Mearsheimer en Atenas: el realismo como retorno de la historia

Giuseppe Gagliano

26/06/2026

Cuando la teoría vuelve a ser una herramienta del poder

John Mearsheimer parte de una verdad que a menudo se olvida: ninguna política exterior surge de la nada. Incluso los gobiernos que se autodenominan pragmáticos, incluso los líderes que desprecian a los intelectuales, incluso las cancillerías que reivindican la primacía de los hechos, actúan siempre desde una visión del mundo. Ya la llamen doctrina, instinto, interés nacional o sentido común, sigue siendo una teoría. Y una teoría errónea casi siempre da lugar a una política errónea.

Es aquí donde Mearsheimer sitúa el fracaso estratégico de Occidente tras la Guerra Fría. Estados Unidos creyó que la expansión del mercado, la ampliación de las instituciones liberales y la difusión de la democracia habría atenuado la competencia entre las grandes potencias. Pensaron que China, al enriquecerse, se convertiría en un actor responsable; que Rusia aceptaría el avance de la OTAN; que Europa podría vivir de la prosperidad sin ocuparse a fondo de su propia seguridad; que Oriente Medio podría ser remodelado mediante guerras, presiones y cambios de régimen. El resultado está a la vista de todos: la historia no ha terminado, ha vuelto.

 

El realismo frente a la religión liberal

El realismo de Mearsheimer es duro porque parte de una constatación elemental: el sistema internacional no cuenta con un gobierno superior a los Estados.

No existe un tribunal supremo capaz de garantizar la supervivencia de las naciones. Cada Estado sabe que los demás poseen capacidad ofensiva, que las intenciones pueden cambiar, que las promesas valen mientras convenga cumplirlas. De ahí surge la primacía de la seguridad.

El liberalismo internacional, en cambio, ha construido sus ilusiones sobre tres pilares: la interdependencia económica, la paz democrática y las instituciones multilaterales. Todos ellos son instrumentos útiles, pero no decisivos cuando están en juego el poder, el territorio, la supervivencia y las esferas de influencia. Los intercambios comerciales no borran el miedo. Las instituciones no eliminan la anarquía internacional. La democracia no impide que los Estados persigan intereses de poder.

El error estadounidense respecto a China surge de esta ceguera. Washington ha favorecido la integración de Pekín en la economía mundial pensando en transformarla. En realidad, ha contribuido a reforzarla. La riqueza china se ha convertido en industria, tecnología, armada, misiles, inteligencia artificial, capacidad espacial y control de las cadenas de producción. No podía ser de otra manera: toda gran potencia transforma la prosperidad en fuerza.

 

China y el gran error estadounidense

Para Mearsheimer, Estados Unidos ha cometido un error estratégico histórico: ha ayudado a su principal rival futuro a hacerse lo suficientemente fuerte como para desafiarlo. No porque China fuera comunista, sino porque toda gran potencia, una vez alcanzada una cierta masa crítica, intenta dominar su propia región y reducir la presencia de potencias externas.

Pekín no puede aceptar indefinidamente bases, flotas, alianzas y sistemas militares estadounidenses a lo largo de sus costas. Desde el punto de vista chino, Asia Oriental es lo que el hemisferio occidental representa para Estados Unidos: el espacio vital de la seguridad nacional. China quiere sentirse segura en el Mar de China Meridional, en el Estrecho de Taiwán y en sus relaciones con Japón, Corea del Sur, Filipinas y Australia. Y para ello debe limitar el poder estadounidense en la región.

Aquí resurge el recuerdo del «siglo de la humillación». Una China débil fue invadida, dividida y subordinada por potencias extranjeras. Una China fuerte ya no quiere vivir en esas condiciones.

Taiwán no es, por tanto, solo un símbolo nacional. Es una cuestión estratégica. Mientras la isla permanezca fuera del control de Pekín y dentro de la arquitectura de contención estadounidense, China seguirá percibiendo una vulnerabilidad esencial en su propio dispositivo de seguridad.

