Daniel Arroyo-Rodríguez
20/07/2021
En 1921, el ejército español sacrifica inúltilmente en Marruecos la vida de más de diez mil soldados en el trágicamente conocido como el Desastre de Annual, poniendo en evidencia su ineficiencia colonial. Frente a un discurso oficial que silencia la experiencia de estas víctimas, la novela Imán (1930), de Ramón J. Sender, reconstruye esta derrota según la experimenta Viance, un soldado raso que, como subalterno del sistema feudal sobre el que se sustentan las políticas coloniales del Estado, queda excluido del discurso oficial. La novela transforma el testimonio del protagonista en un discurso público mediante las voces narrativas de Antonio (un periodista) y R.J.S. (proyección metaficticia del autor). Valiéndose de estos narradores, Imán construye una genealogía histórica en la que equipara a españoles y rifeños como subalternos —y también como protagonistas— de una historia bélica que se sobrepone a toda concepción colonialista de la patria y de la guerra.
“Tú irás por occidente; yo por oriente, y al final nos encontraremos en un lugar de desventura”.
Imán
El Desastre de Annual (1921) durante la Guerra del Rif en Marruecos (1911-1927) ha pasado a la memoria colectiva como una manifestación de la ineficiencia colonial española, así como de la supeditación de las políticas sociales y económicas del Estado a sus proyectos expansionistas en el norte de África.(1) Tomando como referencia las experiencias de Viance, un soldado raso, la novela Imán (1930), de Ramón J. Sender, articula una perspectiva del combate que pasa, de carecer de estatus epistemológico, a cuestionar el sistema de opresión económica y social sobre el que se sustentan las políticas coloniales del Estado en el primer cuarto del siglo XX. De hecho, el carácter excepcional de esta novela radica, no sólo en la representación del desastre militar — ampliamente estudiada por la crítica literaria— sino en la transformación de Viance, un soldado común, en un sujeto histórico y político que cuestiona el discurso oficial sobre este conflicto.(2) Para ello, y en contraposición a una narrativa historiográfica y militar que resulta, según Txetxu Aguado, “demasiado fría en su recuento de muertos o en la investigación de las causas del desastre” (99), Imán hilvana un relato de la tragedia desde la perspectiva de un individuo que, en su condición de subalterno, carece de voz y de iniciativa histórica (Santiáñez 28). Para abordar esta limitación, la novela reconstruye el testimonio de Viance desde la perspectiva de dos narradores que tienen acceso al discurso cultural: Antonio (un periodista) y R.J.S. (proyección metaficticia del propio Sender). Mediante la fusión de estas tres perspectivas, la novela supera la condición del protagonista como subalterno para articular un discurso genealógico que hermana a españoles y rifeños por encima de toda concepción colonialista de la patria y de la guerra.

La guerra de los excluidos: genealogía histórica del Desastre de Annual
A lo largo de los años, la crítica literaria ha definido Imán de acuerdo a distintos criterios estéticos y argumentales. Marcelino Peñuelas, por ejemplo, define esta obra como el primer ejemplo de novela social en España (Conversaciones 202). Por su lado, y atendiendo a la faceta más lírica de la novela, Rafael Bosch la califica como un ejemplo de “realismo alucinado” (52), mientras que Nil Santiáñez subraya su carácter modernista dentro del contexto cultural europeo que resulta de la Primera Guerra Mundial (17). Desde el punto de vista de la crítica política y social, Claudia Durst y Vernon Johnson se refieren a Imán como “a realistic eye opener to the horrors of military service” (220). Otros críticos interpretan la novela de Sender como una novela histórica (Francisco Carrasquer) y antiimperialista (Daniel Gier). Estas definiciones subrayan elementos claves a la hora de apreciar distintos elementos estéticos y políticos de esta novela. A estas interpretaciones, no obstante, cabe añadir la definición de Imán como una genealogía histórica que evalúa los efectos y las causas de este conflicto desde los márgenes del discurso oficial. (3) Para ello, Sender articula esta novela sobre conocimientos y experiencias que, citando a Michel Foucault, “have been disqualified as non-conceptual knowledges, as insufficiently elaborated knowledges: naïve knowledges, hierarchically inferior knowledges, knowledges that are below the required level of erudition of scientificity” (Society 6). Así, al tomar las experiencias de un subalterno como eje de su argumento, Imán construye un nuevo espacio desde el que narrar la tragedia y desde el que revindicar la condición de Viance como sujeto histórico y político.
En primer lugar, Imán reacciona contra una pirámide social que se basa, como indica Patrick Collard “en la explotación de las clases populares españolas e indígenas por el capitalismo y el imperialismo, con la colaboración de la Iglesia y la protección del ejército” (212). Haciéndose eco del discurso comunista en España durante los años veinte, Imán denuncia la opresión del campesinado y de la clase obrera dentro de un Estado que supedita a sus intereses económicos y militares la vida de estos individuos. Como señala Sebastián Balfour, “pese a la reforma de 1921, eran siempre los hijos de los obreros los que se sorteaban en los cuarteles para ir a África, mientras que los hijos de los ricos, los soldados de cuota, no se sorteaban” (176). Al tomar como punto de partida la experiencia de un soldado común, Imán sitúa en un primer plano de la narrativa “what had no business being seen and makes heard a discourse where once there was only place for noise” (Rancière 30), cuestionando de este modo las lógicas y la jerarquía de conocimientos del discurso oficial. Este último se sustenta sobre conceptos que, como en el caso de la patria y el heroísmo, justifican la incursión militar española en el norte de África, así como la percepción del musulmán —del rifeño, en particular— como un enemigo ancestral frente a los que se define la identidad española desde tiempos de la Reconquista.(4) En desacuerdo con esta perspectiva, Imán no articula una historia sobre y desde el poder, sino una genealogía que revela, desde el universo ideológico de la derrota, “its lower depths, its wickedness, and its betrayals” (Society 135). Desde este enfoque, la novela desbarata la concepción tradicional de la guerra y la paz, de lo civil y lo militar, y del amigo y el enemigo para revestir de valor político y epistemológico a la experiencia de Viance.
