El significado del “viento común”

Peter Linebaugh

24/12/2018

La cubierta del libro The Common Wind: Afro-American Currents in the Age of the Haitian Revolution, de Julius S. Scott.

 

Tengo la intención de hablar en este texto tanto del título del libro de Julius Scott, The Common Wind (“El viento común”), como del viento común en sí mismo.

Cabría decir que este es un gran título. Scott lo obtiene del soneto que William Wordsworth le dedica en 1802 a Toussaint L’Ouverture. En su obra, Scott cita las siete líneas de la segunda mitad del poema.

Aunque te hayas caído, para no levantarte más,

vivir y estar tranquilo. Aunque hayas dejado atrás

poderes que trabajarán para ti: aire, tierra, y cielos

No hay siquiera un soplo del viento común

que te olvide; aunque grandes aliados has tenido;

tus amigos son las exaltaciones, las agonías,

y el amor, y la mente invencible del Hombre.

Son estas unas líneas que mezclan el sujeto y el objeto, o el Hombre y la Naturaleza. Julius Scott nos pide de esta forma que interpretemos el viento común como la exaltación, la agonía, el amor y la mente inconquistable de las personas sin dueño del Caribe en su lucha por la libertad.

Así, no podemos olvidar el viento común ya que lo empuja un sujeto revolucionario cuyo objeto aún no se ha alcanzado por completo.

Estas metáforas pierden su poder al entrar en el territorio del lenguaje. Algunas ideas están “diseminadas en el aire"; es decir, son anónimas. La gente respira este viento, hecho de diarios recién impresos, y se apresura a montar en sus barcos y a “correr como el viento” para escapar de ellos. Ya que el lenguaje también es un artefacto histórico, rastrear la metáfora hasta su fuente literal puede revelar algo relevante sobre el pasado. En este caso, nos muestra temas centrales para quienes practican la historia desde abajo, los temas del anonimato y la colectividad. Wordsworth nos proporciona un significado idealista donde tierra, cielo y mar son receptáculos de las proyecciones humanas, encarnando un retorno a los atributos naturales de la vida social de nuestra especie que de otro modo no podrían ser observados. El viento es el medio del sonido y por lo tanto de la historia oral, por lo tanto de la canción y la música, por lo tanto de la historia.

El poema de Ernest Dowson, decadentista inglés, compuesto en 1894 y titulado “No soy lo que era"[1], fue el origen de otro título literario.

¡He olvidado mucho, Cynara!, lo que el viento se llevó…

Pero estaba desolado y enfermo de una vieja pasión.

Esto representa la antípoda de nuestro viento común. El viento del olvido señalado por Dowson se enfrenta al viento del recuerdo de Wordsworth. Por tanto, aquí constatamos una suerte de justicia poética que, en las manos de la clase alta que “el viento se llevó”, perfilada por Margaret Mitchel, da forma a una novela nostálgica publicada en 1936 sobre los campos de exterminio del régimen esclavista a los que pone final el viento común levantado por Afroamérica.

Con equilibrio y autoridad, la prosa de Scott es clara, persuasiva y (debido a la falta de comprensión colectiva sobre los grandes crímenes del esclavismo) incluso calmante. Su uso de las fuentes de archivo es eficiente. El análisis está equilibrado y contrastado[2].

El tema trabajado en la obra de Scott se expresa en su propio subtítulo, “Corrientes de la comunicación afroamericana en la era de la revolución haitiana” (“Currents of Afro-American Communication in the Era of the Haitian Revolution”). Los comunicadores afroamericanos eran aquel “Caribe sin amo”, una frase que combina en sí misma una relación político-económica con una geográfica. Los que no tienen amo –nómadas, vagabundos, desertores, fugitivos, asaltantes, renegados, piratas, bandidos, bucaneros, “el colorido surtido de personajes pícaros e insubordinados”, aquellos con “medios no conocidos de subsistencia” y, utilizando la expresión más abúlica que nunca he escuchado para señalar una conciencia revolucionaria, “gente desencantada en busca de nuevas opciones”. La figura de los “sin amo” está estrechamente asociada a su antónimo, es decir, a la de los que sí lo tienen, los dominados, especialmente al navegante y al esclavo. Ellos están cualificados, son expertos de la navegación, del clima, de la construcción de barcos, de los idiomas. Las mujeres en el mercado se referían la una a la otra como “marineras”. Estudiaron el horizonte en busca de lo que el futuro podría traer: tempestades, huracanes, tormentas, brisa, comercio, calma.

