Maoísmo en los Andes: La historia de Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso

Marcello Musto

30/12/2018

El camino que lleva a Ayacucho es duro y al recorrerlo se respira un aire misterioso. La ciudad se sitúa en el centro de la Sierra peruana y ha estado marcada, durante muchos años, por la miseria extrema. Espacial y culturalmente alejada de Lima y de los centros más modernos del país, se halla inmersa en una tierra cuya producción, hasta hace pocas décadas, consistía en un sistema agrícola todavía organizado sobre bases semifeudales. Un tesoro que no dejado nunca de suscitar el interés de antropólogos y estudiosos de las tradiciones populares. Sin embargo, fue precisamente en este lugar remoto, hasta mediados de los años setenta sin carretera asfaltada que lo comunicara con la costa, sin una auténtica red eléctrica y sin televisión, donde se dieron cita los acontecimientos que cambiaron, irreversiblemente, la historia del Perú y que de nuevo pusieron en boca de todo el mundo a esta nación.

En 1962, un joven profesor universitario de veintiocho años llegó a Ayacucho para enseñar filosofía. Introvertido y esquivo, provenía de la espléndida ciudad de Arequipa, donde había estudiado filosofía en el instituto católico distinguiéndose por su disciplina y ascetismo. Poco después de su llegada, Abimael Guzmán aprendió quechua, la lengua más difundida entre las poblaciones indígenas de América Latina, e inició una intensa militancia política. Años después, llegaría a ser famoso en todo el mundo: el líder de Sendero Luminoso, la guerrilla maoísta que emprendió un sanguinario conflicto con el estado peruanoa partir de 1980, cobrandose casi 70.000 vidas durante veinte años.

En los años sesenta, con el estallido de la crisis chino-soviética, el mundo comunista se dividió en dos bloques. El Partido Comunista Peruano no fue ajeno a esta división y, cuando se formalizó la ruptura en 1964, Guzmán se adhirió a la facción filo-china, El PC Bandera Roja. En los años siguientes se sucedieron las escisiones, hasta que en 1970 dejó la organización y fundó el Partido Comunista de Perú - Sendero Luminoso (SL), grupo que se definió heredero de la Revolución Cultural: “el acontecimiento principal de la historia humana”, que había descubierto “como cambiar las almas”. A pesar de las proclamas, la organización surgió sin relación alguna con el campesinado. En todo el país tuvo sólo 51 partidarios y, durante mucho tiempo, su presencia política se limitó tan sólo a la universidad de Ayacucho, donde iban formándose los profesores y el nuevo personal técnico de toda la región interior y meridional de Perú.

En este período, Guzmán asistió a numerosos cursos sobre José Carlos Mariátegui, un agudo y apreciado marxista peruano (por muchos considerado el Gramsci latinoamericano), desaparecido en 1930 y transformado, a pesar de su alejamiento de toda ortodoxia y dogmatismo, en precursor del maoísmo y padre espiritual de SL. Basándose en esquemáticos manuales marxistas, Guzmán comenzó a difundir entre la juventud andina de la zona una visión del mundo extremadamente determinista. El objetivo perseguido fue el de crear un grupo monolítico, caracterizado por una relación opresiva entre partido político y sociedad, que no reconocía espacio alguno a la autonomía de las luchas. De hecho, SL se opuso sistemáticamente a las huelgas y ocupaciones de las tierras, manifestando en muchas ocasiones intolerancia hacia la cultura indígena.

Con todo, en América Latina, fue precisamente este partido, exiguo pero regido por una férrea disciplina, fuertemente centralizado (su principal órgano directivo estaba compuesto por Guzmán, su mujer y su futura compañera) y protegido por el secreto absoluto de sus militantes, el que más cerca estuvo de la conquista del poder político mediante las armas, empresa lograda sólo por Fidel Castro en Cuba y por los sandinistas en Nicaragua.

La Guerra Popular

Entre 1968 y 1980, Perú, como el resto de países latinoamericanos, conoció su periodo de dictadura militar. A finales de los años setenta, Guzmán dejó la universidad para pasar a la clandestinidad y, habiendo extraído de la lectura de Mao Tse-Tung la convicción de que la guerra fuese una etapa indispensable también para la realidad peruana, promovió la creación del Ejército Guerrillero Popular (EGP) como estructura paralela a SL. En los enunciados de Guzmán, la violencia se transmutó en categoría científica y la muerte, por consiguiente, en el precio que la humanidad debería pagar para alcanzar el socialismo: “el triunfo de la revolución costará un millón de muertos”.

El conflicto nació en un clima surreal. En mayo de 1980, durante el transcurso de las primeras elecciones políticas desde 1980, en la plaza central de Chuschi, pueblo poco distante de Ayacucho, los militantes de SL quemaron todas las papeletas electorales. El episodio fue totalmente ignorado, del mismo modo que lo fue el macabro episodio al que debieron asistir los habitantes de Lima pocos meses después cuando, al despertar, encontraron decenas de perros muertos, colgados de algunos semáforos y postes de la luz de las calles, con los carteles, para la mayoría incomprensibles, “Deng Xiaoping hijo de perra”.

