«La continuación de la Teoría Crítica por medios narrativos»: Alexander Kluge y el antirrealismo de los sentimientos

Adam Tooze

12/04/2026

Figura singular de la cultura alemana de postguerra, Alexander Kluge, fallecido el pasado mes de marzo, discípulo y amigo de Theodor Adorno, fue conocido internacionalmente sobre todo como cineasta. Si bien no tan célebre como Schlöndorff, Fassbinder, Herzog o Wenders, dirigió dos películas sumamente representativas del llamado Nuevo Cine Alemán (cuyo Manifiesto de Oberhausen firmó en 1962): Abschied von gestern [Una muchacha sin historia], y Die Artisten in der Zirkuskuppel: Ratlos [Artistas bajo la carpa: Perplejos]. Kluge fue además un notable pensador y literato (recibió el Premio Georg Büchner en 2003), al que Adam Tooze rinde sincero homenaje en este trabajo, muy apartado de sus habituales preocupaciones, pero que testimonia la variedad de sus intereses intelectuales y el rigor de su formación germana. - SP

[Nota: Todas las citas de Kluge seleccionadas por Tooze proceden de la edición en inglés de sus escritos al cuidado de Richard Langston con el título de Difference & Orientation – An Alexander Kluge Reader].  

In memoriam Alexander Kluge (14 de febrero de 1932 – 25 de marzo de 2026)

“Yo fui, yo soy, yo seré: es esa una unidad para cada uno de nosotros. No puedo sentir sensaciones sin despertar en mí mismo al niño que fui y a los padres que influyeron en ese niño. Sin esperanza, ni siquiera puedo hablar. Estaría paralizado. No puedo prescindir de este único momento en el que todavía parece haber algo por decidir: es a esto a lo que llamamos presente. En este sentido, los tres tiempos gramaticales —aquí solo he mencionado los simples— están presentes en cada momento, pensamiento, recuerdo, cosa olvidada y trabajo realizado. No hay un solo tiempo, como nos quieren hacer creer las novelas y la nueva poesía del siglo XIX”. D&O, 30.

Para Alexander Kluge —discípulo de Adorno, cineasta, escritor, antiguo asesor jurídico de la Escuela de Fráncfort, divulgador de la Teoría Crítica por todos los medios necesarios— siempre estuvo claro que el tiempo es múltiple, superpuesto, fragmentado. La narración, su medio de expresión elegido, está para Kluge directamente ligada a la vida y a la sucesión de generaciones:

“Es muy importante señalar que el espacio narrativo en el que los seres humanos narramos y experimentamos —y que, en conjunto, constituye el transcurso de nuestras vidas— es, ante todo, un receptáculo del tiempo que se extiende desde el nacimiento hasta la muerte. Dentro de este receptáculo, tres generaciones crean juntas un espacio narrativo inteligible en la medida en que interactúan directamente entre sí en el acto de contar historias. Hay otro aspecto en esto, a saber, que también miramos hacia afuera desde el interior de nuestras múltiples vidas simultáneas. Por ejemplo, ese niño de seis años que fui una vez te está observando ahora mismo porque ahora siento curiosidad, y el tipo de curiosidad que tenía de niño no es algo que se pueda desaprender fácilmente. Al mismo tiempo, mi yo de treinta años que tocaba el órgano también está activo. Esto también está presente, pero no en cada momento de mi vida. Al igual que en el caso de una abuela rusa, dieciséis, si no ochenta, ojos miran al mundo desde un solo ser humano adulto, y el mundo les devuelve la mirada. Y otras personas les devuelven también la mirada. Estas son, en su conjunto, las vidas unificadas de la experiencia, algo que es un tema recurrente para mí, un tema que pertenece a la narración”.

“Frente a estos ciclos vitales se erige una realidad que pretende ser algo auténtico. No siempre hay que creer en esta afirmación. A primera vista, la realidad se caracteriza por una rigidez extrema. Un recluso que se estrella de cabeza contra la pared de su celda se da cuenta al instante de lo objetivas que son las condiciones reales que le rodean. Por el contrario, estas condiciones son también frágiles. Esta forma —a veces caprichosa y capaz de metamorfosearse como los espíritus y otras veces materia endurecida— es lo que debemos entender cuando decimos que la Teoría Crítica trabaja con un concepto antagónico de la realidad. La realidad contenida en este concepto es real en el sentido de que, por ejemplo, un accidente le ha costado la vida a alguien o de que estallan guerras. Del mismo modo, la realidad es una invención burda, un capullo que nos tejemos a nuestro alrededor para poder soportar el mundo real. La realidad, pues, tiene muchas propiedades cuando se trata de la narración. Cuando se trata de enumerar, registrar o cuadrar cuentas, la realidad es bastante sencilla. Pero en cuanto empiezas a contar historias, empiezas a darte cuenta de que la realidad tiene catacumbas, pozos y abismos. Debajo de todo relato lineal yacen la felicidad y la desgracia”. D&O, 102-3

La línea divisoria entre la psicosis y la neurosis puede depender de la distinción entre la relación con la realidad, pero Kluge no cede terreno:

“Creo que la ideología más afilada que existe es aquella que considera que la realidad es real”. D&O, 421

En cuanto a su modelo de las tres generaciones:

Para mí, leer a Kluge por primera vez a finales de los años 80 fue una experiencia determinante. Se encontraba entonces en la cima de su carrera, pasando, en su esquema biográfico de tres fases, del apogeo de la fase 2 a las alturas de la fase 3. Yo acababa de entrar en la madurez intelectual, pasando de la fase 1 a la 2. Para mí era un héroe desconocido, una pasión secreta. Mucho menos conocido que figuras como Foucault o Habermas, pero para mí casi igual de importante. A la altura de Latour. Más alemán. Intensamente preocupado precisamente por la historia con la que yo también estaba luchando. Importaba que Kluge estuviera vivo. Que siguiera siendo productivo. Que siempre hubiera más de Kluge que leer. En la generación sucesora de Adorno y Horkheimer, si Habermas era el ala académica oficial de la Escuela de Fráncfort, Alexander Kluge (a veces junto con su colaborador de toda la vida, Oskar Negt) era su contraparte cultural de izquierdas. La lógica generacional gira inexorablemente. A mi yo más joven se le han superpuesto ahora muchos otros. Y Alexander Kluge ha muerto. Murió el 25 de marzo de 2026.

