Zohran Mamdani
22/03/2026
Hoy, mientras los neoyorquinos celebran el Día de San Patricio, pienso en las palabras del propio San Patricio, apóstol de Irlanda. En el siglo V, en lo que hoy conocemos como Irlanda, arrasaba los campos un caudillo británico llamado Coroticus. San Patricio imploró a los soldados responsables de aquello que se detuvieran. Abrumado por el dolor, escribió: «Todo lo que puedo hacer es lo que está escrito: llorar con los que lloran». No es poca cosa llorar con los que lloran. Es una opción, una elección que muchos no siguen: requiere sacrificio, dominio del propio yo, solidaridad. La solidaridad irlandesa no es casual, ya que fue en suelo irlandés donde el imperio británico desarrolló su proyecto colonial. Gran parte de la explotación que más tarde se impuso en otras partes del mundo se perfeccionó primero en las plantaciones de Irlanda. ¿Quién puede comprender mejor a quienes lloran que aquellos que han llorado durante tanto tiempo?
Y, sin embargo, la historia de Irlanda no es sólo una historia de opresión violenta, de sometimiento y de intentos de dominación. Es también una historia de resistencia. Durante siglos, generación tras generación, se libró una lucha solitaria por la independencia. Año tras año, levantamiento tras levantamiento, fueron brutalmente reprimidos, y aun así siguieron luchando. Pienso en líderes como James Connolly y Patrick Pearse, que movilizaron a cientos de miles de personas con reivindicaciones de libertad política y autodeterminación económica. Pienso en aquellos que soportaron penurias inimaginables durante el conflicto [“the Troubles”, en Irlanda del Norte], en los diez presos [del IRA] que murieron tras iniciar una huelga de hambre para protestar contra la negativa del Gobierno británico a considerarlos presos políticos. Pienso en tantos de aquellos cuyos nombres se han perdido en el tiempo, que perecieron a causa de una hambruna agravada por la insensibilidad imperial.
Y pienso en la discriminación a la que se enfrentaron los neoyorquinos de origen irlandés cuando llegaron por primera vez a estas costas. Se les negaba el empleo y la vivienda. Los carteles pegados en los escaparates de las tiendas rezaban: «Se busca personal. No se admiten irlandeses». Sin embargo, no se desanimaron. Se organizaron, se movilizaron y formaron movimientos sindicales que han perdurado hasta hoy. Fueron manos irlandesas las que ayudaron a construir gran parte de esta ciudad que hoy conocemos. Los rascacielos que atraviesan las nubes, los túneles excavados en la roca.
Si bien a menudo se les ha negado la solidaridad a los irlandeses, estos nunca se la han negado a los demás. Fue un diplomático irlandés llamado Roger Casement quien contribuyó a sacar a la luz la barbarie del rey Leopoldo II en el Estado Libre del Congo. Después de que los supermercados de Dublín se declarasen en huelga durante tres años para protestar contra el apartheid, el Gobierno irlandés prohibió la importación de productos sudafricanos, la primera prohibición total impuesta por un gobierno occidental. Y en 1980, Irlanda fue el primer país de la CEE [Comunidad Económica Europea] en reclamar un Estado palestino. A lo largo de los años que siguieron, líderes irlandeses como la expresidenta Mary Robinson se mantuvieron firmes en su apoyo a la libertad palestina. Hoy, mientras celebramos el Día de San Patricio, sé que son muchos los que sienten la continuidad de esa obligación de los unos con los otros, con un mundo en el que la justicia no se sienta tan a menudo como una excepción, y con todos aquellos que aún lloran. Feliz Día de San Patricio.

