Philip Oltermann
01/11/2025
En la nueva película de Chris Miller, a un pitufo le dicen que «crea que ha nacido grande». Pero, ¿contradice este enfoque lo que representaban los pitufos originales de Peyo?
Los Pitufos, una nueva superproducción de Paramount Pictures dirigida por Chris Miller, viene recibiendo reseñas negativas por parte de la crítica y ha fracasado en taquilla. Sin embargo, cumple su función de recordar a los espectadores lo extraños que son estos personajes de tres manzanas de altura, creados originalmente por el dibujante belga Pierre «Peyo» Culliford en 1958.
En la película, James Corden pone voz al Pitufo Sin Nombre, que sufre una angustia existencial porque, a diferencia de los demás habitantes de la aldea pitufa —Filósofo, Gruñón, Fortachón, etc.—, no «tiene nada propio», ninguna habilidad o rasgo característico que le haga destacar. Este rasgo especial acaba identificándose como «magia» y el Pitufo Sin Nombre se ve presionado —por una Pitufina con voz de Rihanna que le canta una serenata— para darse cuenta de su valor único y «no dejar que nadie diga nunca que no eres nadie» y aceptar que «naciste grande».
Una crisis de identidad puede ser una experiencia relativamente nueva para el locuaz actor británico, pero sin duda es la primera vez que ocurre en los 67 años de historia del cosmos azul de Peyo. De hecho, puede que sea una contradicción en sí misma: ser un buen Pitufo, en la visión protocomunista de los cómics originales, significaba no elevar nunca la propia personalidad por encima del colectivo.
De los cien habitantes originales de la aldea de los Pitufos, dice el sociólogo y pitufólogo francés Antoine Buéno, «alrededor del 90 % eran totalmente indistinguibles. Todos tenían el mismo aspecto y vestían igual». Aunque algunos pitufos se identificaban por su nombre, dice, esto solía ser a través de una habilidad relacionada con la utilidad que tenía para la comunidad (todos los pitufos originales eran masculinos). «La sociedad pitufa es una sociedad corporativista arquetípica, lo que significa que cada pitufo identificado representa una función social».
En la última reinvención de la franquicia por parte de Miller, dar rienda suelta a tu verdadero yo interior se presenta como la clave para superar un problema, mientras que en el libro original de Peyo es la raíz de todos los males. «En los cómics, cada vez que un pitufo intenta ser un individuo, se produce una catástrofe», afirma Buéno.
Por ejemplo, en el segundo libro de la serie original, Le Schtroumpfissime (El Pitufísimo o El Gran Pitufo), de 1965, los habitantes del pueblo votan para elegir un líder interino en ausencia del Papá Pitufo, pero la democracia no les sienta bien. Un pitufo sin nombre se da cuenta de que puede manipular el sistema haciendo promesas que no puede cumplir a cada uno de sus posibles votantes, y gana. Pero una vez elegido, gobierna como un autócrata, instaurando un régimen opresivo dirigido por Pitufo Fortachón y obligando a los demás pitufos a construirle un palacio. El libro fue traducido al neerlandés como De Smurführer.
«Todo lo malo proviene de la individualidad, que también está relacionada con la propiedad privada», afirma Buéno. «Cada vez que se reclama la propiedad privada en la aldea, se rompe todo el equilibrio de la sociedad».
El libro de 2011 en el que Buéno exploró los fundamentos ideológicos ocultos del mundo ficticio de Peyo, Le Petit Livre Bleu: Analyse Critique et Politique de la Société des Schtroumpfs, provocó una fuerte reacción por parte de los auténticos fans y resulta deliberadamente polémico en la forma en que explica alusiones políticas que los cómics nunca hacen explícitas. Las connotaciones revolucionarias de los gorros frígios (rojos para Papá Pitufo y blancos para todos los demás) son plausibles, pero quizá lo sea menos la identificación del Papá Pitufo barbudo con Marx y del Pitufo Filósofo con gafas con Trotski.
La búsqueda de mensajes ocultos en los libros puede incluso haber distraído la atención de lo genuinamente original que era, en apariencia, el ejercicio narrativo de los Pitufos: una serie de cuentos con 100 protagonistas, la mayoría de los cuales tienen exactamente el mismo aspecto, en los que el heroísmo reside en la acción colectiva.
Más de una década después de la publicación de su Pequeño Libro Blanco, Buéno se muestra más equilibrado en su valoración. «Mi teoría siempre fue que a Peyo no le interesaba en absoluto la política», afirma. «Pero su genio residía en crear una utopía que se inspiraba en nuestra historia política común y en idear imágenes que le llegasen a todo el mundo».
El uso de la aldea de los Pitufos como ejemplo de socialismo funcional no sólo desapareció con el nuevo reinicio, sino que fue eliminado del universo Pitufo después de que Peyo vendiera los derechos de su creación en la década de 1970. «Para mí, lo que hemos visto en los Pitufos es una demostración perfecta del análisis del capitalismo de Guy Debord», afirma Buéno. «La fuerza del capitalismo reside en no destruir nunca frontalmente a sus enemigos, sino en absorberlos y digerirlos».

