Roger Martelli
04/06/2026
La posibilidad de que Reagrupamiento Nacional (RN) acceda al Elíseo será uno de los retos centrales de las elecciones presidenciales. ¿Cómo evitarlo? Denunciando sus proyectos, por supuesto, pero sobre todo oponiéndo una perspectiva política alternativa capaz de suscitar la adhesión de la mayoría.
Las encuestas marcarán el ritmo de los próximos meses. Hasta la fecha, todos o casi todos dan a RN ganador. ¿Su llegada al poder se ha vuelto inevitable? Las reuniones se multiplican para evitarlo. Este sábado en Montreuil se reunió la Coalición de Resistencias Artísticas, Culturales y Científicas (CRACS) contra la extrema derecha. Cientos de intelectuales y artistas se reunieron para debatir la estrategia a oponer a este avance que no es un fenómeno hexagonal, sino continental o incluso planetario.
Este impulso es el resultado de una construcción de décadas. Ha permitido que RN se convierta en la única organización política que, en Francia, merece el calificativo de “atrapa todo”. Porque no se apega a un segmento de la sociedad, a una corriente de ideas o a un tema, sino que ya apunta y toca a toda la sociedad. Su fuerza radica en que se ha sumergido totalmente en un espíritu de la época, dominado por el sentimiento de que las sociedades han cerrado la fase iniciada entre los años 1930 y 1945, el llamado Estado de bienestar y que el mundo ya no está gobernado por el equilibrio de poderes.
De esta inestabilidad nacen los sentimientos de preocupación y miedo, la convicción de ser abandonado y el aumento de una ira, difusa o aparente, que se convierte en resentimiento, contra los responsables más que contra el sistema. A esta confluencia de problemas, la extrema derecha ofrece una narrativa coherente de los orígenes del malestar y propone grandes ejes para posibles soluciones. En cuestión están la pérdida de identidad, el declive de la autoridad, la dependencia de la nación, la proliferación de parásitos, tanto de arriba como de abajo, de élites como de inmigrantes. Para remediarlo, RN exalta la protección por la preferencia nacional y el cierre sobre si, la seguridad por la autoridad y la severidad, la independencia mediante el retorno a la identidad perdida. La fuerza de la extrema derecha está sobre todo en una historia que cuenta el mundo, que habla de Francia y que sugiere los contornos de una sociedad que, al volver a los valores perdidos, recuperará la unidad y la tranquilidad que los dominantes de ayer han alterado.
No hace falta estar de acuerdo con todos los temas desarrollados por la extrema derecha, con la totalidad de su programa, por lo demás muy borroso: lo que cuenta es la pequeña música, que contrasta con años de alternancia en el poder de la derecha y la izquierda. Podemos no ser racistas -e incluso ser tolerantes-, no ser fascistas y, sin embargo, votar a la extrema derecha. ¿Por qué? Para expresar la exigencia de una ruptura y la esperanza de un renacimiento nacional.
Por supuesto, hay que contradecir cada pieza del argumento perjudicial, pero es necesario sobre todo deconstruir la narrativa global, la que alimenta los imaginarios y que, en última instancia, orienta las elecciones de los individuos. Y esta deconstrucción será tanto más efectiva cuanto más se base en una construcción francamente alternativa, en una narrativa tan coherente que se centre, no en el repliegue sobre uno mismo sino en la emancipación. En resumen, una forma innovadora y radicalmente progresista de remediar el miedo y el declive, las dificultades de la vida y la necesidad de futuro.
Muy a menudo, se mencionan las lecciones del Frente Popular. El fascismo amenazaba y se formó un Frente contra él en 1934-1935. Lo frenó en Francia. Su formación fue una profunda exigencia desde abajo, decididamente antifascista y popular. Fue el resultado de una conjunción, hasta entonces ausente, entre un movimiento social excepcional y una confluencia política que, sin embargo, parecía imposible a principios de 1934.
El Frente Popular también se apoyó en una gran esperanza, la de la “Repulica Democrática y Social” que querían los comuneros de 1871. El Frente era antifascista, pero su objetivo se condensaba en una simple consigna, “pan, paz, libertad”, que decía tanto lo que había que hacer concretamente como la sociedad a la que había que llegar para lograrlo. El Frente Popular deconstruyó y dijo lo que quería construir. La exigencia sigue ahí.