Kluge afirmó en cierta ocasión que saber que Ovidio acompañó a Heiner Müller en sus últimos días en cuidados intensivos cambió su relación con ese texto clásico (D&O, 86). Desde que leí la noticia del fallecimiento de Kluge la semana pasada, me doy cuenta de que, para mí, uno de los libros de Kluge podría ser el talismán que me lleve al hospital la próxima vez.

Kluge es un consuelo, pero también un misterio. Nos habla en muchos niveles. Docenas de libros y películas. Cientos de historias. Miles de páginas y horas de televisión.

Conmocionado por la noticia de su fallecimiento, siento la necesidad de comprender un poco mejor el impacto que ha tenido en mí. Encontré respuestas en dos volúmenes que descargué rápidamente de Internet, un gesto que Kluge, que se adhirió a todo tipo de innovación mediática, habría apreciado. Mis dos claves para comprender mejor a Kluge son, en primer lugar, la excelente recopilación de textos explicativos y entrevistas del propio Kluge, compilada por uno de sus principales traductores al inglés, Richard Langston.

Las referencias de este artículo se indican como D&O, seguidas del número de página.

Para ampliar el contexto, me baso en el excelente texto de Christoph Streckhardt [Kaleidoskop Kluge - Alexander Kluges Fortsetzung der Kritischen Theorie mit der narrativen Mitteln] , de quien tomo prestado el título de esta entrada.

Cuando se le preguntó cuál era su pregunta central, Kluge respondió en cierta ocasión que su principal preocupación era lo que él denomina el impulso antirrealista contenido en los sentimientos humanos y los efectos muy reales de ese antirrealismo.

“Si las relaciones reales no respetan a una persona, entonces esta, a su vez, negará esas relaciones no humanas. Este es el antirrealismo del sentimiento. Las personas no son objetivas en este sentido, sino más bien humanas y subjetivas. Esto hace que el tema de la «realidad» sea volátil, porque la realidad subjetiva de una persona es tan real como las relaciones objetivas, el muro contra el que chocamos de frente”. D&O, 88.

Esta tensión entre las relaciones no humanas y la fuerza de nuestras energías emocionales internas es el «motor» de los cientos de relatos de Kluge, compuestos en parte por documentales y en parte por ficciones de estilo moderno de carácter inventivo.

Si el impacto histórico real del antirrealismo de los sentimientos es el tema central de Kluge, esto plantea un profundo desafío. Porque los sentimientos son a la vez inmediatos e innegables, y misteriosos.

“No es tan fácil como podría parecer descubrir un sentimiento o describir cómo se manifiesta. Los sentimientos son demasiado ricos y complejos para que la mente pueda comprenderlos. El filósofo Blaise Pascal afirma que el corazón tiene una mente, pero que la mente misma no puede entenderlo. Este podría ser también el tema central de mi Chronik der Gefühle [“Crónica de los sentimientos”]. No se trata de un argumento a favor o en contra de los sentimientos. Más bien, es un intento de dirigir nuestra atención. Las cosas que conmueven a los seres humanos desde dentro son, de hecho, significativamente más fuertes y poderosas que cualquier cosa que ocurra en el exterior” D&O, p. 44-45

La obra de Kluge consiste en historias sobre personas y cosas y lo que las mueve, tanto las fuerzas materiales como las emocionales: soldados en combate con su equipo y sus cuerpos, ingenieros y maquinaria, profesores, trabajadores sociales. Se la podría llamar un materialismo en el que se han recuperado los sentimientos.

“No es que celebre los sentimientos. Solo quiero que la gente reconozca su existencia. Además, no se trata de mundos interiores, sino más bien de los sentimientos que pueden reconocerse en estructuras físicas y no solo en monumentos tallados en piedra. Las casas en las que vivimos son sentimientos convertidos en espacio”. D&O, p. 45

No en vano, junto a Adorno, es Walter Benjamin y su extraordinario inventario de la historia del siglo XIX lo que inspira a Kluge. Cuando se le pide que dé un ejemplo de qué tipo de situaciones le interesan, Kluge da un giro característico:

“La primera guerra industrializada tiene lugar entre 1914 y 1918. Se trata de un horrible enfrentamiento de municiones acumuladas, fabricadas gracias al trabajo de innumerables obreros e ingenieros. También participan mineros tanto de la cuenca del Ruhr como de las regiones carboníferas francesas, que excavaban túneles en una colina a las afueras de Verdún para luego detonarlos. Se trata de una fuerza de trabajo altamente especializada que pronto se convertirá en trabajo muerto. Marx aplicó el concepto de «trabajador colectivo» [Gesamtarbeiter] a esta fuerza de trabajo; empleado por dos empresas competidoras, el trabajador colectivo se aleja de las posibilidades económicas de ambas. El trabajador colectivo es trágico porque podría desarrollar una autoconciencia sobre su fuerza de trabajo, pero en cambio trabaja en contra de sus propios intereses. Las realidades desconectadas, objetivas y subjetivas divergen. Por el contrario, el capitalismo, unido por los mercados bursátiles, sabe muy bien cómo colaborar porque sólo es cuestión de intercambio de mercancías. Como todo se reduce al intercambio de mercancías, nada importa demasiado y nada es psíquicamente difícil, mientras que el trabajo es algo muy valioso a lo que la gente se aferra y al que vincula su propia identidad”. D&O, 88-89

Un materialismo en el que se han recuperado los sentimientos es aquel que demanda su propio género de historia. Esta será montaje, combinación, ensamblaje, configuración y crónica.