En lo que respecta a su estructura, Imán altera el orden tradicional de las narrativas militares y épicas, subrayando, como indica Santiáñez, que “la temporalidad de la historia novelesca no siempre se corresponde con la de la historia real, ni se puede determinar con absoluta precisión” (19). Así, en la literatura y cine de guerra el argumento se estructura frecuentemente en torno a uno o varios personajes desde que se incorporan al ejército hasta que regresan a su hogar o mueren en defensa de un ideal o del colectivo al que representan. Esta estructura puede observarse, por ejemplo, en obras tan dispares como el Cantar de Mio Cid (siglo XIII), o las películas La balada del soldado (1959), de Grigori Chukhrai, y Salvar al soldado Ryan (1998), de Steven Spielberg. La estructura de estas obras se ajusta al modelo de narrativa circular que describe Dominick Lacapra y que consiste en “a beginning, a middle, and an end, whereby the end recapitulates the beginning after the trials of the middle and gives you (at least on the level of insight) some realization of what it was all about” (156).
Imán invierte esta estructura circular, de forma que la incorporación de Viance al ejército no se narra hasta el final, mientras que el combate se sitúa al principio de la novela. Más aún, los ataques rifeños provocan una desbandada entre los españoles que resulta más dramática que la propia confrontación militar, hasta el punto de que ésta, y no el heroísmo de los soldados, adquiere un carácter épico y novelesco. De hecho, la retirada supone, de acuerdo con Carrasquer, “Lo más largo e importante del libro [...] Y lo verdaderamente épico (si se quiere, épico de signo adverso, pero épico)” (27). De este modo, la novela contrapone a Viance (en su condición de antihéroe) al Cid Campeador, es decir, a un héroe nacional cuya historia remite al lector a la lucha contra los musulmanes durante la Reconquista. De hecho, los viejos españoles despiden a los soldados que marchan a Marruecos en tono de sorna “con palabras que sonaban al Mio Cid [...]: “¡Al moro, muchachos, al moro!”” (366).(5)
La novela termina precisamente con la incorporación de Viance al ejército, conclusión que se solapa con su regreso a Urbiés, su pueblo natal. La superposición entre estas dos escenas —es decir, entre el principio y el final de su historia militar— sugiere el retorno del combatiente al sistema feudal que lo excluye inicialmente, entendiendo por feudalismo, no sólo un sistema económico sino, como indica Partha Chattarjee, “a whole range of forms of organization or production based on direct physical control over the life-processes of the producers” (358). El soldado queda así supeditado a una espiral económica y social que lo condena a la marginalidad y, en tiempos de guerra, a participar en las guerras coloniales.(6) Más aún, Viance no regresa a España como un héroe, topos habitual en la literatura de guerra, sino como “un forastero” (371) al que no le esperan —como celebra el escritor y Teniente Coronel del ejército español Eduardo Pérez Ortiz tras permanecer prisionero en el Rif durante dieciocho meses— “las caricias de la civilización” (319); por el contrario, el antihéroe de Imán provoca burlas entre sus compatriotas: “La criada de la estación lo mira un momento extrañada, llama a otra y ambas sueltan a reir” (369). El regreso de Viance se plantea así como un anticlímax en el que todo sacrificio y valor militar se vuelven irrelevantes. De hecho, y como sugiere el sinsentido de las celebraciones patrióticas en el café local, Viance se encuentra con una España inconsciente de la tragedia que viven los soldados en Marruecos:
La cupletista sale ahora entonando “La cruz del Mérito,” cuplé patriótico muy popular [...] La cupletista lleva sobre la teta izquierda, prendida en la camisa, la medalla de Viance. Cuando marca el paso con exagerados meneos la medalla oscila al compás [...] E insiste tres veces en ese “¡Viva España!” con modulaciones flamencas, moviendo las caderas. (375)
A esta falta de reconocimiento se suma también la sorpresa del protagonista cuando, a su regreso, encuentra su pueblo sumergido bajo una presa de agua y, con él “su casa, el suelo que pisaron sus padres [...] Aquellos recuerdos vivos que flotaban en las esquinas, en el pozo de la plaza, en la abadía y que eran punto de partida de toda su vida” (372). A pesar de su negatividad, este desenlace abre el horizonte a una transformación económica y social que ponga fin al feudalismo en España y, con ello, a la explotación de campesinos y obreros. Como indica el autor a Peñuelas, este final “Puede ser una manera de decir que el pasado feudaloide se podría superar. No hay que olvidar que las aguas que cubren el pueblo son de una presa que produce electricidad” (Conversaciones 203). En este sentido, el final de la novela plantea un nuevo problema para el soldado que, no obstante, y a largo plazo, apunta hacia una posible transformación del sistema feudal que lo subyuga. Como sugiere Sender, el final de la novela es catastrofista, pero no pesimista (Conversaciones 203), ya que captura un momento incipiente de transformación económica en la que Urbiés —un pedazo del mundo rural— cede paso a la industrialización y, como consecuencia, a un nuevo modelo de participación económica, social y política de personajes como Viance.

