José Manuel Naredo
12/10/2008
Reproducimos a continuación la primera parte de la entrevista realizada en febrero de 2008 por Robert Lochead para la revista Carré rouge/La brèche [nº 2 marzo-abril-mayo 2008] al economista y ecologista libertario español José Manuel Naredo. La entrevista fue recientemente traducida y publicada en castellano por la revista argentina Herrramienta. Para pasar a la segunda parte de la entrevista, pulse AQUÍ.
R. Lochead: Tu clásico artículo "Sobre el origen, el uso y el contenido del término sostenible (1) ilustra un cuestionamiento a la ciencia económica estándar que da unidad a todos tus trabajos... ¿Cómo juzgas la evolución y las rupturas -o no rupturas- del pensamiento económico en relación con tu crítica del desarrollo y del desarrollo sostenible? ¿La referencia que haces a los fisiócratas sirve para señalar la existencia de una bisagra en la evolución de tales concepciones?
J. M. Naredo: El hecho de que ese artículo conserve actualidad es una buena ilustración del problema. Seguimos en el mismo lugar que hace 10 años, porque se ha conservado toda esa mitología del crecimiento y se ha manejado de manera ambigua y engañosa esa idea de la sostenibilidad.
La ciencia económica ha llevado al reduccionismo en la consideración de la gestión de los recursos, reduciendo todo a una sola dimensión, la dimensión monetaria. Además, el cálculo económico, incluso con este enfoque, está sesgado porque sólo considera el costo de obtención de los bienes y no se considera el costo de reconstitución de los recursos naturales o de los bienes raíces utilizados a lo largo de todo el proceso. Aunque más no fuese por esta razón, el sistema está forzado a la simple explotación destructiva de los stock de la corteza terrestre, de los minerales y los bienes raíces, de la fertilidad del suelo; predomina un punto de vista extractivo.
Después, el problema es que en el cálculo económico el valor crece desproporcionadamente a medida que los procesos avanzan hacia la fase final de comercialización y venta. Las fases finales son las que se quedan con la parte del león de la creación de valor, en detrimento de las primeras fases simplemente extractivas y elaborativas. Si algunos se especializan en el aprovisionamiento de productos primarios y otros en esas fases finales, tenemos ya una polarización social y territorial muy fuerte.
Pero luego, y es el colmo, viene toda la cuestión del predominio del sistema financiero propiamente dicho, que concede a los ricos el privilegio de la capacidad de comprar todo el planeta, porque tienen la posibilidad de "crear dinero" en sentido amplio y han podido atraer todo el ahorro del mundo, porque hoy el dinero se confunde con las cantidades de activos financieros.
Hay otros aspectos institucionales básicos, como la distribución muy desigual de la propiedad y el predominio de la propiedad burguesa, que están en el origen mismo del funcionamiento de este particular sistema.
Ya se parte de una situación desigual y luego todos esos mecanismos perpetúan y acentúan las desigualdades. Esto se combina con la aceptación de una especie de normalidad en relaciones de poder claramente desiguales, como lo es la relación salarial. Se nos quiere hacer creer que es un contrato entre individuos libres e iguales. En realidad son relaciones desequilibradas de poder y de dominación porque el poder desde el origen mismo era desigual y sigue siéndolo. Además, con un marco institucional que no pone ningún límite al incremento del poder y de la propiedad.
Para darse cuenta de la limitación del punto de vista económico ordinario, hay que recordar que se trata de una creación del "espíritu humano" del siglo XVIII. Es relativamente reciente. Anteriormente la economía no existía como disciplina autónoma. Solamente se hablaba de precio, dinero y comercio en los manuales de los confesores o en los informes escritos para la Corona. En relación pues con la moral o con el poder. Porque entonces no se pensaba que la especie humana fuese capaz de producir algo, producir en el sentido de generar algo a partir de nada. La Tierra-madre era la única que producía con sus ciclos. Puedo ilustrar esto con una cita de Copérnico, tomada parcialmente de Aristóteles: "La tierra concebida por el sol alumbra cada año las cosechas que crecen". No se concebía que esto pudiese incrementarse permanentemente.