AK: “Podemos elegir entre una crónica objetiva, una crónica de acontecimientos o una crónica de sentimientos, que describe lo sucedido de forma subjetiva. Me parece que esta subjetividad tiene más perdurabilidad. Es el más materialista de los dos elementos. Por un lado, los sentimientos son muy adaptables y bastante resistentes ante la angustia y el sufrimiento. Al mismo tiempo, sin embargo, son más obstinados y más parecidos al hormigón que a cualquier otra cosa que se me ocurra, porque no cambian fundamentalmente a lo largo de 2.000 años”.

 

JR: “¿Así que entiendes esos acontecimientos históricos como expresiones de estados emocionales? ¿Son los sentimientos las causas fundamentales de lo que ha sucedido históricamente?”

 

AK: “Exactamente. Hay un dicho que dice: «Los celtas están por todas partes, sólo que no los vemos». Los romanos utilizaban esta frase. Ocurre exactamente lo mismo con los sentimientos. Están por todas partes, hasta en lugares inesperados. Por ejemplo, habitan en las instituciones, que sólo se vuelven sólidas y tienen capacidad de resistencia cuando están llenas de sentimientos”. D&O, p. 44

Esta tensión entre la autoridad reconocida (el Imperio romano, con toda su positividad y su fuerza) y lo reprimido (los celtas y su cultura clandestina y guerrillera) es el motor de las historias de Kluge. Esta tensión provoca resonancias en todos y cada uno de nosotros. Como a Kluge le gustaba recordar a su público, llevamos dentro de nosotros, en nuestro linaje, y en el de nuestros padres y los de ellos y así sucesivamente, historias muy conflictivas que conforman la realidad en cada momento. Como describió Kluge a su padre.

“… mi padre, cuando lo visité el 1 de mayo de 1970 en lo que entonces era Alemania Oriental. Llegué con los ojos de un alemán occidental en un momento de mi vida en el que trabajaba en Fráncfort. Mi padre estaba sentado en el escritorio de su consulta médica, que contaba con una sala de maternidad; en la primera planta yacía una mujer embarazada de parto. Mi padre, siempre médico y obstetra concentrado, hizo una pausa antes de que comenzara la siguiente serie de contracciones de la mujer. Preocupado desde hacía tiempo por la batalla del Marne de 1914, que creía él que podría haber terminado de otra manera, estaba leyendo un libro sobre la campaña de Napoleón en Rusia. Fuera de su ventana, el Ejército Popular Nacional (de la RDA) realizaba un desfile en la plaza Bismarck, con banda de música, un discurso oficial y una delegación de funcionarios del Partido Comunista. Quizá empieces a darte cuenta de lo dispar que es esta realidad. No creo que en la plaza hubiera mencionado nadie a Napoleón en su discurso; eso habría resultado extraño. Tampoco la batalla del Marne era un tema de actualidad para ellos. Vivían aquel Primero de Mayo en la RDA con todas las células de su cuerpo, igual que cualquier otra persona dotada de miles de millones de compañeros en su interior. En ese momento, llamaron a mi padre para que subiera a ver a la mujer embarazada, cuyas contracciones habían vuelto a empezar. Operaba en cuatro realidades simultáneamente. Esto es relato. Cuando dejo que suceda, creo una multidimensionalidad que, en el caso de Bach, incluye la polifonía. Lo valoraría mucho si eso también ocurriera con mis historias. De hecho, puedo lograrlo fácilmente mediante el respeto y la observación. No tengo que crearla, pues la realidad es en sí misma multifacética. A esto me refería antes cuando decía que existe la perspectiva narrativa lineal, así como una estructura vertical compuesta de comentarios, catacumbas y pozos que enriquecen fundamentalmente la narración. Por esta razón, no hay narrativa sin un subtexto, sin dobles significados, sin ambigüedad o sin metáforas, de las que hablaré la próxima vez. Son un mecanismo de interacción entre tantos niveles que conforman una mina no académica —emocional—. Un ser humano es eso”. D&O, 105-6

Hasta esta semana, leía a Kluge de forma fragmentaria. Disfrutaba de su estilo ensayístico. De su desmembramiento de los grandes relatos a las que yo mismo soy adicto. Al leerlo de forma más sistemática en los últimos días, con la ayuda de Langston y Streckhardt, lo que comprendo mejor que nunca es el gran arco en el que se inscribe el pensamiento de Kluge.

