Unión Europea: Declive acelerado

Wolfgang Streeck

28/03/2021

La primavera está en el aire, y Bruselas debería estar zumbando de actividad. ¿Se acuerdan de la Next Generation EU (NGEU, para resumir), de von der Leyen, el ‘fondo de recuperación’ de 750.000 millones de euros pedido prestado a los poseedores de capital y dividido de acuerdo con una fórmula incomprensible entre todos los estados miembros, los 27? Eso se acordó en julio del año pasado y se podría haber pensado que la UE andaría hoy vendiendo deuda a sus bancos favoritos. Estos venderían luego la deuda al Banco Central Europeo con substanciosos beneficios, haciendo felices a sus accionistas a la vez que se alimentaba la facilitación cuantitativa, manteniendo así elevados los activos y aumentando aún más la felicidad de sus accionistas (‘estabilizar los mercados financieros’ es el término políticamente correcto). Bueno, no somos banqueros, y en cualquier caso, ¿no son ésos asuntos sensibles que es mejor tratar detrás de puertas cerradas?

Pero, un momento. A estas alturas, ¿no tendríamos que haber oído ya algo de varios al menos de los 27 parlamentos nacionales impartiendo las bendiciones exigidas al programa de producción monetaria de la Next Generation en los Tratados de la Vieja Generación? Y sobre todo, ¿no deberíamos estar observando cómo va armando cada país los proyectos que financiarán los dineros de la Next Generation? Bajo la NGEU, estos han de presentarse ante la Comisión, que controlará, así se nos dijo, que se gasten bien los dineros, no para el consumo sino para la inversión, y para inversiones adicionales por lo que a eso respecta, en lugar de utilizarse, por ejemplo, para beneficios fiscales. La idea era que el dinero debería gastarse para cosas relacionadas con el coronavirus, a la vez que se hace a cada país más ‘competitivo’, sea lo que quiera que signifique esto, para cuando tenga que devolverse (supuestamente a finales de 2028). Hasta la fecha, sólo hemos oído de Italia, principal beneficiaria, destinada a recibir 209.000 millones de euros (seguida de los 140.000 millones de euros para España), donde el dinero para el coronavirus llevó a la disolución del gobierno de Conte, que fue incapaz de reunir apoyo interno suficiente para su cartera en desarrollo de proyectos. Su lugar lo ocupó una coalición de casi todos los partidos bajo el indispensable Mario Draghi, que pasó inmediatamente la planificación de la recuperación nacional a [la multinacional de consultoría] McKinsey, es de suponer que por una substanciosa tarifa, de manera que todo quede en la familia financiera global. No hemos oído tampoco quiénes son los que se sentarán en Bruselas en esos comités que se supone han de decidir qué proyectos de los estados miembros vale la pena financiar.

Como hemos dicho, no necesitamos saberlo todo, y la UE, Next Generation incluida, no se concibió nunca para ser una democracia. Mientras tanto, podemos ocuparnos en contemplar las estadísticas de vacunación de la Unión. Para mediados de marzo, parecían extrañamente semejantes a lo que parecían a mediados de febrero: Alemania, un 7,4 %, de un 5 %; Italia, 7.5%, de un 4.9%, Francia, un 6.8%, de un 4.3%, y España, un 8.1%, de un 5.2%. Por comparación, el Reino Unido había pasado de 23% al 35%, y los EE.UU., del 15.9 % al 20 %, mientras que Israel había vacunado ya a más de la mitad de su población, casi al 60 %. Hasta en Alemania, donde los críticos del gobierno y la UE corren el riesgo de verse acusados de simpatizar con la Alternative für Deutschland, la gente compara ahora con envidia las tasas de vacunación en la UE con las del Reino Unido post-Brexit y hasta con las de los EE.UU.

En otros sitios se está agotando la paciencia. Dinamarca y Austria están creando una empresa conjunta con Israel para aprender cómo conseguir y dispensar vacunas. Italia impuso una prohibición a la exportación de las vacunas AstraZeneca a punto de ser enviadas a Australia, sólo para que los librecambistas alemanes le dijeran que debe ceñirse a los acuerdos comerciales de la UE. El presidente francés pide ahora ‘solidaridad europea’, a la vez que se niega a utilizar la vacuna sueco-británica AstraZeneca. En esto se le unió Merkel, que dijo a los alemanes que, a los 66 años de edad, nunca se pondría la AstraZeneca, pues sólo hace efecto en personas por debajo de los 65 años: ¿espera a Sanofi? AstraZeneca anunció más tarde que recortaría a la mitad los envíos a Alemania debido a las ‘restricciones a la exportación’, después de que Biden – en teoría el benevolente presidente del ‘Norteamérica después’ – hizo saber que no habrá exportación de vacunas de los EE.UU. hasta que estén inmunizados todos los norteamericanos.

