¿Es esta la Tercera Intifada Palestina?

Norman Finkelstein

Mouin Rabbani

Jamie Stern-Weiner

14/11/2015

El levantamiento palestino está entrando en su cuarta semana. Parece existir un amplio consenso sobre la génesis de la violencia, que ha dejado al menos 40 palestinos y siete israelíes muertos desde el 1 de octubre, y más de 1.200 palestinos heridos. Cómo pueda evolucionar en los próximos días y semanas es algo mucho menos claro.

La ocupación militar israelí de Cisjordania y la Franja de Gaza, que dura casi cincuenta años, está más arraigada que nunca, mientras que incluso la pretensión de un proceso político tendente a acabar con la ocupación y el conflicto ha sido abandonada en la práctica. La desesperación política se ha visto agravada por la desesperación económica. En Gaza, dos quintas partes de la población vive en la pobreza y el desempleo juvenil es el más alto del mundo, más del 60 por ciento. En el este de Jerusalén, el epicentro de la insurrección, el 75 por ciento de los palestinos viven por debajo del umbral de la pobreza. Incluso en el resto de Cisjordania, donde la ayuda de los donantes y una burbuja de crédito han mantenido la ficción de una economía en funcionamiento, uno de cada tres jóvenes entre los 20 y los 24 años está desempleado. No es casualidad que, de los 30 palestinos muertos por las fuerzas israelíes entre e 1 y el 14 de octubre, casi dos tercios tenían entre 18 y 22 años.

Tales tribulaciones no son el producto del ciclo económico o de las políticas de austeridad económica, sino más bien el resultado de la discriminación institucional sistemática de régimen colonial durante muchas décadas. En Jerusalén Este, que no sólo está ocupada sino también anexada ilegalmente a Israel, el gobierno y las autoridades municipales están demoliendo más casas palestinas con el pretexto de la falta de permisos de construcción cuando no emiten permisos para nuevas construcciones; se apoderan de tierras y la propiedades para la expansión de los asentamientos judíos ilegales; y revocan el permiso de residencia de familias enteras. En el resto de Cisjordánia, la mayor parte bajo dominio militar israelí directo, se aplican políticas similares con mayor brutalidad.

Si la desesperación política y económica ha creado las condiciones subyacentes para la revuelta, dos causas inmediatas las han provocado. Primero, lo que Ofer Zalzberg, del International Crisis Group, ha caracterizado como el "desmoronamiento del status quo" en el complejo de Haram al-Sharif en Jerusalén, que contiene la mezquita de Al-Aqsa y la Cúpula de la Roca. Una creciente campaña de incursiones de grupos de colonos radicales que predican la demolición de las mezquitas y su sustitución por un templo judío, provocadoras visitas de prominentes políticos israelíes, incluyendo ministros del gabinete, las restricciones de acceso a los fieles musulmanes, y los enfrentamientos resultantes con las fuerzas de seguridad israelíes han persuadido a los palestinos que el gobierno más extremista de la historia de Israel está decidido a dividir el lugar sagrado de los musulmanes y símbolo nacional palestino. Estos temores se basan en la experiencia, ya que esto es precisamente lo que hizo Israel en la mezquita Ibrahimi de Hebrón hace dos décadas, después de que un colono nacido en Estados Unidos masacrase a 29 palestinos musulmanes durante la oración del amanecer. Jordania comparte además las preocupaciones palestinas, ya que comparte la custodia del Haram y el año pasado se sintió obligada a retirar a su embajador en Tel Aviv en protesta por el aumento de la beligerancia de Israel en esta cuestión. Más recientemente, las tensiones llegaron a ser explosivas en septiembre, cuando la fiesta musulmana de Eid al-Adha coincidió con las fiestas judías de Rosh Hashaná y Sucot.

