disfrute como parque temático y de la guerra como gotcha. Mientras tanto militares, paramilitares y sicarios entretejen la verdadera y sangrienta guerra privada del capital financiero como la realidad nuestra de cada día.

Esta violencia, que hoy ejercen en esta tierra mexicana los dos aparatos armados del Estado: el del gobierno federal y el del gobierno semiclandestino del narco, ambos unidos por encima de las fronteras en el circuito universal del capital financiero, estaba descrita ya en aquellas palabras precursoras de Bolívar Echeverría sobre la violencia represiva elemental de la modernidad capitalista que quiere que toda actividad humana esté subordinada a la valorización del valor.

Fue esa desde sus albores lejanos en la Conquista la violencia de la expansión del capital, esa que en el Ecuador natal de Bolívar Echeverría narró en poesía inigualable César Andrade Dávila en Boletín y elegía de las mitas, hermano ecuatoriano del peruano José María Arguedas, el de Los ríos profundos y de Todas las sangres, ambos de una misma estirpe andina, ambos suicidas en un su mundo vuelto insoportable.

A ese mundo nos remite Bolívar cuando escribe, casi al final de Violencia y modernidad: [5]

“A contrapelo” –como Walter Benjamin decía que un materialista debe contar la historia-, la historia deslumbrante de la modernidad capitalista, de sus progresos y sus liberaciones, mostraría su lado sombrío; su narración tendría que tratarla primero como una historia de opresiones, represiones y explotaciones; como la historia de los innumerables holocaustos y genocidios de todo tipo que han tenido lugar durante los siglos que ha durado, y en especial en este que está por terminar.

Esa historia, aún por escribir porque sólo una humanidad liberada o redimida podrá hacer suya la totalidad de su pasado, vive sin embargo dispersa o en fragmentos en algunas páginas sueltas de la literatura, la historia y el arte grandes de varios tiempos. Ponga el lector los nombres. Yo nomás digo.

2. Walter Benjamin

En esta historia trágica del siglo XX, iluminada en su segunda mitad por los fulgurantes relámpagos oscuros de las revoluciones coloniales, la inteligencia de Bolívar Echeverría persistió en perseguir el discurso de la utopía de un mundo de valor de uso, escondido por fuerza en la universalidad desenfrenada de los intercambios pero inextinguible como soporte, disfrute y realización de la vida humana. Lo encontró y lo persiguió, en este libro del cual hablo y en otras obras, en aquella figura extemporánea -“inquietante”, la llama- de otro suicidado del siglo, el judío alemán Walter Benjamin, cuyas “tomas de posición explícitas –agrega- lo alían inconfundiblemente con los movimientos de izquierda y sus utopías de una modernidad comunista”: [6]

En medio de una situación de crisis generalizada de la cultura política y del discurso político en cuanto tal, la aproximación de Benjamin a ellos, tan excéntrica, tan extemporánea, tan “fuera de la realidad” como parece estar, se enciende con una capacidad desbordada de irradiar sugerencias y adquiere una capacidad de seducción inigualable.

Seducción es palabra precisa en este caso, y Bolívar la vivió pensando, escribiendo y girando infatigable en torno a la obra de Benjamin y, en particular, a sus Tesis sobre la historia y a su dimensión utópica. La mirada del ángel, el coloquio que él coordinó “en torno a las tesis sobre la historia de Walter Benjamin”, fue uno de los momentos de condensación de esa seducción de la obra de Benjamin sobre la suya.

El pensamiento de Benjamin en estas tesis, anota Bolívar, es una propuesta de unir el utopismo de raíz occidental con el espíritu mesiánico de estirpe oriental.

La percepción del mundo como esencialmente perfectible es propia del utopismo occidental. La percepción del mundo como una realidad que tiene en si misma otra dimensión, virtual; una dimensión mejor, que “quisiera” ser real pero que no lo puede ser porque el plano de lo efectivamente real está ocupado – aunque defectuosamente.

Algo semejante a esto, pero en un registro mítico completamente diferente, encontramos también en el espíritu mesiánico. [...] En principio, el sentido de la marcha histórica es desastroso. En esta historia, que se muestra dominada por el mal, vislumbra sin embargo la posibilidad de que aparezca algún día el momento de la redención, del acto o el sacrificio mesiánico capaz de integrar al mal humano en el bien universal, revertir ese sentido desastroso de la historia y de (re)abrir las puertas del paraíso para el ser humano.

Son dos modos completamente distintos de estar en la realidad pero cuestionándola, trascendiéndola, dice Bolívar. Uno, el utópico, proviene de los pueblos atados a un territorio, conjetura. El otro, el mesiánico”, “viene seguramente de los pueblos nómadas”, agrega. Y concluye: [7]

A mi modo de ver, el núcleo reflexivo o el punto teórico central en torno al cual giran los muy variados temas que Benjamin aborda en sus Tesis está dado por el intento de mostrar cómo una teoría de la revolución adecuada a la crisis de la modernidad sólo puede cumplir su tarea de reflexión si es capaz de construirse al combinar el utopismo con el mesianismo haciendo que ambos se exijan mutuamente a dar más de si mismos.

