Reino Unido: Sale Starmer, entra Burnham. ¿Qué puede cambiar en el laborismo? Dossier

Jon Trickett

Richard Johnson

Tom Blackburn

27/06/2026

El Partido Laborista necesita algo más que un nuevo líder

Jon Trickett

 

La victoria de Andy Burnham en Makerfield [la circunscripción electoral que le ha permitido acceder a la Cámara de los Comunes y optar así a convertirse en líder del laborismo] ha transmitido un mensaje contundente por parte de unas comunidades de las que se habla a menudo, pero cuyas voces rara vez se escuchan. La cuestión estriba hoy en saber si quienes están en el poder están dispuestos a escuchar.

Al fin y al cabo, no se trata de una victoria por un estrecho margen. El Partido Laborista ha derrotado de forma contundente a Reform UK en una circunscripción del norte en la que este partido había arrasado en las elecciones locales de mayo. Aún más llamativo es que los partidos situados a la derecha del Partido Laborista, sumados incluso todos ellos, no lograran igualar los votos de Burnham.

Esto nos transmite algo importante. Cuando el Partido Laborista presenta candidatos que están genuinamente arraigados en la vida de las comunidades a las que pretenden representar, que hablan el lenguaje de la clase trabajadora sin condescendencia, entonces es posible frenar el avance de Farage.

Andy Burnham debería tomarse un momento para asimilar lo que ocurrió anoche. Pero sólo un momento. Lo que venga a continuación determinará el futuro del país.

Para el primer ministro, el mensaje debería resultar algo imposible de ignorar. Tras la derrota de nuestro partido en las elecciones parciales de Gorton y Denton en febrero, sostuve que Keir Starmer debía establecer un calendario para su salida. Si no lo hace ahora, se enfrentará a la indignidad de ser destituido de su cargo por el Consejo de Ministros y el Grupo Parlamentario Laborista.

Es muy probable que asistamos ahora a una contienda por el liderazgo. Eso no tiene por qué suponer una crisis. Si se lleva a cabo adecuadamente, podría convertirse en un auténtico momento de renovación democrática para el partido. Todas las corrientes importantes de opinión del Partido Laborista merecen tener voz. El diálogo que el Partido Laborista necesita no puede tener lugar mientras siga cerniéndose sobre él la sombra del control obsesivo, el centralismo burocrático y el faccionalismo que han caracterizado a la era Starmer-McSweeney.

La causa del Partido Laborista

Esto nos lleva a la cuestión de qué constituye el Partido Laborista y, lo que es más importante, a quién sirve.

Existen, a grandes rasgos, tres tradiciones dentro de nuestro partido. Por un lado, están los socialistas, que siempre han defendido que no se puede construir una sociedad digna sobre cimientos capitalistas. Creemos que una economía organizada en torno a la búsqueda del beneficio produce resultados irracionales, generando la desigualdad, la explotación y la inseguridad que el Partido Laborista se fundó para superar.

Están los socialdemócratas, que aceptan el capitalismo como principal motor de la producción, pero insisten en que debe ser limitado y regulado mediante un Estado del Bienestar fuerte y un movimiento sindical organizado, con el fin de lograr una mayor igualdad.

Juntas, estas dos tradiciones contribuyeron a crear el Servicio Nacional de Salud (NHS) y el orden social de la postguerra, que hicieron más por elevar el nivel de vida de la clase trabajadora que cualquier otro periodo de nuestra historia.

Y luego están los que yo llamaría los revisionistas del Nuevo Laborismo. Esta corriente respondió a las derrotas de la década de 1980 abandonando el objetivo de una sociedad sin clases y de una igualdad genuina. En su lugar, replantearon la causa laborista como una búsqueda de la igualdad de oportunidades. Abrazaron el mercado y se acercaron a las grandes empresas, con la esperanza de que el crecimiento lo solucionase todo.

Los socialistas y los socialdemócratas representan las dos herencias legítimas de nuestro movimiento. Por supuesto, yo sigo siendo un socialista democrático, como lo he sido toda mi vida. Puede que discrepemos en cuanto a los medios, pero compartimos el mismo destino. El revisionismo del Nuevo Laborismo fue algo diferente. Supuso una toma de control hostil del partido por parte de las grandes empresas, disfrazada de «modernización».

