Podría estar gestándose la próxima gran crisis financiera: ya están ahí las señales de alerta

Larry Elliott

01/10/2025

La creación de empleo en EE. UU. se ha estancado y, a pesar de las restricciones a la inmigración, el desempleo está aumentando. Los aranceles están elevando el coste de las importaciones. Y Donald Trump está en guerra con el gobernador de su propio banco central y quiere librarse de él.

Pero a los operadores de Wall Street no les preocupa que la inflación esté por encima del objetivo o que el crecimiento se esté ralentizando. Los precios de las acciones están alcanzando nuevos niveles récord casi a diario. Jerome Powell, el hombre del que Trump quiere deshacerse, afirma que las acciones están “bastante sobrevaloradas”, lo cual es un eufemismo si alguna vez ha habido alguno. A tenor de los patrones históricos, las acciones están extremadamente sobrevaloradas. Se avecinan problemas, quizás grandes problemas.

Las recesiones son poco frecuentes, al igual que las crisis financieras. Ambas se predicen con más frecuencia de lo que se materializan. Dejando de lado las circunstancias excepcionales de la pandemia de 2020, han pasado 17 años desde que se produjo una caída prolongada de los precios de las acciones. Los recuerdos de la recesión que siguió al derrumbe de Lehman Brothers hace 17 años este mes se han desvanecido. Los operadores bursátiles de entre 20 y 30 años de edad tienen poca o ninguna experiencia de lo que es una verdadera crisis de pánico en los mercados financieros.

Esa es la primera señal de alerta. Cuanto más largo es el periodo entre crisis, mayor es la complacencia, la sensación de que los buenos tiempos durarán para siempre. Se ignora a quienes señalan que todos los auges anteriores han terminado en dolorosas recesiones. Se repite la vieja mentira de que «esta vez es distinto».

La creencia de que la fiesta va a continuar ha impulsado al alza los precios de las acciones en Nueva York y Londres, a pesar de que son endebles los motivos para el optimismo son endebles. En el Reino Unido, la economía apenas crece, mientras que la inflación se sitúa casi al doble del objetivo del 2 % del Banco de Inglaterra. Al igual que ocurrió el año pasado, las constantes especulaciones sobre las subidas de impuestos que se anunciarán en los presupuestos [británicos] están afectando a la confianza de consumidores y empresas.

La racha récord de los precios de las acciones en Wall Street es el resultado de la apuesta de que la inteligencia artificial va a aumentar la tasa de crecimiento de la economía. Puede que eso ocurra, pero pasarán años antes de que se noten las repercusiones. Lo mismo se dijo del auge de las tecnologías de la información que impulsó los precios de las acciones a alturas vertiginosas a finales de la década de 1990. Tampoco aquella vez fue diferente.

No hay dos crisis bursátiles iguales. La situación actual parece diferente a la de 2008, cuando la crisis la provocó la sobreexposición de los bancos al mercado inmobiliario estadounidense y se vio agravada por el uso generalizado de nuevos instrumentos financieros que se suponía que reducirían el riesgo, pero que ocasionaron lo contrario. Si hay paralelismos, estos se encuentran en los reveses bursátiles provocados por la recesión de los años 70 y principios de los 80, cuando se provocaron deliberadamente recesiones para combatir la alta inflación.

Todo ello hace que sea fundamental la lucha de poder entre Trump y Powell sea fundamental. A pesar de lo que pueda decir el presidente, el rendimiento de la economía estadounidense es, en el mejor de los casos, mediocre, aunque se han disimulado las debilidades por el hecho de que a los más acomodados les ha ido muy bien. El 10 % de las personas con mayores ingresos representa casi la mitad del gasto de los consumidores, el nivel más alto desde finales de la década de 1980.

