Alasdair MacIntyre: un virtuoso en los márgenes, crítico del liberalismo

Terry Eagleton

22/06/2025

La procedencia de un poeta o un pintor suele tener mucha importancia. Resulta difícil imaginar a Canaletto sin Venecia, o a Wordsworth sin el Distrito de los Lagos. Sin embargo, cuando se trata de filósofos, el lugar parece menos importante, ya que la filosofía constituye una búsqueda demasiado abstracta como para hacer su hogar en algún lugar en particular. Thomas Hobbes nació en la agradable ciudad de Malmesbury, en Wiltshire, pero sin duda habría seguido considerando la vida humana desagradable, brutal y breve si hubiera sido natural de Liverpool. Bertrand Russell nació en Monmouthshire, pero eso no parece haber desempeñado un papel importante en su intento de derivar toda la matemática de la lógica. 

Hay, sin embargo, algunas excepciones notables. Alasdair MacIntyre, fallecido el mes pasado a los 96 años, nació en Glasgow de padres de ascendencia irlandesa, aprendió a leer en irlandés de niño y aún podía hacerlo bien entrada la madurez. Su padre pertenecía a la primera generación de su familia que hablaba inglés como primera lengua. Su héroe fue Andrew Fletcher, patriota escocés y enemigo del Acta de Unión [1707] con Inglaterra. Aunque enseñó en varias universidades, de Brandeis a Boston, de Duke a Notre Dame, mantuvo a Oxbridge en su mayor parte a una distancia desdeñosa, incómodo con su cultura inglesa de altos vuelos. La mesa de honor y el croquet en el patio no eran su estilo. Cuando hace unos años pronunció una conferencia pública en Dublín, y fue después invitado de honor a un banquete, huyó de los festejos y se lo encontraron comiendo un bocadillo solo en el bar.

A pesar de su desconfianza hacia la sociabilidad, MacIntyre era un miembro compulsivo y, en este sentido, fiel a su creencia en lo corporativo más que en lo individual. En los años 50 y 60, pasó del presbiterianismo al marxismo cristiano, y luego al marxismo propiamente dicho, afiliándose al Partido Comunista para luego abandonarlo por diversos grupos trotskistas. Participó activamente en la Campaña por el Desarme Nuclear. Dos décadas más tarde, cerró (casi) el círculo convirtiéndose al catolicismo romano. Aristóteles, Marx, Wittgenstein y Tomás de Aquino compitieron por su lealtad intelectual, la mayoría de ellos en clara desventaja en los círculos filosóficos ortodoxos. De hecho, MacIntyre fue durante toda su vida un feroz crítico de esa ortodoxia, un azote del individualismo liberal, de los derechos humanos abstractos, de la búsqueda ilimitada de poder y riqueza y de todo el temperamento moral de la modernidad occidental (escribió en una ocasión que creer en los derechos universales equivalía a creer en brujas y unicornios). Su desilusión con el marxismo comenzó cuando era decano de estudiantes, a finales de los 60, en la Universidad de Essex, políticamente turbulenta, entonces en las garras de la insurrección estudiantil. Uno sospecha que hubo algún tipo de trauma personal en este enfrentamiento entre un decano marxista y su rebelde rebaño. Poco después, MacIntyre publicó una crítica mordaz de Herbert Marcuse. gurú revolucionario de los estudiantes. 

A raíz de este desencanto, se trasladó a los Estados Unidos, renunció a todo compromiso político y empezó a hablar en términos ligeramente nostálgicos de pequeñas cooperativas autónomas, comunidades de pescadores frugales, artesanos y similares. Fue esto -la Norteamérica de la autoayuda de los primeros puritanos, no la posterior jungla humana de Wall Street o Hollywood- lo que contribuyó a tentarle, de forma bastante improbable, a cruzar el Atlántico. En un momento en que el sistema capitalista era cada vez más global, MacIntyre alababa lo local. El capitalismo avanzado estaba aquí para quedarse, pero en sus márgenes podían practicarse formas de vida más humanas. Los operadores del capitalismo eran ciudadanos del mundo y, por tanto, lo que los antiguos griegos conocían como bárbaros, es decir, aquellos que no pertenecían a ninguna ciudad. Pero podían construirse miniciudades a la sombra del sistema.

A pesar de su fama internacional, alcanzada gracias a obras maestras como After Virtue [Tras la virtud, Austral, Barcelona, 2013] y Whose Justice? Which Rationality? [Justicia y racionalidad, Ediciones Internacionales Universitarias, 1993] MacIntyre fue siempre una voz de los márgenes gaélicos, profundamente en desacuerdo con la cultura metropolitana inglesa. Era muy consciente de que el liberalismo que se daba por sentado era en sí mismo una tradición específica y discutible. Quienes se sitúan en un ángulo distinto al de la sociedad convencional pueden desenmascarar lo que ésta considera natural y universal como arbitrario y contingente. De hecho, resulta sorprendente que muchas de las luminarias de la llamada Nueva Izquierda de finales de los 60 y los 70 fueran exiliados y emigrantes de uno u otro tipo. Perry Anderson, que ha sido durante muchas décadas el intelectual marxista más importante de Gran Bretaña, es un angloirlandés del condado de Waterford; Alexander Cockburn era un angloirlandés del condado de Cork; Raymond Williams procedía de las tierras fronterizas de Gales, Eric Hobsbawm era un refugiado judío de Europa Central. Tom Nairn procedía de Escocia, Tariq Ali de Pakistán, el teórico cultural Stuart Hall, de Jamaica, y el filósofo Charles Taylor, de Quebec.