Fue cuando se desacralizó todo esto que surge la idea de producción, con la agronomía: se planta un grano y se obtiene una espiga con muchos granos. En las actividades ligadas a la Tierra-madre es donde parece haber una creación. Y es entonces cuando surge la ciencia económica, con esta idea de producción y una reflexión que se independiza de la moral o del poder, porque se considera que es un bien para todo el mundo. Cuando nace, en el siglo XVIII, el objetivo de la economía era -según François Quesnay (1694-1774), dirigente del grupo llamado los fisiócratas- "aumentar la riqueza renaciente sin depreciación de los bienes raíces", sin deteriorar el patrimonio ni la fertilidad de la tierra. A partir de esta idea de producción surge la mitología del crecimiento, porque hasta entonces no se pensaba ni en términos de producción ni en términos de crecimiento. Y aparece el carrusel de la ciencia económica que es producción-consumo, aunque todo esto ligado a la Tierra-madre, a su fertilidad y a sus límites. Pero luego, y sobre todo al terminar el siglo xix con los neoclásicos, hay una especie de ruptura epistemológica muy fuerte, que separa a la ciencia económica del mundo físico. Porque los economistas clásicos, Ricardo por ejemplo, todavía consideraban a la tierra como un factor limitativo. (2)
Lo que era originalmente un concepto inspirado en la agricultura, el crecimiento físico del producto, el producto neto como se lo llamaba, se mantiene luego como una metáfora que se aplica a otros terrenos de la actividad económica, haciendo creer a la gente que existe realmente una "producción". Aunque lo que se llama "producción" del petróleo u otros minerales de la corteza terrestre no es más que su extracción. Se extrae para luego disipar, quemar o gastar. El término producción funciona justamente como una pantalla que oculta lo que hace la civilización industrial. Es decir, oculta precisamente que ésta se ha separado, por primera vez en la historia de la humanidad, de la fotosíntesis y de todas las producciones renovables asociadas, tal y como hace la biosfera que está unida a la fotosíntesis y a todos los ciclos naturales conexos.
Justamente cuando la civilización industrial comienza a utilizar masivamente las extracciones de la corteza terrestre y sobre todo a acelerar todos los ciclos de las materias utilizando los combustibles fósiles, es cuando se extiende la metáfora de la producción. Cuando, de hecho, aquello sobre lo que se apoya es la simple extracción y deterioro de recursos que, forzosamente, se convierten luego en desechos, porque el problema es que los ciclos de materia y de energía ya no cierran. A diferencia de lo que hace la biosfera, donde todo es objeto de utilización posterior, donde los desechos vuelven a convertirse en recursos, desde el ciclo hidrológico hasta el ciclo del carbono. Así como el agua se evapora y luego vuelve con lluvias y entra nuevamente en el sistema. Hay una circularidad.
Por eso evoco un poco a los fisiócratas. Su punto de vista tenía relación con una cierta idea de creacionismo porque veían que en la agricultura se creaba un producto. Mirabeau (3) decía que la agricultura es como una manufactura instituida por la divinidad porque el hombre tiene como socio al creador de todas las cosas, es decir a Dios. Y debido a esto, allí se creaban cosas. Lo que Quesnay llamaba "producir" no es revender con ganancia, que ya es otra cosa, porque un comerciante puede comprar una cosa barata y luego revenderla cara obteniendo así un beneficio, un saldo contable monetario elevado. De lo que hablaba Quesnay, era de un tipo de producción de "riquezas renacientes".
Después, la evolución de la ciencia económica la alejó de esa idea de la Tierra. Además, se constató que la tierra no crecía. La ciencia económica surgió en el siglo xviii en un momento en que seguía vigente la creencia alquímica de que también los minerales crecían en el seno de la tierra y, por lo tanto, que la tierra misma se dilataba ilimitadamente y los continentes crecían. Se trataba entonces de administrar este crecimiento generalizado. Por eso en su Tableau economique de 1758 Quesnay, muy lógicamente, no pone solamente a la agricultura, a los bosques y a la pesca entre las riquezas renacientes, sino también a las minas. Esta visión era coherente con la idea organicista del mundo que consideraba que todo podía crecer. Pero ya a fin del siglo xviii esto se desmorona, porque surge la química moderna, el "nada se crea, nada se pierde" de Lavoisier. (4) Se encara la medición precisa de la tierra, la medida de los meridianos, se realizan las grandes expediciones de exploración. Y se constata que la tierra ya no crece.