La historia básica es que Europa salió de la Edad Moderna por el camino equivocado. Junto con Ovidio, uno de los grandes héroes de Kluge es Montaigne (1533- 1592), el gran ensayista del Renacimiento. En palabras de Kluge:

“Michel de Montaigne ha vivido en carne propia las guerras de religión: la matanza de San Bartolomé, en la que los católicos masacraron a los protestantes. Ser llamado protestante no significa otra cosa que pertenecer a esos suizos que se atrincheraron en Suiza o en La Rochelle y masacraron a los católicos. Por un momento, bajo el reinado de Enrique IV, surge la paz. Los sentimientos se vuelven sensatos por un instante. En este punto, Montaigne toma la palabra y dice: Armados de Ovidio, los escritores de la Antigüedad y nuestras experiencias contemporáneas, vamos a poner en paralelo todas las sensaciones, cada experiencia que va desde las mentiras hasta la fabricación de ilusiones, desde el establecimiento de la verdad hasta el deseo, con el fin de poner a prueba una vez más lo siguiente: ¿Qué une a las personas? ¿Qué es bueno para la comunidad? ¿Qué pone fin a las guerras religiosas? En los siglos XVI y XVII se hallan sólidos vestigios de una Ilustración en la tenacidad que se encuentra en el diafragma. Si la Ilustración del siglo XVIII fue insuficiente para derrotar al fascismo, entonces hay que profundizar y indagar en etapas anteriores de la Ilustración”. D&O, 411-412

La Ilustración del siglo XVIII no sólo no fue suficiente para contrarrestar el fascismo, sino que encerraba en sí misma su propia violencia, la violencia de la Revolución Francesa. O, como dice Kluge:

“Sin embargo, debemos recuperar los caminos del siglo XVII [quizás se refiera al siglo XVI, nota de Adam Tooze] que aún podemos atribuir a la emancipación de la palabrería de la Ilustración del siglo XVIII y de sus retóricos, quienes vuelven a introducir tanto egocentrismo como en los tiempos de la Revolución Francesa, cuando una persona enviaba a otra a la guillotina para que la ejecutaran”. D&O, 427=8

¿Podrían haber sido las cosas de otra manera? ¿Fue el terror, fue el catastrófico imperialismo de Napoleón el telos necesario de la revolución? Como siempre en Kluge, había alternativas. La historia podría haber tomado otro rumbo. El siglo XIX podría, por ejemplo, haber comenzado, no con la embestida de Napoleón, sino con una síntesis prusiano-francesa orquestada por figuras como Emmanuel Joseph Sieyes, una figura política clave en la estabilización de Francia a finales de la década de 1790 y gran admirador de Immanuel Kant, que en aquel momento se encontraba en la cima absoluta de su influencia en toda Europa. Kluge ve esta posibilidad a través de los ojos del poeta y dramaturgo alemán Heinrich von Kleist (1777-1811).

“En aquel momento, (Kleist) se sentía motivado por la convicción de que sería fundamental para Europa que los revolucionarios franceses se formaran de una vez por todas —a sí mismos y a las nuevas características humanas, tanto de carácter comercial como técnico, surgidas de la Revolución— mediante la lectura de Kant. Esto también podría interpretarse como una variante del partidismo, un nuevo patriotismo, que pretende conectar los intereses de los patriotas prusianos con los de la nueva Francia. Intenta imaginar ese momento: ¡qué tipo de Europa artesanal habría sido si el trabajo manual e intelectual se hubieran introducido en el espíritu del patriotismo!”. D&O 32

“Pero la posibilidad de un momento franco-prusiano-kantiano-sieyesiano se desvaneció ante el ímpetu conquistador de Napoleón. Lo que resultó en su lugar fue la marcha de Napoleón hacia Ulm y Austerlitz (1805), el fin del Sacro Imperio Romano Germánico, la destrucción del ejército prusiano en Jena (1806), la Fenomenología de Hegel, el inicio del periodo de reformas prusianas, el desastre de la marcha de Napoleón sobre Moscú y la «guerra de liberación» que siguió. Kluge recordaba la literatura de las Befreiungskriege [“guerras de independencia”] contra Napoleón, que ocupaban un lugar destacado en el estudio de su padre, lujosos volúmenes cuyas resistentes encuadernaciones ocultaban no solo tesoros históricos, sino también obras de carácter más erótico, escondidas detrás de estos en la estantería”. D&O, 86.

Del Sattelzeit [“tiempo de reposo”] (Koselleck) —el periodo de transición del siglo XVIII al XIX— surgen, según Kluge, tres nuevas fuerzas.

“En esta encrucijada (desde la década de 1780 hasta la de 1810), que abarca más de tres décadas y sirve de puente entre estos dos siglos antagónicos (el XVIII y el XIX), surgen tres nuevos desarrollos mientras las fuerzas individuales luchan entre sí: la guerra popular, la industrialización y la codificación de una nueva ternura. En nuestra propia época, a finales del siglo XX, es importante reconocer las nuevas formas que han adoptado estos tres procesos elementales, procesos que comienzan en serio a principios del siglo XIX pero cuyas raíces se remontan al siglo XVIII: lo encontramos en el intento de alcanzar las estrellas, propio de la guerra industrializada; en la ruptura con la industria clásica; y en este giro quimérico hacia una nueva subjetividad…” D&O, 31

La fuerza motriz de este triángulo de hierro formado por la guerra popular, la industrialización y el sentimiento no iba a ser el eje franco-alemán.

“La posibilidad de una relación cooperativa en el continente, suponiendo que tal posibilidad llegara a existir, quedó descartada en la batalla de Waterloo (1815). Fue la Bolsa de Londres, y no el impulso de unos artesanos unidos, lo que decidió el destino del continente europeo y de todos los demás de nuestro planeta durante los dos siglos siguientes. Tras perder su orientación eurocéntrica, este mundo programado que se asemejaba a Babilonia se aleja ahora hacia la cuenca del Pacífico, las «antípodas», como diría Kleist, los californianos. Esto resulta conveniente para los presidentes con inclinaciones dramatúrgicas, Hollywood y todos los nuevos ejecutivos dispuestos a tomar de nuevo decisiones globales, cometer errores y crear divisiones, como si la tarea que tuvieran entre manos fuera agrupar dos siglos olvidadizos…” D&O, 33

