Harold Meyerson
02/01/2019
Tras haber minado durante largo tiempo cualquier pretensión de que pudiera poseer siquiera una rudimentaria decencia, Viktor Orbán, de Hungría, ha empezado ahora a minar su propio régimen, peligrosamente autoritario.
Orbán, el líder más abiertamente antisemita de un país europeo desde Adolf Hitler, es hoy motivo de manifestaciones a diario de un grupo cada vez más unificado de la oposición húngara, antes pendenciera y dada a dividirse. Su absorción de los medios de comunicación independientes del país, su clausura de la Universidad de Europa Central, su suplantación de la de la judicatura independiente del país, su demagogia contra los inmigrantes y los judíos ya había enfurecido a húngaros de diversas franjas políticas, salvo a los ultranacionalistas del medio rural y de más edad que constituyen la base de apoyo de su partido.
En los últimos días, bien puede ser que les haya irritado a ellos también al forzar una nueva ley que permite a los patronos requerir de sus trabajadores hasta 400 horas extras anuales. El problema, aparentemente, es que Hungría es un país pequeño, de salarios relativamente bajos —con 9,7 millones de habitantes, cuenta solamente con el 2 % de la población de Europa — al que acuden en tropel fabricantes de Alemania y otros lugares en busca de mano de obra barata. Y el país ya no es capaz de llevar a cabo el trabajo que le llega, o llegaría, debido a su reducido contingente de mano de obra.
Y ¿quién es responsable de tan reducida fuerza laboral? Al vetar la propuesta de Angela Merkel de distribuir inmigrantes entre los países miembros de la UE, construyendo un muro en las fronteras de Hungría para que se queden fuera prácticamente todos los inmigrantes, al obligar a una serie de húngaros de entre los mejor formados y más productivos a mudarse a otros lugares, Orbán se ha asegurado de modo eficaz que la población activa del país sea demasiado pequeña como para crear una economía más dinámica. Esa es la razón por la que aparece con las horas extras forzosas.
Frente al régimen más fascista de Europa desde ya-sabes-cuándo, la administración de Trump ha permanecido resueltamente muda. Además de las propias inclinaciones hojalateras de nuestro presidente, resulta que el blanco principal de los exabruptos antisemitas de Orbán es George Soros, el financiero norteamericano de origen húngaro que apoya una panoplia de causas liberales aquí y en el extranjero, causas por las que ha sido asimismo objeto de los ataques de Trump. Una de esas causas respaldadas por Soros fue la Universidad de Europa Central, que él fundó, hoy clausurada.
El embajador norteamericano en Hungría — digamos, el hombre de Trump en Hungría — es David Cornstein, un neoyorquino octogenario y republicano de toda la vida. Representante de los Estados Unidos en el centro del régimen occidental más antisemita y antidemocrático que hayamos visto desde la década de 1940, este Cornstein soy-más-de-Trump-que-tú — y que es judío— tiene todavía que encontrar algo digno de su condena o incluso de su preocupación. Ha llamado “amigo” a Orbán, no encuentra nada terrible en que Orbán haya ordenado que la Universidad de Europa Central cierre sus puertas, y ha declarado que no ve ninguna prueba de que de que el país se mueva hacia el totalitarismo. No ha hecho ningún comentario al nombramiento por parte de Orbán del propietario de una infame publicación antisemita, alguien que ha condenado por excesiva severidad las sentencias dictadas en los procesos por crímenes de guerra de Nuremberg, para que dirija el nuevo Museo del Holocausto del país.
Prosigue el debate acerca de si Cornstein es el Judío Más Tonto del Mundo o sólo el Judío Más Ciego.

