Pestes, pandemias y cambios sociales

Miguel Salas

26/04/2020

Albert Camus escribió en La peste: “La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto, el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan”. Desde la antigüedad el género humano ha sufrido y convivido con virus y bacterias, con pestes, epidemias y pandemias, y aunque se esfuerza por olvidarlo vuelven periódicamente, como si estuvieran ligadas a su propia existencia. La gravedad de la actual pandemia y la sorpresa e indiferencia con la que fue recibida en sus inicios es un reflejo de ese intento de mirar hacia otro lado, que ha retrasado la respuesta preventiva y sanitaria, y que, sin embargo, ha puesto al descubierto la fragilidad del actual sistema social.

Todo ha saltado por los aires: la economía hundida, una catástrofe solo comparable al crack de 1929; millones de parados en todo el mundo; 200.000 fallecidos a día de hoy; millones de personas confinadas como en un mal sueño medieval; los sistemas sanitarios al límite en los países más avanzados; terror a lo que pueda pasar si la pandemia llega a las grandes ciudades de los países menos desarrollados y la constatación de que puede durar años, ya que incluso el descubrimiento de una vacuna no evitará la probable recaída o reaparición en años venideros.

No se puede decir que no estábamos avisados. Diversos científicos y epidemiólogos lo habían advertido. En mayo de 2016, se podía leer en una publicación del Instituto Elcano: “La posibilidad cierta de que una epidemia de origen natural de grandes proporciones se propague por el planeta entero, así como la incertidumbre sobre la naturaleza segura de los procedimientos agrícolas, ganaderos, industriales y biotecnológicos que implican a microorganismos y sus toxinas […] constituyen en su conjunto una de las mayores preocupaciones no abiertamente declaradas de todas las sociedades desarrolladas”. Poco o nada se hizo. Como es habitual, el beneficio privado e inmediato se puso por delante de la prevención e investigación. Ahora pagamos las consecuencias.

A pesar de que la ciencia ha logrado arrinconar virus y bacterias que azotaron a la humanidad durante siglos (viruela, cólera, peste negra, etc.), reiteradamente han ido apareciendo nuevos para los que el cuerpo humano no estaba inmunizado. No han sido tan letales como el covid 19 y, sobre todo, no fueron importantes en los países más avanzados -a excepción del sida- y se cebaron en países africanos o asiáticos. También hay un Norte y un Sur a la hora de dar importancia y combatir las epidemias.

En lo que llevamos de siglo se han producido cinco alertas sanitarias internacionales graves, (SARS, gripe aviar, gripe A, Ébola, virus Zika). Todo el siglo XX estuvo salpicado de importantes epidemias, siendo la más mortal la conocida como “gripe española”, que se extendió por todo el mundo durante 1918-1919 y en la que se calcula que pudieron morir unos 50 millones de personas. Es un peaje que históricamente ha tenido que pagar el género humano, forma parte de la misma existencia del hombre en la Naturaleza. El problema es cómo se previene y se afronta. Las grandes epidemias y/o pandemias han tenido un papel importante en la evolución de la humanidad, por eso es natural que encontremos numerosos ejemplos en la literatura1.

A lo largo de la historia determinadas epidemias produjeron profundas crisis sociales que aceleraron los procesos históricos. La lucha de clases es la locomotora de la historia, pero esta se desarrolla en determinadas condiciones materiales y biológicas de la naturaleza, y por lo tanto de la relación de las clases sociales con ella.
 

La peste negra

En 1348 se presentó la peste negra en Europa. Fue la mayor pandemia de la época, que pudo haber causado la muerte de unos 2/5 de la población europea En Inglaterra se calcula que falleció la mitad de la población, como en Navarra y en la Corona de Aragón; en algunas ciudades la mortandad pudo alcanzar hasta un 70% de la población. Bocaccio escribió: “Con tanto espanto había entrado esta tribulación en el pecho de los hombres y de las mujeres, que un hermano abandonaba al otro y el tío al sobrino y la hermana al hermano, y muchas veces la mujer a su marido, y lo que mayor cosa es y casi increíble, los padres y las madres evitaban visitar y atender a los hijos como si no fuesen suyos”. (Decamerón)

Fue una catástrofe demográfica y económica que produjo enormes cambios sociales. Muchas tierras fueron abandonadas, por lo que se abarató su precio; hubo escasez de mano de obra, lo que facilitó un aumento general de salarios (en Castilla los salarios se llegaron a cuadriplicar); al faltar mano de obra, importantes extensiones se dedicaron a la ganadería; creció el consumo de la población campesina, incluso el de carne; la huida de la peste provocó una mayor movilidad social hacia las ciudades, y también concentró la propiedad, muchas tierras pasaron a un único heredero por la muerte de otros.