Así se expresaba Kluge en 1985 al recibir el Premio Kleist, con Reagan y Kohl en pleno auge. La hegemonía del capitalismo angloamericano no fue solo un desarrollo geoeconómico. Para Kluge, iba de la mano del estilo literario y cultural del siglo XIX. La novela lineal y romántica, con su visión comprimida y reprimida de la historia, era la expresión cultural de este doble siglo. Es a esto a lo que Kluge se propone resistirse, invocando figuras como Kleist, Montaigne y Ovidio en su contra: «No hay un solo tiempo, como nos quieren hacer creer las novelas y la nueva poesía del siglo XIX. La obra de Kleist deja claro lo fracturado que está el antiguo concepto del tiempo». D&O, 30-31

Esta vinculación de una interpretación del siglo XX con una historia crítica de la transición del siglo XVIII al XIX constituye una corriente de pensamiento que en modo alguno se limitó a Kluge. El propio Kluge reconoce brevemente a Foucault como un referente evidente (D&O, 47). Al fin y al cabo, fue precisamente en ese mismo periodo, entre los años 1780 y 1800, donde Foucault situó la ruptura epistémica entre la «Edad Clásica» y la «Edad Moderna». Para Foucault, al igual que para Kluge, la concepción de la historia del siglo XIX, centrada en la figura del «Hombre», supuso una reducción radical de las posibilidades, una episteme contra la que había que luchar. En Alemania, Carl Schmitt, con su crítica de la Ilustración, continuada por Reinhart Koselleck en Kritik und Krise (1954), operaba en un terreno similar, aunque ambos valoraban el siglo XIX conservador de manera diferente a Kluge. La ausencia de cualquier intercambio directo entre Koselleck y Kluge es un aspecto verdaderamente desconcertante de la cultura intelectual de Alemania Occidental.

La lealtad de Kluge se cifraba en la Escuela de Fráncfort. Tal como afirmaba en una entrevista en 2001:

La Dialéctica de la Ilustración es la obra fundamental a la que me he dedicado. La represión del yo es necesaria si se quiere navegar entre Escila y Caribdis y llegar a salvo a casa. Y esta represión va de la mano con la esclavitud de los demás y de tu propio yo interior. Los compañeros de Odiseo que tienen que remar en la barca son, en esencia, esclavos, y desde luego no caballeros. Aplicado a nuestro propio país, hay que añadir que nuestros antepasados en las granjas medievales, en la época anterior a las Guerras Campesinas, no tenían la opción de escapar del Cíclope en barco. Estaban rodeados de tierra. Así, para nosotros, el cuento de hadas El lobo y los siete cabritillos (un cuento de la colección de Grimm, muy similar a Los tres cerditos, más familiar en el mundo angloparlante) es lo que es la Odisea es para los griegos marineros. Este cuento plantea preguntas fundamentales: ¿A quién puedo dejar entrar y a quién no debo dejar entrar bajo ninguna circunstancia? ¿A quién hay que dejar fuera de casa? Este es el error que cometen inicialmente los cabritillos. Dejan entrar al lobo, igual que nosotros dejamos entrar a Hitler en 1933. Y luego, por otro lado, los cabritillos logran milagrosamente salir del vientre del lobo sanos y salvos. Estas son variantes continentales del mismo intento de crear seguridad: «¿Cómo puedo protegerme? ¿A qué debo temer? ¿Qué mantiene unidas las acciones voluntarias? ¿En qué puedo depositar mi confianza?».

La pregunta, pues, es cómo narramos la vida y la agencia en un mundo descrito por Horkheimer y Adorno en la Dialéctica de la Ilustración. Kluge describe su propio método como

“algo que, en realidad, no difiere tanto de la Dialéctica de la Ilustración. Si uno sale en busca de rastros de sentimientos y utiliza los métodos de la poesía para observar con atención, descubrirá que estos sentimientos son muy diversos. Están sujetos al tipo de metamorfosis descritas por Ovidio. Como tales, superan con creces el carácter moral, la razón o la sociedad. Si una criatura ya no puede soportar algo, se transforma. Esto significa que los sentimientos tienen muchas vías de escape. De hecho, siempre han sido partidarios del mito, y también se comportan como partidarios frente a la razón, que busca superar el mito. Son, por lo tanto, capaces de resistir”.

Para Kluge lo esencial es escapar de las convenciones del realismo histórico del siglo XIX. Su estilo fragmentario, de cameo, no es sólo una «falta» de coherencia, sino un método esencial.

«El estilo de escritura de Adorno es fragmentario. Sin embargo, la elipsis es también, en pocas palabras, una forma narrativa que me encanta. Es una forma fundamental de la épica. Tengo suficientes modelos a seguir: Las Metamorfosis de Ovidio o el estilo narrativo de Homero en la Ilíada. Todas las grandes narraciones tienen esta estructura. La historia lineal [el modelo de la novela «moderna» y la historia narrativa, nota de AT] es una excepción y una idea del siglo XIX. Al llevar cuidadosamente la narración de A a B, siguiendo un hilo conductor, elimina cualquier tema secundario. Es una estrategia para las calles principales y las autopistas. Por otro lado, caminar por senderos y caminos de jardín, lo que implica percibir, adivinar, deambular y pasear, funciona según otras reglas». D&O 59

La falta de estructura no es un déficit, sino una fortaleza.

