Por qué antes éramos cutres y ahora casi guays: prólogo a una antología vasca de relatos breves (1960-2012)

Xabier Mendiguren Elizegi

29/06/2014

 

Desde la década de 1960, la narrativa vasca, hasta entonces encorsetada en motivos y técnicas costumbristas y de ideología conservadora, ha vivido un intenso proceso de modernización, tanto en lo tocante a la diversidad temática como a la pluralidad de enfoques estéticos y técnicas narrativas. La narrativa vasca actual, por ello, es una narrativa joven, por la brevedad del tiempo transcurrido desde que empezara a recorrer los caminos de la modernidad, pero también por el destacado papel que han tenido y tienen en ella los escritores y escritoras jóvenes. Recientemente, ha aparecido en lengua catalana, publicada por la también joven editorial Tigre de Paper, una antología de relatos inéditos, en que se recogen textos que van desde autores consolidados pero escasamente traducidos como Joseba Sarrionandia, Koldo Izagirre o Xabier Montoia hasta incipientes promesas como Uxue Apaolaza, Katixa Agirre o Eider Rodriguez. A modo de perspectiva general, histórica y actual, de las letras vascas recogemos la versión castellana del prólogo escrito por el editor, dramaturgo y novelista Xabier Mendiguren Elizegi. SP agradece tanto al autor como a la editorial la autorización para reproducirlo aquí.

1.

Ante una literatura que tiene en sus inicios astros como Llull, March y Martorell, y que nos ha dejado nombres como Rodoreda, Espriu, Pla o Calders, un euskaldun no puede evitar sentirse, en principio, algo cohibido. Sin embargo, las vergüenzas colectivas resultan tan ridículas y más molestas que los orgullos colectivos: cada quien arrostra su pasado, e intenta hacer avanzar lo mejor que puede la tradición que ha recibido.

Si observamos la historia de las letras vascas, y sobre todo si la comparamos con la de las lenguas vecinas, inevitablemente llegamos a la conclusión de que la nuestra es una literatura tardía en el tiempo, más bien pobre en frutos, y muy escorada hacia temas religiosos. Pero nada de todo ello se debe a características intrínsecas de nuestro pueblo y sí a circunstancias sociales e históricas muy concretas.

El poseer una lengua tipológicamente distinta y genéticamente aún no relacionada con ninguna otra, además de despertar el interés de lingüistas serios y amateurs de todo el mundo, hizo que su codificación escrita fuera menos fácil y natural que la de las lenguas neolatinas, que ya muestran su esplendor en la Edad Media. A ello hay que sumar otros factores, como son: el escaso número de hablantes, la fragmentación dialectal, la carencia de poder político propio, y el nulo interés de las élites locales por la lengua nacional, factores todos ellos que han durado hasta bien entrado el siglo XX, y cuya influencia no ha desaparecido todavía.

A pesar de ello, no hemos sido un pueblo ágrafo. El primer libro impreso en euskara data de 1545: Linguae Vasconum Primitiae, colección de poemas religiosos y amorosos escritos por el sacerdote Bernat Etxepare, de calidad más que notable, y que termina con un vehemente deseo, escrito en latín al igual que el título: Debile principium, melior fortuna sequatur. Es decir, que este débil principio sea seguido de mejor fortuna.

Lamentablemente, no puede afirmarse que el optimismo renacentista de Etxepare se viera confirmado por los hechos. Eran tiempos convulsos, en los que el Reino de Navarra fue definitivamente conquistado en su parte peninsular por el proyecto imperial español, y los restos que quedaron en la parte continental fueron también rápidamente engullidos por la monarquía francesa. Aquel Reino de Navarra, que era efectivamente un estado europeo independiente, no puede ser idealizado obviando que su cabeza y corte eran foráneos y que nunca mostró interés en usar la lengua de la gran mayorías de sus súbditos; sin embargo, tampoco podemos olvidar que el Renacimiento supuso en muchos lugares el cultivo de las distintas lenguas nacionales, y que la pérdida del estado nos alejó de dicha posibilidad; “de lo que pudo haber sido y no fue” como dice la canción.