¿Puede hablar el subalterno? Construyendo una voz histórica para Viance
El proceso de transformación del protagonista de subalterno en un sujeto histórico y político confronta a la novela con un reto teórico y ético. (7) Por un lado, y como expresa Santiáñez, “la apropiación de la voz de Viance por otros narradores y la construcción incoherente de su subjetividad más propia de los grupos hegemónicos que de los subalternos reproducen, paradójicamente, las estrategias de sometimiento social que la novela pretende criticar” (29). Por otro lado, el relato en primera persona del protagonista contradice su estatus como subalterno, es decir, como individuo que, según este último crítico, “no puede hablar desde un espacio propio porque su falta de educación formal, consecuencia de su subordinación de clase, le han impedido desarrollar un discurso independiente” (28). Para resolver este conflicto, y en lo que supone una innovación formal en el momento de su publicación, Imán reconstruye la experiencia de Viance mediante la superposición de tres niveles narrativos desde los que genera un maridaje de conocimientos entre un discurso epistemológicamente inferior –el de Viance— y su sistematización formal en los relatos de Antonio y R.J.S.
En un primer nivel de interlocución, Viance narra sus experiencias en el ejército y en la vida civil a Antonio, un periodista aragonés destinado al mismo regimiento que el protagonista tras el Desastre de Annual y que, por lo tanto, carece de un conocimiento de primera mano de la tragedia. Más aún, las conversaciones entre Viance y Antonio tienen lugar tras el ascenso militar del segundo, lo que condiciona la comunicación entre ambos: “Yo fui soldado con Viance en la misma compañía. Luego a mí me ascendieron y me trataba ya con cierto recelo, a pesar de que le decía que siguiera tuteándome como antes. La preocupación de los galones desvía y entorpece su confianza” (117). Finalmente, Viance sólo tiene acceso a su percepción inmediata de la realidad que, por lo general, se encuentra afectada por su estado físico y anímico, lo que sume a su interlocutor, y también al lector, en un estado de incertidumbre epistemológica. Como consecuencia, la novela no aporta en ningún momento una visión global de la batalla sino que, como indica Santiáñez, “nos escamotea una narración directa de todos los combates en los que no participan Viance o el narrador Antonio, algo coherente con la premisa de que el único relato de guerra auténtico es el del testigo presencial” (41). Paradójicamente, esta deficiencia reviste de credibilidad al relato, pues su autenticidad, según indica este último crítico, “es directamente proporcional a la limitación de la perspectiva, pues el soldado solo puede contar con veracidad su propia experiencia” (20). En este sentido, Viance constituye el narrador más fiable de la novela, ya que Antonio depende de la narración del primero, mientras que R.J.S. se contradice en el propio epílogo. En relación a este último punto, R.J.S. presenta la novela como un conjunto de “Observaciones desordenadas, a veces demasiado prolijas, a veces sin forma literaria, recogidas durante mi servicio militar en Marruecos, a raíz del desastre del 21” (77). La lectura de la novela, no obstante, contradice esta valoración inicial del narrador, además de romper con la posible identificación entre este último y el autor real pues, como explica Sender a Peñuelas, “En el campo de batalla nadie toma notas” (Conversaciones 114).
A través de su conversación con Antonio, la novela transforma el habla del protagonista —a veces atropellada y “con incongruencias” (118)— en un discurso público y formal. Así, al interesarse por la historia de Viance, Antonio reconoce el valor del testimonio del primero y su capacidad de adquirir estatus epistemológico como sujeto de conocimiento. Como indica Marshall Schneider, el diálogo con el periodista “gives Viance, Sender’s incarnation of a member of the masses, the opportunity not only to talk and individualize himself, but the chance to teach the writer Antonio, a member of the educated middle-class, how to read’ (420). Más aún, en el diálogo que establecen estos dos personajes emerge un relato cuyas lógicas y contenidos difieren de los que generalmente se encuentran en los periódicos y en el discurso histórico, lo que abre la posibilidad de interpretar esta guerra desde un nuevo paradigma político y social.
En relación a este último aspecto, Viance instruye al periodista —e indirectamente al lector—sobre cómo interpretar su biografía y, más importante aún, el transfondo social de esta guerra colonial. Viance, por ejemplo, vincula su pasado como herrero con su presente como soldado, estableciendo una relación de dependencia y continuidad entre el feudalismo en España y el colonialismo en Marruecos como sistemas que se sobreponen y que determinan su condición como subalterno. De hecho, Viance no responde inmediatamente a la curiosidad de su interlocutor sobre su experiencia militar, sino que le habla sobre su vida civil como preámbulo del conflicto e incluso le muestra heridas de este periodo que, simbólicamente, se confunden con las de guerra. Como indica Antonio: “Lo que yo quiero [...] es que me hable de sus peripecias militares, y él se obstina en recordar sus tiempos de operario herrero. Me enseña lo menos seis cicatrices [...] ¿Tiros? No; señales del ardúo trabajo de la fragua” (118). Al violar las expectativas de Antonio, Viance revela una perspectiva propia sobre la guerra que, avalada por su propia experiencia, resulta incontrovertible por una instancia cultural o política superior. Como resultado, y en un espacio narrativo que media entre la primera y la tercera persona, el protagonista deja de ser “un tontaina” (106) para transformarse en el sujeto de un testimonio y de una historia no oficial que comienza incluso antes de que se incorpore al ejército y que se extiende a los territorios coloniales.
Finalmente, los relatos de Viance y Antonio llegan al lector de la mano de R.J.S., quien, como indica Santiáñez, “cohesiona narrativamente los distintos narradores de la novela” (34). Si Antonio transforma el habla de Viance en un discurso, R.J.S. — autor metaficticio de esta novela—lo convierte en un relato literario mediante la superposición de su discurso a los de los otros dos personajes. De hecho, R.J.S. agrega un contrapunto lírico al enfoque realista de Antonio, como puede observarse en los tonos vanguardistas, impresionistas y expresionistas a los que recurre el primero y desde los que agrega un halo alucinatorio tanto al testimonio de Viance como a la reconstrucción que lleva a cabo el periodista. Mediante esta superposición de tonos y discursos, Sender resalta el poder de la imagen sobre su explicación, subrayando la polivalencia de la primera a la hora de reconstruir las experiencias psicológicas y espirituales del soldado. De este modo, y como indica Peñuelas, Imán fusiona “la realidad exterior, objetiva, y la interna o subjetiva; lo racional y lo irracional; lo racional con lo instintivo; con lo imaginativo; lo preconsciente, lo onírico, lo mágico, lo poético, lo místico y lo mítico” (Conversaciones 22).
