Fabien Escalona
Romaric Godin
Franck Gaudichaud
17/09/2023
"El Chile de Allende fue un experimento revolucionario". Entrevista a Franck Gaudichaud
Fabien Escalona y Romaric Godin
Cincuenta años después del golpe de Estado del general Pinochet, el historiador Franck Gaudichaud repasa el experimento de la Unidad Popular. A pesar de las contradicciones internas y de las inmensas presiones, entre 1970 y 1973 se llevó a cabo un original intento de transición al socialismo democrático.
Hace cincuenta años, en Chile, el golpe de Estado militar contra el gobierno de unidad de la izquierda y el Presidente Salvador Allende dejó imágenes estremecedoras: el palacio de la Moneda en llamas y fusiles apuntando a los presos políticos, detenidos y torturados en el estadio nacional.
Sin embargo, el 11 de septiembre de 1973 fue el trágico final de un proceso, a la vez brillante y contradictorio, un proceso que llevó las energías y las esperanzas del pueblo a un nivel de intensidad poco frecuente en la historia. Fueron los tres años durante los cuales las fuerzas de la Unidad Popular (UP), que apoyaron a Allende en las elecciones presidenciales de 1970, intentaron llevar a cabo una transformación social de gran alcance, con el socialismo como horizonte.
Con el 36,6% de los votos emitidos en estas elecciones, en las que participaba por cuarta vez, Allende no obtuvo la mayoría absoluta que le habría permitido ser elegido directamente Presidente de la República. En virtud de la Constitución vigente, los miembros electos del Congreso chileno decidieron entre Allende y el candidato de la derecha conservadora, Jorge Alessandri, que le seguía con el 35,3% de los votos. La elección de Allende fue, pues, el resultado de un pacto con la Democracia Cristiana, que constituía entonces el polo central de la vida política chilena.
Estas condiciones para llegar al poder pesaron sobre el destino de la Unidad Popular. Aumentaron la fragilidad de una estructura política acosada por la hostilidad inmediata de Estados Unidos, que perseguía cualquier riesgo de contagio "colectivista" en su patio trasero, y por la resistencia de las clases dominantes de la sociedad chilena. Al mismo tiempo, estos obstáculos contribuyeron al surgimiento de notables iniciativas populares autónomas, que buscaban defender los logros y las promesas del experimento en curso.
Es precisamente esta búsqueda de emancipación la que Franck Gaudichaud, Profesor de Historia y Estudios Latinoamericanos Contemporáneos en la Universidad de Toulouse, exploró en el libro que surgió de su tesis, Chili 1970-1973. Mille jours qui ébranlèrent le monde (PUR, 2013), y en un libro pedagógico publicado este mes, Découvrir la révolution chilienne (Éditions sociales, 2023).
Mediapart: Salvador Allende ganó la presidencia de Chile gracias a una unión de partidos de izquierda llamada Unidad Popular (UP). ¿Cuáles eran sus componentes y cómo se veía Allende a sí mismo en relación con ellos?
Franck Gaudichaud: Es importante señalar que no podía haber victoria sin la unidad de la izquierda. La unidad había sido la gran obsesión militante de Allende desde los años treinta. Influido por la experiencia del Frente Popular en 1938, creía que sólo la unión del PS y el PC chilenos le daría acceso al ejecutivo. A veces mantuvo esta posición frente a la adversidad, como cuando rompió con su propio partido, el PS, durante la fase anticomunista de éste.
La Unidad Popular nació de varios experimentos unitarios entre finales de los años 30 y 1969, cuando se formó para las elecciones legislativas y luego se renovó para las presidenciales de 1970.
La especificidad de UP es que estuvo marcada por un contexto de fuerte polarización social, que se manifiesta en la radicalización del discurso y del programa de los partidos de izquierda. La hegemonía fue ejercida por los socialistas y comunistas, una alianza de marxistas antiimperialistas entre cuyos aliados secundarios figuraban componentes del antiguo Partido Radical, así como cristianos de izquierda de la Democracia Cristiana, nuevo pilar del sistema político desde los años cincuenta.
M: Leyéndote, queda claro que esta victoria se logró gracias a una impresionante movilización popular, en la que la dimensión cultural fue importante. Un mundo que parece muy lejano...
FG: Está claro que, políticamente, el Chile de hoy es un país distinto. En la época de la Unidad Popular, había grandes partidos de masas enraizados en la clase obrera. Para una población de 9 millones de habitantes, el PC contaba con 160.000 militantes experimentados, el PS con 140.000, a los que hay que añadir cientos de miles de personas que participaban en la agitación de base.
Durante la campaña electoral se crearon decenas de miles de comités de UP, algunos de los cuales lamentaron después haber sido desatendidos por el nuevo gobierno. Allende viajó de pueblo en pueblo en tren, no sólo para la propaganda electoral, sino también para actividades culturales. La UP gozó de un considerable apoyo entre los artistas, en un momento en que surgía una "nueva canción chilena", de corte explícitamente socialista.
M: Allende llegó a la presidencia sin mayoría absoluta de votos, gracias a un acuerdo con la Democracia Cristiana. ¿Por qué supuso esto un problema después?
