El plan de Trump para la OTAN 3.0: una Alianza basada en la coacción y la censura

Lily Lynch

12/07/2026

La cumbre de la OTAN en Ankara fue un escaparate de la hospitalidad turca y de una eficiencia autoritaria implacable. A los periodistas se les colmó de delicias turcas, perfumes y tazas de café de porcelana, y hasta los gatos de Turquía se sumaron a la ofensiva de encanto: en el centro de prensa se regalaban gatitos de angora blancos a los embobados periodistas. Las carreteras estaban recién asfaltadas y los relucientes autobuses de enlace de la OTAN circulaban todos puntuales. Todo el espectáculo se sustentaba en unos niveles de seguridad asombrosos: unos 70.000 efectivos se encargaron de la seguridad del evento, casi el doble de los presentes en la cumbre de la OTAN del año pasado en La Haya. En las semanas previas, se prohibieron todas las protestas y se detuvo a cientos de críticos de la OTAN y activistas de izquierdas. Mientras Trump elogiaba el espectáculo, algunos atlantistas liberales presentes me comentaron que se sentían un poco incómodos con todo el despliegue. En su opinión, la cumbre de Ankara supuso una desviación de la democracia euroatlántica ilustrada, algo supuestamente intrínseco a la Alianza.

Sin embargo, un análisis más acertado habría interpretado la cumbre de Ankara como un retorno de la OTAN a sus raíces. En los últimos meses, la Administración de Trump ha promovido la idea de que la OTAN vuelva a su objetivo original de la Guerra Fría: la disuasión y la defensa europeas. La idea se presentó en febrero como «OTAN 3.0» y es una creación del subsecretario de Guerra para Política, Elbridge Colby, un partidario de la moderación que aboga por limitar el intervencionismo militar y que, por ello, se ha visto difamado por el círculo atlantista liberal y, según se informa, espiado por Israel. Tal y como lo describe Colby, la OTAN 3.0 no supone un abandono de la OTAN, sino más bien «un retorno a su propósito fundacional y su reafirmación». En otras palabras, «hacer que la OTAN vuelva a ser grande» garantizando que los europeos inviertan miles de millones en la producción industrial de defensa y en la innovación tecnológica, de modo que puedan ocuparse de su propia defensa convencional (no nuclear).

En la cumbre de este año, fui testigo en tiempo real de la transición a la OTAN 3.0. Sin duda, la Administración Trump considera que la aceptación por parte de Europa de su cambio de política y filosofía constituye una gran «victoria» en materia de política exterior. Varios altos cargos de la OTAN hablaron de la necesidad de construir «una Europa más fuerte dentro de una OTAN más fuerte» y citaron repetidamente cifras que atestiguaban los aumentos en el gasto europeo en Defensa, de acuerdo con las exigencias de Trump. Un alto cargo de la OTAN se refirió al «problema de la simultaneidad» —la preocupación de la Administración Trump ante un escenario en el que las Fuerzas Armadas norteamericanas se verían obligadas a librar varios conflictos importantes a la vez—, lo que, según él, es la razón «por la cual los europeos están dando un paso al frente y asumiendo una mayor responsabilidad en su propia defensa». Por mucho que les desagrade la retórica intimidatoria de Trump, quedó claro que los responsables de la OTAN y los aliados se están tomando ahora muy en serio las palabras de la Administración de Trump.

Unas semanas antes de la cumbre, el secretario de Guerra, Pete Hegseth, se hizo eco de las palabras de Colby en la reunión de ministros de Defensa de la OTAN celebrada en Bruselas, vinculando la «OTAN 3.0» a las exigencias de Washington de que los aliados aumenten el gasto en Defensa. «De eso tratan los compromisos de gasto en defensa», afirmó, «de transformar a la OTAN en una verdadera alianza militar centrada en el poder duro y la disuasión real, una OTAN 3.0 inspirada en la OTAN 1.0 que ganó la Guerra Fría». Durante la misma reunión, Hegseth lanzó un ultimátum a los aliados transatlánticos. De cara al futuro, declaró, las aportaciones norteamericanas a la OTAN dependerían de que los aliados cumplieran sus propios objetivos de gasto en Defensa. «Si no aumentan su gasto con urgencia otros aliados, nuestras contribuciones se reducirán», advirtió. También comunicó a los aliados que debían esperar una revisión de sus progresos dentro de seis meses. Si para entonces no se hubieran logrado avances suficientes, los EE. UU. reducirían su gasto en la OTAN. Esta amenaza contribuyó a aumentar el temor en Ankara. Tampoco era un temor del todo irracional: la Administración Trump está reduciendo drásticamente su participación en otras instituciones multilaterales. En enero, los Estados Unidos se retiraron de 31 organismos de la ONU y, en la actualidad, retienen alrededor de 4.000 millones de dólares en cuotas obligatorias de la ONU.