Como escocés de ascendencia irlandesa, MacIntyre era heredero de una historia que, pese a toda su violencia y privaciones, estaba más en sintonía con lo comunitario que con lo individualista. Por tanto, podía proporcionar la base para una poderosa crítica de un liberalismo para el que los hombres y las mujeres no eran fundamentalmente animales sociales, para el cual la razón era abstracta e instrumental, y el valor más preciado de todos -la libertad- te diría poco o nada sobre qué es la buena vida o cómo alcanzarla. En su lugar, deja estas cuestiones a la elección subjetiva de cada uno en el mercado moral. En opinión de MacIntyre, este modo de ver pasa por alto el hecho de que el razonamiento individual participa en un razonamiento más colectivo, que siempre es históricamente específico. La libertad es, al fin y al cabo, la libertad de buscar la verdad, otro concepto cada vez más redundante en la era moderna. La ética se convierte en poco más que una expresión de preferencias personales en un mundo que ha perdido casi todo sentido del bien común. El universo moral se privatiza. Seguimos utilizando términos como «bondad» y «felicidad», pero los contextos concretos en los que estaban inmersos han desaparecido con el inicio de la modernidad, dejando los conceptos morales colgando inútilmente en el aire.

Para MacIntyre, en cambio, el bien debe ser algo más que lo que yo deseo. Siempre está incrustado en un conjunto particular de prácticas culturales colectivas. Si hemos olvidado esto, es en buena medida porque la Ilustración del siglo XVIII despojó al yo de su identidad social concreta, de modo que cada uno de nosotros se convierte en un yo aislado y autónomo en un mundo de principios universales abstractos. Ansioso por evitar el relativismo moral, MacIntyre reconoce que hay ciertas normas que comparten las diferentes culturas. Pero vivir bien no es tanto ajustarse a principios comunes a todos, desde la Padua del siglo XIII hasta la Pasadena del siglo XX, como sostendrían algunos pensadores de la Ilustración, sino florecer de un modo apropiado para el papel que uno desempeña en una forma concreta de vida. Un buen comerciante es alguien que se comporta como debe hacerlo un buen comerciante, de acuerdo con las normas establecidas por su cultura y tradición particulares. Que esto sea también cierto para un buen chantajista es algo resulta bastante menos evidente.

Puesto que los papeles sociales son, en cierto sentido, objetivos, los valores morales también lo son. Gran parte del pensamiento moral moderno distingue claramente entre hechos y valores. Se puede describir una situación de la forma más escrupulosa posible, pero ello no conduce a un juicio o a una obligación moral. En la era de la ciencia moderna, los hechos no son más que materia en blanco e inerte y, por consiguiente, los valores deben importarse de otra parte. Tal vez sean simplemente subjetivos, o decretos arbitrarios de un Dios caprichoso. MacIntyre rechaza este dualismo: para él, describir un papel social ya implica ciertos valores, en el sentido de la necesidad de actuar de determinadas maneras. El problema surge porque el yo se ha visto despojado de esta dimensión social en la época moderna. Al mismo tiempo, se le ha privado de lo que MacIntyre considera su condición de forma de relato. En su opinión, vivimos en el relato, pero ya no podemos contar historias coherentes de nosotros mismos.

Todo esto convierte a MacIntyre en uno de los grandes filósofos morales del siglo XX. Fue un puritano radical escocés, austero y de altas miras, que acabó apoyando el renacimiento del monacato y cambió sus simpatías de los bolcheviques a San Benito. Su disidencia de las prioridades de la era moderna adoptó una incongruente variedad de formas, pero se mantuvo totalmente coherente consigo mismo. Si volvió a Aristóteles y a Tomás de Aquino, fue para superar lo que él consideraba el escepticismo y el subjetivismo del presente. Su obra mostraba los límites del racionalismo, pero se mostraba profundamente reacia a lo irracional. Podía ganarse los elogios de izquierdistas y conservadores, pero no reconfortaba al neoliberalismo. MacIntyre se negó a suscribir la opinión de que el individuo era el centro del universo, que la razón es intemporal e independiente de la vida social práctica, y que las relaciones son principalmente contractuales y las acciones, principalmente instrumentales. En contraste con un utilitarismo mezquino, veía la sociedad no como un medio de autopromoción individual, sino como un bien en sí mismo. Se interesaba por prácticas como jugar al ajedrez o escribir poesía, cuyos bienes, como él decía, eran «internos» a ellos mismos más que objetivos externos que perseguir.

MacIntyre celebraba el arraigo, pero como académico estaba en continuo movimiento. Era un crítico del capitalismo que rechazaba el multiculturalismo y miraba con recelo las luchas por el reconocimiento de mujeres, homosexuales y demás. Su aversión al yo autónomo podía llevarle a sobrevalorar lo corporativo y lo colectivo, así como a doblar la rodilla ante una Iglesia autoritaria. Sin embargo, en una época en la que la filosofía anglófona se había reducido a un juego trivial para los entendidos, con sus chistes, gestos rituales y giros estereotipados, nunca dejó de plantear las cuestiones más profundas.

es una de las figuras más reconocidas de la crítica cultural y literaria anglosajonas en la tradición marxista británica de Raymond Williams. Tras doctorarse en el Trinity College de Cambridge, fue profesor en las universidades de Oxford, Cambridge y Manchester. Ocupa actualmente la Cátedra de Literatura Inglesa en el Departamento de Inglés y Escritura Creativa de la Universidad de Lancaster, en el Reino Unido
Fuente:
UnHerd, 10 de junio de 2025
Temática: 
Traducción:
Lucas Antón

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