FG: El estallido de alegría provocado por la victoria de Allende fue limitado desde el principio. El programa de la UP era una transición legal al socialismo que respetara el orden constitucional. Estar en minoría, en el electorado y en las instituciones, era, por tanto, un problema central. Las negociaciones con el polo central de la democracia cristiana eran inevitables, con la diferencia de que, tras haber estado dominada por su ala izquierda, esta fuerza viró hacia la derecha.
En Estados Unidos, los gobernantes conocían bien esta fragilidad. Allende ni siquiera había entrado a la Moneda cuando trataron de utilizarlo para impedir que llegara al poder, y luego para desestabilizarlo.
M: ¿Qué tipo de socialismo prometía la Unidad Popular?
FG: En el contexto de la Guerra Fría, en un pequeño país latinoamericano, era una propuesta original. No era un alineamiento con la URSS, se rechazaba la vía armada, pero la propuesta iba más allá de la socialdemocracia radicalizada. Podría decirse que UP tenía un programa de soberanía "nacional-popular", al tiempo que reivindicaba un horizonte socialista. Detrás estaba la convicción de que el Estado era "flexible", o al menos lo suficientemente flexible como para permitir el desarrollo de un programa de democratización avanzada, que incluía la propiedad de los medios de producción.
M: ¿Había puntos de vista comunes sobre este "horizonte socialista" y sobre cómo alcanzarlo?
FG: El programa no daba detalles. De hecho, en el transcurso de la experiencia de la UP se agudizarían importantes conflictos, en particular entre los economistas comunistas, partidarios de proceder por etapas, negociando con los empresarios y los demócrata-cristianos, y los vinculados al ala izquierda del Partido Socialista, que pensaban que era necesario proceder masiva y rápidamente. Los desacuerdos cristalizan en torno al número de empresas que hay que nacionalizar.
No obstante, se vislumbra una estrategia general común. El objetivo era poder dirigir una gran parte de la economía, tomando el control de los sectores llamados "monopolísticos". Se trata del sistema bancario de concesión de créditos (el 90% de este sector fue nacionalizado), así como de las grandes empresas consideradas esenciales, en particular las grandes minas de cobre (también fueron nacionalizadas, con el apoyo unánime de los parlamentarios, ya que ni siquiera la derecha reaccionaria se atrevió a oponerse frontalmente a la medida).
A esto hay que añadir una considerable reforma agraria, llevada a cabo entre 1971 y 1972. Fue una de las reformas agrarias más radicales que tuvieron lugar en América Latina en el siglo XX. Al final del proceso, los latifundios fueron prácticamente aniquilados. Por último, se trabajó en un gran proyecto de planificación, llamado SINCO, para controlar la evolución económica en tiempo real, pero no se llevó a cabo.
Esta orientación general adolecía de varias contradicciones. El sector de la distribución seguía siendo un punto ciego en la política de la UP, a pesar de que el 70% estaba controlado por propietarios privados. Los grandes grupos de presión de la distribución disponían de medios para crear cuellos de botella. Además, el aumento de los salarios sin aumentar la producción en la misma proporción alimentó la inflación de los precios, a la que se añadió la inflación "política", desencadenada por el boicot internacional a ciertas mercancías y el cierre del crédito al Estado chileno.
M: ¿Cómo se previó la resistencia?
FG: La izquierda chilena era consciente de la resistencia que cabía esperar de la burguesía. El comité nacional de la UP, incluidos los dirigentes de todos sus componentes, había identificado desde el principio los obstáculos internos y externos para llevar a cabo el proyecto.
Existía la idea de que la transición al socialismo seguiría siendo posible gracias a la presión popular, en particular a través del sindicato único de trabajadores, la CUT. La apuesta consistía en obligar a la burguesía industrial, comercial y extractiva a vender sus activos antes que arriesgarse a perderlos.
Esta conciencia de la resistencia no impidió, sin embargo, una diversidad de análisis tácticos. Había una tensión considerable entre, por un lado, un polo conciliador, encarnado principalmente por el PC, que quería negociar paso a paso, con la idea de "consolidar para avanzar", sin multiplicar los frentes de adversarios; y, por otro, un polo "rupturista", bien representado por el ala izquierda del PS y el Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR), que afirmaba que era necesario avanzar sin transigir, para no dejar que los adversarios se organizaran.
Esta tensión se vio agravada por la explosión de la escasez y del mercado negro, que exasperó a las clases medias, las más propensas a pasarse al bando contrario de la UP. Además de la resistencia interna, hubo una conspiración internacional para "hacer gritar la economía", como dijo el presidente estadounidense Nixon. Estados Unidos intervino para bloquear el acceso del país al crédito internacional, impedir que obtuviera piezas de repuesto, requisar las exportaciones que le habrían permitido obtener divisas, etc.
M: Uno de los puntos centrales de su trabajo se refiere al "poder popular" que se puso en marcha en octubre de 1972 y que es también uno de los rasgos originales del proceso chileno. ¿Cuáles fueron sus orígenes y sus formas?
