Dios es mortal. Otro panegírico para Steve Jobs (1955-2011)

Georg Seeßlen

16/10/2011

 

 

Steve Jobs ha muerto. El fallecimiento del presidente ejecutivo de Apple alimenta el mito. Cómo se gesta un icono popular o el Santo de los Últimos Días del capitalismo.

Autores como Joseph Vogl o Giorgio Agamben describen cómo la economía se desarrolló a partir de la teología no sólo como ideología del capitalismo, con el mercado como metáfora de la naturaleza humana y la "mano invisible" como instrumento vicarial que todo lo controla, sobre todo los impulsos negativos ("avaricia", "competición", "materialismo"), conduciéndolo a resultados positivos. Parece que este fantasma ha recibido un duro revés con la crisis financiera y de deuda. A la vez, esta carga religiosa del capitalismo se ha fragmentado en pequeñas narrativas. En televisión se vende como destino, soap opera o rating-show. Ahora el mundo celebra la despedida de Steve Jobs como un acto religioso concerniente a un hombre que fue "algo más que un empresario de éxito".

Una forma mítica que vuelve a reunir todo lo que la crisis había roto en pedazos. La promesa de curación del neoliberalismo no se cumple necesariamente en el mercado y en el mundo, sino en forma de mercancías, de diseño y de personas como Steve Jobs. Que ahora está en los cielos.

La máquina en el capitalismo industrial y luego, bajo otras condiciones, en la época digital, tiene cuatro señores que son, a la vez, su siervos (es muy posible que se trate de una mujer, incluso cuando se trata claros derivados patriarcales): el inventor (quien parece haber encontrado la solución a un problema), el propietario (que aporta la creación de plusvalía), los ingenieros (que saben cómo tratar con la máquina y garantizar su funcionamiento mediante su trabajo simbiótico) y el vendedor (que le proporciona estética y genera sentido, ilustrando el producto en imágenes y narrativas, propagándolo de un modo u otro).

En la prehistoria del capitalismo o su época fundacional los cuatro roles –cuyos estímulos económicos y técnicos están tan desarrollados como los religiosos y sexuales– se reúnen en una misma persona. Quien dominaba así una máquina, hace un siglo y medio, pasaba por una "divinidad". Más tarde dos de estos roles pasaron a reunirse en una misma persona –el inventor que también es propietario de su máquina, o el propietario que, como ingeniero, se ocupa de cada tornillo de su máquina– para conformar las grandes narrativas del capitalismo.

El mito de San Steve

Pero, en lo esencial, la conexión entre máquina, capital, técnica, mercado y progreso funciona hoy con una división con la que además desaparece la responsabilidad: inventor, propietario, ingeniero y vendedor tienen así otra relación con sus máquinas. No nos sorprenda que se venda una ficticia máquina milagrera como una máquina de placer, se maneje como una máquina ordenadora y finalmente genere beneficio como máquina destructora. La división entre inventor, propietario, ingeniero y vendedor destruye el mito heroico del fundador prometeico, que arrebata a la naturaleza el poder y la riqueza para domarlas y ponerlas a producir en su máquina. Pero acelera de manera sorprendente los circuitos de innovación tecnológica,  beneficio, consumo y praxis social. De vez en cuando el mito debe volver a adquirir unidad, una persona es escenificada y se escenifica como inventor, como propietario, como ingeniero y como vendedor, todo en una misma persona. Steve Jobs era una persona así: en vida con un método especial para la dirección empresarial y la manipulación del mercado; póstumamente como "icono", "gurú", "faro", "Miguel Ángel del siglo XXI", "mesías" o "liberador" del capitalismo digital, por citar algunos de los obituarios más sobrios.

