Àngel Ferrero
19/03/2026
Una reflexión sobre el giro internacionalista de Sánchez y otra sobre el funeral de Ciudadanos (C's)
En la presentación del último número de la revista Catarsi en Barcelona, el pasado 13 de marzo, uno de los asistentes nos preguntó a Arantxa Tirado, a Nahia Sanzo y a mí mismo por la aparente repentina admiración internacional hacia Pedro Sánchez por su posición consecuente hacia la guerra en Irán o sobre Israel.
En las redes sociales circulan tantos mensajes en este sentido, procedentes de países de todo el mundo, que se hace difícil hacer una selección aquí de los mismos, y algo parecido puede decirse sobre la cantidad de artículos publicados en diferentes idiomas. La persona que nos formuló esta pregunta lo hizo, además, de una manera muy pertinente, creo, porque no era una pregunta general, sino que también se refirió a los debates que en las izquierdas se dan en torno a esta cuestión, en la medida en que un rechazo frontal o una aceptación acrítica serían posiciones igualmente equivocadas.
La reacción de Sánchez ha de valorarse positivamente –más aun teniendo en cuenta las serias limitaciones de España como miembro de la OTAN–. Conviene guardar cautela ante la reacción de Sánchez –más aun teniendo en cuenta los precedentes de promesas del PSOE que han quedado en papel mojado–. Ambas interpretaciones no son excluyentes. En los medios de comunicación españoles han aparecido algunos artículos que interpretan este giro en clave interna –como una manera de recuperar la iniciativa frente a las encuestas de intención de voto que pronostican una victoria del bloque de la derecha y aprovechando la bajísima popularidad de Donald Trump y Benjamin Netanyahu en España–, como una prueba de la presión de las izquierdas sobre su ejecutivo o que incluso vuelven a traer a colación la supuesta aspiración personal de Sánchez a ocupar la presidencia de algún organismo internacional una vez se agote su mandato. Todas estas interpretaciones, de nuevo, no son excluyentes. Hasta puede llegar a afirmarse que, de fallar la primera, Sánchez siempre cuenta con la tercera, así que no tiene nada que perder apostando como lo hace.
Sin embargo, la primera lectura es, sin duda, la más interesante. Mi respuesta a la pregunta fue que por lo general conviene desconfiar de los jefes de gobierno que dedican tantos esfuerzos a asuntos de política exterior, porque acostumbra a ser un terreno en el que se encuentran cómodos y pueden ganar puntos fácilmente. Otro ejemplo reciente, situado en el otro extremo del espectro político, es el del canciller alemán Friedrich Merz, de quien los medios han recogido que ha hecho durante el tiempo que ocupa el cargo más viajes al extranjero que sus predecesores, todo ello mientras preside una economía que atraviesa considerables problemas y la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) empata o se encuentra a un punto de distancia de su partido, la Unión Demócrata Cristiana (CDU).
El tiempo dirá si la estrategia de Sánchez se traduce en resultados en las próximas elecciones. En el mejor de los casos, puede que, como ha planteado el periodista ruso Leonid Ragozin, se plasme en una alianza que sobrepase el marco izquierda-derecha para reclamar un retorno de la Unión Europea a la diplomacia para la resolución de los conflictos, como ha sugerido esta semana el primer ministro belga, Bart De Wever, en relación a Rusia. La pregunta que nadie parece haberse planteado en su caso es por qué se significa Sánchez en cuestiones que están sin ninguna duda en la agenda mediática, pero en las que España, por su peso internacional, tiene una menor capacidad de influencia que en otras, como Venezuela o el Sáhara occidental. La respuesta habría que irla a buscar en las hemerotecas. Puede que no sea una respuesta cómoda. El mismo Pedro Sánchez que hoy es internacionalmente celebrado como la némesis de Trump se avino a aceptar en 2022 el plan marroquí de autonomía para el Sáhara occidental, enterrando así de manera decisiva la posibilidad de que se celebre a corto y medio plazo en el territorio un referendo de autodeterminación, que era la solución ampliamente aceptada entre las izquierdas en España y estaba considerado como la mejor herramienta para que el pueblo saharaui decida libremente sobre su destino. Lo hizo dos años después de que Trump reconociese la soberanía marroquí sobre el Sáhara occidental. Un dato a tener en cuenta: Marruecos fue nombrado por EEUU “aliado principal no-OTAN” en 2004.
¿Ha fracasado realmente Ciudadanos?
Intento leer con regularidad los editoriales de Ferran Casas en Nació, con quien con frecuencia coincido. En el de este martes, sin embargo, lamento discrepar. Casas destaca, con buen ojo, “uno de los titulares que pasaron más desapercibidos en la noche electoral de Castilla y León”: la desaparición de Ciudadanos (C’s). Con 4.300 votos (0’3%), C’s se quedó fuera del último parlamento regional en el que tenía presencia.
Después de recorrer brevemente su trayectoria de auge y caída, el director adjunto de Nació afirma que “de Ciudadanos no se recordará ninguna idea ni ninguna aportación positiva, quedarán eslóganes vacíos y sistémicos y, en Cataluña, mentiras y toneladas de crispación.” Aquí es donde discrepo. C’s ha sido para las élites que lo financiaron un instrumento útil a la hora de imprimir un giro a la derecha a la sociedad catalana y a la española. El PSOE de Pedro Sánchez incorporó en 2015 la bandera monárquica a sus actos (“La bandera de España es tan del PSOE como el resto”). En Cataluña el PSC hace hoy actos en los que divide su discurso entre el castellano y el catalán, y llama a esto “bilingüismo” y “normalidad institucional”. Como admite Casas, “abrieron camino, también con las asociaciones que alimentaron, a una judicialización de la lengua que los jueces salvapatrias han acompañado cuestionando la inmersión lingüística en la escuela o los requisitos en la función pública.”
Cuando Casas termina su editorial escribiendo que “nadie los echará en falta”, convendría añadir que tampoco los intereses económicos que lo impulsaron, que ahora tienen en otros partidos instrumentos más oportunos para ejercer su influencia. “Der Mohr hat seine Arbeit getan, der Mohr kann gehen.”