Etxepare era natural de Donazaharre, junto a Donibane Garazi o Saint Jean Pied de Port (inicio del Camino de Santiago para peregrinos y andarines), en lo que nosotros llamamos Iparralde o Euskal Herria Norte y que es hoy parte del Departamento de los Pirineos Atlánticos de la República Francesa. Son también de la parte septentrional del país los grandes escritores de lo que hoy consideramos periodo clásico de nuestra literatura, como por ejemplo Leizarraga, ministro de la iglesia calvinista que tradujo por encargo de la reina Joana de Albret la Biblia al euskara en el siglo XVI, o Axular, sacerdote católico, autor en el siglo XVII de una excelente obra ascética titulada Gero (Después).

¿Por qué esta preponderancia de autores y libros religiosos?, podría preguntar el lector. Lo extraño o preocupante no es tanto la existencia de catecismos y obras piadosas, igualmente abundantes en todo el orbe católico al menos, sino la escasa presencia de otro tipo de obras, que se mantuvo inflexible hasta bien entrado el siglo XIX.

No podemos hacer culpable al pueblo llano, que era analfabeto en su mayor parte y que en las muestras de literatura oral que nos han llegado demuestra ser mucho más divertido e impío de lo que sus pastores habrían deseado. Tampoco conviene pensar que la iglesia católica tuviese especial devoción por la lengua vasca: los feligreses que debían instruir eran monolingües en su gran mayoría, y tales libros responden a la necesidad de catequizar al rebaño. Por ello no suele haber voluntad literaria, salvo excepciones, y la fragmentación dialectal no se corrige, ya que la lengua usada con tal propósito ha de ser próxima a la que emplean los propios fieles.

Sí podemos en cambio hacer responsables por dejación a las clases dirigentes del país, que, además de sentirse muy cómodas dentro de las estructuras del Imperio español, mostraron siempre el mayor de los desprecios a la lengua propia e impidieron la enseñanza y el cultivo de la misma. Otro tanto puede decirse de la burguesía vasca (y en esto, la diferencia respecto a la sociedad catalana es más que notable): en el imaginario popular vasco, el euskara ha sido siempre sinónimo de pobreza y atraso, y por tanto quien ascendía en la escala social abandonaba casi automáticamente la lengua del país (o la usaba únicamente para hablar con el servicio, si no había más remedio). Ese ha sido el comportamiento constante de nuestra aristocracia, también (con muy pocas salvedades) el de nuestra burguesía cuando esta clase social empieza a tener importancia, y ese ha sido el espejo en que se han mirado las clases populares. Si a esto unimos la marginación, prohibición y castigo que ha sufrido nuestra lengua en cualquier ámbito público (administración, medios de comunicación, educación…), y la asimilación y colonización fomentadas desde los estados, no es difícil entender la situación de minorización que sufre el euskara tanto en el Estado español como en el francés.

Desde mediados y sobre todo a finales del siglo XIX, paralelamente a la Renaixença catalana, se da también un movimiento de revitalización del pueblo vasco y su cultura, aunque con rasgos contradictorios: en lo político, Sabino Arana funda el Partido Nacionalista Vasco; esto resulta un hito en el camino de la emancipación nacional, pero su praxis lingüística es casi exclusivamente castellana, en consonancia con el entorno castellanizado en que nace el movimiento (la definición de vasco es racial en un primer momento; el basamento argumental pasa a ser histórico muy rápidamente, pero hay que esperar hasta mediados del siglo XX para que Txillardegi, renovador de la literatura vasca y fundador de ETA, ponga el acento en la lengua como piedra angular de la construcción nacional). En lo cultural, se da un gran impulso a los estudios vascos (etnografía, folklore, arqueología, etc.), pero en todos esos campos lo vasco es el objeto a tratar, mientras el castellano o el francés son las lenguas en que se escriben artículos y se imparten conferencias. También nacen diversas publicaciones, mas el euskara recibe en las mismas un tratamiento diglósico en el mejor de los casos.