Toda leyenda de santidad cuenta con varios elementos: predestinación, doctrina, adquisición de prosélitos, milagro/redención, prueba/traición, logro, pasión, muerte y resurrección, el legado, la comunidad. No sorprende el animado celo con que los medios de comunicación cultivan el mito de San Steve. Pero todo esto revela muy poco sobre Steve Jobs. Unos cuantos años o unos cuantos meses y comenzarán a oírse las voces críticas y en su monumento, antes o después, alguien –así está escrito en las leyes de los medios de comunicación– echará una meada. Entonces se recordará que Apple, durante una época el mejor valor del mercado (153'29 mil millones de dólares) debe su crecimiento a una filosofía empresarial que no hizo demasiado caso a la protección del medio ambiente ni a los derechos laborales y humanos, al trato justo a los competidores y, en último lugar, la honestidad hacia los clientes. El mesianismo de su persona y de sus mercancías lo desplegó Jobs a conciencia en sus spots publicitarios, donde los productos de la competencia eran mostrados como paradigma del mal y el estado de vigilancia orwelliano, mientras los productos claros de Apple aparecían como objetos de la resistencia.

La manufactura de Apple tiene lugar en gran parte en Asia en la taiwanesa Foxconn, famosa por sus inhumanas condiciones de trabajo: 18 suicidios de trabajadores emigrados en un año bastan como prueba. En el 2003 se presentó una demanda conjunta contra Apple, denunciando la corta duración de las baterías de la compañía como una muestra de injusta "obsolescencia planificada". A la crítica de Greenpeace Jobs reaccionó con la campaña "A greener Apple", que debía de reducir el uso de materiales tóxicos en la fabricación de sus computadoras. Greenpleace sigue acusando a Apple de no ser un ejemplo en el campo de la protección medioambiental.

La Iglesia Apple

La pérdida de valor de unas acciones de los trabajadores de Apple emitidas con una fecha falsa condujo finalmente en el 2006 a la dimisión del director del departamento de finanzas de la empresa, Steve Jobs aseguró que no sabía qué enorme beneficio le comportaba a él personalmente esta práctica ilegal. Nos gustaría creerle. Por otra parte, en alguna ocasión admitió abiertamente que, ocasionalmente, había robado a otros: como para su sistema operativo controlado por ratón. Si se hubiera comportado más humanamente en este negocio, hoy sería otro quien se habría llevado, al menos, unos cuantos millones. La prueba de que sólo los diletantes imitan, mientras que los verdaderos genios roban.

La canonización de Steve Jobs nos revela algo sobre el estado de las sociedades en que poseer un aparato de Apple sustituye con frecuencia la personalidad y en las que en las que, en la gran narración del capitalismo y el progreso, sólo puede equipararse a una estrella del pop u otra variante sectaria. ¿Y ahora qué? Obviamente, se anticipa que la Iglesia Apple atravesará una mala racha, y también que la obra redentora de Steve Jobs se demostrará como una ilusión. La piedra sobre la que se ha construido esta iglesia es quebradiza y puede romperse. Puede que incluso sea de arena. Y lo mesiánico se transforma rápido en apocalíptico: "Ahora debemos de temer por el futuro de los accionarios y los trabajadores... [quienes] han de dirigir una empresa que funcionaba como una secta y estaba cortada por el patrón de su carismático jefe ", escribe el Süddeutsche Zeitung.

Porque ahora se viene abajo de nuevo la unidad mítica, la troika del ingeniero, el vendedor y el diseñador tendrán que luchar por el poder mientras propietarios y accionistas tendrán que perderse en la bruma del capitalismo financiero. Pero a un sueño así no se lo deja escapar tan fácilmente. Como legado literario de Steve Jobs quedará, citado hasta el aburrimiento, en un loop infinito, su discurso ante los estudiantes de Stanford en el año 2005: "Vuestro tiempo está limitado, no lo desaprovechéis. No caigáis en la trampa de los dogmas. No dejéis que la opinión de los otros ahogue vuestra propia voz interior. Lo más importante es que tengáis el coraje de seguir vuestro corazón y vuestra intuición. Todo lo demás es circunstancial."

Quien aquí habla fue probablemente en realidad algo así como el principito del capitalismo digital. Y así lo muestran también las imágenes: la manzana es su planeta y Jobs está sobre ella siempre presente, como silueta, como figura trazada "a dentelladas", en su propia órbita: el príncipe que hizo la técnica humana y el capitalismo stylish.

Y el libro de cuentos de hadas se cerró de golpe.

 Georg Seeßlen es un reconocido crítico cultural alemán.

Traducción para www.sinpermiso.info: Àngel Ferrero


Fuente:
Freitag, 15 de octubre de 2011