Sin embargo, todos esos cambios solo llegaron a mejorar momentáneamente la situación de las masas campesinas. En 1351, en Inglaterra se promulgó el primer “Estatuto de los obreros”, para establecer medidas draconianas contra los aumentos salariales. Ese mismo año, los franceses dictaron su Ordonnance; las Cortes de Castilla reunidas en Valladolid los regularon también; al año siguiente lo hicieron en Baviera y así en prácticamente toda Europa. Además, ya fuera para recuperar sus rentas o para financiar nuevas guerras, los monarcas impusieron nuevos impuestos que sublevaron a los campesinos. En 1358, en el norte de Francia se produjo la gran jacquerie, uno de los mayores levantamientos campesinos de la Europa medieval. En 1378, en Florencia los cardadores de lana (ciompi) tuvieron en sus manos la ciudad. En 1381, la rebelión estalló en Inglaterra. Durante el resto del siglo se produjeron levantamientos campesinos en “un fenómeno de amplitud continental que se extendió desde Dinamarca hasta Mallorca” (Perry Anderson. Transiciones de la antigüedad al feudalismo).

Las rebeliones fueron sofocadas, pero ya nada fue igual. El feudalismo, que ya había mostrado señales de agotamiento, aceleró su crisis, progresivamente fueron cambiando los equilibrios entre las clases, los campesinos tomaron conciencia de su fuerza, empezó a desaparecer la servidumbre, los burgueses de las ciudades se enriquecieron y se vieron capaces de emprender un camino diferente al de la nobleza. Se produjo un enorme cambio cultural, la experiencia de la muerte, vivida de forma tan masiva e inexplicable para la época, empezó a modificar la visión religiosa feudal y el hombre y su individualidad empezó a situarse en el centro, lo que con el tiempo se convertiría en el humanismo renacentista que propició un enorme salto en la cultura y en las artes.

 

La colonización de América

Con el caballo, la rueda, la pólvora y la cruz (desconocidos por los indígenas), los colonizadores portaban un arma mortífera: virus. “En toda América, las enfermedades introducidas por los europeos se propagaron de una tribu a otra mucho antes que los propios europeos, causando la muerte de aproximadamente el 95 por 100 de la población indígena americana precolombina” (Jared Diamond. Armas, gérmenes y aceros).

Hernán Cortes y Pizarro fueron audaces en las conquistas de México y Perú, pero ni las armas ni la astucia hubieran sido suficientes para que con tan pocos hombres y en tan poco tiempo los colonizadores se hubieran adueñado del territorio. La viruela fue el arma secreta. En 1520 un esclavo infectado en la Cuba española llegó a México y transmitió la enfermedad. Murieron casi la mitad de los aztecas, incluido el emperador Cuitláhuac. Se calcula que de los 20 millones de personas que vivían en México cuando llegaron los españoles, en 1618 apenas quedaban 1,6 millones. En la isla de La Española (la actual Haití y República Dominicana) vivían unos 8 millones a la llegada de Colón en 1492; en 1535 no quedaba ningún indio. Algo parecido sucedió en Perú. La viruela llegó en 1526, matando a gran parte de la población inca, incluido el emperador Huayna Cápac. Esto originó una grave crisis social y una guerra civil para su sucesión. Cuando Pizarro desembarcó en 1531 se encontró a los incas diezmados y divididos, y en esas condiciones supo aprovechar la coyuntura para conquistar el país. En 1540, Hernando del Soto fue el primer europeo que recorrió el sureste de Estados Unidos y se encontró con las ciudades indias abandonadas a consecuencia de epidemias que habían sido trasmitidas años antes por indios de la costa que se habían relacionado con españoles. Los virus llegaron antes que los colonizadores.

Procesos parecidos ocurrieron en Sudáfrica, Australia, Canadá, Hawai, etc. Los virus facilitaron la expansión imperialista, aunque también la retrasaron en las zonas tropicales en las que los europeos no estaban preparados para resistir enfermedades de la zona, como la malaria o la fiebre amarilla.

Ni la peste negra acabó con el feudalismo, ni las epidemias que diezmaron a las poblaciones indígenas explican que el continente americano se incorporara al mercado mundial. Los procesos históricos son mucho más complejos y, sobre todo, necesitan de la intervención de los humanos para tomar una determinada dirección. Estos ejemplos, y otros, modificaron y aceleraron procesos sociales y, por lo tanto, hay que tenerlos en cuenta para las perspectivas actuales.

