Grace Blakeley
08/06/2025El Estado está de vuelta, y fabricando cañones. Mientras la administración Trump se queja de que los europeos «se aprovechan» del gasto militar norteamericano, los políticos europeos han anunciado planes para gastar miles de millones en el rearme.
La economía norteamericana ha sufrido un duro golpe con el estallido de la burbuja tecnológica y los aranceles de Trump, los cuales hacen temer un crecimiento más lento y una mayor inflación. El rearme de Europa ha llegado en el momento perfecto para atraer todo el efectivo que ha inundado las bolsas norteamericanas. Las acciones de Rheinmetall, fabricante de armas alemán, han subido un 200% en los últimos doce meses. Leonardo, el fabricante de armas italiano, ha visto subir el precio de sus acciones más de un 100% en el mismo periodo.
Pero no sólo los accionistas van a beneficiarse del rearme. Los políticos prometen que todo este gasto adicional creará puestos de trabajo que beneficiarán también a los trabajadores. Hay un término para la reorganización de la economía en torno al gasto militar con el apoyo del Estado: keynesianismo militar.
Es probable que al propio Keynes le hubiera disgustado la sugerencia de impulsar el crecimiento económico mediante el rearme. En su obra Las consecuencias económicas de la paz [Austral, 2013], publicada en 1919, sostenía que las condiciones impuestas por los aliados a Alemania tras la Primera Guerra Mundial sembrarían la semilla de futuros conflictos y se oponía al tratado de paz por ese motivo.
Keynes defendía un mayor nivel de gasto público para impulsar la demanda agregada cuando no podía disponerse de la inversión del sector privado.
Era partidario de utilizar los fondos del Estado para «construir casas y cosas por el estilo», pero si no se podía encontrar ningún fin productivo para los trabajadores, también sugería que se les pagara por cavar agujeros y luego rellenarlos de nuevo. Mejor eso que emplear trabajadores para fabricar armas.
Sin embargo, hay quien en la izquierda recibe con los brazos abiertos el renacimiento de una economía de guerra. Los partidos socialdemócratas de toda Europa han argumentado que los mayores niveles de gasto estatal en rearme significarán el fin de la austeridad y el retorno del Estado. El keynesianismo -militar o no- es socio de la socialdemocracia. Quizá la primera víctima de la economía de guerra sea el neoliberalismo.
Ruso-starmerismo
Mi libro más reciente, Vulture Capitalism: Corporate Crimes, Backdoor Bailouts, and the Death of Freedom [“Capitalismo de buitres: delitos empresariales, rescates por la puerta de atrás y muerte de la libertad”] cuestiona la idea de que el capitalismo sea un sistema de libre mercado, que el Estado y el mercado sean dos esferas de poder separadas y que un mayor gasto estatal debilite al capital en relación al trabajo. El libro critica la idea de que el proyecto neoliberal consistiera en «reducir» el Estado para crear mercados libres de influencia política. Por el contrario, muestro que el neoliberalismo ha sido un proyecto político que pretendía aplastar el poder de los trabajadores, restaurar el orden y la jerarquía, y aumentar el poder de la clase dominante.
El movimiento neoliberal surgió durante un periodo de desorden y caos. La socialdemocracia atravesaba una crisis de «ingobernabilidad», tal como afirmó el sociólogo francés Gregoire Chamayou de la crisis de los años 70. Las sociedades de toda Europa se veían sacudidas por protestas y conflictos laborales. Surgieron movimientos de masas que ponían en tela de juicio el statu quo.
El neoliberalismo fue un movimiento político dirigido por las élites que, ante todo, pretendía restaurar la autoridad de las clases dominantes sobre el resto de la sociedad. Las medidas políticas introducidas por personalidades políticas neoliberales como Thatcher y Reagan -subidas de los tipos de interés, ataques a los sindicatos, centralización del poder político- pretendían recordar a los ciudadanos quién era el que mandaba.
Para entender la relación entre capital y Estado, tenemos que aprender a ver el Estado como relación social, enfoque desarrollado en la década de 1970 por el teórico marxista Nicos Poulantzas. Cuando se refería al Estado como relación social, Poulantzas establecía una comparación con la descripción de Marx del capital como relación social.
Insumos como el dinero, la maquinaria y la tecnología utilizados en la producción capitalista se «ganan» mediante la explotación, y se utilizan para ampliar un proceso de producción que se basa en una explotación aún mayor. El capital del capitalista proviene de, y refuerza, una relación social explotadora y desigual entre trabajadores y patronos. Del mismo modo, las instituciones del Estado capitalista surgen de las luchas históricas dentro del capital, y entre capitalistas y trabajadores. Hoy en día, lo que ocurre dentro del Estado se basa en el equilibrio de poder dentro de la sociedad en su conjunto.
Comprender esto nos permite ver que el problema del capitalismo moderno no es que los gobiernos no gasten lo suficiente. El problema del capitalismo moderno es que los trabajadores no están suficientemente organizados como para exigir que el poder del Estado se utilice en interés de ellos. El keynesianismo militar no va a significar mayor poder para los trabajadores; simplemente significará mayores beneficios para los fabricantes de armas y mayor autoridad para los estados capitalistas.