«Desde sus inicios hasta hoy, la forma de la novela resulta insuficiente para comprender y orientarnos en nuestro mundo. Se necesitan instrumentos más claros y rigurosos». D&O, 93

Insistir en que el materialismo debe abrirse a los sentimientos conlleva un riesgo evidente, siendo el más obvio el psicologismo o el sentimentalismo. Otro es la repetición. La obra de la gran literatura del siglo XIX y principios del XX, la exploración interior de las emociones y la psicología —Kluge cita a Tolstói, Kafka, Proust, Joyce y Musil— estuvo bien hecha. Para comprender y analizar cómo actúan los sentimientos en la sociedad, no necesitamos empezar de cero. Tal como insiste Kluge, no hay necesidad de rehacer a Proust. «Proust escribió el relato definitivo de las relaciones humanas del siglo XX. No necesitamos repetir su obra de nuevo». D&O, 79. Para Kluge, la lucha infructuosa de Musil por terminar el volumen III de El hombre sin atributos —para Kluge, la novela de la transición del siglo XIX al XX— en el exilio suizo, en medio del horror de la Segunda Guerra Mundial, es emblemática de la necesidad de encontrar un nuevo camino. Lo que exigen los siglos XX y XXI no es una «repetición» de Proust, sino algo más parecido a una «física» socioemocional. Los textos de Kluge tienen una frialdad, similar a la neue Sachlichkeit [“nueva objetivdad”] del periodo de entreguerras. Considera a Gottfried Benn su alma gemela.

Kluge cita a Musil de la siguiente manera:

«La dificultad, pues, no puede ser otra cosa que una relación desequilibrada, una falta de comunicación permanente entre el intelecto y el alma. No es que tengamos demasiado intelecto y muy poca alma, sino muy poco intelecto en lo que atañe al alma». Siempre me preguntan: «¿No puedes hacerlo un poco más barato? ¿No puedes hacerlo de alguna manera más accesible para el espectador? Así venderías más entradas en el cine». No puedo hacerlo así. Los cineastas recibimos tan pocos descuentos como los físicos de renombre. … «Me gustaría alinearme con las relaciones sociales, con la buena física, con la objetividad, precisamente porque tengo sentimientos [Empfindungen]». D&O, p. 38

Musil, Benjamin, Adorno, Horkheimer y, con ellos, las catástrofes de la historia moderna europea se ciernen sobre la obra de Kluge: El desastre de Napoleón en Rusia, Verdún, la invasión nazi de la Unión Soviética, la guerra de bombardeos —pero entremezclado con todo ello, en un gesto típico de Kluge, evoca insistentemente también el divorcio de sus padres, que, aunque tuvo lugar en 1942, fue el preludio de la destrucción física del hogar de su familia bajo las bombas aliadas en Halberstadt en 1945. Como escribió Kluge sobre 1942:

«Hasta el día de hoy no consigo entenderlo... Sospecho que mis padres estaban confundidos en sus mentes ese año, y también el año anterior. Tiempo de guerra. LA DROGA DE LA CONQUISTA MILITAR, un pharmakon que se infiltró en lo más recóndito del ser de las personas, unos dos años después de que su veneno impregnara la realidad del zeitgeist. ¡LOS ADULTOS DE 1942! Provistos de fantasmagorías».

De «Barbarroja» al divorcio. Fue la catástrofe lo que me atrajo hacia la primera obra de Kluge con la que me topé, en una librería de Heidelberg a finales de los años 80: Schlachtbeschreibung (“Batalla”), la novela de Kluge —en su día muy controvertida— que combina collage y montaje histórico sobre la batalla de Stalingrado (1942-1943). ¡Un libro sobre la guerra publicado por Suhrkamp, la editorial de referencia de la teoría social alemana! Para mí, fue irresistible. Fue precisamente el niño de seis años que Kluge reconoce en sí mismo lo que me atrajo hacia su libro: el pequeño niño inglés que, en su sexto cumpleaños, el 5 de julio de 1973, se enteró de que ese día se cumplía el trigésimo aniversario de la «batalla de tanques de Kursk», la «mayor batalla de la historia de la Humanidad». Quien, para conmemorar la ocasión, suplicó que le dieran una pila interminable de «papel de ordenador» para crear una especie de pergamino conmemorativo de la batalla, aprendiendo a dibujar el perfil característico de un T-34 con los bidones de gasóleo en la parte trasera. El niño que coleccionaba fragmentos de bombas incendiarias, que en la década de 1970 aún podían encontrarse en los áticos y jardines de Londres, el mismo tipo de munición que incendió la ciudad de Kluge, Halberstadt, el 8 de abril de 1945.

Si el libro de Kluge sobre Stalingrado, Schlachtbeschreibung, es extenso y se ha revisado una y otra vez, Der Luftangriff auf Halberstadt am 8. April 1945 («El bombardeo aéreo sobre Halberstadt el 8 de abril de 1945») fue una de las obras más completas y «acabadas» de Kluge. Streckhardt cita a Walter Jens acerca de la extraordinaria visión de Kluge:

«Si hay algún lugar en la literatura de la postguerra donde se pone de manifiesto la totalidad de un proceso, es aquí: los pensamientos de dos mujeres que observan desde una torre (primer plano); la descripción de un convite de boda en la que, sin saberlo, los invitados están tomando su última comida antes de la ejecución (plano medio); el seguimiento de los aviones a través del cielo (plano general). La confrontación de las tácticas desde abajo (bomberos voluntarios, refugios improvisados en sótanos) con la estrategia desde arriba (pantalla de radar, el cálculo de la aniquilación). Un vaivén entre planos individuales (¿qué ocurre si la clase de piano se cancela como consecuencia del bombardeo?) y la organización del todo (se va a destruir una ciudad). Y, por último, el giro dialéctico: aquellos que han descendido del cielo se dirigen, tras la rendición, a los supervivientes en la tierra, y he aquí que se habla el mismo idioma».