Para comprender la «OTAN 3.0», resulta fundamental entender la evolución de la Alianza. La fundación de la OTAN tuvo su origen en la competición ideológica y militar con la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Como tal, la OTAN 1.0 era una organización firmemente de derechas, interesada sobre todo en reforzar el dominio norteamericano sobre Europa y hacer frente a la amenaza soviética. Pero también desempeñaba otras funciones, entre ellas difundir el evangelio del libre mercado y aplastar la subversión interna de izquierdas. El Tratado del Atlántico Norte, firmado en abril de 1949, estableció la alianza militar y esbozó los «valores» de la OTAN; el pacto prometía «salvaguardar la libertad, el patrimonio común y la civilización de sus pueblos, basados en los principios de la democracia, la libertad individual y el Estado de Derecho». Desde el principio, no todos los miembros estuvieron a la altura de esa retórica grandilocuente. Portugal, Estado miembro fundador, estaba gobernado entonces por el dictador Antonio Salazar, cuyo régimen de partido único, el Estado Novo, empleaba una amenazante policía secreta y prohibía todos los partidos de la oposición; el «nuevo» nombre de la dictadura era una ironía, ya que, según Tom Gallagher, el puritano Salazar «manifestaba un horror al cambio propio de un auténtico reaccionario».

Los Estados Unidos fueron a menudo los mayores defensores de la Alianza a la hora de colaborar con regímenes cuestionables, presionando para que la España de Franco se convirtiera en miembro de la OTAN con un apoyo abrumador en el Congreso y el Senado. Los Estados Unidos consideraban a la España franquista un aliado ideal debido a su «ubicación estratégica y su ferviente sentimiento anticomunista». Cuando algunos Estados miembros europeos se opusieron a la admisión del régimen de Franco en la Alianza, los Estados Unidos firmaron el Pacto de Madrid con España en 1953, proporcionando ayuda a la dictadura y permitiendo a los EE. UU. construir bases militares en territorio español. La Argelia colonial francesa también formó parte de la OTAN desde sus inicios, y el artículo 5 se extendía a ese país colonizado, donde se recurría a la tortura sistemática y a los campos de concentración para someter a la población. Mientras tanto, algunos antiguos nazis de la supuestamente «Wehrmacht limpia» de Alemania Occidental —la alianza propagaba descaradamente el mito de que los oficiales de la Wehrmacht lucharon con honor durante la Segunda Guerra Mundial— también se integraron en el pacto, y algunos llegaron a ocupar altos cargos en la OTAN. Ante la amenaza soviética, no podía haber enemigos a la derecha.

La OTAN 2.0 abarcó un período que podríamos describir como los «largos años 90» y se caracterizó por la arrogancia y los excesos propios del «fin de la historia»: una expansión voraz hacia el Este, una retórica grandilocuente sobre los valores liberales y operaciones fuera de su zona de responsabilidad llevadas a cabo con fervor. Las acciones «fuera de su zona de responsabilidad» de la OTAN —operaciones llevadas a cabo más allá de los límites territoriales de los Estados miembros— socavaron su pretensión de ser una «alianza puramente defensiva». Como operaciones «humanitarias», sus resultados oscilaron entre desiguales y desastrosos. Si bien el bombardeo de la OTAN sobre Yugoslavia en 1999 obligó a las fuerzas de seguridad serbias a retirarse de Kosovo, no derrocó al presidente Slobodan Milošević; este no caería hasta unas elecciones controvertidas celebradas varios meses después. De hecho, el propio ministro de Información de Milošević durante los bombardeos, Aleksandar Vučić, lleva catorce años al frente de Serbia de una forma u otra, y su régimen emplea una retórica nacionalista serbia apenas distinguible de la de su antiguo jefe.

En 2011, la OTAN intervino en Libia con resultados aún más catastróficos: aunque se vendió a la opinión pública como una «intervención humanitaria» para proteger a la población civil, el verdadero objetivo era un cambio de régimen, y la destitución del líder Muamar el Gadafi se consideró un imperativo estratégico que merecía el sacrificio de muchas vidas libias. Al final, un informe del Centro Belfer de Harvard determinó que «la intervención de la OTAN multiplicó por seis aproximadamente la duración del conflicto y por siete, como mínimo, el número de víctimas mortales». La OTAN 2.0 también incluyó la Gran Guerra contra el Terrorismo, lo que supuso la aparición de actores no estatales como nueva amenaza; a ello le siguieron costosas operaciones transfronterizas y ocupaciones. Si el objetivo principal de la OTAN 1.0 era contener a la Unión Soviética en Europa, la OTAN 2.0 representó el mayor ejemplo de «desviación de la misión» jamás visto.

La cumbre de Ankara ha sido la respuesta de la Alianza a las exigencias de Trump de una «OTAN 3.0»: un pacto reducido, «liderado por Europa», que no dependa de los Estados Unidos como garante de la defensa convencional de Europa. Como tal, la cumbre comenzó con un grandioso Foro de la Industria de Defensa, en el que el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, invocó repetidamente el término «revolución industrial de la Defensa». El evento supuso una oportunidad para que Turquía promocionara los productos de su industria de Defensa nacional, pero también lo fue para Europa. Tal como me comentó con ironía un funcionario de un ministerio de Defensa europeo, el foro les permitió a los aliados hacer alarde de su cumplimiento de los dictados de Trump de aumentar el gasto en Defensa.