RL: A propósito... ¿No es sorprendente que en los debates sobre las reservas de petróleo aparezca hoy la esperanza, seguramente minoritaria pero con cierto apoyo en algunos medios petroleros, de que podrían existir procesos puramente minerales de génesis continua de petróleo en las profundidades de la corteza terrestre?
JMN: En realidad, el petróleo es el fruto de la fotosíntesis en un lejano pasado, son microfósiles marinos, vegetales y animales, con una antigüedad de muchos millones de años. Se sabe con toda claridad que los ritmos de extracción en algo más de un siglo son inconmensurables con los ritmos geológicos de su formación a lo largo del tiempo. Se produjo a fines del siglo XVIII una ruptura con la cosmología en la cual tenían cabida esas ideas de crecimiento sin límites. Pero se perpetuaron en la ciencia económica estándar, cuando las ciencias de la naturaleza enseñaban ya que esa cosmología no tenía base científica.
RL: Los economistas neoclásicos de hoy, que son siempre muy optimistas, te responderían que tú no eres más que un pasatista, que la ciencia encuentra siempre nuevas astucias para aumentar la productividad y que por el mecanismo de los precios, un día u otro, se abandonará el petróleo para pasar a la energía solar o a la atómica...
JMN: Precisamente, el distanciamiento del mundo físico y de la noción de sistema económico se produce en el siglo xix con la economía neoclásica. Ésta postula la posibilidad de la sustitución sin fin y sin costo adicional alguno de los recursos naturales mediante un optimismo tecnológico totalmente ciego. Se presupone siempre que ya se podrá inventar algo, pero esto no quita nada a lo que acabo de decir. Con Antonio Valero y nuestros colaboradores (5) desarrollamos metodologías que permiten analizar que, en todos los casos, se está trabajando con una base de recursos cada vez más degradada.
En efecto, en la medida que se explotan primero los yacimientos más fáciles, los de mayor concentración o de mayor tonelaje, y se va luego hacia yacimientos más pobres, que requieren pues la extracción de un mayor volumen de ganga y desechos para obtener menos mineral útil, la corteza terrestre no puede más que degradarse, aunque más no sea como efecto de este simple aspecto de los yacimientos minerales. Y después vienen todos los otros daños, por polución y deterioro de los ecosistemas. Así, en el caso del agua, no solamente se extraen y se súper explotan los acuíferos, sino que luego se devuelve a la naturaleza el agua contaminada y por lo tanto ese recurso se deteriora cada vez más. Justamente con Valero hemos podido estimar que el total del agua utilizada en el mundo se aproxima a la mitad del flujo mundial de agua accesible. Podrá inventarse lo que se quiera, pero lo que es evidente es que se ha tomado el camino de un deterioro cada vez más grande del stock de recursos planetarios. De modo que hay que tener una fe totalmente ciega para pensar que se podrá continuar siempre así, cuando la clave del asunto, evidentemente, es que -dejando de lado la caída de meteoritos- la Tierra es un sistema cerrado en materiales.
Este optimismo tecnológico, de hecho extractivo, es pues incompatible con la vida. El segundo principio de la termodinámica no puede evadirse. Y aunque la teoría sea complicada, con Valero precisamos su conexión con la economía. En sustancia, este segundo principio dice que la energía consumida o disipada ya no está disponible una segunda vez para un mismo trabajo y que el consumo de las materias primas las dispersa irreversiblemente. Si existe la vida sobre la tierra, es porque aprovecha cotidianamente de la energía solar y de sus derivados, como el ciclo del agua, el del carbono o incluso la circulación atmosférica. En este sentido, si se quiere realmente mantener viable un sistema acá abajo, entonces habrá que seguir el modelo de la biosfera y no el de la civilización industrial que es a largo plazo incompatible con la vida. Podría ser compatible si la especie humana tuviese un peso ridículamente pequeño en el planeta, en cuyo caso podría hacerse abstracción de estas consideraciones y suponer que hay recursos infinitos y lo mismo podría hacerse con los vertederos de desechos. Pero con Valero hemos puesto en evidencia que la especie humana pone en movimiento cada año un tonelaje de materias que es muy superior a cualquier fuerza geológica. Si se consideran los ciclos de la materia en la biosfera, lo que se estudia en ecología, se ve que el comercio mundial por sí sólo pone en movimiento cada año un tonelaje muy superior a los aluviones que arrastran todo los ríos de la tierra sumados. Es un tonelaje de magnitud comparable al ciclo completo del carbono. El total de los movimientos anuales de tierra en relación con las actividades extractivas, estimado en cerca de 100 mil millones de toneladas, es a su vez cinco o seis veces mayor... Se ve por lo tanto que la especie humana tiene sobre el planeta un peso completamente determinante y que ha aumentado muy rápidamente, sobre todo en los últimos 60 años. Estamos realmente muy lejos de la supuesta "desmaterialización" de la economía que está de moda mencionar.