Por supuesto, la pesadilla de la historia como totalidad es que resulta ineludible. En Kluge, el impulso fundamental es todo lo contrario al fatalismo. Le interesan sobre todo las lagunas, las «vías de escape», cómo logramos escapar. Le interesa cómo se han evitado las guerras de religión y las guerras civiles —que, según la tradición alemana, de Hobbes a Schmitt, son el peor tipo de guerra—. Como dice él, deberíamos ser más amables con personas como Montaigne. Al igual que él, también es nuestra tarea recoger fragmentos tras el fin de las guerras de religión. Conmemora Stalingrado precisamente porque estaba condenado al fracaso. Por buenas razones. La mejor razón. Porque, al final, los alemanes no lo «querían» tanto como los soviéticos. Stalingrado no fue solo una derrota militar. Fue un caso de estudio de desastre político.

Kluge le da la vuelta a Benjamin.

“Walter Benjamin escribe sobre la imagen de Paul Klee del ángel de la Historia, que mira hacia el pasado para presenciar algo terrible mientras los vientos del progreso le empujan hacia el futuro. Esta imagen puede interpretarse de otra manera. También podría muy bien ser que este ángel fuera un ángel de la guarda que surge de las fuerzas latentes de la humanidad. Estas fuerzas, procedentes de todos los pasados posibles, nos han protegido hasta ahora, de tal manera que, de hecho, somos más inteligentes de lo que nos dicen nuestros llamamientos a la razón. Podríamos, en cierto sentido, albergar en nuestro interior un mecanismo de equilibrio que nos permite continuar nuestra existencia a pesar de nuestros frecuentes intentos… de erradicar a nuestra propia especie. Que la humanidad sea, de hecho, homo compensator en lugar de homo sapiens es, hay que admitirlo, una débil esperanza, aunque sin duda más justificada que limitarse a confiar en la narración de historias la tarea de mantener una noción sencilla y lineal de esperanza para el futuro”. D&O, 108

O, como dijo Kluge en su homenaje a Adorno en 2009:

“Parece que una teoría que analiza la dialéctica de la Ilustración y diagnostica la enfermedad de la razón, desde sus orígenes antiguos hasta la modernidad, no constituye un sistema catastrofista ni aboga por él. Si lo examinamos más de cerca, siempre podemos encontrar elementos redentores: ya sea antes de que se produzca la catástrofe, mientras esta se desarrolla, o aprendiendo de ella y revirtiéndola tras la desgracia. Pero estos elementos se encuentran dispersos, muy alejados unos de otros. Nuestra experiencia histórica nos dice que rara vez, si es que ha habido alguna, han logrado reencontrarse justo a tiempo. La labor de crear vínculos (cuando un tejedor crea una telaraña, se denomina «texto») es necesaria para percibir la yuxtaposición de la redención y la catástrofe; esto es heterotopía. Hay que retorcer y dar vueltas a lo universal, lo particular y lo traicionero singular, tal y como hace la araña Aracne con sus telas en el poema de Ovidio. Hay que combinar los hechos en una historia. ¡Redimir los hechos de la indiferencia humana!” D&O, 452-3.

Para Kluge, esta idea de reelaborar el material de la historia en forma narrativa constituye una forma fundamental de agencia, dirigida contra el destino:

“los seres humanos, en lugar de resignarse a la realidad, deciden cambiarla. No esperan al Día del Juicio Final ni a una revolución. Una revolución permanente, en el sentido de un marxismo no dogmático, sería una narración en la que los seres humanos decidieran voluntariamente alterar su realidad de forma espontánea e irrefutable”. D&O, 104

Y Kluge se inspira para esta visión de la agencia narrativa en el propio Marx:

“«Hay que hacer bailar a estas cosas petrificadas cantándoles su propia melodía». Karl Marx escribió esta frase. Significa que dentro de cada veneno hay también un antídoto. Me cuesta mantener un prejuicio mientras me muevo. Si utilizo mi oído para examinar algo que abruma a mis ojos y percibo una nota falsa, entonces la imagen tallada tiene menos valor que antes. La interacción es el remedio natural contra el prejuicio. Esto es más fácil de decir que de hacer, pero sigue siendo rudimentario. En el habla y la narración celtas reside la antítesis: la polifonía. Hay muchos tipos de sistemas de alianzas que no funcionan como un desfile uniformado. Se forman entre partisanos. Traducido literalmente, un partisano es alguien con un sesgo. Quien tiene un sesgo está listo para la lucha y se relaciona con los demás. Tienen opiniones. Las palabras «partidario» y «autor» pueden, de hecho, intercambiarse”. D&O, 424.

Sin embargo, la postura de Kluge contra la necesidad rechaza también la esperanza redentora simplista y cualquier tipo de «kitsch dialéctico». Para Kluge, en este sentido, existe una profunda brecha entre Ernst Bloch y Theodor W. Adorno.

“Me veo más en consonancia con la línea de pensamiento de Adorno. Él nunca publicaría un libro titulado El principio Esperanza. No obstante, admitiría que no podemos vivir sin esperanza, aunque tengamos que generar esperanza a costa de la verdad. La falacia más maravillosa que, en general, ha permitido a las criaturas seguir viviendo en este planeta es la confianza básica. Toda forma de vida recibe su parte de esta confianza básica al nacer. Hasta los animales la tienen. La evolución nos enseña que las formas de vida que sobreviven son aquellas que comienzan su existencia creyendo que el mundo tiene en cuenta sus intereses. Al observar nuestro siglo, esta suposición se revela como una falacia fundamental. El mundo no tiene en cuenta ni las intenciones de quienes murieron en Verdún ni los intereses de las víctimas del Holocausto. Por lo tanto, podemos decir objetivamente: esto es ideología, una maravillosa falacia que, no obstante, nos sostiene y nos da fuerzas. Adorno estaría de acuerdo en este punto. Es por esta razón que el último capítulo de Chronik der Gefühle se titula «La larga marcha de la confianza básica»”. Págs. 45-46

En su obra, de título provocador, Procesos de aprendizaje con resultados mortales (provocador porque Lernprozesse [“procesos de aprendizaje”] era una de las expresiones favoritas de Habermas), Kluge imagina a un puñado de supervivientes alemanes de Stalingrado que logran escapar del cerco, no hacia el oeste (en dirección a Alemania y a su hogar), sino hacia el este. Finalmente, llegan a China, donde se unen a las fuerzas rojas y contribuyen a la reconstrucción total de ese país y su paisaje, además de embarcarse finalmente en aventuras extraplanetarias. La pérdida de su patria en Stalingrado se convierte en plataforma de lanzamiento para unas vidas prolongadas de conquista, tortura y guerra más allá de los límites del planeta Tierra.