En segundo lugar, hay un creciente sentimiento de abandono regional e internacional, en particular a nivel oficial. Los palestinos están hoy más aislados y divididos que en cualquier otro momento desde su desposesión inicial en 1948. Los estados del Golfo más importantes han buscado en Israel un aliado en su conflicto con Irán. Los actuales gobernantes de Egipto consideran Palestina una molestia y Hamas un enemigo. Turquía también está preocupada; y lo que queda de Irak y Siria no tienen ni la capacidad ni la inclinación de hablar en defensa de los palestinos. Hay "una percepción de que ... los palestinos han sido abandonados a su suerte", explica el conocido sociólogo y encuestador palestino Khalil Shikaki, "por lo que toman el asunto en sus propias manos". Es en este sentido no es de extrañar que los palestinos se hayan unido en torno a lo que no solo es un símbolo nacional, sino también para los mundos árabes y musulmanes en un sentido amplio.

A ello se añade el cada vez más bárbaro bloqueo egipcio-israelí de la Franja de Gaza, que junto con el cisma entre los movimientos Fatah y Hamas, pronto entrará en su segunda década; la satanización oficial de los ciudadanos palestinos de Israel; las largas huelgas de hambre de los palestinos detenidos sin cargos ni juicio; y los asesinatos regulares por parte de los militares y colonos israelíes en Cisjordania, hasta culminar a finales de julio en el asesinato por el fuego de un niño de 18 meses, Ali Dawabsheh, y sus padres en las afueras de Nablus. Es muy significativo que en el contexto actual estos últimos factores son mero ruido de fondo.

¿Una tercera Intifada?

¿Han comenzado finalmente los palestinos su tan anunciada tercera Intifada? Eso depende de cómo se defina el término y, por lo tanto, puede conducir fácilmente a un debate semántico y no de fondo. Las preguntas más importantes se refieren a si la revuelta actual es sostenible y útil.

Se puede hacer una comparación instructiva con la primera Intifada de 1987-1993. Aquella también estalló en medio de la creciente indiferencia regional e internacional. A mediados de la década de 1980, los estados árabes estaban preocupados por la guerra entre Irán e Irak, y la dirección de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), languideciendo en Túnez, carecía de influencia e ideas. En la cumbre de noviembre de 1987 de la Liga Árabe, Palestina estuvo ausente por primera vez en la historia de la agenda de la organización. El embajador de Israel ante Naciones Unidas, que no era otro que el actual primer ministro, Benjamin Netanyahu, apenas podía ocultar su alegría, afirmando ante la Asamblea General de la ONU que "los líderes árabes" habían "puesto el problema palestino en un segundo plano". Eso fue el 2 de diciembre. Una semana más tarde, los Territorios Ocupados estallaron en una revuelta civil no violenta de masas que situó a Palestina en la lista de prioridades urgentes de la agenda internacional, transformado la percepción internacional del conflicto, y paralizando a la sociedad israelí.

La primera intifada (1987-93) marcó un punto de inflexión fundamental en la opinión pública occidental sobre el conflicto.

La primera Intifada despertó la conciencia del mundo sobre la justicia de la causa palestina, y cristalizó un consenso internacional a favor de la solución de los dos estados en el conflicto Israel-Palestina -un consenso que aún perdura. Marcó un punto de inflexión fundamental en la opinión pública occidental sobre el conflicto. Desde entonces, la repulsión generalizada por las masacres de Israel en el Líbano (2006) y Gaza (2008-9, 2012, y 2014) ha hecho que sea uno de los estados más impopulares del mundo, lo que le sitúa junto a Irán, Pakistán y Corea del Norte. Si las condiciones regionales actuales se asemejan a las del comienzo de la primera Intifada, el entorno internacional actual es mucho más prometedor: si los palestinos se agrupan detrás de un programa coherente que pretenda activar un consenso internacional en estado latente, pueden recibir un amplio apoyo internacional.

A nivel nacional, la situación es más ambigua. La primera Intifada comenzó de forma espontánea, independiente del liderazgo político formal. Lo mismo ocurre con el actual levantamiento, que se ha caracterizado por grupos auto-organizados de manifestantes en Cisjordania y Gaza y acciones coordinadas por individuos en el este de Jerusalén y otros lugares. Hamas no está impidiendo las protestas en Gaza, pero tampoco las incita; en Cisjordania, la Autoridad Palestina tiene que caminar una línea muy fina entre sus compromisos de seguridad con Israel y los Estados Unidos y su necesidad de legitimidad interna. Ambas temen que un levantamiento popular pueda desafiar el modus vivendi que han establecido con Israel, o puede -con apoyo o no de su rivales- convertirse en un desafío a su gobierno.