Bolívar subraya la crítica de Benjamin al “progresismo”, a la noción de progreso “como el rasgo fundamental de lo que ha sido la política socialista desde el siglo XIX”: [8]

Y deja entrever la idea de que un verdadero socialismo es impensable sin una idea de economía completamente diferente de la economía puramente mercantil, sin una economía capaz de privilegiar el valor de uso por sobre el valor de cambio y ajena por lo tanto a las exigencias del progreso como crecimiento del capital. [...].

Según Benjamin, una política socialista necesita vencer la aversión progresista a la tradición y rescatar la fuerza que viene de ésta, enfatizando una necesidad profunda, la de “redimir el pasado”. [...]

De esta manera, sin ser una vuelta hacia atrás ni una reconquista del pasado, la revolución sería una afirmación del presente que se cumple mediante una recuperación del pasado.

No es difícil ver en esta reflexión sobre las Tesis de Benjamin un reverbero de esa “recuperación del pasado” como tradición y como fuerza revolucionaria invocada por las revueltas y las revoluciones de raíz india en América Latina, desde el discurso de la insurrección zapatista de Chiapas de 1994 hasta el de la revolución boliviana de 2003 y 2005 y el de los movimientos y rebeliones en la sierra y la selva peruanas y ecuatorianas en estos tiempos. Pero no otra cosa había hecho un siglo antes la revolución de Emiliano Zapata con su Plan de Ayala de noviembre de 1911, contrapuesto al progreso y la reforma estatal como ideas fuerza del Plan de San Luis de 1910.

3. La utopía

En la tesis 2 de Modernidad y capitalismo – 15 tesis, Bolívar Echeverría, terco inventor de utopías aunque lo niegue, esboza una conjetura:[9]

que la escasez no constituye la “maldición sine qua non” de la realidad humana; que el modelo bélico que ha inspirado todo proyecto de existencia histórica del Hombre, convirtiéndolo en una estrategia que condiciona la supervivencia propia a la aniquilación o explotación de lo Otro (de la Naturaleza, humana o extrahumana) no es el único posible; que es imaginable –sin ser una ilusión- un modelo diferente, donde el desafío dirigido a lo otro siga más bien el modelo del eros.

Este discurso atraviesa también el pensamiento de uno de los mayores marxistas del siglo XX, el inglés Edward P. Thompson:[10]

Nunca regresaremos a la naturaleza humana precapitalista; sin embargo, un recuerdo de sus necesidades, esperanzas y códigos alternativos puede renovar nuestra idea de la amplitud de las posibilidades de nuestra naturaleza. Podría incluso prepararnos para un tiempo en el cual se descompongan tanto las necesidades y expectativas capitalistas como las comunistas estatistas, y sea posible rehacer la naturaleza humana bajo nuevas formas. Esto es tal vez silbar en medio de un ciclón. Es invocar el redescubrimiento, en nuevas formas, de un tipo nuevo de “conciencia de costumbres”, en la cual una vez más generaciones sucesivas establezcan entre sí una relación de aprendizaje, en la cual las satisfacciones materiales se mantengan estables (aunque igualitariamente distribuidas) y sólo se amplíen las satisfacciones culturales, y en la cual las esperanzas y expectativas se vayan igualando en un estado estable de las costumbres.

“Silbar en un ciclón”: ¿no fue éste para Bolívar Echeverría uno de los sentidos de su vida, su obra, su ironía y su risa detrás de los anteojos? Desde esos lugares de su propia utopía, la mirada del ángel nos sigue acompañando.— Adolfo Gilly, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, 30 de septiembre de 2010.

NOTAS: [1] Bolívar Echeverría, Valor de uso y utopía, Siglo XXI, México, 1998, ps. 97-98. [2] Ibid., p. 108. [3] Ibid., p. 114. [4] Ibid., p. 113. [5] Ibid., p. 116. [6] Ibid., ps. 120-121. [7] Ibid., p. 133.  [8] Ibid., ps. 135, 139, 140.  [9] Bolívar Echeverría, Las ilusiones de la modernidad, Editorial Tramasocial, Quito, Ecuador, 2001, p. 150. [10] E. P. Thompson, “History and Anthropology”, en Making History, The New Press, New York, 1994, p. 205. (En castellano: “Folclor, antropología e historia social”, en E. P. Thompson, Historia social y antropología, Instituto Mora, México, 1994, p. 60).

Adolfo Gilly es miembro del Consejo de Redacción de SinPermiso.

Fuente:
Revista de la UNAM