 

Ucrania y la OTAN: la Doctrina Monroe vista desde Moscú

La misma lógica se aplica a Rusia. Mearsheimer no exime de culpa a Moscú, ni construye una justificación moral, sino que propone una explicación estratégica. Si Estados Unidos no aceptaría tropas rusas o chinas en México, Cuba o Canadá, ¿por qué habría de aceptar Rusia la expansión de la OTAN hasta Ucrania?

George Kennan y otros realistas lo habían previsto: la ampliación atlántica provocaría, tarde o temprano, una reacción rusa. Ucrania, para Moscú, no es un país cualquiera. Es profundidad estratégica, frontera histórica, espacio militar, memoria imperial, bisagra geopolítica entre Rusia y Europa. Incorporarla a la órbita occidental significaba alterar el equilibrio de seguridad ruso.

El realismo razona así: cuando una gran potencia percibe una amenaza en su espacio vital, reacciona. No importa si el lenguaje utilizado es jurídico, moral o ideológico. Bajo la superficie permanecen las categorías clásicas del poder: fronteras, profundidad, alianzas, bases, misiles, equilibrio militar.

 

Seguridad frente a prosperidad

La diferencia decisiva entre el liberalismo y el realismo radica aquí. Los liberales creen que la prosperidad compartida reduce el incentivo para la guerra. Los realistas responden que, cuando la prosperidad y la seguridad entran en conflicto, casi siempre gana la seguridad.

El año 1914 sigue siendo el ejemplo más instructivo. Europa era profundamente interdependiente y, sin embargo, se precipitó a la guerra. Porque Alemania temía que el tiempo jugara en su contra. Cuando un Estado cree que el futuro le será hostil, puede decidir actuar antes de que la relación de fuerzas empeore. Es la trágica lógica de la guerra preventiva, que Mearsheimer aplica también a la crisis de Ucrania.

Esta es una lección incómoda para la Europa contemporánea, que ha crecido con la idea de que el mercado, el derecho y las instituciones bastaban para neutralizar el conflicto. Pero la geoeconomía ya se ha tragado a la economía pura. Semiconductores, energía, datos, redes digitales, inteligencia artificial, materias primas, cables submarinos, puertos, tecnologías militares: todo ha vuelto a formar parte de la competencia estratégica.

 

La geoeconomía como campo de batalla

Desde 1991 en adelante, Occidente vivió el momento unipolar como una pausa en la historia. La globalización parecía un proceso técnico, casi natural. Las cadenas de valor se construían según criterios de eficiencia, coste y beneficio. Pero desde el momento en que el sistema volvió a ser multipolar, con Estados Unidos, China y Rusia enzarzados en una competencia abierta, la economía dejó de ser neutral.

Hoy en día, una fábrica de semiconductores es una infraestructura estratégica. Un gasoducto es un arma política. Una plataforma digital es un instrumento de influencia. Una batería, un puerto, una red de telecomunicaciones, un satélite o un yacimiento de tierras raras pasan a formar parte de la seguridad nacional.

Los economistas se fijan en el crecimiento. Los realistas, en la supervivencia. En el mundo actual, estas dos lógicas ya no coinciden. Y cuando divergen, los Estados eligen la seguridad, incluso a costa de sacrificar la eficiencia, el comercio y los beneficios.

 

Europa bajo el paraguas estadounidense

Una de las tesis más contundentes se refiere a Europa. Mearsheimer recuerda que la paz europea de la posguerra no surgió únicamente de la integración comunitaria. Surgió, ante todo, de la presencia estadounidense. Estados Unidos congeló las rivalidades entre Alemania, Francia y el Reino Unido, garantizó la seguridad del continente y permitió que Europa occidental se ocupara de la prosperidad sin abordar a fondo la cuestión del poder.

La Unión Europea ha prosperado porque otros garantizaban el orden militar. Primero la OTAN, luego el mercado común. Primero la supervivencia, luego la economía. Esta dependencia, tolerable durante la Guerra Fría y cómoda en la era unipolar, se convierte hoy en un problema estratégico. Si Washington centra sus energías en China, Europa descubre que no cuenta ni con una verdadera defensa común ni con una soberanía estratégica plena.