En su condición de soldado raso cuya experiencia es equiparable a la de “cualquiera de los doscientos mil soldados que desde 1920 a 1925 desfilaron por allá” (77), Viance incluye también en su testimonio experiencias puntuales de otros soldados que no logran sobrevivir, abordando de este modo su responsabilidad ética como superviviente. Como indica un soldado moribundo al protagonista: “Si sales con vida, podrías escribir esto al pueblo. ¿O es que vamos a morir sin que nadie se entere?” (228). Esta apelación puede entenderse como la imposición de una obligación ética sobre el superviviente y también como una declaración de propósitos de la propia novela. De hecho, Imán actúa en gran medida como homenaje y reconocimiento a los miles de soldados que murieron anónimamente ante la indiferencia del ejército y del Estado, y que jamás recibieron un reconocimiento oficial.(8) Este reconocimiento se materializa en la propia narrativa, como puede observarse, por ejemplo, cuando Viance reflexiona sobre la muerte de Rivero, un soldado de su misma compañía, a manos de los rifeños. Mientras que el relato de Viance mantiene viva la memoria de este soldado, el enfoque lírico de Antonio y R.J.S., garantiza también su reconocimiento como un personaje literario de primer orden. De hecho, y tomando como referencia una percepción alucinatoria de Viance, la novela establece una conexión entre la muerte de Rivero y la crucifixión de Jesucristo, dando tanto a su correligionario como a la violencia de los rifeños un tratamiento casi sagrado: “Rivero ya no dispara. Los jinetes lo habrán despedazado con esa voluptuosidad sádica que les suele lucir en los ojos, que Viance sólo ha visto antes de ahora en los de algunas beatas españolas edificadas ante la imagen de Cristo en la cruz” (263).
Este reconocimiento se extiende también de forma genérica al colectivo de todos los soldados sin rango que mueren anónimamente en Marruecos. En esta línea, Carrasquer considera que la novela cumple una función similar a la de una tumba por el soldado desconocido (46), ya que permite el reconocimiento de unos individuos cuyos nombres y experiencias no figuran en el discurso oficial. El reconocimiento que sugiere Carrasquer queda simbolizado, no por una llama perpetua, sino por el breve reflejo de una estrella sobre los charcos que se forman en el fondo de las fosas comunes en las que son enterrados los soldados. La novela enfatiza el carácter anónimo de este reconocimiento recurriendo a una voz narrativa indeterminada que bien pue- de ser la de Antonio, la de Viance, la de R.J.S., o una fusión de estas voces:
[...] "los que no somos oficiales, llevamos la ventaja de que se nos entierra habitualmente en el campo abierto, al margen de los campamentos, en esas sepulturas comunales señaladas por un rectángulo y piedras, cuyo único armamento son dos viejos proyectiles de artillería de medio metro de altura, vacíos. En lo hondo conserva casi siempre un poco de agua de lluvia, muy poca, pero la suficiente para reflejar una estrella". (108)
A través de este equilibrio estético entre la reproducción objetiva de la tragedia y su reconstrucción artística, la novela establece un balance entre la memoria y la conmemoración, cumpliendo con la necesidad ética, como exige el soldado moribundo a Viance, de infomar y de recordar lo que pasó en Annual.

La guerra según Viance: el lado humano de la derrota
Desde la perspectiva genealógica de la historia que plantea Imán, y tras dotar de voz a Viance en su condición como subalterno, la novela articula un nuevo discurso mediante el que presenta al lector “an objective record and a personal testimony, both a faithful copy or transcription of an actual moment of reality and an interpretation of that reality (26).9 De hecho, y tras fundir su voz con la de Antonio y la de R.J.S., el protagonista aporta una visión de la tragedia más objetiva —y a la vez más humana— que los discursos histórico y militar. Así, por ejemplo, el memorial genérico por los caídos en el combate anteriormente mencionado —y que queda simbolizado por el reflejo de una estrella— difiere de un discurso político y militar que, con frecuencia, degrada a los soldados a la condición de animales y los reduce a una cuestión numérica, como sugiere el siguiente comentario de Pérez Ortiz: “El agua nos ha costado 16 bajas que hay que sumar a las producidas aquel día por el cañón y a las causadas por un descuido entre los que atisban desde los parapetos” (102). Más aún, y recurriendo a estrategias que se emplean frecuentemente para desacreditar al enemigo, el discurso militar representa a sus propios soldados como fieras salvajes a la hora de justificar su sacrificio. Pérez Ortiz, por ejemplo, narra un episodio en el que, aquejados por la sed y el hambre, sus soldados se precipitan sobre los animales muertos en el combate “como buitres [...] a los que, con los machetes, con navajas, como pueden, descuartizan y descarnan hasta dejar sobre un charco de sangre y basura los abultados despojos del animal” (131). Los soldados quedan así reducidos a vidas infrahumanas o, en el mejor de los casos, a individuos que no representan a la patria ni al Estado y que, por consiguiente, quedan al margen de toda consideración civil y militar, e incluso de la civilización que supuestamente representa el orden colonizador.