Este contradictorio movimiento, denominado entre nosotros Pizkundea (Renacimiento, y también Resurrección), es el que permite un tímido renacer de las letras vascas: los Juegos Florales hacen que surja un plantel de poetas (artesanos, sacerdotes con sensibilidad artística, profesionales liberales más apegados al pueblo); los poetas improvisadores orales (bertsolariak) reciben por primera vez la atención del público docto; la narrativa no se desarrolla con la misma fuerza, pero empiezan a escribirse las primeras novelas, de ideología conservadora y técnica costumbrista, pero que permiten la formación de las condiciones necesaria para todo sistema literario: un lenguaje dúctil, un público mínimamente versado, publicaciones que puedan servir de canal… También se crea la Academia de la Lengua Vasca Euskaltzaindia en 1919, aunque el proceso de unificación del euskara escrito habría de esperar hasta los años 60. Sin embargo, todos estos modestos avances fueron cortados de raíz por la guadaña fascista en 1936.

Quiero pedir disculpas al lector por la extensión que está adquiriendo ya este prólogo, que pretende ofrecer información y contexto a quien desconozca la historia del pueblo vasco y su literatura, pero que todavía no ha mencionado el género objeto de la presente antología: allá vamos.

2.

El cuento tal y como hoy lo entendemos, una pieza narrativa breve escrita con ánimo literario, puede decirse que nace en el siglo XIX, de la mano, principalmente, de dos grandes genios, que son a su vez quienes marcan las dos grandes líneas que ha seguido el género: Edgar Allan Poe sería el iniciador del cuento fantástico, y Anton Chejov el del cuento realista.

Los inicios del cuento moderno en euskara son más tardíos. Entre los siglos XIX y XX, el cuento es visto, ante todo, como relato folklóriko o mitológico a recoger y preservar antes de que ese acervo se perdiese; al mismo tiempo, las diversas revistas y periódicos del país publican relatos breves de carácter generalmente humorístico y sin mayores pretensiones literarias.

En las leyendas románticas de entresiglos pueden encontrarse rasgos góticos de Poe, y en las páginas de humor fácil de las revistas hay a veces cuentos que trascienden el costumbrismo para acercarse a ese patetismo propio de Chejov. Pero debemos esperar hasta los años 60 para leer, de manera más sistemática, las primeras muestras de cuento moderno. En esta antología hay sendas narraciones de Txomin Peillen y Jon Mirande de aquella época: ambos parisinos, nacidos en familias emigrantes de Euskal Herria Norte. Otro antecesor reseñable fue Martin Ugalde (1921-2004), que a la sazón vivía exiliado en Venezuela y que recoge la influencia de la narrativa breve latinoamericana. Creo que no es casualidad que todos ellos vivieran lejos del país.

Los pioneros se van sucediendo: Gabriel Aresti (1933-1975), Anjel Lertxundi (1948)…, pero el gran desarrollo del género se da entre nosotros a partir de los años 80. Son múltiples los factores que explican este boom; citemos algunos de ellos: la creación de revistas literarias, impulsadas por jóvenes deseosos de escribir, constituye un ámbito perfecto para la publicación de relatos breves y para la experimentación; los nuevos ayuntamientos democráticos, en un afán voluntarista y no muy imaginativo de fomentar la cultura, crearon una ristra de premios literarios, sobre todo de relato breve; la nueva generación literaria que se estrena tiene mejor conocimiento de la literatura que se hace en el mundo y mayor estimación por el cuento, que por su brevedad es, junto a la poesía, el género más adecuado y socorrido para quien empieza a escribir; otro tanto puede decirse de la nueva generación de lectores que se incorpora de manera paralela; en ambos casos, es de vital importancia que el euskara escrito unificado es ya un código común que facilita las cosas y no tiene ya vuelta atrás.