De hecho, el fortalecimiento de la economía de guerra va de la mano de los continuos intentos de aplastar el poder de los trabajadores, aumentar los beneficios y ampliar el poder del Estado sobre los ciudadanos. Basta con preguntarles a los ciudadanos de Rusia.
Putin ha recortado despiadadamente el gasto social en un intento de desviar recursos hacia su maquinaria bélica. Se han recortado las pensiones, los salarios y la seguridad social. Los únicos sectores del Estado en los que se han mantenido los salarios son el ejército y la policía, encargados de reprimir cualquier disidencia entre los trabajadores obligados a pagar la guerra de Putin.
Janan Ganesh escribió hace unas semanas en el Financial Times que, si Europa quiere construir una economía de guerra, va a tener que reducir la economía del Bienestar. Este enfoque no va a ayudarle a Europa a derrotar a Rusia. Sin embargo, ayudará a Europa a emular el modelo ruso de economía de guerra.
La interminable guerra
La economía de guerra representa un gran ejemplo de cómo funciona realmente el capitalismo. Se basa en una profunda cooperación entre los sectores público y privado con el fin de aumentar el poder imperial de los Estados capitalistas, así como la riqueza y el poder de los capitalistas dentro de esos Estados. Tomemos el caso de Boeing, una empresa que se beneficiará enormemente de la expansión del gasto militar que se está produciendo actualmente en Europa.
En 2018 y 2019, dos aviones Boeing se precipitaron en picado desde el cielo, matando a casi 350 personas en lo que se conoció como desastres del 737 Max. Una pieza de software había provocado que los morros de los aviones se inclinaran hacia abajo, ocasionando que los pilotos se vieran incapaces de rectificar el problema. Una investigación sobre las catástrofes reveló que altos ejecutivos de Boeing conocían los problemas de los aviones antes de que salieran al mercado, pero los ocultaron, en lugar de detener la producción.
Los desastres del 737 Max se remontan a una cultura basada en recortar costes y ratear en recursos que surgió durante la revolución de los valores de los accionistas de la década de 1980. Los nuevos ejecutivos de Boeing aplastaron a los sindicatos de la empresa, ignoraron a sus ingenieros y, en su lugar, introdujeron estratos de mandos intermedios para centrarse en el objetivo central de recortar costes y maximizar el valor para los accionistas.
Pero los problemas de Boeing no pueden reducirse a accionistas codiciosos y ejecutivos que necesitan una mayor regulación gubernamental. En 2019, Boeing fue el mayor receptor corporativo de prestaciones de los Estados Unidos. La compañía recibió enormes sumas de dinero del gobierno en forma de exenciones fiscales y subsidios. Boeing forma parte integral del complejo industrial militar. Recibe todos los años contratos gubernamentales por valor de millones de dólares.
En el momento de las catástrofes [aéreas], el organismo regulador que debía supervisar esta empresa, la Administración Federal de Aviación (FAA), se regía por el principio de «autorregulación». Boeing era objeto de regulación por parte de una unidad de la FAA que estaba dentro de Boeing y cuyos trabajadores cobraban de Boeing. Si esta filosofía les resulta familiar, acaso sea porque es la misma que sustentaba la regulación de los bancos antes de la crisis financiera de 2008.
¿Cómo se pudo permitir que sucediera esto? La relación entre Boeing y el Estado norteamericano resulta extremadamente estrecha. Hay una puerta giratoria entre las salas de juntas de Boeing y las altas esferas del gobierno federal. Así es cómo funciona el capitalismo. Ninguna regulación o separación más eficaz entre Estado y mercado puede poner en entredicho la relación entre capital y Estado.
Contrariamente a la idea de que el capitalismo es un sistema de «libre mercado», estos intereses creados trabajan juntos para planificar quién obtiene qué. Las empresas monopolistas y los Estados imperialistas tienen un inmenso control sobre los mercados, sobre los trabajadores, sobre el planeta y sobre nuestra política. El objetivo de la planificación capitalista consiste en garantizar beneficios constantes a los capitalistas y aplastar la oposición popular. Se trata, en otras palabras, de mantener el orden y el control.
Es en este intento de mantener el orden y el control sobre poblaciones potencialmente revoltosas en lo que consiste la economía de guerra. También es la razón por la que nuestras élites han trabajado tan duro para acallar la disidencia sobre el conflicto y aplastar a los que protestan contra el genocidio en Palestina. La clase dominante tiene que trabajar duro para hacer creer a la gente que su poder es legítimo, y que ninguna protesta va a desafiar su autoridad. No conseguirás lo que quieres por el hecho de que te organices. Aceptarás lo que decidan darte los de arriba.
La economía de guerra representa la continuación de este modelo. Es elocuente del fracaso de la izquierda a la hora de educar adecuadamente a la gente sobre el significado de la austeridad el hecho de que haya quien celebre el fin del freno de la deuda alemana como derrumbe del neoliberalismo.