En un giro irónico, Imán retoma esta representación animalizada para reflejar el estado de abandono de los soldados y la violencia de la que son objeto. Así, Viance y otros soldados de su condición se identifican a lo largo de la novela como “un triste animalejo” (229), “un perro” (229), “un gusano (233), “insectos cuya vida tiene sin cuidado al universo” (233). No obstante, el propósito de esta degradación no es responsabilizar a estos personajes del desastre militar o incluso de su propia muerte, sino exponer que, citando a Susan Sontag, “The scale of war’s murderousness destroys what identifies people as individuals, even as human beings” (61). De hecho, Imán denuncia la reducción de los soldados a una cuestión de intendencia, hasta el punto de que, como si se tratase de “mulos,” (241) sólo tienen deberes, no derechos. Como indica un oficial a un soldado que protesta por la falta de agua: “¿Tiene usted algo que alegar? Eso es en lo civil. En lo militar antes de alegar nada hay que obedecer. Muérase usted primero y luego da un parte “por escrito” protestando” (171). En este sentido, los soldados confrontan al enemigo declarado y también a un enemigo interno que los priva de todo derecho y los lleva a la guerra como “reos de trabajos forzados” (92).
En la coyuntura social y política que plantea esta novela —y para individuos como Viance— la guerra deja de ser una situación excepcional para normalizarse en el orden civil. De hecho, una vez que alcanza posiciones españolas, y tras un elusivo instante de paz, el superviviente confronta de nuevo su exclusión y su condición como subalterno. Así, por ejemplo, cuando Viance pide ayuda en el Hospital Alfonso XIII de Melilla, la monja que lo atiende le ofrece un café con leche que, por un instante —y en lo que supone la única concesión a un recuerdo feliz en toda la novela— hace que el primero se sienta en casa. Este efecto se observa, por ejemplo, en el énfasis del protagonista en la cocina del hospital, es decir, en un espacio que le recuerda a su propio hogar, y la nata fresca, más propia del contexto rural del que procede el protagonista que de un hospital militar: “Sale de la clínica con la monja. Ésta le hace una seña y se adelanta hacia la cocina. Le da un buen tazón de café con leche, lo acompaña luego al patio y lo deja [...] El café con leche estaba dulce y espeso, con un buen sabor de nata fresca” (304-5). No obstante, cuando Viance le pide una cama a la monja, ésta le niega su ayuda de acuerdo con una lógica burocrática que revela su condición como un apéndice más del ejército y del Estado: “Llevo diez días sin dormir y casi sin comer. ¡Estoy herido! ¡Por su madre hermanita! Aquí deben sobrar camas” (304); “Sí, sí. Pero, ¿cómo vamos a darle el alta sin venir la baja de su regimiento? Es imposible, imposible” (304).
De modo similar, y aún cuando da muestras de compasión, la población civil niega todo auxilio al soldado, lo que reafirma su condición como un apestado social: “Viance insinúa el deseo de que le dejen un colchón donde dormir. Las mujeres lo miran con detenimiento y Viance ve que piensan en la suciedad, en los piojos [...] Su petición produce extrañeza y se excusan. No tienen nada sobrante” (310). Finalmente, cuando el soldado se presenta ante un oficial de su ejército, éste lo envía de nuevo al frente de batalla tras un simulacro de reconocimiento médico, provocando la cólera del primero y su ruptura con todo principio de disciplina: “Soy un soldao y usté un capitán; pero antes que nada yo represento un hombre y usté un médico. Falta usté a su obligación si...” (315). Esta respuesta no llega a constituir un acto de desobediencia, ya que otros soldados que son testigos de esta escena “lo arrastran, le tapan la boca” (315). Por consiguiente, y a pesar de haber sobrevivido a una tragedia sobrehumana que en otro contexto histórico y político lo habría transformado en un héroe, Viance sigue siendo un subalterno al que se le niega la posibilidad de narrar su dolor y su experiencia de la guerra. No obstante, y en contraste con la sumisión fatalista que lo caracteriza inicialmente, Viance adquiere consciencia de la injusticia que sufre y de su condición como ser humano, lo que motiva este intento fallido de articular un discurso propio ante la incredulidad de los soldados presentes.
Herido, silenciado y reducido a una presencia incómoda, la representación de Viance contradice la de “los héroes que salen retratados en los periódicos” (77). De hecho, la realidad que experimenta el protagonista nada tiene que ver con la representación de los soldados en los medios de comunicación: “Llevar sesos de un compañero en la alpargata, criar piojos y beber orines, eso es ser héroes. Yo soy un héroe. ¡Un héroe!” (198). Del mismo modo, la novela subvierte toda idealización de la valentía como cualidad que determina la supeditación del soldado a la patria, como reflexiona Antonio al presenciar una escena de combate en la que un soldado arriesga la vida por recuperar un ceñidor. Ante la admiración de Antonio, el protagonista de esta hazaña responde que “Aquí no hay valientes” (112), convenciendo al periodista de que “los verdaderos valientes hubieran debido comenzar por no venir. Todos han venido por esa cobardía difusa a la que el soldado alude y de la cual él y yo debemos olvidarnos” (112). Esta última postura difiere radicalmente del discurso oficial e incluso de la percepción dominante en España sobre la Guerra del Rif. Como indica Viance: “En España nadie sabe lo que aquí pasa. De vez en cuando dicen los periódicos: “Nuestros soldados mueren en África,” pa molestar al gobierno; pero el pueblo y los ministros ya se han acostumbrao. ¿Bueno y qué? Aquello está lejos, y en todo caso, es la defensa de la patria” (181).