Presumiblemente como represalia, Alemania y varios estados miembros más suspendieron por completo de momento el uso de la AstraZeneca, mientras Hungría y otros están a punto de adquirir vacunas de Rusia y China. Viktor Orbán, potencial hombre fuerte húngaro, parece haber desistido del todo ante Bruselas y busca cerrar filas con su alma gemela, Vladimir Putin. Austria y otros cuatro estados miembros están exigiendo una investigación sobre lo que consideran un ‘zoco de vacunas’ en Bruselas, pero los contratos con los productores de las vacunas son secretos. En algún momento, alguien pondrá cifras a las muertes provocadas por la Gran Ralentización de la Vacunación. Hasta entonces, la UE insiste en que sus miembros mantengan abiertas sus fronteras mutuas allí incluso donde las tasas de contagio local en zonas fronterizas difieren de forma drástica.

Ha habido algunas buenas noticias, pero no para la UE. La democracia vuelve al lugar al que pertenece, en el sentido de que los políticos nacionales están aprendiendo que el virus es demasiado importante como para dejárselo a los virólogos. Están aprendiendo también que no pueden simplemente encerrar a sus votantes todo el tiempo que recomienden los virólogos: más tiempo, se tiene la impresión, que la esperanza de vida que le queda a unas cuantas personas. Merkel – que en un momento dado parece haber caído en manos de una banda de fanáticos de la Covid Cero, formada por virólogos, físicos teóricos y profesores de filosofía – llevó a cabo uno de sus inimitables giros en redondo, permitiendo que se relajaran las restricciones pese a una ‘tasa de incidencia de siete días’ en ascenso, lo que probablemente tendrá como resultado más pruebas, y frente a esta bestia feroz que los alemanes llaman ‘la mutación británica’. Por supuesto, está por ver que los gobiernos sean capaces de idear y aplicar las medidas más exigentes fijadas como objetivos para mantener el virus bajo control en una sociedad urbana compleja; ahora mismo, bajo el hechizo de Bruselas, no pueden siquiera organizar una campaña de vacunación.

Aparte de eso, las noticias son malas. Vaya aquí una pequeña selección. La próxima oleada de migrantes está esperando a hacerse a la mar, y la UE no ha hecho los deberes durante el invierno para prepararse. La clase política alemana se muestra entusiasmada con que Biden mantenga a las tropas norteamericanas en Afganistán; así, Alemania puede mantener allí también a sus tropas, esperando que mientras los talibán no ocupen formalmente el poder, haya menos refugiados afganos que lleguen a Europa, es decir, a Alemania. Ofrecerle un aumento del gasto de armamento a Biden, el 2% del PIB, resultará un poco más fácil, considerando los niveles reducidos conjuntos del PIB post-coronavirus. Al mismo tiempo, Biden desea una mayor hostilidad hacia Rusia y más apoyo a Ucrania; por consiguiente, Rusia parece haber abandonado la esperanza de que las sanciones norteamericanas y europeas vayan a levantarse alguna vez, volviéndose a su vez más hostil. Esto no es buena cosa, sobre todo, para Alemania, que, de llegarse a lo peor, no sólo pondría las tropas de infantería sino también los blancos de los misiles nucleares rusos.

Y acercándose por el trasfondo tenemos el Nord Stream 2, el gasoducto que discurre entre Rusia y Alemania a través del Mar Báltico. Lo detestan enérgicamente los EE.UU., que tienen la esperanza de vender gas líquido a Alemania, y Francia, que tiene la esperanza de vender a Alemania electricidad de origen nuclear, amén de que lo odien Polonia y, por supuesto, Ucrania. Todo lo que puede esperar Merkel es que sus amigos, incluida von der Leyen, no le rompan el espinazo a su gasoducto, y pongan así en riesgo su ‘giro energético’ hasta después de su jubilación este otoño. Súmense a esto los fanáticos anti-Brexit de Bruselas y París, dispuestos a perder el tiempo con la frontera irlandesa, y, sí, puede que no quede tan lejos algún tipo de derrumbe como se podría haber pensado hace un año.

 

 

sociólogo crítico, fue profesor en las universidades de Münster y Wisconsin-Madison, y director del Instituto Max Planck, y es uno de los contradictores más agudos y minuciosos del capitalismo contemporáneo y la Unión Europea.
Fuente:
Sidecar, NLR, 18 de marzo de 2021
Traducción:
Lucas Antón