La primera Intifada pilló a la OLP por sorpresa, pero la dirigencia tomó rápidamente una decisión estratégica de apoyarla, y en el proceso canalizó grandes sumas de dinero a los territorios ocupados para ese fin. No existe tal decisión estratégica hoy y el liderazgo está ansioso por terminar con los disturbios y restaurar la calma, lo que, irónicamente, podría ser lo mejor que pasase. La dependencia de la generosidad de la OLP contribuyó a subordinar la primera Intifada a la dirección política de la OLP, y la llevó a un doloroso callejón sin salida. El dinero ayudó a sostener la lucha, pero también a socavarla.

En otros aspectos, las condiciones internas son hoy mucho peor. El movimiento nacional palestino en la práctica ya no existe, y lo que queda del sistema político palestino está profundamente dividido política y territorialmente. A nivel popular el pueblo palestino esta dividido de una manera que habría sido difícil de imaginar antes de la sublevación de 1987; en las décadas posteriores, comunidades clave en Kuwait, Irak, y Siria han sido eliminadas funcionalmente y la diáspora en su conjunto no esta representada en las estructuras de toma de decisiones, mientras que los Territorios Ocupados se han transformado en una serie de bantustanes sitiados.

La primera Intifada se benefició del hecho de que la dirigencia oficial estaba muy lejos, en Túnez, mientras que las estructuras de base de la OLP (sindicatos, movimientos políticos) estaban en el terreno y operativos, agrupándose rápidamente para formar la columna vertebral institucional de la sublevación: el Comando Nacional Unificado del Levantamiento. La situación se ha invertido: la dirección oficial está profundamente arraigada dentro de Cisjordania, y no es simplemente esclerótica y corrupta, sino que colabora activamente con Israel con un aparato de seguridad eficiente. No es casualidad que sean las zonas menos sometidas al control de la Autoridad Palestina, como Jerusalén Este, Hebrón, Gaza y la zona C de Cisjordania, así como las comunidades palestinas dentro de Israel, las más activas. Mientras tanto, las estructuras de base palestinas se han vaciado en gran parte, no solo por la Autoridad Palestina, sino también por un sector de las ONG que ha absorbido a muchos activistas y han restado radicalidad a sus agendas.

El carácter acéfalo de este levantamiento hasta el momento ha hecho que sea difícil para Israel y las fuerzas palestinas que forman parte del status quo imponer su control. Pero el destino de los levantamientos en el mundo árabe en otros lugares sugiere que esta característica podría convertirse pronto en un defecto mortal: en Libia, Túnez, Egipto y otros países, la escasez de liderazgo, organización y coordinación eficaz permitió a los poderes fácticos atrincherados volver a tomar la iniciativa y poco a poco reimponer su voluntad, o producir vacíos políticos que devoraban a sus sociedades. El potencial del levantamiento palestino dependerá de su capacidad de sostenerse independientemente y, tal vez en una etapa posterior, en abierta oposición a los poderes fácticos. Esto requerirá organización y mucha astucia política.

Una pregunta seria es si la revuelta podrá desarrollar la infraestructura necesaria para sostenerse antes de ser aplastada. En Egipto, los activistas y revolucionarios vieron como los frutos de sus esfuerzos eran arrebatados por la Hermandad Musulmana, mucho mejor organizada, y posteriormente los Hermanos Musulmanes presenciaron con impotencia como su victoria electoral era arrebatada por las maquinaciones del mucho más experimentado ancien regime.

La primera Intifada tuvo tres características esenciales que fueron fundamentales para su éxito inicial.

Participación de masas: aunque los jóvenes constituyeron la fuerza más dinámica de la revuelta, toda la población, desde niños hasta ancianos, tomaron parte en ella.