El título de uno de los últimos compendios de Kluge es revelador: Die Luecke, die der Teufel Laesst (“La brecha que deja el diablo”). El diablo es el actor principal, pero su dominio no es absoluto. La cuestión no es que estas historias terminen bien, con «finales felices». La cuestión es hacer justicia a la fuerza motriz con la que un cierto tipo de subjetividad impulsa la historia. Un «momento Kluge» típico es un momento como este:

“Huyendo de Rusia en el invierno de 1812, los pontoneros (ingenieros constructores) del ejército derrotado de Napoleón, junto con su general, Jean Baptiste Eblé, se encuentran sumergidos hasta el cuello en las gélidas aguas del río Berezina. Se construye un puente con el grotesco propósito de evacuar a las pocas unidades supervivientes de la Grande Armée. Todos esos pontoneros murieron de agotamiento en los días siguientes. «Pus si no estás dispuesto a arriesgar tu propia vida, / nunca te pertenecerá esa vida»”. D&O, 32

Es una versión de la dialéctica amo-esclavo en la que el héroe que arriesga su vida ES el trabajador. Y la historia no termina con la subordinación del esclavo al amo y una dialéctica del progreso, sino, por el contrario, con una muerte que es en sí misma un monumento a un obstinado sentido del propósito y a un sentido del yo. Pero no todas las historias de este tipo terminan con la muerte. No hay fatalidad para Kluge. Hay posibilidades. Hay aprendizaje y desarrollo. La modernidad es un logro.

“Imagina que dos camiones se cruzan en un tramo solitario de carretera de montaña. Hay un pronunciado descenso a la derecha. Llueve ligeramente o nieva. Uno de los conductores ve vagamente al otro en su cabina durante unos segundos. Si una de las ruedas de uno de los vehículos roza las ruedas del otro, ambos caerán al abismo. ¡Con qué intensidad manejan estos dos conductores profesionales sus mandos, el volante y los pedales! ¡Con qué respeto siguen pensando el uno en el otro durante los pocos minutos que siguen a su encuentro! Puede que sólo se hayan visto durante unos segundos. ¡Qué diferentes y desdeñosos habrían sido sus sentimientos si el otro hubiera cometido un error! A esto lo llamo un encuentro objetivado con el peligro. Este es el único desarrollo humano que no ha sido jamás propiciado por la industria y su disciplina inherente, y que carece de cualquier interferencia ambivalente”. D&O, 36-7

Es evidente, aunque de forma velada, que se trata de una respuesta a Adorno, para quien la única lógica clara de la historia iba «de la honda a la bomba de megatones». No, responde Kluge, hemos aprendido otra cosa: cómo no chocar en una carretera estrecha. Las consecuencias son cruciales, pero no lo abarcan todo. Tras haberse salvado del desastre gracias a una conducción profesional exquisita, Kluge especula: «¡Con qué descuido tratan presumiblemente ambos conductores a sus esposas cuando llegan a casa, aunque este tipo de descuido sea tan peligroso como la conducción por la montaña! Nuestra sociedad no posee una objetividad ideal, ni en tiempos de guerra ni en los que la preceden, ni en las relaciones afectivas». D&O, 37

El desarrollo humano, alejado del desastre, es un precario acto de equilibrio: «Se trata de un equilibrio, esencialmente una hazaña circense realizada por dos personas». D&O, 427. Para Kluge y para Adorno, la civilización es precaria. «Adorno no deja de subrayar que los cimientos de nuestra civilización moderna son frágiles y inestables». D&O 455. Y para Kluge, por lo tanto, lo que más valora no es el homo sapiens dotado de la voluntad de conocer, sino el homo compensator, el ser humano como equilibrista, D&O, 496.

Y sí, estoy pensando lo mismo que quizá estén ustedes pensando al leer esto: en estas frágiles aspiraciones a no meter la pata, a aprender a hacerlo mejor, a ser mejores camioneros o —¿por qué no? — a ser mejores dentistas, resuena otra cadena de asociaciones. Si lo que está en juego es la preservación de la civilización, si la clave es una cuestión de equilibrio y kairós, de aprovechar el momento, ¿era Kluge, como diría Geoff Mann, un keynesiano? ¿O podría plantearse esto al revés: era Keynes (tal y como he llegado a entenderlo a través de conversaciones con Stefan Eich) un ejemplo importante de actor «klugeano»? Prefiero la segunda versión. Pero no estoy seguro.

De lo que estoy seguro es de que, en este momento, estoy sintiendo la polifonía de Kluge.

historiador inglés que trabaja como profesor en la Universidad de Columbia, director del Instituto Europeo y académico no residente en Carnegie Europe. Pasó seis años en la Universidad de Yale como profesor de Historia Moderna de Alemania y director de Estudios de Seguridad Internacional en el Centro MacMillan de Estudios Internacionales. Mediante sus libros (como Crashed o Shutdown) y su Substack en línea (Chartbook), llega a un público variado de historiadores, inversores, administradores y otros.
Fuente:
Chartbook, 28 de marzo de 2026
Traducción:
Lucas Antón