 

¿Qué surgirá de esta crisis?

Si hay un denominador común, sea cual sea la tendencia política o escuela de pensamiento, es el reconocimiento de que nada será igual. El debate empieza a partir de lo que se quiere o pretende construir. Si nada será igual no hay que reconstruir un pasado que nos ha llevado hasta aquí, sino transformar la sociedad, revolucionarla, para cambiarla en profundidad. El pensador italiano Paolo Flores d’Arcais considera que “esto implica poner en discusión privilegios, pero una revolución es el mínimo indispensable para decir que el futuro no será dramático”.

Sin embargo, habrá que salvar la distancia entre la gravedad de la crisis y el nivel de conciencia y organización de las clases populares. Con la excepción del Reino de España y Portugal, en toda Europa son las derechas quienes gobiernan, y en muchos países las tendencias de extrema derecha están en ascenso y el empobrecimiento de las clases medias puede ser un caldo de cultivo para el racismo, la xenofobia y las propuestas autoritarias. Las izquierdas, los sindicatos y el asociacionismo popular se encuentran en un momento bajo y sin proyectos unitarios y transformadores, pero esta crisis podría cambiarlo todo, porque cuando hay que enfrentarse a una emergencia sin comparación histórica, se entra con las ideas y experiencias del pasado y la realidad obliga a enfrentarse a retos impensados.

Lo que surgirá después de esta crisis dependerá de la capacidad de movilización y de los objetivos que se planteen. Los capitalistas y los gobernantes, incluso aunque tengan que hacer concesiones, querrán reconstruir el sistema adaptándolo a las nuevas circunstancias, y probablemente reforzando sus aspectos antidemocráticos. La idea de que el sistema podría colapsar por sí mismo no tiene base: el capitalismo ha demostrado suficientes veces su capacidad de adaptación (y aunque “colapsara”, sin una alternativa de izquierdas, sería un paso más hacia la barbarie). El objetivo de las clases trabajadoras debería ser el de transformar la sociedad, cambiar las relaciones sociales y de producción como el medio para mejorar las condiciones de vida, de salud y del planeta. La mayoría de esos objetivos empiezan a estar definidos por la experiencia de estas semanas de crisis y confinamiento. En Sin Permiso ya se han avanzado algunas medidas.

La combinación de medidas urgentes para responder a la crisis con propuestas transformadoras, de cambio social y político, es lo que permite establecer una continuidad entre las dificultades de hoy y la sociedad que queremos. Una sociedad en la que vuelva a ser prioritario lo público, lo que garantiza derechos para todas y todos, desde la sanidad hasta los servicios sociales y la atención a los mayores. Pero también en ámbitos como el financiero: una banca pública para gestionar el servicio a empresas, autónomos, trabajadores. ¿Por qué el dinero público que se está utilizando tiene que pasar por la banca privada? Otro ejemplo: los gobiernos hablan de que probablemente se verán obligados a nacionalizar empresas o sectores productivos. Piensan en salvar sus negocios, pero es también un reconocimiento del fracaso del modelo neoliberal existente. La eficacia tiene que estar en todos los ámbitos ligada al interés público, no al beneficio privado, tanto en la inversión empresarial como en el de la investigación, la cultura, la ciencia y las artes.

Para no repetir los errores de 2008, las medidas contra la desigualdad deben ser prioritarias. Hay que ser audaces, las viejas recetas ya no sirven. Hasta el Financial Times tiene que reconocer que “redistribuir volverá a estar en la agenda y habrá que cuestionar los privilegios […] En este paquete deberán figurar políticas hasta ayer consideradas excentricidades como la renta básica universal y el impuesto al patrimonio”. La lucha contra la desigualdad no es para repartir la miseria sino para un reparto más justo de la riqueza. Como dice Flores d’Arcais, “si tenemos tecnología para detectar los contagios, la hay para detectar las riquezas”. En estas circunstancias, audacia significa ir a la raíz de los problemas, tomar medidas contra los que más tienen.

La globalización capitalista está cuestionada, pero no se trata de volver atrás, de encerrarse, sino de dar un salto adelante en el internacionalismo y en la cooperación. Se echa en falta la coordinación entre las izquierdas a nivel europeo e internacional para compartir ideas, para establecer propuestas, para ofrecer a la población trabajadora una perspectiva internacional, completamente necesaria para responder a esta crisis que afecta a todo el mundo.