En los primeros dos años y medio de guerra, el estado subestimó totalmente la determinación de SL. A mediados de los setenta, al menos 74 organizaciones marxistas-leninistas diferentes operaban en Perú y cuando el gobierno de Fernando Belaúnde decidió intervenir lo hizo sin conocimiento alguno de la estrategia política y militar de la formación que combatía, erróneamente considerada similar a otras guerrillas latinoamericanas (por ejemplo las de matriz guevarista) de las que, sin embargo, estaba totalmente alejada. A pesar del todavía escaso número de sus militantes, que entretanto había ascendido a 520, y el carácter rudimentario de su arsenal, la mayor parte viejos fusiles, la guerra popular de SL avanzó notablemente en este período. Belaunde decidió entonces utilizar las fuerzas armadas y Ayacucho se convirtió en el área de un comando político-militar de la entera región.

Esta segunda fase del conflicto se distinguió por la violenta represión contra las poblaciones locales. El racismo de los soldados llegados de la ciudad, que identificaban en cada campesino un peligro potencial y, por tanto, un objetivo a eliminar, contribuyó a incrementar el número de muertos. Las libertades políticas fueron suprimidas, y las autoridades civiles sustituidas por exponentes del ejército que dirigían, arbitrariamente y con abusos, los Comités de Defensa Civiles, a medio camino entre campamentos militares y centros de tortura. Frente a esta estrategia, SL respondió intentando crear áreas de “contrapoder”: los Comités Populares. Es decir, “zonas liberadas”, rígidamente gobernadas por comisarios nombrados por el partido, que servían de base de apoyo a la guerrilla. Además, en el trienio siguiente, Guzmán decidió extender el conflicto a escala nacional, partiendo de la capital. Por consiguiente, a finales de la década (en 1984 había surgido también la guerrilla Movimiento Revolucionario Tupac Amaru), el 50% del territorio estaba bajo control militar.

En esta fase, el proceder de Guzmán degeneró en el más extremo de los maniqueísmos, en virtud del cual, identificados como enemigos absolutos cuantos no pertenecían al partido, toda realidad política no controlada por SL se convirtió en objetivo militar, incluidos representantes de campesinos, sindicalistas y líderes de organizaciones femeninas. La estrategia seguida consistió en el aniquilamiento selectivo, con el objetivo de crear vacíos de poder para después ocuparlos por dirigentes y militantes de la organización. En efecto, autoridades locales (incluidas las fuerzas del orden) y dirigentes sociales representaron, tras los campesinos que se oponían a sus directrices, el segundo blanco di SL. En total, más 1500 muertos, el 23% de los cuales fueron asesinados deliberadamente por sus militantes, es decir, no en atentados de gran escala.

La Cuarta Espada Del Marxismo

Si en Moscú Gorbachov daba curso a la Perestrojka y en Pekin Deng Xiaoping dirigía China hacia el capitalismo, en Lima, Guzmán decidió incrementar el número de ataques. Golpeado en su fortaleza rural, su ascendente creció, por el contrario, en la capital (un “monstruo” de siete millones de habitantes con más de 100.000 refugiados provenientes de las zonas en conflicto). Ello fue posible por el espíritu de revuelta que permeaba las clases populares golpeadas por los desastres sociales fruto del estallido de una grave crisis económica (en 1989 la hiperinflación llegó al 2.775%) y por las políticas neoliberales impuestas por los tecnócratas próximos a Alberto Fujimori, el dictador que llegó el poder con las elecciones de 1990 y autor, en 1992, de un autogolpe que condujo al cierre del parlamento y a la supresión de todas las libertades democráticas.

Entre tanto, alrededor de Guzmán sobrevolaban el terror o la reverencia. Si el primer sentimiento se generaba, en quienes habían tomado partido contra SL, por el miedo de represalias mortales, el segundo aumentó entre los miembros de esta organización después del primer congreso del partido, celebrado en 1988. El culto a su personalidad llegó a niveles psicopáticos. Desaparecida cualquier referencia al socialismo de Mariáetegui, Guzmán, que había adoptado el nombre de Presidente Gonzalo, “jefe del partido y de la revolución”, se transformó en una figura semi-divina por la cual todos los militantes (SL llegó a tener 3000 partidarios, mientras que el EGP alcanzó los 5000) se comprometían, incluso por escrito, a sacrificar la vida. En los materiales de propaganda difundidos en la época, se comenzó a hablar de él como de la “cuarta espada (después de Marx, Lenin y Mao) del marxismo”, del “más grande marxista vivo en la tierra” o de la “encarnación del pensamiento más elevado en la historia de la humanidad”.

En realidad durante gran parte del conflicto, Guzmán nunca dejó Lima y se mantuvo alejado de los riesgos y privaciones de la guerra. Poco después de su captura, en Septiembre de 1992, propuso el acuerdo de paz que había siempre rechazado categóricamente con anterioridad y, a cambio de privilegios penales, llegó hasta a elogiar el régimen de Fujimori. Siguieron otros ocho años de guerrilla de baja intensidad entre el estado peruano, profundamente corrupto y autoritario, y el sector del SL (Proseguir) que no había aceptado el giro del "Presidente Gonzalo", el líder que será recordado por haber dado vida a la experiencia política más abominable, en América Latina, en nombre del socialismo.

Es profesor asociado de Teoría Sociológica de la Universidad de York, Canadá. Autor y editor de varios libros sobre Marx, entre ellos, Karl Marx’s Grundrisse (Routledge, 2008); Marx for Today (Routledge, 2012); Workers Unite! (Bloomsbury, 2014) y Another Marx (Bloomsbury, 2018).
Fuente:
www.sinpermiso.info, 29 de diciembre 2018
Traducción:
Carles Soriano

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