El «starmerismo» es la versión última de ese proyecto. Ha carecido de una visión convincente de la justicia social. En vez de eso, sus artífices crearon una maquinaria política, Labour Together, diseñada para destruir los principios fundacionales del Partido Laborista.

Se ha negado a poner seriamente en tela de juicio el poder empresarial y financiero, incluidos los intereses de la City de Londres. Por el contrario, ha buscado gestionar el statu quo en lugar de romper con él. Por eso sigue siendo tan impopular el Gobierno. Cambiar el país requiere enfrentarse a los intereses creados para quienes la economía funciona perfectamente. No podemos elevar el nivel de vida de los trabajadores en Gran Bretaña sin una redistribución de la riqueza.

Un camino hacia la renovación

La grave situación económica de Gran Bretaña se agrava con cada año que pasa. Somos una economía de bajo crecimiento en declive estructural, vaciada por décadas de desindustrialización, dividida por la desigualdad regional y privada de un propósito. Sin embargo, existe una contradicción fatal en el corazón del capitalismo británico: mientras la clase trabajadora se enfrenta a una crisis del coste de la vida y a un deterioro del nivel de vida, los más ricos de la sociedad se enriquecen día a día.

Este es el problema central de la socialdemocracia, una tradición cuyo programa histórico depende del crecimiento económico para financiar la redistribución. Sin él, el capitalismo regulado ofrece rendimientos decrecientes. Como socialistas, debemos ser sinceros al respecto, en lugar de fingir que las herramientas tradicionales de la socialdemocracia están a la altura de los retos de nuestro tiempo.

Se necesita una nueva reflexión seria para desarrollar un programa que pueda revitalizar la economía británica y elevar el nivel de vida de la clase trabajadora. Tienen que subir los salarios, tienen que bajar los precios, el empleo debe ser más seguro y los servicios públicos deben mejorar. Quienquiera que substituya a Keir Starmer necesita un plan creíble para lograr estos resultados. De lo contrario, el resultado de anoche en Makerfield podría resultar una victoria vacía.

La gente ha votado por el cambio. No aceptará un declive controlado. No se conformará con el mismo acuerdo económico fallido administrado por un grupo distinto de políticos.

La izquierda tiene ahora la responsabilidad de dar un paso al frente. Debemos dejar claro qué tipo de sociedad queremos construir: una sociedad basada en los principios de igualdad y justicia social. Tenemos que defender un modelo económico diferente, que tenga como eje central la planificación económica y la propiedad democrática. Tenemos que demostrar que estamos preparados para enfrentarnos a los intereses de los ricos y poderosos que han frenado el progreso de este país.

Hay que reconocerle a Andy Burnham el mérito de haber tenido el valor de alzar la voz en defensa de las comunidades de clase trabajadora del norte y de otras regiones. Debemos darle tiempo para que desarrolle un marco político. Pero la izquierda debe dejar claro que lo único que será suficiente es una reorganización fundamental del modelo económico y político británico.

Makerfield se ha pronunciado. Es hora de que le prestemos oídos.

Fuente: Tribune, 19 de junio de 2026

 

El proyecto de Keir Starmer siempre giró en torno a él mismo

Richard Johnson

Con su inminente salida, Keir Starmer habrá pasado menos tiempo en el número 10 que cualquier otro primer ministro en la historia del Partido Laborista. Hasta Jim Callaghan y Gordon Brown, que nunca ganaron unas elecciones, desempeñaron el cargo durante más tiempo.

El mandato de Starmer como primer ministro ha constituido un extraordinario fracaso político. Ha desperdiciado una mayoría histórica. Ha destrozado la reputación de su partido. Deja muy poco en cuanto a legado político. Bajo su mandato, la confianza en la política se ha hundido todavía más. ¿Y para qué ha servido todo esto?