No Violencia: el levantamiento consistió abrumadoramente en manifestaciones no violentas, así como diversas formas de auto-organización, tales como escuelas alternativas, huelgas de impuestos, y la producción de alimentos en los jardines y patios de las casas. Su arma simbólica fue la piedra.

Eficacia: la primera intifada perturbó gravemente la vida civil en Israel y aisló a Israel en el extranjero.

Estos tres elementos son un paquete indivisible: las tácticas no violentas ganaron la simpatía internacional y permitieron una amplia participación, lo que obligó a Israel a llamar a sus reservistas a un gran coste político y financiero.

Ninguno de estos aspectos están aún presentes en el actual levantamiento. Los atacantes "lobo solitario" son principalmente jóvenes de Jerusalén Este; y aunque también ha habido manifestaciones en Gaza y Cisjordania, la mayoría de los sectores de la población permanecer pasivos, observando con simpatía. El arma de la sublevación ha sido el cuchillo. La primera intifada también contó con una ola de ataques de cuchillo en Jerusalén y el sur de Israel, pero esto ocurrió en 1990-91, cuando la Intifada ya estaba debilitada. Lo que entonces fue una táctica desesperada, un reflejo del agotamiento de la Intifada, ha hecho acto de presencia ahora desde el primer momento.

Aparte de las consideraciones morales, los ataques con cuchillo frenan la participación popular y hacen el juego a Israel.

Dejando de lado, por cuestiones del debate, las consideraciones morales, hay dos cuestiones tácticas importantes en relación con los apuñalamientos. En primer lugar, un levantamiento centrado en ataques con cuchillos impide que la mayoría de la población participe. Este tipo de violencia rara vez desquicia a toda una sociedad y es improbable, por tanto, que llegue a ser algo más que una molestia para Israel. A partir de ahora, informa el corresponsal de defensa de Haaretz, el ejército israelí "no ve la necesidad de" medidas drásticas. Su escalada de respuestas derivan principalmente de la esfera política, en particular la necesidad de Netanyahu de validar sus credenciales de seguridad y su afirmación de que el status quo puede sostenerse indefinidamente.

En segundo lugar, los ataques con cuchillo favorecen a Israel internacionalmente. Mientras que la imagen icónica de la primera Intifada fue la piedra contra la Uzi, una yuxtaposición que inspiró simpatía y despertó admiración por los palestinos, la imagen icónica del actual levantamiento corre el riesgo de convertirse en imágenes de TV de un civil israelí apuñalado en la calle y su agresor ejecutado sumariamente. Esto tiene pocas posibilidades de generar una inequívoca simpatía en el público internacional. Es de destacar que los principales ataques israelíes contra Gaza (Plomo Fundido, Filo Protector) provocaron una reacción internacional mucho más dura que la actual represión israelí tras los acuchillamientos. El Cuarteto de Oriente Medio (la ONU, la UE, los Estados Unidos y Rusia) decidieron recientemente, a petición de Netanyahu, cancelar una visita prevista, lo que supuso la concesión efectiva a Israel de un cheque en blanco en sus relaciones con los palestinos; mientras que el secretario de Estado estadounidense, John Kerry, ha afirmado públicamente que si su supervivencia está amenazada, Israel tiene "derecho a defender su existencia."

En la medida que los apuñalamientos se conviertan en el símbolo del levantamiento en su conjunto, más difícil será para los palestinos intentar una estrategia alternativa. Especialmente dada las condiciones políticas imperantes. Durante la segunda Intifada, cuando la brecha Fatah y Hamas era una cuestión de rivalidad y competencia en lugar de el cisma formal actual, Hamas llevó a cabo ataques suicidas como expresión de lo que consideraba la estrategia más eficaz. Fatah luego hizo lo mismo, pero principalmente sobre la base de consideraciones políticas internas: no quería que Hamas le robase el terreno. En el contexto de la división entre Fatah y Hamas, las presiones políticas tienden hacia la escalada porque la violencia sigue siendo vista como la piedra de toque de una verdadera resistencia. En ausencia de un movimiento nacional unificado, frenar los apuñalamientos y seguir una estrategia no violenta potencialmente más eficaz resultará cada vez más difícil.