Como ya he escrito anteriormente en Tribune, el gasto público no es equivalente a socialismo. Los gobiernos han estado gastando mucho dinero durante mucho tiempo. Sólo que no han estado gastándose el dinero en apoyar a los trabajadores. Han estado gastándose el dinero en apoyar a los capitalistas, ya fuera rescatando a los bancos en 2008 o apoyando a las grandes empresas durante la pandemia.
La reorientación de los recursos públicos hacia el gasto militar no va a aumentar el poder de los trabajadores frente a los patronos. Ni siquiera va a crear muchos puestos de trabajo. Sin embargo, les facilitará a los líderes políticos aplastar la disidencia y avivar el miedo para mantener a la gente dividida. Tal como afirmaba George Orwell, antiguo columnista del Tribune: «La guerra no está hecha para ganarla, sino para que continúe».
El Keynes militar
¿Qué hacer entonces con Rusia? La economía rusa depende por completo de la exportación de combustibles fósiles. En la última década, los ingresos procedentes de la industria del petróleo y el gas han representado entre el 30 y el 50 % del presupuesto federal del Kremlin. En la actualidad, las exportaciones de combustibles fósiles representan alrededor del 60% de los ingresos rusos por exportación. Este comercio es la fuente de dólares vitales que le permiten a Rusia importar tecnologías militares cruciales y otros insumos importantes. Sin estos dólares, la economía rusa se hundiría rápidamente bajo el peso de la hiperinflación.
El mayor importador de gas natural licuado ruso es la Unión Europea (UE). El año pasado, The Guardian reveló que, a pesar de su retórica militarista, la UE le ha remitido en realidad más dinero a Rusia en forma de pagos de combustible que el que le ha entregado a Ucrania en concepto de ayuda. En lugar de despilfarrar en gastos de rearme, Europa podría destinar recursos a la descarbonización, reduciendo su dependencia de los autócratas de todo el mundo financiados con combustibles fósiles.
El gasto en rearme del tipo que estamos viendo hoy en día no sólo es destructivo, sino también inmensamente ineficiente. La fabricación moderna de armas no es especialmente intensiva en mano de obra. Las empresas armamentísticas utilizan la fabricación avanzada intensiva en capital para producir nuevas tecnologías armamentistas. La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo concluyó que los programas de estímulo ecológico crean tres veces más puestos de trabajo que los que no lo son.
Pero los dirigentes europeos prefieren gastar el dinero de sus ciudadanos en rearme, porque así apoyan los intereses de sus amigos de la industria armamentista. No hay más que ver la promesa de Keir Starmer de recortar la ayuda [exterior] para aumentar el gasto en defensa. El mayor beneficiario de este plan será BAE Systems, que se ha visto envuelta en numerosos escándalos de corrupción, entre ellos el acuerdo, notoriamente corrupto, de al-Yamamah entre Gran Bretaña y Arabia Saudí.
Este tipo de corrupción es endémica en la industria armamentista. Pero las relaciones entre los Estados poderosos y los fabricantes de armas se basan también en una forma de connivencia más sutil y generalizada. Los políticos europeos no piden el rearme porque de repente se preocupen por el nivel de vida de sus ciudadanos. Quieren que sus empresas de defensa sean fuertes y poderosas para poder imponerse a otras empresas de defensa.
Invertir en descarbonización no sólo supondría un uso mucho más eficaz de los recursos públicos, sino que también ayudaría a atajar la mayor amenaza a la que se enfrenta el planeta y Europa. La Circulación Meridional de Oscilación del Atlántico (AMOC), a veces denominada Corriente del Golfo, es el sistema de corrientes que trae agua caliente al norte de Europa. Estas corrientes podrían romperse ya en 2050 debido a los cambios en la salinidad y temperatura del océano provocados por el deshielo.
El resultado de una ruptura de la AMOC sería absolutamente catastrófico para el norte de Europa. En algunas partes del continente, las temperaturas invernales podrían descender treinta grados: de media, Londres se enfriaría diez grados y Bergen quince. El impacto que estos cambios tendrían sobre las infraestructuras y la actividad económica resulta difícil de imaginar.
El cambio climático supone la mayor amenaza para la seguridad de Europa. Sin embargo, sus dirigentes se niegan a dedicar los recursos necesarios para la descarbonización y, en su lugar, canalizan miles de millones hacia un proyecto de rearme despilfarrador y contaminante, al tiempo que envían miles de millones a su supuesto enemigo para comprar combustibles fósiles.
Esta situación es absurda desde una perspectiva racional o ética. Pero desde la perspectiva del capital, y de sus aliados dentro del Estado, tiene todo el sentido del mundo. El keynesianismo militar aumenta los beneficios y fortalece el Estado. Y lo que es más importante, la amenaza de guerra ayuda a mantener a la gente asustada y dividida, haciendo que sea mucho menos probable que luchen contra este sistema corrupto y descompuesto. Y si no, que se lo pregunten a los manifestantes pacifistas rusos encarcelados por el régimen militarista de Putin.