La canción de Bob Dylan “Caribbean Wind” (1980), la más reescrita de sus composiciones, da en el clavo a este respecto:

Y los vientos caribeños todavía soplan de Nassau a México

avivando las llamas en el horno del deseo

y las distantes naves de la libertad sobre ellos, olas de hierro tan audaces y libres,

acercando todo lo que está cerca de mí al fuego.

Alexander Lindsay, o lord Balcarres, gobernador de Jamaica, escribió en julio de 1800: “Todo tipo de vicio que se puede encontrar en las ciudades comerciales se concentra de forma preeminente en Kingston… Gente problemática de todas las naciones, involucrada en el comercio ilícito; comunidades de negros abandonadas, escenas de endiablada picaresca, y una atmósfera general de homogeneización de la miseria, son las características de las clases bajas en Kingston”.

Las coordenadas geográficas utilizadas por Scott son aquellas de los que no tienen amo. Las fuentes que él extrae de los distintos archivos nacionales que ha visitado, dependientes como son de sus correspondientes fronteras nacionales, son leídas en su trabajo a contrapelo. Tal y como marca su tema, él está familiarizado con el inglés, el francés y el español. “América” es siempre plural, “las Américas”. Venezuela, Curaçao, Santo Domingo estaban conectadas por una densa red de comunicaciones. Los barcos navegaban bajo una enorme diversidad de banderas. La suya no es una geografía de la fuerza; sus coordenadas son étnicas y describen corrientes de rebelión y revolución. Las islas son comprendidas como “lugares de paso”. Chalupas, arrastreros, canoas, chalanas y los barcos del puerto son embarcaciones fluviales y costeras al mismo tiempo, mediando entre la tierra y el mar. Hacia el final, Scott se permite utilizar la frase “la presencia negra en el mar”. Es el mar, siempre el mar, el cambiante y turquesa, es la pintura de Winslow Homer, el mar del Caribe en el que surcan barcos con velas hinchadas por el viento común.

La fecha del poema es significativa al estar compuesto un año antes de las victorias finales que aseguraron la independencia de Haití. Grandes cambios ocurrieron ese año. Más personas que nunca en la historia fueron esclavizadas, embarcadas violentamente en los navíos británicos que circulaban por la ruta del Middle Passage.

Una segunda interpretación del “viento común” se remonta a Wordsworth, quien a principios de ese año escribió un largo poema llamado “Michael”, donde narra una historia de pérdida: la división, la alienación y el dolor destilados de la chanchería y las trampas utilizadas en la venta. En él, un pastor de las tierras altas prestaba mucha atención al viento, que lo prevenía de un mal clima y le permitía planear la protección de sus ovejas frente a cualquier daño o extravío. El poema cuenta la historia de la expropiación que sufre.

... estos campos, estas colinas

que eran su ser viviente más

que su propia sangre.

Campos donde junto a espíritus alegres él había respirado

el aire común…

Cuando nos referimos más bien fríamente a los “bienes raíces” o a la “propiedad de los medios de producción”, de lo que estamos hablando, al menos filosóficamente, es de la pérdida de unidad entre la subjetividad y la objetividad. El aire común en medio de estas colinas era un aspecto de la propia tierra común, robada sistemáticamente por una parcela de bandidos parlamentarios. Cuando Wordsworth pensaba en el aire o viento común, lo asociaba con esta gran pérdida que afectó no solo a Inglaterra sino a los Estados Unidos, cuya masa de tierra fue medida y después dividida, precisamente después de que la violencia dirigida de los colonos aterrorizara a los habitantes indígenas, tierra que luego