La novela desarticula así aquellos principios que determinan la representación ambivalente del soldado como un héroe de cartón piedra o como una figura subhumana, subrayando el coste que supone su participación en la guerra. Como expresa Aguado, “Las naciones, incluida la española, se articulan con historias heroicas sobre las cuales asentar su realidad, su representación, los privilegios que acarrean y, desde luego, el ejercicio de su poderío colonial. Y ello a costa de la aniquilación física y moral, humana diríamos, del capital humano de personajes como Viance” (107). De este modo, el sacrificio de los soldados deja de entenderse como un cimiento de la patria, como interpretan frecuentemente los discursos político y militar durante los años veinte y treinta, para transformarse en su consecuencia. Según atestigua Viance:
"Esto es la guerra. La banderita en el mástil de la escuela, la “Marcha Real,” la historia, la defensa nacional, el discurso del diputado y la zarzuela de ético. Todo aquello, rodeado de con- decoraciones, trae esto. Si aquello es la patria, esto es la guerra. Un hombre huyendo entre cadáveres mutilados, profanados, los pies destrozados por las piedras y la cabeza por las balas". (254-5)
La disolución de la patria, del Estado y de la nación como fundamentos de una identidad y de un propósito colectivo lleva a los soldados a cuestionar la propia legitimidad de esta guerra colonial y, por consiguiente, un discurso militar que justifica la presencia española en el norte de Marruecos de acuerdo, según Santiáñez, a un supuesto derecho histórico (11). Desde la perspectiva de estos soldados, la incursión militar de su propio ejército es la causa directa de la confrontación, lo que los hace responsables y al mismo tiempo víctimas del Desastre de Annual. Así, por ejemplo, cuando un soldado pregunta a un cura castrense si la tierra en la que se encuentran “es la patria nuestra o la de ellos” (112-13), el cura le responde que “la de ellos” (113). Por su lado, los rifeños se enfrentan a un ejército de ocupación, lo que, desde su perspectiva —y también desde la de los soldados españoles— reviste a su resistencia de legitimidad, como sugiere la conversación entre Viance y un soldado de su regimiento: “¡Cabo, somos Fuertes y tenemos buenas armas! ¿por qué nos han de poder esos piojosos? Yo sí que lo sé. Porque ellos tienen la razón y eso pesa mucho” (280). (10)
Esta nueva perspectiva permite a Antonio —y también al lector— comprender la insistencia inicial de Viance de comenzar el relato de la batalla narrando su experiencia como herrero en la vida civil. Así, y sobre la base de su experiencia en África, Viance identifica la equivalencia entre la explotación feudal en España y la expansión colonial en Marruecos como sistemas que transforman tanto al campesinado español como a los rifeños en subalternos. De hecho, Viance no se identifica con su propio ejército y Estado ante la presencia de un enemigo externo, según plantea Carl Schmitt (26-27). Por el contrario, el protagonista desarrolla un sentimiento de complicidad, e incluso de hermandad, con el rifeño que es inversamente proporcional a su desidentificación con los oficiales españoles y con el propio concepto de la patria, sin que esto implique su transformación en un traidor. (11) Durante el asedio de Monte Arruit, por ejemplo, los rifeños ridiculizan al General N.— presumiblemente una referencia histórica al General Felipe Navarro, quien dirige la retirada de las fuerzas españolas en Annual— por rehuir el combate y dejar atrás a sus soldados, motivando la identificación de Viance con el enemigo: “Sin darse cuenta se sintió identificado con los moros en cuanto al general se refería” (279).12 Además, frente a la unidad de los rifeños, los soldados españoles se dispersan por el espacio como un conjunto accidental de individuos sin un objetivo definido, lo que los lleva a disparar contra sus propios compatriotas como si fueran enemigos. Como indica Rivero a Viance ante un grupo de españoles: “Son de los nuestros; pero hay que huirles, porque tiran ya sobre todo cristo” (258).
Sobre la base de la afinidad que desarrolla el soldado raso hacia su contrario —junto con la disolución de aquellos principios que transforman la guerra en un acontecimiento patriótico— la novela reconceptualiza el Desastre de Annual en el marco de una historia colectiva que hermana a los soldados a ambos lados del Estrecho. Imán, por ejemplo, sugiere esta afinidad mediante la transformación de los toques militares en granadinas: “Lejos suena un cornetín de epopeya con dejo triste, con cierta melancolía de granadinas” (212). Como indica Carrasquer, este palo flamenco “parece devolvernos los lamentos de Boabdil, perpetuados por un género de cante, de una parte a la otra del Estrecho, a más de cuatro siglos de distancia” (47). Imán sitúa así al soldado español en la posición del musulmán vencido, que deja de percibirse como un “salvaje y peligroso enemigo ancestral” (Balfour 197), para transformarse en un individuo que, en palabras del filósofo de guerra Glenn Gray, “está hecho de su misma pasta” (158). La novela enfatiza también esta identificación a través de la reconstrucción de los paisajes a ambos lados del Estrecho. Así, Viance recorre España “de punta a cabo. Ha visto llanuras, montañas, como en África. Igual, igual que allá” (365); “No hay tanta diferencia entre aquel campo y éste. Matas, tomillo, tierra parda, blanca y alguna vez rojiza” (369). Esta similitud no se limita a una cuestión estética, sino se extiende también a lo ideológico pues, como indica Collard, “la proyección del paisaje africano en las geografías españolas enmarca, otra vez, una reflexión de tipo político e histórico” (214).
Aun cuando las experiencias y perspectivas de los rifeños queden prácticamente excluidas de la narrativa —y en lo que puede entenderse como una concesión excepcional en la novela— éstos también apuntan hacia una identificación genealógica, cultural e incluso religiosa con respecto a los españoles. Como indica un guerrillero marroquí a un soldado español, “Abuelos míos estar espanioles de Corduba, estar igual tú a Jesucristo, yo a Mahomed. Jesucristo que fue un buen profeta, muy bueno; pero mejor Mahomed— y señalándose la frente— más cabesa, Dios es el mismo, el tuyo y el mío” (328). La novela concede así momentáneamente la voz al supuesto enemigo para enfatizar la existencia de una historia compartida y transformar al marroquí en “el gemelo del español primitivo y hermano mayor del español moderno” (366). Esta identificación contradice los propósitos de un poder colonial que carece de legitimidad, no sólo en lo que respecta a la guerra, sino también a la hora de articular un discurso oficial sobre este conflicto. Frente a este último, Imán enfatiza la perspectiva y la experiencia de los soldados rifeños y españoles, quienes entienden este desastre militar como un episodio más de un conflicto permanente “entre el norte, de donde vinieron el Estado, la ley y la Iglesia, y el ámbito del Mediterráneo, de donde vino el hermano de África” (Collard 215). De este modo, la novela de Sender rompe con el africanismo romántico que lleva al Estado a afrontar este conflicto, en palabras del general José Millán Astray, “con el mismo espíritu de conquista que si se tratara de la toma de Orán o de Argel en el siglo XVI” (Madariaga 166) para articular otra historia de corte social, “la de la lucha inconclusa entre las clases populares y el poder feudal” (Collard 214).
