La degradación del Partido Laborista británico. Dossier

Ian Lavery

Mark Seddon

03/05/2026

La descomposición del Partido Laborista

Ian Lavery

Como miembro del Partido Laborista a lo largo de toda mi vida adulta, he leído incontables columnas y he visto interminables horas de programas sobre la supuesta toma del poder por los trotskistas. De Militant hasta Momentum, y todo lo demás, han sido una constante los gritos de alarma. Sin embargo, ninguna de estas apocalípticas predicciones se ha cumplido. Ninguna de ellas se basó jamás en la realidad.

Y aquí estamos, en 2026, cuando se ha producido un robo de cadáveres a la vista de todos. Una obscura entidad, en la práctica un partido dentro del partido, ha consolidado su control sobre el Partido Laborista y, por extensión, sobre el gobierno británico. Y hoy los está llevando a ambos al borde del abismo. Debe afrontar graves acusaciones, entre ellas la omisión ilegal de declaración de donaciones, la manipulación de elecciones internas y hasta la vigilancia de periodistas. Es un grupo que considera un estorbo a los representantes elegidos democráticamente, nada más que carne de cañón para las votaciones.

A pesar de esto, la prensa convencional le ha prestado poca atención sostenida a la estructura, la influencia o las ambiciones de esta organización. Más allá de la indignación pasajera dirigida a un puñado de personas, no ha habido ningún intento real de analizarlo en profundidad.

La toma del poder

Labour Together se fundó en 2015 como respuesta directa al auge del corbynismo. Si bien se presentaba como una organización de amplio espectro que abarcaba todas las corrientes del pensamiento laborista, sus acciones contaban una historia diferente. Mediante una combinación de posiciones estratégicas, maniobras internas y deshonestidad manifiesta, logró un control férreo sobre la maquinaria interna del partido y sobre algunos de los políticos más influyentes del país.

El papel que desempeñaron Labour Together y sus aliados en la derrota de 2019 nunca se ha analizado de forma exhaustiva ni honesta. Desde una posición privilegiada como era la mía, fui testigo diario de la hostilidad interna dirigida contra la dirección desde el momento de la elección de Corbyn. También vi cómo se explotó el debate sobre el Brexit, no sólo como discrepancia política, sino como medio para fracturar la base del partido. La figura que hoy ocupa el cargo de primer ministro desempeñó un papel central a la hora de ahondar esa división, utilizando el Brexit para abrir una brecha en el seno del Partido Laborista.

La derecha extrema laborista nunca ha representado una mayoría dentro de la militancia. Sin embargo, esta facción logró instrumentalizar el impacto de la derrota electoral de 2019 con una eficacia despiadada. Miles de afiliados, deseosos de ver un gobierno progresista, fueron prácticamente rehenes, convencidos de que sólo este reducido grupo podía garantizar la credibilidad electoral. A medida que consolidaba su control sobre el partido, la disidencia dejó de ser objeto de debate; quedó marginada o se vio reprimida.

El desprecio por la democracia interna y la honestidad política quedó patente desde el principio. La campaña de Starmer para el liderazgo lo presentó como una figura unificadora, alguien capaz de impulsar elementos del proyecto de Corbyn de una forma más «respetable». Las promesas que le aseguraron la victoria podrían haber constituido la base de un programa de gobierno coherente. Por el contrario, quedaron abandonadas casi tan pronto como se aseguró el control del partido.

Control de las facciones

Las consecuencias fueron inmediatas y profundas. Cientos de miles de miembros, muchos de ellos activistas de toda la vida, abandonaron el partido. Algunos fueron expulsados; a muchos se les hizo sentir tan mal recibidos que simplemente se marcharon.

La selección de candidatos para las elecciones de 2024 se controló rigurosamente. Se bloqueó a cualquiera al que se considerase mínimamente progresista y se impuso a candidatos ultraleales. Creo firmemente que, de no haberse desatado la polémica en torno a Dianne Abbott semanas antes de las elecciones, yo mismo podría haber sido objeto de una posible exclusión. Pudimos ver cómo a miembros del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Laborista, órgano dominante, se les colocaba en escaños que parecían seguros, eludiendo los procesos democráticos locales. El grupo parlamentario laborista se transformó a imagen y semejanza de esta facción.

Al mismo tiempo, la dirección se esforzaba por proyectar una imagen de competencia y seriedad, en contraste con el gobierno conservador en decadencia. Sin embargo, esa imagen comenzó a desmoronarse a las pocas semanas de asumir el cargo. Al priorizar la lealtad por encima del talento y las decisiones reactivas por encima de una estrategia coherente, un error siguió a otro.

