Cristina Piccino
02/09/2007
Venecia.- La primera cosa que le preguntan es si por ventura se ha vuelto pesimista. Ken Loach, al lado de su habitual cómplice cinematográfico, Paul Laverty, responde con el vigor verbal de siempre: No, si acaso me he vuelto más realista.
Pero la pregunta es lícita, a la vista de que la película con que regresa al mundo contemporáneo no parece dejar mucho margen a la utopía. It's a Free World [Un mundo libre] habla de economía globalizada, flexibilidad, explotación intensiva de la inmigración, turnos laborales dobles, precariado.
El tercer mundo está en Londres, dice el joven polaco allí llegado con 250 libras esterlinas sacadas a una agencia de colocación para terminar en aquel campo de barracas y casas rodantes en la periferia conurbana. Su pasaporte ha sido Angie, precoz madre soltera, como tantas inglesas, familia severa, su madre con bisutería de perlas, y ella, con aquel tinte rubio sobre sus negros cabellos y el capote leopardo que la hace puta a los ojos de los compañeros del hijo, por lo mismo obligado a romperles la cara. Cuando pierde el trabajo porque no es lo bastante solícita con sus superiores, decide abrir su propia agencia.
Dice Loach: El personaje de Angie ha tenido una vida dura como todos los demás. Está sola, es madre soltera, precaria obligada a sufrir chantajes por parte de sus superiores, mal pagada. Por eso hace determinadas opciones, que son un poco su forma de combate, como cuando la agencia que recluta trabajadores del este europeo la despide, y decide hacer por ella misma lo que ha venido haciendo hasta entonces: organizar el trabajo explotado en el llamado primer mundo. A través de mis películas trato de hablar de los valores de solidaridad por los cuales sigue siendo justo pelear; son trabajos políticos que siguen teniendo un significado en el mundo de los medios de comunicación, demasiado acechado por la censura del establishment. El caso es que, hoy, ya no hay reglas, se explota a los inmigrantes, pero también a los ciudadanos de un país. ¿Qué equilibrio va a haber en una sociedad que paga sueldos enormes a ejecutivos de banca y una libra esterlina por hora a un peón inmigrado e indocumentado? En lo venidero pienso prestar atención a lo que está sucediendo en Oriente: la situación en Bangladesh a día de hoy es en el fondo muy similar a la del Manchester de fines del siglo XIX. Se podría incluso observar qué va a pasar en China en diez años, qué harán los independientes después de las Olimpiadas. En China hay trabajadores esclavizados, mutilados, heridos. No se puede santificar la eficiencia porque, en realidad, se trata de explotación.
También se inclina por el presente Paul Haggis, el escenógrafo escarizado con Clint Eastwood (Million Dollar Baby) y con Crash, película en la que debutó también como director. En Valley of Elah, evocación bíblica del mito de David y Goliat aplicado, ya sea oblicuamente, a los monstruos internos de la América de nuestros días, habla de los veteranos de Irak y de cómo la violencia desplegada acaba irremediablemente en el regreso a casa.
Haggis se declara contrario a la guerra, ya sea en Irak o en Afganistán, pero en esta película ha querido seguir el punto de vista de sus protagonistas, los soldados, desde dentro. Hemos escuchado a muchos veteranos y estamos felices de que, a la postre, el resultado les haya gustado. Todos saben de dónde sale todo esto, son contrarios a la guerra y lo dicen alto y claro y a la luz del sol. Pero yo he querido escribir el guión de esta película con los ojos de su protagonista, el viejo militar encarnado por Tommy Lee Jones, que ha crecido imbuido de aquellos valores y que, por lo mismo, encarna una gran parte de América. Serán luego los espectadores quienes tendrán que decidir qué pensar y cómo enfrentarse a esta historia. No creo que, como director, sea asunto mío contestar, sino plantear preguntas. Sobre todo cuando se habla de hechos reales, tenemos que entender cuál es nuestra responsabilidad común, y trabajar para que pueda compartirse lo más posible.
Pero una cosa es cierta: Irak, como necesidad de información, es referencia constante en los medios de comunicación, al menos en los más independientes, y a diferencia del Vietnam, cinematografiado con mayor perspectiva y distancia temporales, se da de modo simultáneo al desarrollo de los acontecimientos. El objetivo de Haggis, como el de Brian de Palma, es, de hecho, superar la ignorancia y la censura de las informaciones. Tal vez porque, en los tiempos de Vietnam, los periodistas hacían mejor su trabajo, mientras que ahora se conforman con ser prensa incrustada. Pero no es fácil ni siquiera en el cine. Me fastidian los que dicen que Irak se está convirtiendo en un género comercial. Cuando empecé a concebir esta película, hace un par de años, el 80% de norteamericanos eran todavía entusiastas de la guerra. Todo era patriotismo, y una historia así se miraba con muchas sospechas. Conseguir financiación, resultaba poco menos que imposible.
La brutalidad del Irak se vive en la película a través del enfrentamiento generacional, una vieja guardia con sus valores y una joven que ha perdido la cabeza.
¿Pero no le parece arriesgado rehabilitar Vietnam? La guerra siempre es horrible, pero acaso sea más fácil hallar justificaciones según contra quién se combata. La II Guerra Mundial contra los nazis tiene razones harto distintas de la de Vietnam, la cual resulta todavía, en parte, justificable. La guerra en Irak, por contra, es urbana, se matan civiles cada día, lo que en Vietnam no ocurría, no al menos del mismo modo, aparte de las masacres en las aldeas... Aquí los militares maniobran entre hombres, mujeres y niños que están allí cuando se dispara...
Cristina Piccino es una periodista que escribe en el cotidiano comunista italiano Il Manifesto
Tradución para www.sinpermiso.info: Casiopea Altisench