FG: En la primavera de 1971, la coalición de la Unidad Popular obtuvo el 50% de los votos. La oposición se inquietó por este adelanto electoral y temió que se disolviera el Congreso, o incluso que se convocara una asamblea constituyente. Tras un intenso debate, Allende decidió no disolver el Congreso, lo que pudo haber sido una oportunidad perdida. En el otro bando, la oposición radical comprendió que debía unirse atrayendo a su lado a la Democracia Cristiana y golpeando a la izquierda donde más le dolía, en la economía
El país se vio entonces afectado por una huelga de camioneros, apoyada por la CIA, que duplicó los salarios de los huelguistas, y por un bloqueo general de la economía por parte de las profesiones liberales y las grandes federaciones del comercio y la industria. Esto condujo a una respuesta "desde abajo", con formas de autoorganización popular que fueron definidas por el MIR, pero no sólo, como "poder popular".
Esta respuesta fue un momento definitorio de la revolución chilena, y la razón por la que utilizo el término en el título de mi libro. Durante mucho tiempo, algunos en la extrema izquierda se negaron a utilizar la palabra "revolución" para el Chile de Allende, porque no hubo "ruptura con el Estado burgués". Pero hoy considero que sí se trataba de una experiencia revolucionaria por su nivel de organización, por la forma en que puso en cuestión las relaciones de producción y de género, y por la acción cultural que tuvo lugar.
M: Una dimensión importante de esta experiencia fue la existencia de los "cordones industriales"...
FG: Sí, en la periferia de las grandes ciudades se crearon coordinaciones sindicales territoriales. No eran "soviets a la chilena", sino formas avanzadas de autoorganización. Empezaron con oupaciones de fábricas o de tierras, pero también vimos formas embrionarias de poder obrero de varios días, con asambleas que iban más allá de las estructuras sindicales.
Lo interesante es que estos excesos salvaron a Allende durante un tiempo. Hubo allí una relación dialéctica, que Daniel Bensaïd llamó "respiración entrecortada". No había separación entre el movimiento social y el poder político. Hasta el final, Allende siguió siendo el presidente de una gran parte del movimiento obrero, incluso cuando estaba en el punto de mira.
Sobre todo cuando optó por incluir a los militares en el gobierno, o por declarar el estado de sitio confiando el control de las vías públicas a los generales, o cuando optó por devolver las empresas ocupadas. A partir de 1973, el PC y los militares tomaron claramente el control y quisieron devolver las empresas con la esperanza de negociar con la Democracia Cristiana.
M: Así pues, estas formas de autoorganización fueron vistas con recelo por un gobierno que se negaba a contar con ellas. En el contexto de una revolución que pretendía ser legal, estas organizaciones también representaban un peligro para Allende y el PC. ¿No es esto una verdadera contradicción en el camino de Chile hacia el socialismo?
FG: Sí, hubo una dinámica de polarización alimentada por militantes de la Unidad Popular, especialmente en el PS, y por ciertas fuerzas extraparlamentarias como el MIR, pero que no llegaron a romper con el gobierno. Por otra parte, Allende condenó repetidamente las ocupaciones de fábricas y las acciones de los cordones industriales. El PC quería integrar estos cordones industriales en la CUT, limitándolos así a un papel sindical, cuando desempeñaban un papel muy diferente. El PC condenó estos movimientos, acusándolos de hacer el juego a la derecha y al imperialismo, y de no respetar los compromisos de la Unidad Popular.
El gobierno se convirtió en una especie de árbitro entre estos dos polos, y Allende eligió el campo del PC y la negociación. Recordamos la escena en que un ministro de trabajo comunista abofeteó a un sindicalista miembro de un cordón industrial, llamándole provocador e izquierdista.
M: Teníamos dos lógicas que se apoyaban a la vez que se oponían, pero ninguna tenía los medios para llegar hasta el final. El gobierno estaba atascado en su lógica legalista, y el poder popular no podía pretender sustituirlo. ¿Hacía esto vulnerable todo el experimento?
FG: En mi tesis hablé de una dualización del poder que no tuvo éxito. Podemos ver claramente que los dos polos toman caminos diferentes, entre la organización desde abajo y la lógica institucional. Aunque no esté tan claro, porque el gobierno va a crear comités de abastecimiento y de control de precios para los habitantes. Pero es cierto que estos comités permanecieron bajo el control de las autoridades...
En este complejo proceso, hubo una "doble incapacidad". Hubo una derrota estratégica de la vía legal, pero, por otro lado, la opción del poder popular y de ruptura con el pasado fue incapaz de ofrecer una alternativa concreta.
El MIR, el ala más radical, nació en 1965 y era todavía una organización pequeña, incapaz de organizar una alternativa. Tampoco entendió bien la cuestión de los cordones industriales, en la medida en que su cultura guévarista, muy vertical y basada en una lógica político-militar, no se adaptaba a la situación en la que surgían núcleos de autoorganización. El MIR también estaba desfasado con respecto a la situación revolucionaria concreta.
M: Entonces, ¿era como si no existieran instituciones revolucionarias capaces de captar este movimiento?
