Expertos: solo los míos son buenos

José Luis Moreno Pestaña

Manuel de Pinedo García

Neftalí Villanueva Fernández

12/04/2020

La vuelta a la actividad en los servicios no esenciales ha sido recibida con recelo por algunos de los expertos que aconsejan al gobierno en la emergencia sanitaria y social en la que nos encontramos. La tentación de considerar que en esta situación las decisiones deberían tomarlas epidemiólogos o economistas es más comprensible que nunca. Sus recelos son naturales: necesitamos su conocimiento, aunque quizá no solo el suyo. Por eso nos ocupamos, en tanto que filósofos, de este asunto. Para señalar algo con claridad: aunque actuar al margen de lo que digan los expertos es suicida, ni en este ni en ningún otro contexto que involucre tomas de decisión de carácter político, la última palabra puede recaer en ellos. Creemos que, incluso sin salir de una situación tan favorable al conocimiento experto como la presente, las razones para ello son contundentes.

En el debate sobre las políticas de prevención del covid-19 prevalece la cuestión de si los gobiernos atienden o no a la evidencia científica. Y, sin embargo, cada una de las posturas reclama para sí el acuerdo de los “expertos” y acusa a sus antagonistas de falta de rigor científico. Es tan común distinguir entre expertos fetén (los nuestros) y expertos esclavos de la ideología (los del enemigo) que solo por esto ya deberíamos estar alerta contra las llamadas a la “epistocracia”. La epistocracia defiende la tesis del gobierno de los expertos y la crítica de la democracia. En este caso, se considera que la democracia, de existir, debe guarecerse en el consejo de los verdaderos especialistas.

No solo no hay forma “experta” de ponerse de acuerdo sobre quiénes son los expertos, ni siquiera es fácil reconocer dónde está la frontera entre los asuntos que involucran negociación sobre valores y preferencias y los asuntos que se resuelven sabiendo cómo son las cosas. Por eso, pocas estrategias pueden ser menos útiles que insistir en decirle a nuestro rival que miente o que no se entera de nada, excepto que persigamos enardecer a nuestra hinchada… y de paso a la suya. ¿Hay alguien leyendo este artículo que viera la final del Mundial de Sudáfrica y no piense que el equipo de Países Bajos fue violento y rastrero? Ahora, hagamos la pregunta en holandés en De Telegraaf. Nosotros tenemos razón, pero ellos vieron otra cosa.

El filósofo y sociólogo Otto Neurath distinguió entre cuatro dimensiones relevantes a la hora de registrar un hecho a partir del cual podemos argumentar[1]: la sinceridad de quien lo presenta como hecho (de lo contrario es un mentiroso); su capacidad para captarlo (de lo contrario se ha equivocado o es un incompetente); en tercer lugar, cómo encaja el proceso de captación con nuestros estándares sobre el tamaño de las muestras, la coherencia entre el hecho y otros hechos ya aceptados y, crucialmente, cómo interpretarlo a la luz de nuestros modelos y teorías -no siempre hay una, suele haber varias. Y, en cuarto lugar, si el hecho registrado con veracidad, sin que medie incompetencia o error y dentro de uno de los marcos intelectuales admitidos, se compadece ¡con otros hechos que se registran y que no siempre coinciden! Centrarse en las dos primeras dimensiones equivale a tratar a los demás de falsos expertos porque son mentirosos o incompetentes. Pero llamarse mutuamente tonto e ignorante sirve, a lo sumo, para sentirse mejor con uno mismo… mientras todo empeora a nuestro alrededor. Provoca sonrojo ver a profesionales de la filosofía hablar así, cuando no se dedican a aprovechar la ocasión para reivindicar toda su trayectoria intelectual, habiendo una lección muy clara que nos viene desde el núcleo más duro del positivismo. Un hecho, registrado como protocolo científico, es algo complejo de determinar. Puede haber mentiras e incompetencia, pero quizá hay más. 

Centrarse en la tercera y cuarta dimensión, la que puede involucrar pensar en cómo tienen que actuar las instituciones a partir de la información que aportan los modelos, ni es sencillo ni puede llevarse a cabo con una regla y un compás. Especialmente cuando, como en el caso del covid-19, los modelos se construyen sobre datos heterogéneos y posiblemente corruptos, sujetos a un nivel de incertidumbre muy elevado, no es evidente qué significa para una institución actuar de manera razonable a partir de la evidencia. En condiciones normales, somos casi tan torpes distinguiendo entre hechos y opiniones como distinguiendo qué nos lleva a juzgar que algo es puramente informativo o no lo es. No vivimos tiempos normales. Es difícil saber cuál es la naturaleza de los hechos sobre los que las instituciones deben actuar y más difícil todavía determinar cómo ha de ser el proceso de decisión a partir de esos hechos. La reflexión de las instituciones debe siempre partir de la información científica, pero involucra necesariamente cuestiones que pertenecen al ámbito de lo normativo.

Por claridad e higiene mental creemos que es importante ordenar el debate público con los ejes propuestos por Neurath. Quienes se centran en las dos primeras dimensiones -la mentira y la torpeza- pueden tener razón pero quizá son solo ideólogos con ganas de atizar. Nos oponemos a la epistocracia para proponer que la epistemología se haga cargo de uno de sus cometidos: ayudar a esclarecer de qué deberíamos hablar cuando hablamos de datos científicos en una deliberación pública. Ahora que hemos pasado todas de ser seleccionadoras del equipo nacional de fútbol a ser expertas en control de enfermedades y en recesiones económicas, deberíamos tener estas dificultades presentes más que nunca.

 


[1] Nuestra interpretación de Neurath procede de la reconstrucción de Uebel, Thomas (2007) Empiricism at the Crossroads. The Vienna Circle's Protocol-Sentence Debate, Chicago-La Salle, Open Court.

 

Profesor de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Granada y miembro asociado extranjero del Centre de Sociologie Européenne. Su último libro publicado es "Retorno a Atenas. La democracia como principio antioligárquico" (Siglo XXI, Madrid, 2019).
Profesor de Filosofía del Lenguaje y Epistemología en la Universidad de Granada
Profesor de Filosofía del Lenguaje y Epistemología en la Universidad de Granada
Fuente:
www.sinpermiso.info, 12-04-2020