Angelo Valastro
18/06/2023
Más conocido en el Reino de España que en su Italia natal por su tenaz combate contra la incesante destrucción de las humanidades, Nuccio Ordine, fallecido el pasado 10 de junio, no se refugió nunca en una vaga apelación a los “valores”. Identificó la mercantilización del saber universitario y la intrusión de la empresa en el mundo académico como resultado principal de una orientación neoliberal “que ha descuidado y puesto en riesgo los dos pilares de la dignidad humana, el derecho a la salud y el derecho al conocimiento”.
Publicamos, en homenaje a su figura, una sentida evocación, escrita por su amigo y colaborador, el profesor Angelo Valastro, del humanista que resumió así una vez su credo: “Solo una fraternidad universal, la conciencia de una solidaridad humana, podrá hacer mejor la sociedad, resolver la injusticia y la desigualdad. Si somos indiferentes o egoístas, si no somos solidarios y generosos con los demás, no podremos vivir en un mundo mejor, no podemos cantar felices. Esta es mi visión del mundo…” [El País, 26 de marzo de 2020]. – SP.
Mi trabajo está hecho de palabras. Y yo de las palabras estoy cada día más harto. No sirven de nada, las palabras, cuando las lanzamos al viento sin controlar su peso. Y ahora tengo que escribir algo sobre Nuccio Ordine, “Nuccione”, como lo llamaba yo cada vez que me telefoneaba y me preguntaba con voz impetuosa: “Ué, Valastrone, che fai?”. ¿Qué voy a escribir? Mejor sería hacer algo concreto, intentar materializar sus ideas en mis clases, intentar ser un Profesor de verdad, en sentido etimológico, es decir, una persona que habla clara y abiertamente, que no se esconde y que no tiene miedo, una persona de hechos concretos, sin los cuales las palabras son seres muertos. Nuccio controlaba el peso de las palabras como pocos, hablaba clara y abiertamente, no se escondía, no tenía miedo, y era un hombre de hechos concretos, un hombre de acción. A Nuccio lo conocí por teléfono, hace muchos años, y nuestra conversación fluyó enseguida con naturalidad, para dar vida a un hecho, pequeño cuanto se quiera, pero tangible y para mí importante: gracias a él, mi traducción del Don Quijote acababa de salvarse de la condena a muerte decretada por uno de los muchos políticos imaginarios que brotan de cuando en cuando en el suelo de mi país, uno de aquellos que lanzan las palabras al viento sin controlar su peso, uno de aquellos que Nuccio no podía ver ni en pintura. Era un volcán en perenne erupción, Nuccio, un volcán de los buenos, que no destruyen, sino que fecundan las tierras con su lava. No sé cómo, pero vivía veinticinco horas al día: trabajaba cuando tú dormías, no dormía cuando tú trabajabas, te llamaba desde París cuando estaba en Barcelona y cenaba en Santiago de Chile mientras te enviaba un correo de Nápoles. Y eso sí, incredibile dictu, incluso cuando se encontraba envuelto por el proceloso océano de compromisos en el que, tal vez debido a sus orígenes marineros, nadaba con soltura envidiable, Nuccio, siempre conseguía quedar contigo y siempre te traía de regalo un libro muy gordo, de aquellos que te hacen correr el riesgo de que tu equipaje supere el peso máximo consentido. En aquella nuestra primera conversación, Nuccio me habló de sus clases en la Universidad de Calabria, a las cuales no habría faltado por ninguna razón del mundo, ni siquiera aunque ese día le hubieran hecho entrega del premio Nobel de Literatura; me habló de las innumerables colecciones de textos bilingües que dirigía (¡ay! ¡como se echan de menos esos textos por estos lares!); me habló de su trabajo en Francia… Y me habló de Diamante, su “lugar de Calabria” a orillas del Tirreno, cerca de las tierras de Parménides, de Hipaso, de Telesio, Bruno y Campanella; me habló de su padre Vincenzo y me habló de Margherita, su madre; me habló de Rosalía, su mujer; me habló de su maestra de primaria, Ofelia Brancati, que debía impartir sus clases en su casa a niños de diferentes edades y curso, contraviniendo sin graves consecuencias las precisas normas de la pedagogía más ilustrada; me habló de Chirone, Quirón, su compañero de estudios que, siendo medio italiano humano y medio pastor alemán, digo yo que podría leer a Kant en lengua original sin problema alguno; me habló de Sbiruletto y de los otros cinco gatos con los que luchaba cada noche para conservar una mínima zona de colchón durante sus pocas horas de sueño… ¿Cómo estará ahora Margherita? Su madre era su centro. Esa especie de afán con el que Nuccio devoraba los reconocimientos que le llovían de todos los rincones del planeta, siempre me pareció hijo del deseo de devolverle el don de la vida y de la formación. ¿Cómo estará ahora Ofelia, si es que, como creo, sigue caminando en este mundo? ¿Cómo estará ahora Rosalía? La he llamado, no me ha contestado y yo me he sentido aliviado porque estoy harto de palabras y quisiera darle algo que es imposible dar, porque es difícil llenar el hueco dejado por un volcán. Y ¿cómo estará Sandra, su admirable editora española? No lo sé. Si sé cómo están Juan Cruz, cuya amistad Nuccio me regaló hace años. Sí sé cómo está Mónica Margarit, otro regalo que Nuccio me ha hecho. Están sin palabras. En mi Universidad, en un Aula Magna llena hasta rebosar, al recibir su quinto o sexto o qué más da qué número de doctorado honoris causa, Nuccio pronunció, de peso muy bien medido, palabras que fueron acogidas con una avalancha de aplausos. Tampoco los aplausos sirven de nada cuando se lanzan al viento sin controlar su peso. La llamada “academia”, si de verdad quiere rendir homenaje a este Profesor, debe dejarse de aplausos e intentar transformar aquellas palabras en hechos. Nuccio lo ha intentado durante toda su vida.