 

Drones, inteligencia artificial y la permanencia del poder

En lo que respecta a la tecnología, Mearsheimer evita los entusiasmos fáciles. Los drones, la inteligencia artificial, las redes digitales y las nuevas armas cambian la forma de combatir, pero no alteran la estructura profunda de la política internacional. Las potencias pequeñas pueden resistir mejor, atacar más lejos y encarecer la agresión. Pero la jerarquía del sistema sigue estando dominada por las grandes potencias.

Desde el siglo XIX en adelante, la única tecnología que realmente ha transformado la relación entre los grandes Estados es el arma nuclear. La energía nuclear ha impuesto la cautela, ha limitado el enfrentamiento directo y ha hecho impensable la guerra total entre superpotencias. Todo lo demás modifica las tácticas, los plazos, los costes y los instrumentos, pero no borra el dato fundamental: los Estados buscan el poder porque temen por su propia seguridad.

 

Trump, Estados Unidos y la dispersión estratégica

También resulta interesante su valoración de la política estadounidense reciente. Algunos documentos estratégicos de la Administración Trump parecen acercarse a la lógica realista: prioridad a China, centralidad del hemisferio occidental, uso de los aliados asiáticos, contención selectiva. Pero Mearsheimer distingue entre redactar una estrategia y aplicarla realmente.

Estados Unidos, incluso cuando identifica a su principal rival, tiende a dispersar energías en guerras secundarias, cambios de régimen, campañas ideológicas e intervenciones inútiles. Vietnam, Afganistán, Irak, Irán, Cuba, Venezuela: la lista de errores es larga. Para un realista, una gran potencia debería concentrar sus recursos en el adversario decisivo y no desgastarse en periferias estratégicas.

 

El trágico regreso al mundo real

La conclusión es amarga, pero lúcida. El mundo no ha entrado en una era posgeopolítica. Solo ha vivido un breve paréntesis en el que Occidente confundió su supremacía con una ley universal. Ahora, la competencia entre las grandes potencias ha vuelto a ocupar el centro: Estados Unidos contra China, Rusia contra la OTAN, Europa en busca de una seguridad que no posee, Oriente Medio atravesado por rivalidades regionales y potencias externas.

El realismo no consuela. No promete la paz perpetua, no cree en la redención a través del mercado, no imagina que el derecho internacional pueda sustituir a la relación de fuerzas. Pero precisamente por eso sigue siendo indispensable. No porque haga del mundo un lugar mejor, sino porque ayuda a no malinterpretarlo.

Mearsheimer, en Atenas, no invita a amar la política de poder. Invita a reconocerla. China desafía a Estados Unidos porque una gran potencia emergente no acepta subordinaciones regionales. Rusia reacciona ante la ampliación de la OTAN porque ve en Ucrania un punto decisivo para su propia seguridad. Europa sigue dependiendo de Estados Unidos porque ha construido prosperidad sin construir poder. La globalización se convierte en guerra económica porque, cuando la seguridad entra en escena, el mercado deja de ser un lugar neutral y vuelve a ser un campo de batalla.

La historia, en definitiva, no había terminado. Simplemente había sido apartada. Y el realismo, con su lenguaje severo, vuelve hoy a recordarnos que las naciones no viven de intenciones declaradas, sino de poder, miedo, intereses y capacidad.

es un filósofo político y un experto en inteligencia económica y geopolítica. En 2011 fundó la red internacional Cestudec (Centro de Estudios Estratégicos Carlo de Cristoforis), con sede en Como. Estudia, desde una perspectiva realista, las dinámicas conflictivas de las relaciones internacionales, haciendo hincapié en la dimensión de la inteligencia y la geopolítica. Ha colaborado en muchas revistas italianas y extranjeras, así como en publicaciones periódicas (impresas y/o en línea).
Fuente:
https://www.sinistrainrete.info/articoli-brevi/33156-giuseppe-gagliano-mearsheimer-ad-atene-il-realismo-come-ritorno-della-storia.html?
Temática: 
Traducción:
Antoni Soy Casals