Sin embargo, no hay que descartar la posibilidad de que el levantamiento pueda obligar a los movimientos existentes a unificarse, o a crear nuevas organizaciones capaces de ejercer un control efectivo sobre los acontecimientos. En los últimos años, el presidente Mahmoud Abbas se ha ido transformando en un Ben Ali en lugar de un Mubarak: un régimen cada vez más personalizado, concentrado en un grupo muy pequeño de personas en lugar de un amplio sector de la élite. Su acaparamiento del poder –el más reciente, un intento inconstitucional de sustituir al Comité Ejecutivo de la OLP, y la convocatoria de una nueva Conferencia General de Fatah, con el único propósito de expulsar a los partidarios de su rival político Mohammed Dahlan- han alienado a grupos poderosos. Estas fisuras dentro de la élite palestina pueden hacer que algunas de sus facciones presten un apoyo oportunista a las fuerzas populares con el fin de exponer a sus rivales en el tribunal de la opinión pública palestina.

Si, a pesar de los grandes obstáculos, los palestinos son capaces de unir las estructuras de poder existentes, o de actuar efectivamente independientemente de ellas, hay una posibilidad real de conseguir resultados importantes.

La pesadilla de Israel

Como tantas otras veces, los palestinos de la Franja de Gaza han mostrado el camino. Han tenido lugar manifestaciones importantes todos los días fuera de la cerca perimetral. La escala de las manifestaciones sigue siendo pequeña, pero ya tienen a los funcionarios israelíes en estado de pánico. "La visión de decenas de miles de palestinos desarmados que marchan hacia la valla fronteriza", informa el veterano periodista israelí Ben Caspit, "es la causa de muchas pesadillas para los dirigentes israelíes". "Los intentos de romper el cerco", observa otro analista  israelí de alto rango, "son [el] escenario de pesadilla del establishment de defensa":

¿Qué pasará si miles de palestinos marchan hacia la valla, la derriban y continúan su marcha hacia Israel? ¿Responderá Israel con armas de fuego provocando una masacre?

De una manera similar podrían tener lugar movilizaciones populares en lugares clave del Muro de Cisjordania, donde han tenido lugar manifestaciones de forma semanal durante años que podrían servir de base para desafiar la ocupación en general.

La pregunta para los palestinos es, cómo hacer realidad ese "escenario de pesadilla" de Israel. Como demuestran los temores de los funcionarios israelíes, las manifestaciones masivas ante la verja de Gaza tienen un enorme potencial, pero no pueden tener éxito por si mismas. La no-violencia triunfó en última instancia, en el Sur de EE UU, porqué avergonzó al gobierno federal y, no menos importante, a la comunidad internacional, y tocó la fibra sensible liberal -posiblemente de manera hipócrita, pero eso no viene al caso-, de la opinión pública blanca en el Norte, cuando los negros exigieron nada más, pero nada menos, que la aplicación estricta de la legalidad. Si la resistencia no violenta hubiese permanecido confinada en el Sur, los policías locales hubieran podido simplemente matar a todos los que se resistían. Del mismo modo, es difícil imaginar que la movilización popular tendrá éxito en Palestina a menos que se cumplan las siguientes condiciones:

