Emiliano Suárez Perín
18/03/2012No es un domingo como cualquier otro en Tokio, congoja e incertidumbre se percibe en un día soleado, tal como la tarde del 11 de marzo exactamente un año atrás. 14:46 hora exacta del aniversario del terremoto, hay una demora fuera de lo común en el súper puntual metro de la ciudad, es el primer homenaje de los empleados de las cinco grandes compañías ferroviarias del Japón, se detiene el tren y un minuto de silencio profundo. Me dirijo hacia el acto oficial en el Teatro Nacional, a puertas cerradas, desdibujado, frío y sobre todo alejado de los que sufrieron en carne propia. Todas las autoridades presentes, el primer Ministro Yoshihiko Noda, el ex jefe de gobierno al momento de la tragedia, Naoto Kan, y el emperador Akihito, recientemente operado del corazón. Para los pocos que estamos afuera una pantalla gigante es el único contacto con la ceremonia. Al mismo tiempo algo alejado de allí, en el Parque de Hibiya, se empiezan a acumular los primeros de los miles de personas que siguen esperando respuestas.
Concluye el acto oficial y camino hacia el 'Diet', el Parlamento, donde esperaba encontrarme con la gente que exigía una idea fuerza aglutinadora: un Japón sin contaminación nuclear. El escenario en la zona de ministerios y embajadas de Kasumigaseki intimida: helicópteros, carros de asalto, miles de policías y un grupo de choque parapolicial en camiones preparados con altoparlantes haciendo sonar cánticos nacionalistas. Finalmente me encuentro con uno de los grupos de manifestantes antinucleares que estaba reuniéndose bajo un edificio de oficinas. Amistosamente se acerca a hablarme Hanae, una joven empleada estatal que sería mi compañera y traductora a lo largo de la protesta. El grupo lo integran ex empleados de la central de Fukushima, campesinos y obreros de la región, músicos con sus instrumentos, artistas plásticos, dirigentes políticos y más que nada gente común, niños y ancianos. Gente no acostumbrada a movilizarse.
Marchamos hacia el Diet, escoltados por la presencia policial que tapa los cánticos con sus megáfonos y los grupos nacionalistas de extrema derecha en sus camiones con altoparlantes provocándonos. Nos obligan a circular por la vereda, colocan corralitos y no nos permiten llegar al Diet, solo hasta la vereda de enfrente. Hanae me dice que posiblemente los policías que están vestidos como agentes profesionales sean en realidad la nueva policía anti-protestas, conformada por hombres de aldeas rurales muy pobres, que son miembros del escalafón más bajo de la fuerza. Entre nosotros se pueden identificar agentes de los servicios, infiltrados en la marcha sacando fotos de los manifestantes, seguramente es el motivo por el que muchos llevan máscaras o barbijos para no ser acosados o despedidos de sus trabajos. ''Gente como yo, recién después de lo sucedido en Fukushima empezamos a darnos cuenta de que no vivimos en democracia, este tipo de persecución es constante, nos censuran hasta en la web bloqueando blogs y marcando gente'', denuncia Hanae.
Al llegar al frente del Diet, se suceden los oradores. Toma la palabra Mizuho Fukushima (su apellido es pura coincidencia) la líder del partido Socialdemócrata japonés: ''más de 2 millones de personas vivían en la Prefectura de Fukushima antes de la crisis nuclear, hoy por hoy además de los miles de muertos, heridos y enfermos, existen más de 150 mil desplazados que debieron irse a vivir a otra parte, perdiendo sus trabajos y sus hogares''. Dos de los 54 reactores nucleares en Japón continúan en actividad, pero la idea del Gobierno es hacer un test uno por uno para detectar fallas, y así ir reactivándolos. Pero Fukushima se pregunta, qué garantías hay de esas pruebas si se está ocultando la información y el gobierno torció la muñeca a favor de los cabilderos nucleares. Luego Sylvia Kotting-Uhl, del partido verde alemán, se solidariza con el pueblo japonés y habla sobre el proyecto nuclear germano.
Le siguen las madres de Fukushima, que hacen el doloroso relato de lo que vivieron esos días buscando a sus hijos, sin información sobre la magnitud del desastre y más tarde el destierro a la ciudad de Tokio; provenientes de una vida rural, con su familia diezmada, llegan a la gran urbe para buscar trabajo.
A continuación hablan los obreros de la central nuclear, que denuncian la falta de controles de la compañía TEPCO, no solo ya desatada la crisis sino antes, por la ausencia de medidas de seguridad, cometiendo errores en la evaluación y las consecuencias de la flexibilización de sus trabajadores.
Después toman la palabra las organizaciones ecologistas, que cuestionan los cálculos sobre la real radiación a la que están expuestos no solo en la prefectura de Fukushima, sino también en la comida, el suelo y el agua. Ya desde julio pasado se vienen encontrando cepas de carne y verduras contaminadas con el triple de radiación de lo normal. Nadie está a salvo de la exposición, según expertos de la Universidad de Nagasaki hay más de 20 "puntos calientes" en Tokio donde la radioactividad es tan alta como en la región de exclusión que rodea a Chernóbil. También se registró el record de contaminación oceánica sobre las costas del Pacífico, además partículas de cesio están diseminadas por todo Japón, inclusive en grandes plantaciones de arroz y hasta se han encontrado en partidas de leche para niños.
''Son estos niños por quienes tenemos que hablar, por nuestros hijos actuales y los que vendrán, qué tendrán ellos para decir si no aprendemos nosotros de los errores. Y cuando me pregunten ¿Madre que hiciste por nosotros cuando sucedió lo de Fukushima? No les quiero decir que me quedé de brazos cruzados'', confiesa Hanae.
Al terminar los discursos todos con velas en mano decidimos abrazar al edificio del Diet, sumándose entonces el resto de la columna que vino desde el parque Hibiya. Empiezo a recorrer el círculo de brazos y son metros y metros, cuadras y cuadras. Todos cantando un mismo grito cuya traducción sería: "Devuélvannos una Fukushima sin contaminación".
Emiliano Suárez Perín es colaborador de Sin Permiso y estudiante de la carrera de Ciencias Políticas en la UBA.