Para remachar el mensaje, el presidente Zelenski pronunció un discurso en el acto en el que comparó la actual revolución en la tecnología de los drones con la invención de los misiles. Describió a Ucrania como una potencia industrial de Defensa a regañadientes forjada en la guerra y afirmó que, por lo tanto, debería ser admitida en la OTAN. En otras declaraciones característicamente desmesuradas, el Foro de la Industria de Defensa fue ampliamente promocionado como un éxito. Un funcionario de la OTAN confirmó que en el foro se anunciaron «al menos» 50.000 millones de dólares en nuevos acuerdos de defensa; entre ellos figuraban 40.000 millones de dólares en inversiones en capacidades contra drones e iniciativas multinacionales para la militarización continuada del espacio. El giro hacia la OTAN 3.0 parece estar ya en marcha.

Turquía es quizás el aliado modelo de la OTAN 3.0, lo que hace que sea sumamente apropiado que acoja la primera cumbre de esta nueva etapa. Aunque Turquía ha contribuido a las misiones de mantenimiento de la paz y a las intervenciones de la OTAN 2.0 en lugares como Kosovo y Bosnia, el presidente turco, Recep Erdoğan, al igual que Trump, no tiene tiempo para las hipocresías del internacionalismo liberal. Al igual que Trump, le gustaría que la OTAN se redujera a lo estrictamente esencial en materia de Defensa y seguridad, dejando de lado la promoción de la democracia y la difusión de los «valores occidentales». Turquía cuenta con el segundo ejército más grande de la OTAN y una floreciente base industrial de Defensa: las exportaciones turcas en materia de defensa y aviación batieron récords el año pasado, superando los 10 000 millones de dólares. Todo ello se ha ganado la admiración de Trump. A lo largo de la cumbre, Trump elogió repetidamente a Erdoğan, calificándolo de «un hombre realmente grandioso», «un gran líder» y «una persona fuerte». La afinidad de Trump con Erdoğan sugiere que lo que más se valora en la OTAN 3.0 es la capacidad de disuasión y Defensa; las deficiencias democráticas preocupan poco en un aliado que se considera que está aportando su parte. 

A pesar de la notable ausencia de retórica liberal en Ankara, algunos elementos de la «OTAN 2.0» se mantienen por ahora, incluida la tradición de la cumbre anual. Durante la Guerra Fría, la OTAN celebró tan solo una decena de cumbres. Hoy en día, celebra cada año una cumbre tremendamente cara. Según se informa, la del año pasado en La Haya costó alrededor de un millón de euros por minuto, y algunos medios de comunicación señalaron que fue la reunión más cara de la historia de la Alianza. Al parecer, los preparativos para la cumbre de este año han costado 235 millones de euros. Además de ser caras, el experto en relaciones internacionales Patrick Porter cree que las cumbres anuales entrañan riesgos. «La maldición de las cumbres periódicas… no era una característica de la OTAN de la Guerra Fría», me comenta. «Existen oportunidades inagotables para que surjan problemas, malentendidos y confusiones». Es una crítica que ahora comparten otros aliados. Aunque el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, declaró a los periodistas en Ankara que la próxima cumbre se celebrará en Albania, no confirmó que vaya a tener lugar el año que viene.

Independientemente de las similitudes entre la OTAN 3.0 y la OTAN 1.0, también existen algunas diferencias llamativas. En su día, la OTAN se justificaba con los tópicos de la Guerra Fría sobre la prosperidad y la libertad. Se trataba, sin duda, de propaganda, pero seguía siendo fundamental para ganar una batalla ideológica que dividió en su momento al mundo. Hoy, a la retórica de la prosperidad y la libertad la ha substituido la fría y poco inspiradora promesa de la «seguridad»: un concepto nebuloso y en constante expansión, emblemático de una ideología que ha perdido la capacidad de entusiasmar o de inspirar confianza, y que ahora debe recurrir a la coacción, la censura y la represión para salirse con la suya. Mientras la OTAN celebra cada año una fastuosa cumbre y los Estados miembros aumentan el gasto para una «revolución industrial de la Defensa», a la población de los países aliados se le dice que debe soportar recortes brutales en sanidad, educación y bienestar social para pagarlo todo. A los defensores de la Alianza les gusta presumir de que la OTAN «protege a mil millones de personas». Si este es el caso, lo hace a un alto precio.

periodista californiana radicada en Belgrado, y recientemente en Estambul, especializada en información internacional, es fundadora de la revista Balkanist Magazine, centrada en los Balcanes. Es miembro del Ideas Workshop y el Alameda Institute y colabora con medios como New Statesman y New LeftReview, Le Monde Diplomatique, UnHerd, The Baffler, Noema o Liberties.
Fuente:
Unherd, 11 de julio de 2026
Traducción:
Lucas Antón