En consecuencia, si el sistema económico no se ajusta, en lo que hace a su metabolismo, a los flujos del modelo de la biosfera, si se continúa con el mismo modelo de la civilización industrial, alimentado en base a la extracción y el deterioro, entonces claramente a largo plazo es inviable.
RL: Algunos climatólogos advierten que el recalentamiento del clima podría agravarse más rápido de lo que se había supuesto. Se reabre un debate sobre los recursos limitados. ¿Esto implica que al comenzar este siglo xxi el capitalismo ha pasado un umbral cualitativo en la punción que hace sobre la naturaleza?
JMN: Lo que claramente no tiene precedente es el peso de este metabolismo humano que se ha globalizado. En nuestro libro publicamos las estadísticas en toneladas de la extracción de una serie de los principales minerales. En general, se constata una aceleración del alza a partir del decenio de 1950. Y lo mismo ocurre con las estadísticas en toneladas del comercio internacional.
En la época del colonialismo, los flujos de materiales del comercio mundial eran muy pequeños en comparación. Pero Margalef (6) hizo notar con mucha razón que la polución está fuertemente asociada al transporte horizontal, mientras que la biosfera privilegia más bien el transporte vertical. Antes, la polución era un problema local. Cuando el capitalismo nació, en la Inglaterra industrial, la polución quedaba limitada a sus alrededores. Pero ahora este metabolismo fue globalizado, con todas las extracciones. Y por lo tanto la polución se globalizó. Los residuos de DDT aparecen incluso en las manchas de la Antártida.
Yo creo que la preocupación por el clima hace perder de vista los problemas cotidianos. En los manuales de ecología tradicionalmente se presentaba el triángulo suelo, clima y vegetación, y se consideraba que en tanto la humanidad intervenía sobre el suelo y sobre la vegetación, el clima en cambio era algo dado. Desde los años 1980 la atención se concentra en los efectos, difíciles de cuantificar con precisión, de la intervención humana sobre el clima, mientras que se cierra los ojos con respecto a los efectos sobre el suelo y la vegetación, que son sin embargo más fáciles de medir. Esto no deja de estar relacionado con el hecho de que la baja de los precios del petróleo y la caída de los precios de las materias primas (en términos reales y en términos relativos con respecto a los productos manufactureros), unidos a la multiplicación del poder de apropiación de los países ricos sobre el resto del planeta, desplazaron la preocupación de los analistas de los límites en los recursos hacia la polución de la atmósfera y los efectos climáticos. Imaginemos el impacto que el hombre debe tener sobre el suelo y la vegetación para haber modificado hasta el clima. Hay un desequilibrio en preocuparse solamente por el cambio climático, cuando éste es la consecuencia última de otros cambios e incidencias que se producen todos os días a nivel del suelo y la vegetación, con todas las extracciones que se hacen en la corteza terrestre y afectan claramente a todo el territorio y la biosfera del planeta.
Es en parte por esta razón que en el año 2003 organicé en Lanzarote (Canarias) un simposio sobre "La incidencia de la especie humana en la faz de la tierra 1955-2005", (7) en ocasión del 50 aniversario del notable simposio realizado en Princeton en 1955, "Mans Role in Changing the Face of the Earth" (8) que, significativamente, no tuvo en la segunda mitad del siglo xx el reconocimiento que merecía. Parecería que ya no hay razones para hablar sobre la incidencia de la especie humana sobre la faz de la tierra, sino sólo sobre su clima. Pero es muy difícil pretender resolver el problema del clima si no se coloca en primer plano al problema más general. A mí me parece que esta preocupación por el clima viene sobre todo de los países ricos, porque concentran todo el uso de los recursos planetarios y, en consecuencia, la polución se concentra en ellos.