La gestión de cuestiones clave no hizo sino reforzar esta percepción. Marcaron la pauta los recortes previstos al subsidio para combustible de invierno, en un momento en el que altos cargos del gobierno estaban siendo objeto de investigación por aceptar decenas de miles de libras en ayudas,. Cuando expresé en Downing Street mi preocupación sobre el impacto de los recortes al subsidio del combustible de invierno, un asesor (sin cargo electo) me dijo sin rodeos que mi opinión carecía de importancia y que simplemente estaba allí para transmitir el mensaje del gobierno.

Vacíamiento

Cuando un partido político pierde de vista su finalidad, a quién representa y por qué, comienza a vaciarse de contenido. Ninguna organización política tiene derecho a existir: debe justificarse continuamente a través de sus acciones y sus principios. Tal como demuestran las recientes revelaciones, el Partido Laborista está fracasando cada vez más en esta prueba.

Como espectador de la sesión del Comité Selecto de Asuntos Exteriores con Sir Olly Robbins, me sorprendieron las continuas revelaciones sobre Peter Mandelson. Una vez más, estaban en el centro de la controversia figuras vinculadas a Labour Together, con una cultura de clientelismo evidente para todos. Hubo informes de que Morgan McSweeney había presionado agresivamente a los funcionarios para que aprobaran la autorización de seguridad de Mandelson, y que se había intentado colocar al desacreditado exasesor de Starmer, Matthew Doyle, en un cargo diplomático, a pesar de que se había visto obligado a dimitir tras revelarse que había hecho campaña a favor de un socio político que afrontaba entonces cargos por delitos sexuales contra menores.

Nada de esto debería sorprender a quienes hayan estado prestando atención. La influencia de Mandelson en el Partido Laborista se extiende a lo largo de las décadas [sobre la propiedad colectiva de los medios de producción, distribución e intercambio]. Como artífice del Nuevo Laborismo, desempeñó un papel fundamental en la transformación del partido, sobre todo mediante el abandono de la Cláusula IV y el distanciamiento del compromiso con la propiedad colectiva. Su maquiavélico enfoque de la política ha dejado un rastro imborrable, erosionando tanto el núcleo ideológico del partido como su democracia interna.

A lo largo de los años, han sido muchos los que en la derecha laborista han ensalzado a Mandelson como un estratega magistral y una figura casi mítica. Ahora debemos afrontar esa herencia. Mientras que los activistas de base y los afiliados del común se veían a menudo difamados o marginados por tener ideas socialistas, se rendía homenaje a figuras como Mandelson.

Consideremos el contraste: en Northumberland, algunos afiliados fueron expulsados ​​del Partido Laborista por dar un "me gusta" a una foto del pastel de cumpleaños de un miembro de Socialist Appeal [grupo sucesor de la tendencia Militant]; mientras tanto, Mandelson fue elevado al cargo diplomático más importante del país, a pesar de las fotografías que mostraban su cercanía al pedófilo más notorio del mundo. No es de extrañar que exista una crisis de confianza en nuestro partido.

Ajuste de cuentas

Lo que hoy presenciamos no es un fracaso aislado ni un error momentáneo. Es la culminación de años de transformación interna: un proyecto que prioriza el control por encima de la democracia, la lealtad por encima de la integridad y la apariencia por encima del contenido. Cuando caiga finalmente la actual dirección, tal como inevitablemente sucederá, tendremos que recordar este contexto crucial.

Si el Partido Laborista quiere tener un futuro significativo, necesita algo más que un cambio de liderazgo. Se necesita un ajuste de cuentas con las fuerzas que lo han transformado desde dentro y voluntad para erradicarlas. Y esto debe comenzar con una investigación independiente sobre Labour Together.

Sin otro lugar adonde ir

Mark Seddon

La caída de Peter Mandelson es la culminación natural del proyecto del Nuevo Laborismo: un experimento elitista que ha alejado al partido de su base histórica y le ha abierto las puertas a la extrema derecha.

El difunto Leo Abse —reformador social, escritor y diputado laborista— recordaba sus inicios viajando en tren desde su circunscripción de Pontypool, en el sur de Gales, hasta el Parlamento. Ocurría esto en la década de 1970, cuando los diputados no cobraban mucho y la mayoría de sus compañeros eran antiguos mineros y dirigentes sindicales. «El vagón estaba en silencio», contaba Leo, «porque todos esos diputados estaban absortos en la lectura. Eran autodidactas, ¿sabes? Los libros los habían sacado en préstamo de lugares como el Instituto de Mineros de Blackwood».

Parece un mundo desaparecido. Durante décadas, el modo de escoger los candidatos y las selecciones amañadas han privado al Partido Laborista de un posible nuevo Foot, Bevan o Abse. Ahora, el 7 de mayo, el laborismo está a punto de desintegrarse en Gales. La extinción del partido en uno de sus bastiones más sólidos recuerda a la casi implosión de los liberales en la década de 1920. Solo que esta vez, entre los beneficiarios de la ira y la desilusión de la clase trabajadora se encontrará la extrema derecha, representada por Reform, el partido de Nigel Farage.