Cuando Starmer declaró en cierta ocasión: «no existe el starmerismo y nunca existirá», llevaba razón, salvo en el sentido más estricto: el starmerismo siempre giró en torno a Keir Starmer. No había doctrina, programa político ni tradición. El proyecto Starmer no fue más que un esfuerzo por convertirlo en primer ministro.

Tras su llegada al número 10, no quedaba nada más que hacer ni que decir. Su discurso de la «isla de extraños» — que él mismo repudió y el cual, según afirma, no había leído adecuadamente antes de pronunciarlo— y un titubeante «meep meep» en respuesta a Diane Abbott desde la tribuna parlamentaria figurarán entre las frases más memorables de su breve mandato como primer ministro.

Starmer no aportó a su liderazgo ninguna visión, ningún sentido de finalidad, ningún análisis real de los problemas a los que se enfrenta el país, y mucho menos soluciones. Tenía una extraviada confianza en sí mismo como para creer que, una vez en el cargo, al ser un adulto sensato que seguía «las reglas», las cosas mejorarían. Cuando resultaba que no era así, siempre era otra persona la que pagaba el precio. Ningún otro primer ministro ha estado tan dispuesto a sacrificar a sus asesores en aras de su propio mandato.

El resultado fue una vertiginosa sucesión de giros de 180 grados: recortes en las ayudas para la calefacción en invierno, un límite de dos hijos para las prestaciones familiares, recortes en las prestaciones por discapacidad, una investigación nacional sobre las bandas de delincuentes sexuales,  documentos de identidad, ampliación del impuesto de sucesiones a las explotaciones agrícolas, las islas Chagos, el permiso a los EE. UU. Para utilizar bases británicas a fin de bombardear Irán, derechos laborales desde el primer día y la cancelación de las elecciones locales. Todo ello es indicativo de un hombre que realmente no sabe lo que hace ni a quién representa, con una excepción: Keir Starmer sólo se representa a sí mismo.

Desde el inicio de su liderazgo en 2020, dejó claro Starmer que estaba dispuesto a hacer o decir cualquier cosa para alcanzar el puesto más alto. Su liderazgo ha sido el más autoritario de la historia del Partido Laborista. Expulsó a su predecesor del partido. Acalló el debate. Impidió que se presentaran candidatos parlamentarios que se alinearan con la facción equivocada. Trató con desprecio el espíritu del debate interno, el cual es absolutamente necesario para el mantenimiento de la amplia coalición que históricamente ha caracterizado al Partido Laborista.

Starmer sacó del grupo parlamentario a decenas de diputados, no sólo por conducta indebida, sino también por disidencia política. Se trata de un uso del poder por parte de los responsables disciplinarios como no se veía en el Partido Laborista desde hacía más de medio siglo. Sin embargo, bajo el mandato de Starmer, se convirtió en algo casi habitual.

Utilizó el Partido Laborista como un medio para su propio ascenso personal, sin ningún apego profundo a sus tradiciones, principios o cultura. Se permitió liderar una cruel lucha interna entre facciones contra «la izquierda» del partido. Al obrar de este modo, él y sus acólitos le arrancaron el corazón al Partido Laborista y lo substituyeron por una maquinaria fría y calculadora que ahora se ha averiado prematuramente.

Nye Bevan describió a su rival por el liderazgo en los años cincuenta, Hugh Gaitskell —que dirigió el partido entre 1955 y 1963— como «un hombre que odia las ideas» . En lugar de afrontar los debates internos del partido, Gaitskell prefería «codearse con gente aburrida… que siempre le aconseja andarse con rodeos y evitar debates peligrosos». Bevan se quejaba: «No es un hombre al que se pueda aconsejar. Es demasiado frágil para eso. Si no está de acuerdo contigo, se acabó, y no puedes influir en él. No es un hombre que impresione o que influya. Simplemente se asusta y huye». Un hombre aburrido, sin raíces en nada: es una forma acertada de describir a Starmer.

Hay quienes temen que Andy Burnham, el supuesto sucesor de Starmer, pueda ser otro político de este tipo. No hay duda de que Burnham es un hombre ambicioso, pero la ambición no es en sí misma no es un problema. El suyo es un historial de cambios de postura política según sople el viento. Tony Benn dividía a los políticos en dos categorías: postes indicadores y veletas. Burnham bien podría ser de estos últimos.