RL: Pero las previsiones del clima indican que los países que más sufrirán por el recalentamiento son los países pobres...
JMN: Quiénes serán desde el punto de vista geográfico los que sufrirán las consecuencias de las alteraciones climáticas, es otra cuestión. Es como discutir los resultados finales antes de haber siquiera comenzado verdaderamente a considerar las causas principales del problema. Como muy bien se ve en los mapas de flujos mundiales de las materias primas medidos en toneladas físicas, éstos convergen hacia tres puntos: Japón, Estados Unidos y Europa. El problema es la explotación. Alguna buena vez será necesario ocuparse de que haya más equidad y respeto en la explotación de los recursos del planeta. Esto es lo que se escamotea alegremente, porque las cosas no funcionan ya como al comienzo del capitalismo con el carbón y el hierro, que son dos sustancias muy bien distribuidas en la corteza terrestre. Era entonces una cuestión más bien local: en el siglo xix no se llevaba hacia Europa occidental un petróleo extraído a miles de kilómetros. Cuando el carbón y el hierro eran las dos principales materias primas, su extracción se concentraba en los mismos países industrializados. Hoy ya no es así. Los tres núcleos de países ricos tienen una dependencia física muy fuerte con respecto al resto del planeta, porque la necesidad de recursos minerales se acentuó inmensamente a causa de la avidez de recursos del sistema y porque esa avidez se desplazó hacia sustancias que están muy mal repartidas geográficamente, como el petróleo o el gas natural, pero también la bauxita, el cobre, el níquel, el platino o incluso las maderas tropicales.
Todos los datos disponibles indican que esto funciona porque sólo hay un puñado de países ricos. Si se calcula en toneladas por persona la cantidad de materias utilizadas, se constata que en los países ricos (con el 16% de la población mundial) el consumo es aproximadamente unas 10 veces más que en el resto del mundo. Generalizado a escala mundial, este modelo extractivo no podría funcionar.
NOTAS: (1) Este artículo que incluimos en Herramienta Nº 36, octubre 2007, había sido publicado por primera vez en 1996 en la revista Documentación Social, de España. (2) David Ricardo, economista británico (1772-1823) autor en 1817 de Principios de la Economía Política. (3) Víctor Riqueti, Marqués de Mirabeau (1715-1789), padre de Honoré Gabriel, colaborador de Quesnay y autor de La filosofía rural. (4) Antoine Laurent de Lavoisier, 1743-1794), fundador de la química moderna. (5) José Manuel Naredo y Antonio Valero, Desarrollo económico y deterioro ecológico, Madrid, Visor Distribuciones y Fundación Argentaria, 1999. (6) Ramón Margalef (1919-2004), fue profesor de limnología y ecología en la Universidad de Barcelona y autor de numerosas obras de referencia. (7) José M. Naredo, Luis Gutiérrez (eds.), La incidencia de la especie humana sobre la faz de la Tierra (1965-2005), Granada, Universidad de Granada , Fundación César Manrique, 2006. (8) William L. Thomas (eds.), Mans Role in Changing the Face of the Earth, Chicago, The University of Chicago Press, 1956.
José Manuel Naredo se doctoró en economía en la Universidad Complutense de Madrid y se formó también en Estadística e Historia de la estadística, campo en el que desarrolló una labor considerable. Antes de jubilarse, fue director del programa Economía y naturaleza de la Fundación Argentaria. También dirigió el servicio de Análisis de Coyuntura del Instituto Nacional de Estadística y la sección de Estudios y publicaciones del Crédito Agrícola. Luego de su retiro, fue nombrado profesor honorario en el Departamento de Urbanismo de la Universidad Politécnica de Madrid y la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Complutense. En el año 2000 se le concedió el Premio Nacional de Economía y Medio Ambiente y, en enero del 2008, el Premio internacional Geocrítica por el conjunto de sus trabajos. Exiliado en Francia entre los años 1960-1970, había trabajado en la OCDE, al tiempo que colaboraba bajo diversos seudónimos con la revista Cuadernos de Ruedo Ibérico, que reunía diversas corrientes de la izquierda antifranquista no ligadas al Partido Comunista y, en particular, una corriente anarquista con tradición en España. En esta revista inició su colaboración con el economista catalán Joan Martínez Alier, profesor de economía en la Universidad Autónoma de Barcelona y uno de los fundadores de la Economía ecológica.