El sesgo favorable a los ricos no resulta nada nuevo, pero genera sus propios riesgos. Nunca ha sido tan alta la exposición al mercado bursátil, ya que el 30 % de la riqueza de los norteamericanos proviene de las acciones. Dado que la propiedad de acciones se concentra entre los más acomodados, la economía norteamericana depende de que continúe el auge de Wall Street y de que los ricos sigan gastando sus ganancias.

No son tan afortunados los norteamericanos que intentan sobrevivir con ingresos bajos y medios. Desde el final de la pandemia, han visto cómo sus ingresos reales prácticamente se iban estancando. Tal como afirmó un analista de Wall Street, Mark Zandi, el destino de la economía norteamericana está en manos de los más acomodados. «Mientras sigan gastando, la economía debería evitar la recesión, pero si se vuelven más cautelosos, por el motivo que sea, la economía tendrá un gran problema».

Una razón evidente para que los ricos se volvieran más cautelosos sería una caída de los precios de las acciones. Si eso ocurriera, su patrimonio se vería afectado y gastarían menos. El crecimiento se ralentizaría. Si a eso le sumamos el impacto negativo de los aranceles, el próximo año se produciría una amenaza real de recesión. En esas circunstancias, sería de esperar que Powell y sus colegas de la Reserva Federal apoyasen los precios de las acciones mediante una bajada de los tipos de interés. De hecho, es la certeza que tiene Wall Street de que el banco central norteamericano cederá a la presión de Trump para que lo haga lo que está impidiendo que caigan los precios de las acciones.

Desde la década de 1970, los bancos centrales han priorizado la baja inflación por encima del pleno empleo, lo que ha sido bueno para los propietarios de capital, pero no tanto para los trabajadores. Tal como afirma Dario Perkins, de la empresa de investigación TS Lombard, al igual que los sindicatos fueron custodios del pleno empleo inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, los bancos centrales fueron los guardianes del neoliberalismo. Aunque aparentemente independientes, se aseguraron de que el capital triunfase en la lucha contra los trabajadores y siguiera ganando. Tanto en la crisis financiera mundial de 2008 como en la pandemia, los bancos centrales tomaron medidas agresivas a fin de ponerle un suelo a los precios de las acciones.

Así que puede que cumpla Powell, pero puede ser que no. La Fed tiene dos objetivos: mantener la inflación en el 2 % a lo largo del tiempo y apoyar el empleo. La inflación se sitúa justo por debajo del 3 %, por lo que ahora hay que elegir: mantener los tipos de interés por encima de lo que esperan los mercados para frenar la inflación, o abandonar el objetivo de inflación para justificar la bajada de los tipos de interés.

En cualquier caso, las perspectivas no son buenas. Si la Fed resiste la presión para abaratar los préstamos, aumentan las posibilidades de que la economía estadounidense entre en recesión. Si cede a la presión, mantendrá inflada la burbuja del mercado bursátil, al menos por ahora, pero con el riesgo de una mayor inflación. Esto podría provocar una reacción negativa de los mercados de bonos, que en la práctica fijan los tipos de interés de las hipotecas y el servicio de la deuda nacional estadounidense, que actualmente representa el 124% of PIB.

Siempre parece más fácil ser sabio después de los acontecimientos e identificar las causas de las caídas bursátiles con la ventaja que da una mirada retrospectiva. Esta vez no debería haber ningún problema. En los próximos meses veremos si el mercado alcista puede sobrevivir al intento del presidente de fijar los tipos de interés norteamericano desde la Casa Blanca. Wall Street parece despreocupado de ello. No debería estarlo.

columnista del diario británico The Guardian, cuya sección de Eonomía dirigió durante casi treinta años, es coautor, junto a Dan Atkinson, de “The Gods That Failed: How the Financial Elite Have Gambled Away Our Futures” (Vintage) [“Divinidades fallidas: Cómo se ha jugado nuestro futuro la élite financiera”].
Fuente:
The Guardian, 25 de septiembre de 2025
Traducción:
Lucas Antón