FG: Siempre tenemos que tener cuidado con lo que deberíamos haber hecho. Pero de hecho, las instituciones del movimiento revolucionario en sentido amplio fueron incapaces de proponer una salida. A pesar de que todo el mundo sabía que el golpe iba a producirse. Había una especie de parálisis a la hora de afrontar la situación.
Por eso utilicé la distinción de Charles Tilly en su Histoire des révolutions en Europe [Les Révolutions européennes, 1492-1992 - nota de los redactores], entre "situación revolucionaria" y "resultado revolucionario". En mi opinión, en Chile, en 1970-73, tuvimos una situación revolucionaria que llegó a desafiar la propiedad privada, a pesar de Allende. El número de empresas "intervenidas" o nacionalizadas superó las trescientas, mucho más de lo que el gobierno quería hacer bajo la presión del movimiento obrero. Pero no hubo resultados revolucionarios.
M: En medio de todo esto, el presidente Allende parece ser una figura ambivalente...
FG: Allende es un personaje complejo e interesante. Era un parlamentario socialista, un legalista que también decía ser marxista, un antiimperialista y un admirador de Cuba. Era una figura híbrida. Pero seguía convencido de su capacidad para negociar permanentemente, al tiempo que radicalizaba la democracia chilena.
Internacionalmente, se presentaba como un líder tercermundista, un anticolonialista que apoyaba a Vietnam. Era bastante radical. Pero internamente, era un reformista que reivindicaba una perspectiva revolucionaria.
M: ¿No sobrevaloró el mito de la "excepción chilena", que sostiene que el ejército no está politizado y que la tradición democrática es muy sólida?
FG: Sí, pero este mito era muy fuerte en toda la izquierda. Se basaba en la idea de que el país tenía instituciones más estables que en otros lugares, con sólo dos Constituciones desde la independencia y sin golpes de Estado formales, lo que había permitido llegar a compromisos sociales. En realidad, los militares han intervenido regularmente en la historia chilena mediante una dura represión. Pero la izquierda no quería ver esto. Estaba dominada por la idea del constitucionalismo de las fuerzas armadas.
Ya en 1974-75, el PC clandestino inició una suerte de autocrítica por su falta de pensamiento estratégico sobre las fuerzas armadas. Fue en este contexto que Allende pensó que podría evitar la guerra civil, que de hecho amenazaba, nombrando a Pinochet, reputado como legalista, como jefe de las fuerzas armadas y guardándose bajo la manga la idea de una disolución que condujera a la convocatoria de una asamblea constituyente. De hecho, esto es lo que pretendía anunciar el 11 de septiembre. Y esto llevó a los militares a adelantar a ese día el golpe de Estado, previsto inicialmente para la Fiesta Nacional.
Fuente: Mediapart, 11/09/2023: https://www.mediapart.fr/journal/international/110923/le-chili-d-allende...
El Chile de Pinochet: campo de pruebas del neoliberalismo
Romaric Godin
Tras el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, Chile quedó a merced de los experimentos de economistas formados a la sombra de Milton Friedman. Convertido en modelo del neoliberalismo, el país aprende ahora sus límites.
El golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 abrió un período de represión feroz y políticas reaccionarias en Chile. Una de las más conocidas fue, sin duda, la económica. En pocos años, el país se convirtió en un verdadero "laboratorio" del neoliberalismo moderno. Fue entonces cuando los militares confiaron la economía del país a un grupo de economistas formados una década antes en la Universidad de Chicago, los "Chicago Boys".
La violenta respuesta de los capitalistas chilenos y estadounidenses a la política de "transición legal al socialismo" del gobierno de la Unidad Popular dejó la economía chilena en un estado catastrófico a finales de 1973. La inflación era del 700% anual y había escasez de todo.
El nuevo régimen tuvo que definir una nueva política económica. Tenía dos opciones principales. La primera era una política "nacional desarrollista" basada en una lógica de "sustitución de importaciones", que situaba al Estado como actor clave, financiando una política de desarrollo industrial para reducir la dependencia del exterior.
Esta ha sido la política dominante en América Latina desde los años cuarenta. Ha tenido cierto éxito en México y, sobre todo, en Brasil bajo la dictadura militar. Pero también ha mostrado sus limitaciones en otros países cercanos a Chile, especialmente Argentina y Uruguay.
En su monografía sobre Brasil (Brazil: Neoliberalism versus Democracy,, Pluto, 2018), el economista Alfredo Saad-Filho explica que esta estrategia se basa a la vez en una lógica de personalización del poder en torno a un "líder" y en un doble objetivo de "transformación económica" y "conservadurismo social". Para un régimen que, en Chile, se personaliza en torno a Pinochet y que desarrolla un discurso nacionalista y conservador, esta opción puede parecer natural, y además es defendida por una gran parte del ejército, en particular la fuerza aérea.
