Harold Meyerson
04/01/2026
Un auténtico neoyorquino, si es que alguna vez ha habido uno.
No pretendo hacer una valoración negativa cuando digo que a lo que más me recordó el discurso inaugural de Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York fue a Manhattan, la película de Woody Allen, aunque con una visión más global de la ciudad. Al igual que Manhattan, el discurso de Mamdani fue un recorrido enamorado por Nueva York, aunque centrado en la clase trabajadora y media multirracial de la ciudad, algo que no se encuentra en ninguna obra de Allen.
Para Mamdani, este enfoque pretendía ser un medio de identificación y tranquilidad (soy uno de vosotros, os conozco), legitimidad (os represento a todos) y compromiso (lucharé por todos vosotros). Fue un discurso de uno de los suyos. Un tren local, no un expreso, que paraba en cada esquina para celebrar los carritos halal y las tiendas de delicatessen.
Estaba embelesado no sólo con el Nueva York de hoy, sino también con parte de su historia. Mencionó a De Blasio, Dinkins y La Guardia (con vítores de la multitud para Fiorello), y rindió homenaje a la ciudad «donde nació el lenguaje del New Deal». La ceremonia incluyó varias canciones muy neoyorquinas, entre las que destacaron dos himnos de inspiración socialista: «Bread and Roses» y «Over the Rainbow», esta última con letra de Yip Harburg, socialista de toda la vida, quien afirmó en cierta ocasión: «Soy neoyorquino hasta la médula» (estoy seguro de que a Ernie, el hijo de 99 años de Yip, residente en East Village, le pareció especialmente oportuna la inclusión de «Rainbow»)
Mamdani también mencionó a la DSA, los Socialistas Democráticos de Norteamérica, aunque fuera uno sólo de los cientos de barrios, circunscripciones y grupos de trabajadores que reconoció. Fue, sin embargo, un discurso socialista, del género particular perfeccionado por dos socialistas que precedieron a Mamdani en el podio: la representante Alexandria Ocasio-Cortez y el senador Bernie Sanders. Ese género se centra en demostrar que, tal como afirmó una y otra vez Sanders, no hay nada «radical» en disponer de guarderías universales, vivienda asequible y transporte público accesible, medidas políticas que, según las encuestas, son muy populares no solo entre el pequeño número de socialistas norteamericanos, sino también entre gran número de no socialistas norteamericanos. Las mismas encuestas también muestran que una mayoría considerable es favorable al tipo de subidas de impuestos a los súper ricos que defienden Sanders y Mamdani.
Fundamentalmente, la política del discurso de Mamdani era la de la recuperación, la de arrebatar la ciudad al 1 o al 5 % más rico, que la ha reclamado como su patio de recreo personal, y hacer que el 99 o 95 % restante también pueda reclamarla como propia.
En la medida en que el discurso de Mamdani tenía un enfoque teórico, era este el del rechazo rotundo del neoliberalismo que ha caracterizado la política de ambos partidos durante la mayor parte del último medio siglo. Durante demasiado tiempo, afirmó, la gente había recurrido al sector privado para resolver los problemas de la sociedad, algo para lo que el sector privado no estaba preparado ni dispuesto a hacer. Dejó claro que la presunción de que «la era del gran gobierno ha terminado», como dijo una vez Bill Clinton, había terminado. En lugar de decirles a sus conciudadanos neoyorquinos que rebajaran sus expectativas sobre lo que podía hacer el gobierno, prometió que «la única expectativa que pretendo reajustar es la de las pequeñas expectativas».
Esa frase sobre las expectativas estaba redactada de tal manera que se hacía eco del discurso inaugural de otro neoyorquino, Franklin Delano Roosevelt, cuando declaró: «A lo único que debemos temer es al miedo mismo». Y el socialismo que describía Mamdani se parecía mucho a las políticas del New Deal, que hicieron que el gobierno asumiera las tareas necesarias en las que el sector privado había fracasado estrepitosamente. Sanders siempre ha citado a FDR como modelo para sus políticas socialdemócratas y sus ataques a aquellos a los que FDR llamaba «malhechores de gran riqueza», y Mamdani, de manera efectiva, aunque no abierta, reivindicaba el mismo linaje en su discurso (la única referencia durante las ceremonias a un socialista extranjero vino del no socialista Jumaane Williams, defensor público de la ciudad, quien mencionó de pasada a Maurice Bishop, el antiguo primer ministro de la pequeña nación insular caribeña de Granada, desde donde los padres de Williams emigraron a Nueva York).
Puede que los editorialistas de derechas se lancen sobre el comentario de Mamdani de que es hora de substituir la dureza del «individualismo salvaje» por «la calidez del colectivismo», pero para cualquiera que escuchase su discurso estaba claro que, hablando de «colectivismo», Mamdani se refería a la «comunidad» más diversa que se pueda imaginar. Consciente de que la labor de relegitimar al gobierno como fuerza del bien requiere una presión pública continua para que este lleve a cabo las tareas necesarias, el alcalde de la ciudad del «biryani y el pastrami con pan de centeno» le pidió al movimiento que lo había llevado al poder que no se rindiera. «El trabajo», concluyó, «no ha hecho más que empezar».