Como conclusión, Imán desarticula aquellos parámetros que justifican y explican la Guerra del Rif como el último episodio de una historia colonial que otorga, supuestamente, derechos históricos a los españoles en el norte de África. Frente a esta interpretación, la novela expone el sistema de explotación social que tiene lugar dentro del propio ejército e incluso en la vida civil, y que equipara a las víctimas del sistema feudal en España y a los rifeños como subalternos de una misma historia. De este modo, la guerra deja de limitarse a una cuestión de territorios para entenderse como parte de un sistema de opresión que sacrifica a campesinos y obreros (como subalternos nacionales) y que se impone a los rifeños (como subalternos coloniales) para satisfacer las aspiraciones militares del Estado. No obstante, la novela no se limita a articular una denuncia social, sino que da cuenta del proceso de transformación que experimenta Viance como consecuencia de su participación en este conflicto. De hecho, y gracias a la mediación de los discursos de Antonio y R.J.S., el soldado pasa, de ser un subalterno, a transformarse en el protagonista de una genealogía histórica y metaficticia que, de cara al lector, adquiere mayor credibilidad que los discursos histórico y militar. A diferencia de estos discursos, Imán conceptualiza el Desastre de Annual dentro de un marco espacial y temporal más amplio que incluye la experiencia civil de Viance como preámbulo de su experiencia militar. Más aún, la novela desvirtúa también aquellos valores abstractos que, como la patria y el heroismo, expulsan al soldado raso —especialmente en su condición de derrotado— a los márgenes del discurso oficial. Desde este nuevo enfoque, Viance emerge como sujeto histórico y político, abriendo la posibilidad de abordar este desastre militar sobre la base de su propia experiencia y de redefinir su relación con respecto a un Estado que lo envía al frente de batalla como carne de cañón.
Obras citadas
Acosta, Joaquín. “Los intereses de España en Marruecos son armónicos.” Revista España en África, 15 de enero de 1906., Imprenta de España en África.
Aguado, Txetxu. ““Imán,” “La ruta,” y “El blocao.” Memoria e historia del Desastre de Annual.” Revista Hispánica Moderna, vol. 57, 2004, pp. 99-119.
Balfour, Sebastián. Introducción. La atracción del Imán: El Desastre de Annual. Frente al imperialismo europeo y los políticos españoles (1921-1923), por La Porte Saenz, Biblioteca Nueva, 2007. Bosch, Rafael. “The Migratory Images of Ramón Sender.” Books Abroad, vol. 37, n. 2, 1962, pp.132-37.
Carrasquer, Francisco. Imán y la novela histórica de Sender. Tamesis Books, 1970.
Chattarjee, Partha. “More on Modes of Power and The Peasantry.” Selected Subaltern Studies, editado por Ranajit Guha y Gayatri Spivak, Oxford University Press, 1988, pp. 351-390.
Chukhray, Grigori. Balada del soldado. Criterion Collection, 1959.
Collard, Patrick. “Descripción y función del paisaje en Imán.” El lugar de Sender. Actas del I Congreso sobre Ramón J. Sender, editado por Juan Carlos Ara Torralba y Fermín Gil Encabo, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 1997, pp. 197-215.
Durst Johnson, Claudia, y Vernon Johnson. The Social Impact of the Novel: A Reference Guide. Greenwood Press, 2002.
Foucault, Michel. Nietzche, la genealogía, la historia. Pretextos, 2008.
...- Society Must Be Defended. Editado por Mauro Bertani y Alessandro Fontana. Picador, 2003.
Francisco, Luis Miguel. Morir en África. La epopeya de los soldados españoles en el Desastre de Annual. Crítica, 2014.
Gier, Daniel. “La aventura fracasada: Descolonización y poscolonización de África en la novela española, cubana y portuguesa del siglo XX.” Espéculo, vol. 22, 2002-2003, www.pendientedemigracion.ucm.es/info/especulo/numero22/fracasad.html. Acceso 25 de mayo de 2016.
Gray, Glenn H. Guerreros. Reflexiones del hombre en la batalla. Traducción de Mónica Garrido Fernández, Inédita Editores, 2004.
Lacapra, Dominick. Writing History, Writing Trauma. Johns Hopkins University Press, 2001.
La Porte Saenz, Pablo. La atracción del Imán: El Desastre de Annual. Frente al imperialismo europeo y los políticos españoles (1921-1923). Biblioteca Nueva, 2007.
Madariaga, María Rosa de. Marruecos, ese gran desconocido. Breve historia del protectorado español. Alianza Editorial, 2013.
Mayordomo, Joaquín. “Annual: horror, masacre y olvido.” El País 22 de marzo 2016: web. 25 de junio 2016.
Peñuelas, Marcelino. Conversaciones con Ramón J. Sender. Magisterio Español, 1982.
---. La obra narrativa de Ramón J. Sender. Editorial Gredos, 1971.
Pérez Ortiz, Eduardo. 18 meses de cautiverio. De Annual a Monte Arruit. Interfolio, 2010.
Rancière, Jacques. Disagreement. Traducción de Julie Rose, University of Minnesota Press, 1999. Santiánez, Nil, Ed. Imán. De Ramón J. Sender. Crítica, 2006.
Schmitt, Carl. The Concept of the Political. The University of Chicago Press, 2007.