Pero, al menos en comparación con Starmer, es probable que Burnham tenga un enfoque mucho más pluralista del liderazgo. Parece sentir  un afecto auténtico por el Partido Laborista: su historia, sus tradiciones y su gente. Puede que propicie al menos un resurgimiento del debate abierto en el partido, antes de que sea demasiado tarde.

El fracaso del liderazgo de Starmer ofrece lecciones útiles para Burnham. Un líder laborista no puede sobrevivir sólo con el control de la maquinaria del partido. El Partido Laborista tiene vida propia. Es un ser orgánico, no un robot. Andy Burnham parece entenderlo, pero el tiempo lo dirá.Unherd,

Fuente: Unherd, 22 de junio de 2026

 

¡Keir Starmer, adiós muy buenas!

Tom Blackburn

La  dimisión de Keir Starmer, anunciada hoy, ha supuesto que finalmente se rindiera ante lo inevitable. Su autoridad llevaba meses desmoronándose, pero su derrumbe se ha acelerado en las últimas seis semanas: primero, con los pésimos resultados del Partido Laborista en las elecciones locales, al Senedd [parlamento galés]y a Holyrood [parlamento escocés], y luego con la confirmación del regreso de Andy Burnham a la Cámara de los Comunes en las elecciones parciales de Makerfield de la semana pasada.

Desde el círculo más cercano a Starmer no paraban de lanzar mensajes optimistas de que se mantendría en el cargo y se enfrentaría a cualquier desafío por el liderazgo —hasta se afirmó que tenía una página digital de campaña «lista para funcionar»—, pero, en realidad, nunca hubo probabilidades de que se arriesgara a sufrir la humillación que habría venido a continuación. Muchos diputados laboristas llevan tiempo pensando, o mejor dicho, soñando con una vida después de Starmer. La cómoda victoria de Burnham en Makerfield garantizaba, por tanto, que el fin de Starmer llegaría más pronto que tarde.

Ya va tomando forma el relato dominante en los medios: el de Starmer como un «hombre decente» que, lamentablemente, ha demostrao no estar a la altura del cargo de primer ministro en medio de difíciles circunstancias y una desfavorable herencia. Un coro de comentaristas centristas desesperados se lamenta de que el país quizás se haya vuelto simplemente ingobernable. Pero esta benévola interpretación sugiere un caso grave y deliberado de amnesia colectiva. La característica definitoria de la carrera política de Starmer es la deshonestidad, no la ineptitud bienintencionada.

No tenemos más que recordar las elecciones a la presidencia del Partido Laborista de 2020. Starmer ganó presentándose como candidato de unidad, comprometiéndose a mantener la mayor parte de las políticas de la era Corbyn y a poner fin a la guerra entre facciones de los años anteriores. Un elemento central de su programa fueron 1os diez compromisos de Starmer, que situaban en primer plano la oposición a la austeridad, los derechos de los trabajadores y el compromiso con la «paz y los derechos humanos». Esto último, por supuesto, parece hoy una broma de muy mal gusto.

Estos compromisos no se abandonaron porque las circunstancias cambiaran tras la debacle de Liz Truss y el consiguiente repunte de los costes de financiación del Gobierno. El programa era todo un engaño desde el principio; Starmer no tenía intención alguna de cumplirlo. Más bien, la intención era engañar a una militancia laborista desmoralizada y agotada que deseaba desesperadamente creer en él. Los medios burgueses, normalmente tan moralistas respecto a la deshonestidad en la política, hicieron la vista gorda ante esta estafa, precisamente porque se perpetraba contra la izquierda laborista.

Por desgracia para ellos, esto tuvo repercusiones más amplias. Los periodistas políticos de centro se muestran perplejos ante el hecho de que un político tan tecnocrático y anodino como Starmer suscite tanta hostilidad. Pero no se puede negar que millones de personas vieron cómo Starmer hacía una serie de promesas antes de llegar al poder y las rechazaba luego una vez en el cargo. ¿Qué se supone que deben pensar? Starmer no es, ni mucho menos, el único deshonesto entre sus colegas de Westminster, pero su falta de vergüenza al respecto —siempre parecía esperar felicitaciones por llevar a los miembros del Partido Laborista por el camino equivocado— debe de haber puesto a muchos en su contra.