La nueva situación no ha hecho desaparecer los problemas políticos que arrastrábamos: crisis de la Monarquía, rebelión catalana, ley Mordaza, etc. El estado de alarma nos ha inquietado más por los intentos de controlar a la población con la excusa de combatir el coronavirus. El confinamiento nos ha enseñado la necesidad de participar más en las decisiones, de ser más dueños de nuestras propias vidas, y eso quiere decir tener más derechos y ejercer más las libertades. Si reconocemos que lo público debe ser más importante, la res pública (la república) debería formar parte de nuestros objetivos de cambio, que no es solo un cambio en la forma de gobierno, sino también que sean más cercanos quienes gobiernen. El estado de alarma ha demostrado que la centralización de las decisiones en pocas manos ni es democrático ni es efectivo. Una república supone más y mejores derechos, la participación y decisión de todos los territorios y los ayuntamientos (arrinconados por las leyes del Estado) y, sin ninguna duda, la democracia es también el derecho de los pueblos a la autodeterminación. Como lo es la continuidad de la lucha por la emancipación de las mujeres, por el ejercicio pleno de los derechos y la igualdad, especialmente en lo que se refiere al combate contra la violencia de género.

La gravedad de la crisis económica y social obligará a repensar el funcionamiento de la sociedad y el Estado. Frente a la anarquía y competencia del capitalismo se necesitaría una planificación económica ante el desbarajuste que se avecina. Será imprescindible decidir qué sectores son más necesarios y cuales superfluos, dónde invertir, etc. Y para que sea una planificación democrática y no decidida por unos pocos, habrá que contar con la participación y el control de los sindicatos y las asociaciones vecinales y de consumidores. Empoderar a las organizaciones sociales para acordar, pero también para controlar a quienes gobiernan será imprescindible para situar a las personas en el centro de las decisiones. Durante estas semanas hemos visto en muchas ciudades la capacidad de autoorganización para hacer efectiva la solidaridad y la ayuda mutua. Estos organismos embrionarios son un fantástico ejemplo de la capacidad de la gente para responder a los problemas, una experiencia que debería continuar y no limitarse al periodo de confinamiento.

Las ciudades sin apenas vehículos, muchísimo más limpias de contaminación, nos han permitido tener una visión diferente de lo que podría ser una vida mejor. “Salvar el planeta” exige tomar medidas radicales que recorten las emisiones de CO2, recuperar las ciudades para sus habitantes y compensar las enormes aglomeraciones humanas con medidas urgentes de apoyo al Reino de España vaciado. Eso exigiría inversiones para transporte público, estudios para cambios de hábitos y horarios, etc.

Todo esto no es un sueño ni una utopía surgida del confinamiento, sino expresiones concretas y objetivas de las necesidades aparecidas durante estas semanas y, sobre todo, de proyección de futuro. Compartir experiencias y propuestas desde diferentes posiciones, ámbitos y territorios es lo que puede permitir que se defina una reconstrucción posible y alternativa. ¿Y quién podría poner en marcha todo este plan? La pregunta plantea el problema de quién tiene el poder y de las fuerzas sociales y políticas que podrían ponerlo en marcha. No existe aún una respuesta, tendrá que ser un proceso de experiencias, confluencias, alianzas, etc. que permitan saber si son posibles mayorías que apuesten por un cambio social y democrático.

La catástrofe social que representan las epidemias nos obliga a reconocer las debilidades, a mirarnos al espejo como sociedad y reflexionar sobre la que queremos. Esta es una oportunidad para hacerlo en beneficio de la mayoría (y no de una minoría de privilegiados por el sistema social imperante). No hay que desaprovecharla. En La peste de Camus leemos: “Nuestros conciudadanos no eran más culpables que otros, se olvidaban de ser modestos, eso es todo, y pensaban que todavía todo era posible para ellos, lo cual daba por supuesto que las plagas eran imposibles. Continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones. ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas”. Porque saldremos de la pandemia del coronavirus, pero aún nos quedará pendiente liberarnos de la pandemia del capitalismo.

 

Nota:

1 Como la Iliada de Homero (que empieza con los soldados confinados por la peste en un campamento ante las murallas de Troya), Las guerras del Peloponeso de Tucídides (siglo V a C), la Torá, el Antiguo Testamento, el Decamerón de Bocaccio (1351), Diario del año de la peste de Daniel Defoe (1722), El último hombre de Mary Shelley (1826), La peste escarlata de Jack London (1912), La peste de Albert Camus (1947), Ensayo sobre la ceguera de José Saramago (1995).

 

es miembro del comité de redacción de Sin Permiso
Fuente:
www.sinpermiso.info, 26-4-20