La otra opción era el neoliberalismo, basado en la apertura del país a los mercados internacionales, las reformas liberales de las instituciones económicas y un Estado que apoyara el desarrollo del mercado. En aquel momento, se trataba de una opción muy audaz, defendida por economistas que aún se consideraban radicales. En Chile, sin embargo, fue defendida por un grupo de economistas formados en el marco de un programa de intercambio establecido por Estados Unidos a finales de los años 50 entre la Universidad Católica de Santiago de Chile y la Universidad de Chicago.
Los Chicago Boys están en el centro del movimiento neoliberal, en torno a una figura mayor, Milton Friedman, que desde hacía treinta años lanzaba ofensiva tras ofensiva contra el keynesianismo dominante. En Chile, los Chicago Boys copiaron a su maestro: demonizaron la inflación, que la estrategia desarrollista luchaba por controlar y que ellos estaban decididos, con una visión monetarista, a domar. Pero antes hay que pasar por la "terapia de choque", la liberalización completa de los precios.
Para apreciar el aspecto innovador de esta estrategia, podemos referirnos a una anécdota relatada en un reciente libro del economista Sebastián Edwards, que cuenta la historia del neoliberalismo chileno (The Chile Project: the Story of the Chicago Boys and the Downfall of Neoliberalism, Princeton UP, 2023). En 1970, los Chicago Boys propusieron un programa económico al candidato conservador Jorge Alessandri. Alessandri, que también era un destacado capitalista local, exclamó tras escucharlos: "¡Echen a esos lunáticos de aquí y asegúrense de que nunca vuelvan!".
Pero durante la presidencia de Allende, los neoliberales chilenos prepararon un programa de reformas para "reparar" la economía del país. En un denso librito titulado "El Ladrillo" se esbozaban las reformas que se avecinaban. Estaban preparados y contaban con el apoyo de la marina chilena.
Esta preparación, su influencia en la marina y sus promesas antiinflacionistas situaron a los Chicago Boys en el corazón del gobierno militar desde el principio. El 14 de septiembre de 1973, el más conocido de ellos, Sergio de Castro, fue nombrado asesor especial del nuevo ministro de Economía de la Junta, el general Rodolfo González.
Durante los dos años siguientes, estas dos opciones protagonizarían una importante lucha por la influencia dentro del gobierno militar. Pero Sergio de Castro y sus seguidores se impusieron jugando varias bazas. En primer lugar, porque el modelo keynesiano mundial se hundía en una gran crisis, lo que hacía más atractivos los proyectos neoliberales para los gobiernos. El cambio intelectual se estaba acelerando y la aparición de una inflación generalizada en todo el mundo estaba dando mayor credibilidad a las figuras intelectuales del movimiento.
La "terapia de choque"
El 21 de marzo de 1975, los Chicago Boys dieron un golpe maestro. Trajeron a Santiago al mismísimo padre del monetarismo, Milton Friedman. Con una inflación que todavía alcanzaba el 350%, el economista habló con Pinochet y defendió el tratamiento de choque contra la inflación y la liberalización general de la economía para lograr la "prosperidad". Pocos días después, el hombre que al año siguiente recibiría el premio del Banco de Suecia en homenaje a Alfred Nobel, prueba del "cambio" del que venimos hablando, hablaba ante empresarios chilenos bastante escépticos, incluso hostiles. Pero la elección de Pinochet estaba hecha.
Sebastián Edwards afirma que "la visita de Friedman marca un punto de inflexión en la historia económica de Chile". Hasta entonces", añade, "Pinochet no había decidido si apoyar o no la visión de los Chicago Boys o el modelo de capitalismo de Estado", pero "Friedman fue tan apasionado y argumentó tan bien en sus discusiones con Pinochet que éste salió convencido de que la mejor estrategia era un shock fiscal y reformas a favor de los mercados".
El cambio fue rápido. El 12 de abril, el gobierno chileno anunció un "plan de recuperación económica" que era una aplicación de la "terapia de choque". Los Chicago Boys tomaron el control de la economía chilena. Sergio de Castro se convirtió en Ministro de Economía doce días después, y luego en Ministro de Hacienda en 1976. El Banco Central fue asumido por Álvaro Bardón, y el Ministerio de Economía por Pablo Baraona, ambos graduados de la Universidad de Chicago y discípulos de Milton Friedman. La apisonadora neoliberal está lista para rodar.
Los precios se liberalizaron, al igual que los tipos de interés, los aranceles aduaneros se redujeron al 10%, el gasto público se recortó en un 15% y se redujeron los impuestos. Las privatizaciones se suceden: de 571 empresas públicas en 1975 a 24 en 1983. Como consecuencia, el desempleo se disparó hasta el 22% en 1975, cuatro veces más que en 1973. La inflación bajó, pero sólo moderadamente. En 1978, se mantuvo en torno al 40% anual. Milton Friedman había prometido que los efectos negativos del choque se borrarían rápidamente. No fue así, pero Pinochet apoyó el experimento, cueste lo que cueste. En 1978, se deshizo del último islote de resistencia "desarrollista" dentro de la junta, el general Gustavo Leigh.