Durante su campaña por el liderazgo del Partido Laborista, Starmer hizo hincapié en su trayectoria previa como abogado de derechos humanos (aunque se habló mucho menos de su mandato, menos halagador, como fiscal general). A la luz de su posterior respuesta al genocidio de Israel en Gaza, primero como líder de la oposición y luego como primer ministro, la audacia de la estafa es sencillamente asombrosa. Este es el aspecto más condenatorio del legado de Starmer, y la mancha que nunca podrá borrar. Debería perseguirle durante toda su vida, aunque lo probable es que no vaya a ser el caso.

La afirmación de Starmer de que Israel tenía derecho a cortar el suministro de electricidad y agua al territorio sitiado justo al inicio del genocidio pasó pronto a la historia como un hecho infame. Bajo la supervisión de Starmer, la complicidad británica en el genocidio de Gaza ha sido profunda, contando en ella el suministro de armasinformación de intelligencia y apoyo logístico. La ridícula proscripción de Palestine Action como grupo terrorista, las nuevas restricciones a las protestas y los ataques al derecho a un juicio con jurado no hicieron sino subrayar aún más la disposición de Starmer a sacrificar las libertades civiles básicas en apoyo a Israel.

Uno de los aspectos más divertidos de la caída de Starmer es que, según se dice, se siente traicionado por sus antiguos aliados, que no han dudado en abandonarlo. Sin duda es así. Pero a estas alturas ya debería saber un par de cosas sobre la traición. Se trata del hombre que se proclamó «amigo» de Jeremy Corbyn cuando le convenía, antes de dedicar gran parte de su mandato —el único aspecto en el que mostró verdadero vigor y entusiasmo— a expulsar a Corbyn y a la izquierda del Partido Laborista. Nadie va a aceptar lecciones de lealtad de Starmer.

No obstante, puede que Starmer tenga la impresión de que tiene motivos legítimos para quejarse. Parece especialmente desconcertado por el hecho de que la clase dirigente británica no le haya mostrado mayor gratitud por haber logrado expulsar a la izquierda socialista del Partido Laborista y, con ello, haberlo neutralizado no sólo como vehículo para un cambio fundamental, sino incluso para una modesta reforma social y para la redistribución de la riqueza. Pero a la clase dirigente británica le importan poco los sentimientos; esto es lo que Starmer parece no comprender. Puede que crea que ha sido un servidor bueno y leal, pero ya ha dejado de ser útil, y ahora ya se puede prescindir de él.

Pero puede que aún no hayamos visto lo último de Starmer. Una futura candidatura a la secretaría general de la OTAN tendría sentido en su caso. Le permitiría seguir siendo un fiel lacayo del imperio norteamericano, como lo ha sido a lo largo de toda su carrera, al tiempo que le aislaría de forma segura de una rendición de cuentas democrática, de modo que nunca más tenga que sufrir la molestia de venderse a la plebe. Para un securocrata empedernido, sería el destino definitivo y el mayor logro. No nos sorprendamos si es ahí donde acaba.

 

Fuente: Tribune, 22 de junio de 2026

diputado laborista desde 1996 por Normanton y Hemsworth, y miembro en la Cámara de los Comunes del Socialist Campaign Group, fue coordinador de campañas nacionales con Jeremy Corbyn entre 2015 y 2017 y desempeñó diversos cargos bajo la dirección de Gordon Brown y Ed Miliband. Es presidente de la revista Tribune.
es profesor de Ciencia Política en la Universidad Queen Mary de Londres, especialista en política británica y norteamericana. Estudió en Cambridge y Oxford, donde se doctoró, y ha sido profesor en las universidades de Lancaster, Virginia y Beiying.
es columnista de la revista Tribune. Fundador y codirector de la revista New Socialist, es colaborador de medios como The Guardian o Jacobin.
Fuente:
AAVV
Traducción:
Lucas Antón