¿Es Boudou el problema?

Carlos Gabetta

15/04/2012


La pregunta del título apunta a dilucidar cómo y por qué el protagonista del último esperpento en data de la política argentina está donde está: ejerciendo la vicepresidencia de la República. En efecto, Amado Boudou, un joven frívolo y petulante, por lo que se ve; sin antecedentes académicos ni profesionales dignos de mención, por lo que se sabe; sin siquiera militancia anterior en cualquiera de las versiones del peronismo –proviene de la corriente liberal que fundara Alvaro Alsogaray–, apareció un día como acompañante en la fórmula presidencial que obtuvo el 54% de los votos.  

Así detallado, el interrogante exige respuesta tanto del peronismo, como de la oposición, como de la ciudadanía. La del peronismo emana de su propia historia, si uno se toma el trabajo de recordar, por ejemplo, que en 1974, a la muerte de Juan Perón, asumió María Estela Martínez… de Perón, en su momento elegida acompañante porque era un hueco incapaz de echar sombra.   La designación de un personaje como Boudou para acompañar a Cristina Fernández no tiene, pues, más explicación que el caudillismo que no tolera competencia; que el desprecio del peronismo por cualquier regla o respeto institucional, así se trate del debido a sus propios partidarios. El nombramiento de Boudou tampoco fue cuestionado por el lote de oportunistas de izquierda que adhiere a la versión actual  del peronismo. Y se entiende: un peronista no discute la decisión del Líder porque es peronista; un oportunista, porque el oportunismo tiene esas contrariedades.

De la oposición no puede esperarse respuesta alguna, porque no las exigió antes de tantas cosas y porque, con alguna excepción, le caben las generales de la ley, los mismos reproches. El conjunto de la dirigencia política tradicional argentina parece hallarse en una fase de disolución, ya que no exhibe principios ni proposiciones y no acata regla o norma institucional alguna, si no es en forma declarativa. Hoy por hoy, es un magma en el que campean la codicia y sus modales: el oportunismo, la transgresión, los pactos y desplazamientos menos pensados, los lazos con el mundo delincuencial o su tolerancia, la traición y, llegado el caso, la violencia. En este panorama, las excepciones carecen de relevancia nacional y aún no se sabe cuál es su propuesta alternativa en esa escala. Queda la ciudadanía ante este y otros hechos, pero es un tema que excede en buena medida mi comprensión. Todo lo que atino a resumir es que la disolución es también institucional y social; una suerte de sálvese quien pueda en ominosa evolución. El peor populismo. La tendencia es planetaria; reflejo de una crisis económica estructural, pero entre nosotros tiene una historia, dimensión y profundidad especiales: es un viejo hábito argentino. 

La alternativa, pues, no es sólo política, sino también cultural, en sentido antropológico. Lo que debe cambiar es la cultura cívica de los argentinos; su relación con la ley, con el Estado; sus prácticas de convivencia. La disyuntiva, hoy, es República o país mafioso.

Carlos Gabetta  es periodista y escritor. Ex director de Le Monde Diplomatique.

Fuente:
www.perfil.com, abril 2012carlos g
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