Las políticas neoliberales de Pinochet se aceleraron. En 1979 lanzó las "siete modernizaciones", cuyo objetivo ya no era simplemente liberalizar la economía, sino crear una sociedad mercantilizada. Se liberalizó el derecho laboral, se fomentó la enseñanza privada mediante un sistema de "vales" que permitía a las familias poner los colegios en competencia entre sí, y la reforma de las pensiones introdujo un sistema de capitalización gestionado por empresas privadas y competitivas.
Todo ello fue coronado por la Constitución de 1980 que, en el espíritu neoliberal, pretendía "despolitizar" la cuestión económica grabándola en mármol constitucional. El "principio de subsidiariedad" daba prioridad al sector privado sobre el Estado en la organización de las actividades económicas y sociales. Las leyes sobre educación, fiscalidad o políticas sociales (estrictamente limitadas a los más pobres) requieren una "supermayoría" del 66%.
El laboratorio del neoliberalismo
A finales de los años 70, esta victoria política había dado lugar al mito del "milagro económico chileno". Mientras Occidente se sumía en una segunda crisis inflacionista del petróleo, Chile afirmaba haber obtenido excelentes resultados. Se cerró el déficit presupuestario y el crecimiento alcanzó niveles récord (8,5% en 1978), impulsado principalmente por las exportaciones y por la explosión de la deuda en divisas. Pero la gente no estaba tan entusiasmada con esto último, y los economistas keynesianos se esforzaban por encontrar soluciones a la crisis del capitalismo occidental.
Fue entonces cuando Chile adquirió el estatus de "laboratorio neoliberal". El viaje a Santiago se convirtió en una visita obligada para los economistas neoliberales. Conocieron a Friedrich Hayek, Gary Becker y Robert Lucas, todos ellos galardonados con el famoso "Premio Nobel" que tan importante iba a ser para validar el neoliberalismo. En 1981, se celebró en Santiago la reunión anual mundial de la famosa Sociedad Mont Pelerin, el corazón del reactor neoliberal. Esta fue una oportunidad para que Milton Friedman regresara a Chile.
Esta atracción contrastaba con el ostracismo oficial al que fue sometido en el concierto de las naciones a finales de los años setenta. Pero pronto se impuso la razón de los economistas. El ejemplo chileno se convirtió en un argumento para justificar y apoyar las contrarrevoluciones de Margaret Thatcher y Ronald Reagan en 1979 y 1980.
A pesar de los esfuerzos de los Chicago Boys desde 1990 por convencernos de que no sabían nada de la naturaleza represiva y sanguinaria del régimen de Pinochet, está claro que el laboratorio chileno sólo fue posible gracias a la dictadura. Si se tiene en cuenta el nivel de conflictividad social del país antes de 1973, parece evidente que unas reformas tan duras y violentas sólo pudieron imponerse asociándolas a un régimen autoritario ultraviolento, en el que era imposible una respuesta democrática.
Fue a este precio que el neoliberalismo se hizo aceptable para las democracias occidentales. La "prueba" chilena permitió domesticar al electorado y hacerle esperar a que las reformas surtieran efecto. Entonces fue fácil bloquear las reformas con medidas "bipartidistas" o "constitucionales", siguiendo de nuevo el modelo chileno. Milton Friedman bien podría haber amonestado a Pinochet, diciéndole que "la libertad no se puede dividir", pero no dudó, llegado el caso, en aprovechar el Chile militarizado para reivindicar el éxito de sus teorías.
En cuanto a Friedrich Hayek, su compromiso era sin duda aún más profundo. Hacía tiempo que se había decidido entre la democracia y la "libertad económica", dando prioridad a esta última. En 1977, durante su primer viaje a Chile, discutió con Pinochet la necesidad de una "democracia limitada" para evitar que los mercados fueran cuestionados. Esta lección fue recogida en la Constitución de 1980.
De hecho, para Hayek, el caso chileno era ejemplar: la suspensión de la democracia permitía evitar el socialismo y restablecer la libertad a través de los mercados. Por tanto, estaba más que justificado. De ahí su famosa declaración en Santiago en 1981: "Personalmente, prefiero un dictador liberal a un gobierno democrático carente de liberalismo". Por supuesto, tuvo la precaución de precisar que la dictadura debía ser temporal. Pero esta "temporalidad", que en Chile duró diecisiete largos años y destrozó cientos de miles de vidas, debía garantizar que la futura democracia fuera efectivamente "limitada".
El laboratorio chileno es una buena ilustración de la naturaleza profundamente autoritaria del neoliberalismo. Desde el punto de vista de que se trata ante todo de reanudar y asegurar la acumulación de capital mediante la acción de un Estado al servicio de los mercados, pero en un contexto en el que esta acumulación es cada vez más difícil, el neoliberalismo tenía que partir de un ejemplo. Chile, que había pretendido abrir la "vía pacífica al socialismo", fue su presa perfecta.
La victoria de la "democracia limitada"
El neoliberalismo chileno tuvo sus crisis, pero, protegido por las armas, fue capaz de imponerse incluso a la democracia. Embriagados por su propia retórica, los Chicago Boys cometieron un grave error en junio de 1979. Esta vez, ignorando los consejos de Friedman, decidieron vincular el peso al dólar a un tipo de cambio fijo. Fue un error clásico de los conservadores obsesionados con el mito del patrón oro. Winston Churchill cometió el mismo error en 1925 cuando restableció la paridad de 1914 entre la libra y el oro. Para Chile, la sobrevaloración de la moneda provocó la caída de las exportaciones, amplió el déficit por cuenta corriente y pesó sobre el sector bancario, endeudado en dólares.