  1. Organización independiente. Hasta el momento, los palestinos en la Franja de Gaza han dado con la estrategia de marchas no violentas en masa a pesar de Hamas, que ha restringido en gran medida su apoyo para llamar a una escalada en todos los Territorios Ocupados. Esto es, paradójicamente, algo positivo: justa o injustamente, las manifestaciones contarán significativamente con mayor apoyo mundial, sobre todo en Occidente, si son vistas como la utilización auténtica de la resistencia no violenta de masas por el propio pueblo.
  2. Legitimidad internacional. El Consejo de Derechos Humanos de NN UU ha exigido que Israel "levante, de inmediato y sin condiciones, el bloqueo a Gaza"; mientras que las organizaciones internacionales de derechos humanos coinciden en que el asedio de Gaza "constituye un castigo colectivo impuesto en clara violación del derecho internacional humanitario ..." (Comité Internacional de la Cruz Roja) y "debe levantarse inmediatamente" (Amnistía Internacional). Estas declaraciones pueden ser esgrimidas legítimamente por los manifestantes en defensa de sus campañas, y constituyen la base política explícita para una gran campaña popular contra el bloqueo.
  3. La solidaridad internacional. Las manifestaciones no pueden tener éxito sin una coordinación y sincronización con el movimiento de solidaridad en Occidente. Los defensores de Israel presentarán las manifestaciones como hordas terroristas que tratan de invadir Israel y proclamar hasta la saciedad el "derecho de Israel a defenderse". En la medida en que esta propaganda se afiance, las fuerzas israelíes tendrán más margen para llevar a cabo una masacre. Por lo tanto, las manifestaciones de masas en Gaza requieren que el movimiento de solidaridad explique y defienda la legitimidad de sus objetivos. También representarán una oportunidad histórica para que el movimiento de solidaridad demuestre su compromiso mediante, por ejemplo, acciones directas como cercar la sede de Naciones Unidas en Nueva York y Ginebra, o la de la Unión Europea en Bruselas. Dichas organizaciones no pueden continuar con su rutina habitual hasta que no adopten medidas para hacer efectivas sus posiciones inequívocas sobre el ilegal asedio de Gaza, que debe levantarse de inmediato y sin condiciones.

Si Israel tuviera que hacer frente a manifestaciones no violentas de masas en la verja de Gaza, el Muro de Cisjordania (declarada ilegal por el Tribunal Internacional de Justicia) y el Jerusalén Este ocupado, en coordinación con la acción directa a gran escala en el extranjero, bajo la bandera de la legalidad internacional y con la firme determinación de poner fin al asedio y la ocupación ilegal, sería su peor pesadilla y volvería a renacer la esperanza palestina.

El destino de muchos, quizás la mayoría, de los movimientos políticos ha sido la derrota. Sin embargo, durante el último medio siglo, los retrocesos regionales e internacionales han inspirado en repetidas ocasiones el renacimiento y la reafirmación de la lucha palestina por la autodeterminación. En sus momentos más oscuros, los palestinos han tenido el valor, la fuerza y la voluntad de mantener la antorcha encendida. Si las condiciones actuales exigen sobriedad a la hora de analizar los obstáculos que enfrenta la lucha por la justicia en Palestina, el historial de los palestinos de tenacidad ante la adversidad implica que no se pueda descartar la perspectiva de superar estos obstáculos. Si en Occidente hacemos nuestra parte, esta nueva ola de resistencia aún podría suponer un avance para la justicia.

Y no sólo para los palestinos. Israel se encuentra en un precipicio, con un jefe de gobierno trastornado que manipula la histeria nacional, irrumpe en el Congreso de Estados Unidos y se dirige con ojos saltones amenazantes a la Asamblea General de NN UU. Netanyahu personifica de muchas maneras la realidad de que la ocupación sólo ha exacerbado las peores tendencias de la sociedad israelí.

El difunto Edward W. Said gustaba citar al poeta caribeño Aimé Césaire: "Hay sitio para todos en el abrazo de la victoria". Una victoria de la desobediencia civil masiva no violenta dirigida a poner fin a la ocupación ilegal sería un triunfo no sólo para los palestinos y la comunidad internacional, sino también para la sociedad israelí, colocándola de nuevo en el camino hacia la normalidad.

Hijo de victimas del Holocausto, es autor de varios libros sobre el conflicto Palestino-israelí, el más reciente Method and Madness: The Hidden Story of Israel's Assaults on Gaza (OR Books, 2014). Es co-autor, con Mouin Rabbani y Jamie Stern-Weiner, de How to Resolve the Israel-Palestine Conflict, que será publicado en 2016.
Analista político independiente. Investigador del Instituto de Estudios Palestinos y co-editor de Jadaliyya.
Investigador y politólogo especializado en el conflicto árabe-israelí.
Fuente:
The Nation, 25 de octubre 2015
Traducción:
G. Buster