Esta eclosión de los 80 tiene dos principales protagonistas, que destacan claramente por tener una producción considerable, por la calidad indiscutible de la misma, y por la tremenda influencia que ejercieron sobre sus coetáneos y quienes les sucedieron. Se trata de Bernardo Atxaga (1951), que no está presente en este volumen por las razones que expone su antólogo, y de Joseba Sarrionandia, autor que destaca en sus primeras obras por su esteticismo, tanto en las referencias literarias como en el lenguaje absolutamente personal y nuevo que emplea (algo que solo pudieron sentir los lectores euskaldunes de hace 30 años, pues con posterioridad sus hallazgos lingüísticos pasaron al patrimonio común).

No son dos sino muchos más los escritores de cuentos de esa generación (los nacidos en los 50), quienes crearon un corpus narrativo que dio una especie de normalidad a una literatura que la necesitaba. En esta antología están presentes, con indiscutible mérito, otros dos escritores nacidos en la misma década: Koldo Izagirre y Xabier Montoia. Izagirre ha sido el gran renovador y experimentador de la literatura vasca, sobre todo en poesía, siempre desde la vanguardia estética y desde posturas de contestación social. Montoia, poeta y músico en los 80, inició posteriormente una carrera narrativa que entronca en la tradición realista de los autores de cuentos norteamericanos (Ford, Munro, etc.), tendencia en la que ha sido un abanderado seguido por muchos otros autores.

La siguiente generación de escritores ha sido llamada entre nosotros la Generación del Pelotón (en su acepción ciclista, no la de fusilamiento). La que no ha participado del prestigio de los grandes escritores que protagonizaron la renovación literaria de los primeros 80, ni tampoco de la gloria de los autores más jóvenes que han recibido premios, han sido traducidos y se han ganado además el favor del público, como Kirmen Uribe (1970), Unai Elorriaga (1971) o Harkaitz Cano (este último presente en la antología). Esa generación encajonada, haya sido o no suficientemente reconocida, ha dado un número importante de escritores y obras, y está representada en este libro por Patxi Zubizarreta, gran autor de literatura infantil y juvenil, y por Iban Zaldua, sin duda el mayor practicante y defensor del género, no solo de este grupo generacional sino de toda la literatura vasca.

Dejo para el final los escritores más jóvenes de la antología, nacidos entre 1970 y 1981, y que suponen en mi opinión la aportación más interesante de la misma, en cuanto que son autores menos conocidos y su obra sigue en continua evolución y crecimiento. No voy a tratar de encontrar rasgos generacionales que los aúnen, pues cada escritor trata de ser único y personal. Quiero señalar, sin embargo, que en este grupo de cinco, cuatro (Karmele Jaio, Eider Rodriguez, Katixa Agirre y Uxue Apaolaza) son escritoras, mientras que entre los autores anteriores no había ninguna; y es que a los rasgos de tardía, pobre y religiosa, habría que añadir que nuestra literatura ha sido absolutamente masculina y androcéntrica. Parece que por fin todas estas taras tocan ya a su fin.

Para terminar, unas palabras sobre esta selección de cuentos. Cada antólogo es libre de escoger, según criterios y caprichos propios, aquellos cuentos y autores que le parezcan más apropiados, y es él quien responde de sus decisiones ante autores y lectores. Por mi parte solo diré que esta es una antología distinta, que no sigue el dictado de otras que se han hecho previamente, y que por lo tanto es, cuando menos, más original y seguramente más personal y libre. Daniel Escribano conoce muy de cerca la literatura vasca, sus obras y autores, y ofrece al público catalán una muestra variada e interesante de cuentos que se han escrito en los últimos 50 años, con diversidad de temas, técnicas y enfoques. Espero que el lector disfrute tanto como yo de su lectura, y que estas páginas de presentación sirvan para su mejor comprensión.

Xabier Mendiguren Elizegi es editor, novelista y dramaturgo

 

Fuente:
http://www.tigredepaper.cat/wordpress/2014/05/27/pomes-perdudes-antologia-de-narrativa-basca-moderna/
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