Los valles del sur de Gales sufren algunos de los problemas económicos más intratables del Reino Unido. Una de cada cuatro personas está desempleada, el transporte público es deficiente y la pobreza es elevada. La topografía dificulta que los valles se conviertan en una gran zona residencial para Cardiff, mientras que la inversión ha sido mínima para compensar todo lo perdido en las décadas de 1980 y 1990. En la oposición, el Partido Laborista prometió detener el cierre de la acería de Port Talbot, la planta que el historiador marxista Gwyn Williams describiera en su día como «la boca ardiente del dragón galés». Tan solo unos años después, la enorme planta cerró sus puertas, preparándose para un futuro en el que no produciría acero virgen, sino que fundiría chatarra, empleando sólo a una ínfima parte de la antigua plantilla. «The Abbey Works», como se la conocía con orgullo, se convirtió en símbolo de esa profunda ruptura entre los votantes y la clase política.

En otro planeta —el planeta Westminster— muchos periodistas, comentaristas y políticos han pretendido dárselas de sabios a posteriori ante las últimas payasadas de los principales responsables de la gestión del Partido Laborista: Keir Starmer y Peter Mandelson. Este último había contribuido a perfeccionar el arte de dar su aprobación, no sólo a candidatos parlamentarios, sino también, al parecer, al gabinete de Starmer, trabajando codo a codo con Morgan McSweeney. Resulta irónico, pues, descubrir que Mandelson, artífice del Nuevo Laborismo, quien alardeó una vez de trabajar «todos los días para socavar a Jeremy Corbyn» y que ha arruinado más carreras que comidas calientes ha pagado con sus diversas cuentas de de gastos, acabó suspendiendo en la propia aprobación de seguridad del gobierno. Tal parece que, en su afán por enviar a Mandelson como embajador a Washington, la dirección laborista creyó que podía saltarse el proceso sin más. Documentos publicados por la Oficina del Gabinete muestran a Starmer felicitando a Mandelson y expresándole su entusiasmo por poder finalmente «trabajar juntos, codo con codo». Todo esto sirve como un recordatorio más de cómo llegó Starmer a la cima del partido a base de mentiras y de la deliberada falta de curiosidad que ha mostrado hasta ahora el cuarto poder.

La herencia más inmediata de Mandelson es el derrumbe de su empresa de cabildeo y acceso a altos cargos, Global Counsel, la cual ha quebrado dejando una deuda de 4,5 millones de libras a sus acreedores y 650.000 libras a Hacienda. Mientras el exabogado de derechos humanos, convertido en un primer ministro sumamente impopular, se hunde cada vez más, sigue fuera del Parlamento la única esperanza realista del partido de poder rescatar algo de las ruinas, el alcalde de Manchester, Andy Burnham,  al que se le impidió presentarse a las elecciones de enero [a un escaño vacante] tras su propio y muy diferente “proceso de aprobación”.

¿Acaso sorprende que en Merthyr Tydfil, una anciana yendo de compras le diga a un reportero de la televisión local que «el Partido Laborista solía defender a los pobres, pero ahora parece que defiende a los ricos»? Mientras tanto, otros exvotantes laboristas repiten las tonterías sobre inmigración que les han inculcado los tabloides y Farage. Dos mujeres que hacen compras hablan de su inminente cambio de partido, entre arrepentimiento y culpa. «¿Qué diría mi madre?», se pregunta una de ellas.

¿Y qué hay de Mandelson y Starmer? ¿Sienten arrepentimiento o culpa? Mandelson llegó a afirmar que los votantes laboristas «no tenían adónde ir». Ahora que se mueven por todas partes, han quedado al descubierto las herencias más monstruosas del Nuevo Laborismo.

es diputado laborista por Blyth y Ashington desde 2024 y lo fue de Wansbeck entre 2010 y 2024, siempre formando parte del Socialist Campaign Group en la Cámara de los Comunes. Presidió el Partido Laborista entre 2017 y 2020, bajo la dirección de Jeremy Corbyn, y el Sindicato Nacional de Mineros entre 2002 y 2010.
fue director de la revista Tribune entre 1993 y 2004 y miembro del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Laborista británico. Dirige el Centro de Estudios sobre las Naciones Unidas de la Universidad de Buckingham. Fue asesor de comunicaciones de la ONU y redactor de discursos para su secretario general, Ban-ki Moon. Ha trabajado como periodista para emisoras como la BBC, Sky News y Al Jazeera English, y para diarios como The New York Times, The Boston Globe o The London Evening Standard.
Fuente:
Tribune, 25 de abril de 2026; Tribune, 27 de abril de 2026
Traducción:
Lucas Antón