Sergio de Castro y sus seguidores estaban convencidos de que la "estabilidad" que ofrece el tipo fijo atraería inversiones y aceleraría el crecimiento. Esto se basaba en una visión del dinero como un simple "velo" que oculta la verdad de los mercados. Cuando el dinero es estable, esta verdad se revela automáticamente. Milton Friedman no compartía esta visión, pero muchos neoliberales sí.
El hecho es que en 1982 estalló la crisis. La confianza se desplomó mientras el dólar se fortalecía tras el "shock Volcker", la fuerte subida de los tipos de interés por parte de la Reserva Federal. Chile se enfrentó a una crisis de balanza de pagos: su economía ya no podía financiarse. El peso tuvo que devaluarse bruscamente, el desempleo alcanzó el 25% y el sector bancario tuvo que ser rescatado por el Estado. Incluso se subieron los aranceles aduaneros. Sergio de Castro fue destituido y hubo que recurrir al Fondo Monetario Internacional (FMI).
Durante un tiempo se pensó que Pinochet iba a abandonar su política neoliberal. Pero ya era demasiado tarde, la ola había llegado a Occidente y las clases dirigentes habían abrazado el neoliberalismo, que les favorecía enormemente. Una nueva generación de economistas neoliberales tomó el relevo, encabezada por un chileno de origen suizo, Hernán Büchi, que se convirtió en Ministro de Economía en febrero de 1985.
Al tiempo que mantenían una gestión prudente del tipo de cambio, aceleraron la mercantilización de la sociedad chilena que había comenzado antes de la crisis de 1982, especialmente a nivel universitario, y con una nueva ronda de privatizaciones. La independencia del Banco Central se consagró por ley.
Pero la idea principal era situar rápidamente a Chile en la nueva división internacional del trabajo. Las empresas occidentales buscaban lugares donde producir más barato, y esta globalización iba acompañada de una creciente demanda de materias primas, en particular de cobre chileno. La caída del dólar fue aprovechada por el crecimiento chileno.
Así, cuando las elecciones democráticas de 1990 llevaron al poder a Patricio Aylwin, candidato de la Concertación, la coalición de centro-izquierda, nadie pensó en cuestionar la política económica del régimen militar. "Pinochet perdió la batalla electoral, pero los Chicago Boys ganaron la guerra de las ideas", resume Sebastián Edwards. Tanto es así que el primer ministro de economía democrático, Alejandro Fowley, autor de un libro muy crítico con la política económica de Pinochet en 1982, decidió mantener las políticas pro-mercado de Pinochet una vez en el poder.
Pero el fenómeno no es solo un éxito de ideas. De hecho, hay varias razones por las que el país alcanzó un punto de no retorno a principios de los años noventa. En primer lugar, el contexto internacional e intelectual, ya que el bloque soviético se derrumbó y llegó el momento de la terapia de choque en Europa del Este y Rusia. Era difícil pretender retroceder en estas condiciones.
Sobre todo porque las cifras económicas de Chile eran muy buenas, con un aumento del PIB del 33% en siete años. Y aunque la inflación persista en el 27%, el desempleo había vuelto a situarse por debajo del 8% y el Gobierno registraba un superávit presupuestario. Desde el punto de vista de los nuevos dirigentes, la creciente desigualdad tampoco justificaba una política dirigida a los más pobres.
Además, como hemos visto, el marco constitucional era rígido y reducía cualquier margen de maniobra, mientras que los militares seguían vigilando. Por último, la mercantilización de la sociedad dio sus frutos y se convirtió en una realidad cotidiana para los chilenos, que la veían como sinónimo de modernidad.
Es la victoria póstuma de Pinochet. El sueño de Hayek de una "democracia limitada" que ya no desafíe la dominación del mercado parecía haberse hecho realidad entre el desierto de Atacama y Tierra de Fuego. Se había formado un consenso político en torno al neoliberalismo, con algunos matices, pero sin volver sobre la obra de los Chicago Boys. La reforma de la Constitución en 2005 no hizo nada para cambiar esto, ya que el anclaje neoliberal era ahora demasiado fuerte, alentado, además, por estadísticas halagadoras para Chile, que se convirtió en el país más rico de América Latina y en un modelo de desarrollo, hasta el punto de entrar en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el club de los países desarrollados, en 2010.
Los gobiernos de centro-izquierda de las décadas de 1990 y 2000 fueron aún más lejos en el camino de las reformas neoliberales. Sebastián Edwards explica que las tres principales reivindicaciones del movimiento popular de 2019 -el fin del sistema de créditos estudiantiles, la privatización de la gestión de las carreteras y la crítica al libre comercio- apuntaban más a las políticas de los gobiernos democráticos que a las del régimen militar.