Schneider, Marshall J. “Novel by Design: The Problematics of Reception in Ramón J. Sender’s Imán.” Anales de la Literatura Española Contemporánea, vol. 17, n. 1/3, 1992, pp. 409-425. Sender, Ramón J. Imán. Editado por Nil Santiánez. Crítica, 2006.
Sontag, Susan. Regarding the Pain of Others. Picador, 2003.
Spielberg, Steven. Salvar al soldado Ryan. Paramount Pictures, 1998.
Villatoro, Manuel P. “En 1921, los rifeños abrían a los soldados españoles en canal y les quemaban vivos.” ABC, 12 agosto de 2016, www.abc.es/historia/abci-desastre-annu- al-1921-rifenos-abrian-soldados-espanoles-canal-y-quemaban-vivos-201608120201_noticia.html. Acceso 21 de agosto de 2016.
Notas:
1) Manuel Villatoro define este acontecimiento como “uno de los episodios más trágicos de la historia de nuestro país” y como “la catástrofe más recordada de la Guerra de Marruecos, debido a que se llevó la vida de unos 13.000 soldados españoles” (web). Por su lado, Joaquín Mayordomo, en su artículo “Annual: horror, masacre y olvido,” publicado en El País el 22 de marzo de 2016, reduce esta cifra a 10,000 soldados en el periodo de 15 días que dura el asedio y la posterior desbandada de los españoles.
2) Por discurso oficial me refiero a un discurso público de amplia difusión y con un estatus epistemológico reconocido a nivel cultural, político y social. Este es el caso, por ejemplo, de la prensa, del discurso político y de la historiografía militar que, en lo que respecta al Desastre de Annual, configuran la interpretación dominante de este evento en el marco de una historia imperial frustrada.
3) En su ensayo “Nietzche, la genealogía, la historia,” Foucault define la genealogía como una técnica histórica que consiste en la exploración de aquellos elementos que quedan fuera de la historia. A través de estos elementos, la genealogía plantea una reflexión sobre cómo el poder determina la construcción de discursos y conocimientos que se dan por sentados en la sociedad.
4) La imagen de los rifeños como asesinos a sangre fría sigue vigente en el discurso periodístico e historiográfico actual. Esto puede observarse, por ejemplo, en el artículo de Villatoro titulado “En 1921 los rifeños abrían a los soldados españoles en canal y les quemaban vivos” (2016). Este titular se remite a una respuesta del historiador Luis Miguel Francisco, autor de Morir en África (2014), a quien Villatoro entrevista en este artículo. Como indica Francisco, “Los rifeños abrieron a los soldados españoles en canal; les quemaron vivos; les cortaron los testículos y se los metieron en la boca y, a algunos, les cortaron en trocitos.” (web).
5) La referencia al Cid Campeador en esta novela puede entenderse como una crítica política que difícilmente pasaría desapercibida en el momento de publicación de la novela. Como recuerda Mayordomo, el día antes del inicio del Desastre de Annual (22 de julio), se trasladan los restos del Cid a la Catedral de Burgos bajo la escolta de aviones militares. En contraste con este despliegue militar, el Alto Comisariado español en Marruecos niega la asistencia de la aviación para cubrir la retirada de los soldados españoles en Annual, lo que multiplica el número de víctimas.
6) Como indican Durst y Johnson, “Spain’s leaders, hungry for power and economic gain, were eager to increase the military there, even in the face of formidable opposition on the part of native Morocco’s striving for independence and Spain’s own working people who were being conscripted to serve in the military there in a cause in which they had no interest” (219).
7) Según Santiáñez, “El protagonista de Imán es, sin duda, un “subalterno,” concepto propuesto por Antonio Gramsci y desarrollado recientemente por la crítica post-colonial. Los grupos “subalternos” se caracterizan por su subordinación social, política y económica, así como por su carencia de iniciativa histórica y por una falta de conciencia de sus posibilidades para superar su situación subordinada respecto a las clases dominantes” (28).
8) Esta reinvindicación de rescatar a las víctimas de Annual del olvido persiste en la actualidad. Así, por ejemplo, Mayordomo define Annual como “Un desastre que España entierra en el olvido desde hace 94 años bajo el más abominable y ominoso de los silencios” (Web).
9) Autores tan dispares como Sender, Pérez Ortiz y Peñuelas coinciden en que las escenas del Desastre de Annual evocan “Los desastres de la guerra” de Francisco de Goya. Así, Pérez Ortiz afirma que “El cuadro es tristemente grandioso, dantesco, horrible, y me recuerda los grabados de la gran derrota napoleónica” (52). De modo similar, Peñuelas afirma que la prosa descriptiva de Imán da la impresión “de vigorosos bocetos a lápiz de aguafuertes goyescos, con unas discretas pinceladas de color que vigorizan los tintes negros de los perfiles del dibujo y la negrura anímica de la tragedia” (Obra 249).
10) Según el texto “La mort est preferable,” escrito por Abd el Krim el 21 de junio de 1921, “those to whom this task was confided follow the paths of harshness and arrogance, destroy our honour, trample on our sentiments and rights without regard for the laws of humanity or for what is due to us as independent people, whose freedom is guaranteed by the Act of the Conference of Algeciras.” (Citado en La Porte 212).
11) Esta asociación es consistente con la tesis que plantea Lenin en la III internacional, según la cual la lucha de liberación de los pueblos colonizados contribuía a fortalecer la lucha de los proletarios del país colonizador (La Porte 194).
12) Esta supuesta “hermandad” entre españoles y marroquíes se remite a otro modelo de interpretación africanista romántica defendida a principios del siglo XX por el historiador regeneracionista Joaquín Acosta. Esta interpretación, puede observarse, por ejemplo, en un discurso pronunciado por Acosta con anterioridad al inicio de la guerra y titulado “Los intereses de España en Marruecos son armónicos” (1906).