La crisis del neoliberalismo chileno
Pero los sueños duran poco. El neoliberalismo chileno aún podía presentar sus excelentes estadísticas como prueba de su éxito, pero también ha entrado en crisis. El primer elemento de la crisis es económico. El fin de la burbuja de las materias primas afecta a Chile como al resto de las economías latinoamericanas. El cobre sigue siendo el motor de la economía chilena, a pesar de su diversificación. A partir de 2014, el ritmo de crecimiento se ralentizó notablemente. Entre 2007 y 2013, el crecimiento real del PIB en Chile fue del 31,5%. Pero en el periodo 2013-2019, este crecimiento fue solo del 12,5%, es decir, 2,5 veces menos. El cambio es, pues, contundente y las posibilidades de redistribución están agotadas.
El segundo elemento clave es la ilusión de las cifras. Las estadísticas que los gobiernos chilenos han utilizado para justificar el neoliberalismo sólo representan una parte de la realidad, no toda. Chile es incluso una prueba del hecho negado por los apologistas neoliberales que afirman que la pobreza ha disminuido drásticamente bajo su régimen.
Las cosas son más complejas. Es cierto que la proporción de chilenos con ingresos inferiores a 5,50 dólares diarios ha caído del 52% en 1987 a menos del 7% en 2017. Pero al mismo tiempo, estos mismos chilenos han tenido que usar sus 5,50 dólares para comprar muchos más bienes y servicios que antes, porque la sociedad se ha mercantilizado mucho más. En última instancia, estos 5,50 dólares no garantizan un nivel de vida satisfactorio, sobre todo porque esta misma mercantilización ha dado lugar a nuevas necesidades que no existían en 1987.
No todas las realidades de la vida están contenidas en las estadísticas. Algunas organizaciones se han dado cuenta de ello. Ya en 1998, el PNUD, el programa de las Naciones Unidas para el desarrollo, advertía del "malestar" de la población chilena. Esta interpretación ponía de relieve la falta de "seguridad humana" en un sistema en el que todo está sujeto a la elección individual y a la competencia. Sebastián Edwards subraya hasta qué punto toda la clase política chilena rechazó con desdén esta visión "partidista". Pero esta realidad acabó por alcanzarles.
Sobre todo porque, aunque Chile ha reducido ligeramente las desigualdades en los últimos veinte años, éstas siguen siendo muy elevadas en términos absolutos. El país es el tercero más desigual de la OCDE, después de Sudáfrica y Costa Rica. La concentración de la riqueza es inmensa. Según la World Inequality Database (WID), el 1% más rico de Chile poseía en 2020 el 47,8% de la riqueza total del país, el nivel más alto de la región e incluso superior al de Brasil, considerado uno de los países más desiguales del mundo.
Pero también en este caso, más allá de los simples indicadores monetarios, las desigualdades dentro de la sociedad se han mantenido altas y han sido protegidas por el neoliberalismo en términos de acceso a la educación, la salud y los servicios públicos. Cuando nos fijamos en estos criterios cualitativos, Chile sigue palideciendo. "Chile ha seguido siendo un país donde una pequeña élite, formada principalmente por hombres educados en un puñado de universidades, controla el poder político y económico", resume Sebastián Edwards. Y cuando se pretende mantener la promesa del desarrollo, este tipo de situación se vuelve rápidamente insostenible para una gran parte de la población.
Poco a poco, pues, se ha ido formando una oposición contra este sistema neoliberal. Comenzó en 2005, cuando las primeras jubilaciones de la reforma de 1980 provocaron una amarga decepción: las tasas de reemplazo eran bajas, mientras que los costes de gestión eran elevados. Hubo que improvisar un nuevo sistema, introduciendo la solidaridad y el reparto.
A partir de 2006, las protestas se extendieron a los estudiantes, víctimas de un sistema universitario injusto y costoso. Luego se extendió a los mapuches, el pueblo indígena tan maltratado en la historia de Chile y cuyas tierras se entregan ahora sin protección a intereses privados.
En 2019, cuando el neoliberalismo ya no podía cumplir sus promesas, ni siquiera las económicas, la protesta desembocó en un levantamiento que cambiaría profundamente la historia contemporánea de Chile y daría lugar a la elección de Gabriel Boric, el candidato presidencial de la izquierda, en 2022. Pero Chile seguía siendo un país construido por el neoliberalismo de los Chicago Boys. La "izquierda Boric" está lejos de la izquierda de Allende, y su margen de maniobra sigue siendo limitado, como lo demuestra el rechazo masivo del proyecto de Constitución a finales de 2022.
La historia del "laboratorio chileno" muestra tanto la fuerza de la apisonadora institucional e intelectual que representó el neoliberalismo como sus límites prácticos. En 2019, algunas consignas proclamaban: "Aquí nació el neoliberalismo, aquí perecerá". Puede que las cosas no sean tan sencillas, pero una cosa es cierta: el neoliberalismo chileno no escapará a la crisis global de un sistema que ayudó a gestar.
Fuente: Mediapart, 11/09/2023: https://www.mediapart.fr/journal/international/110923/le-chili-de-pinoch...

