Portugal: mirar atrás y morir, como la mujer de Lot

Francisco Louça

26/06/2025

La nueva república establecida por la Revolución de Abril se basó en tres realidades. Ahora, se ha agotado. Por lo tanto, no estamos viviendo un nuevo ciclo electoral, por definición pasajero, sino la instalación de un nuevo régimen.

El PS quedó por detrás de la extrema derecha. El Bloque y el PCP sufrieron sus peores derrotas electorales. Nadie en el centro o en la izquierda sabe que política defender y la consecuencia inmediata de estos desastres ha sido la confusión y el miedo. Por eso, y como era de esperar, solo queda una cacofonía de ajustes de cuentas: editoriales sangrientos que anuncian la extinción de la izquierda y comisionistas enfervorizados que celebran la victoria, mientras que la oposición no sabe qué hacer, como demuestra la multiplicación de putativos minicandidatos en las presidenciales, empezando por los del PS, en los que se presagian tres que suman cero. Contra este caos, quiero presentar dos tesis: que el régimen ya ha cambiado y que, en consecuencia, la alternativa no es (solo) resistir.

El régimen cincuentenario ha terminado

La nueva república establecida por la Revolución de Abril se basó en tres realidades: los efectos reales de ese tiempo inaugural, la reconfiguración fijada por el 25 de noviembre y un sistema de alternancia entre dos partidos dominantes. Estos pilares dieron origen al compromiso consagrado en la Constitución, que es de 1976, y el modelo fue adaptado en los cincuenta años siguientes. Ahora, se ha agotado. Por lo tanto, no estamos viviendo un nuevo ciclo electoral, por definición pasajero, sino la instalación de un nuevo régimen.

La desintegración del compromiso anterior responde a un cambio estructural de la relación de fuerzas. Resulta de la imposición, por parte de los sectores dominantes de las finanzas, de una triple garantía: primero, corregir el estancamiento de la acumulación de capital en las últimas décadas por medio de la reducción histórica de los salarios (y de ahí la precarización del trabajo cualificado y la promoción de la inmigración sin papeles); segundo, asegurar las rentas amparados por el poder político, de lo que depende la fortuna de los oligarcas; y, tercero, que la desigualdad extravagante, matriz de este régimen, sea blindada por el refuerzo de la sumisión social. El giro de los millonarios y operadores políticos hacia el fascismo es su expresión, por lo que Trump no es una anécdota, es el rey del mundo. El nuevo régimen no es un gusano ocasional en la manzana, es la fruta escogida; no es mera mala suerte, es el triunfo de un nuevo sistema de poder en el que la extrema derecha se convierte en el vector del gobierno.

Sin embargo, sorprendentemente, lo que predomina en la izquierda es la negación de la evidencia de esta mutación. La izquierda está desarmada por no querer ver al enemigo. Se multiplican explicaciones contextualizantes (que hay un resentimiento social por la inconsistencia de las políticas públicas) que conducen a exculpaciones fáciles (los inocentes no se fascistizan) y a conclusiones débiles (bastaría con corregir esas raíces materiales de la frustración) y, sobre todo, inoperantes, pues suplican a los que han provocado la crisis de confianza que hagan lo contrario de lo que querían hacer. Ahora bien, la crisis social no es el resultado de errores; por el contrario, es el resultado del éxito del mercado y el mercado es insaciable. Por lo tanto, ningún gobierno de este régimen cada vez más brutal corregirá el colapso del sistema de salud pública o la crisis de la vivienda, ya que está decidido a desmantelar el sistema de salud pública y a aumentar los precios de la vivienda, dos condiciones indispensables para la acumulación de rentas oligárquicas..

Crear pueblo

En los escombros del antiguo régimen todavía brillan algunas pepitas, como los derechos constitucionales que dificultaron el recorte de las pensiones impuesta por la troika (aunque no impidieron que el bazuca del mercado causara estragos en la vivienda o la corrosión de la democracia). Podemos apoyarnos en estos derechos para construir un frente de resistencia que no abandone ningún terreno de lucha donde sea posible reagrupar al pueblo. Pero no nos hagamos ilusiones: esperar a que una mano salvadora surja de las glorias del pasado, o mirar hacia atrás como en la historia de la mujer de Lot (cuyo nombre la Biblia ignora), solo nos convertirá en estatuas de sal.

De esta preocupación surgen las respuestas evasivas que se nos presentan en el caos actual y que merecen nuestra atención. La primera es la renuncia: la muerte de la alternancia ha dado paso a la cínica “teoría de los tres cuerpos”, que llama a la izquierda a apoyar al PSD para que permanezca puro, sin siquiera darse cuenta de que ese barco ya ha zarpado y que el único cuerpo político que se beneficiaría del vacío de la izquierda sería Chega. Otra es la adaptación a través de partidos “Zelig” que, como en la película de Woody Allen, dicen a cada uno lo que quiere escuchar, con la esperanza de que la ausencia de relieve bloquee a los espíritus malignos. La tercera es renunciar a los derechos de las mujeres o LGTB porque excitan a los enemigos y hay que apaciguarlos aceptando una buena dosis de machismo. La cuarta, aún más peligrosa, consiste en aullar con los lobos, deshumanizando a los inmigrantes o apoyando el exterminismo armamentista, huyendo así de cualquier posición en la que la oposición sea una exigencia de dignidad. Si se elijen estas opciones, la izquierda moriría, y todas están a su disposición.

La alternativa depende, creo, de un nuevo comienzo basado en dos opciones audaces, para crear pueblo.

La respiración, en primer lugar: solo habrá izquierda viable fuera de las redes Zuckerberg-Musk, donde se puede dinamitar a los oponentes - el encarnizamiento reaccionario contra Mariana es un caso de estudio, una mujer joven linchada porque dirige una fuerza de izquierda [Mariana Mortagua, portavoz del Bloco y única diputada reelegida ndt] - y trivializar la cultura de la ilusión, deificando la meritocracia o la superioridad racial.

No se puede vencer esta capacidad del algoritmo para generar burbujas mediáticas ni al poder del fascismo emocional en su propio terreno. Y si, quedan algunos guerrilleros detrás de las líneas enemigas, pero solo habrá izquierda popular si existe utilizando medios de comunicación libres. Hay que crear un nuevo espacio público, sin la dependencia tóxica que nos degrada. Solo huyendo de la cloaca el pueblo se reconocerá en sus comunidades.

Y la política, luego: si el nuevo régimen se define por la desigualdad de clase vinculada a la acumulación de capital, apoyada por las rentas y el terror al empobrecimiento, aquí es donde debe llevarse a cabo la lucha. No son las promesas de parcheo del antiguo régimen las que movilizarán a quienes sufren a la espera de una consulta en el hospital o que saben que solo tendrán un techo si un miembro de su familia muere. Carecerían de credibilidad y, lo que es peor, equivaldría a renunciar al futuro. Por eso, reunirse solo para resistir equivaldría a aceptar la derrota paso a paso, el destino de la mujer de Lot. Sería renunciar a toda esperanza de cambio. Por otro lado, cuando los congresos que reúnan a las diferentes fuerzas alternativas declaren su oposición a este nuevo régimen y propongan vías para una política social transformadora, viable y coherente, el movimiento hablará con una sola voz fuerte y asistiremos al inicio de la ofensiva de la izquierda para derribar esta nueva prisión. Cuando reina la oscuridad, es más necesaria la luz.

 

Economista, fundador y candidato del Bloco de Esquerda (Bloque de Izquierda) para el distrito electoral de Braga en las pasadas elecciones parlamentarias portuguesas del 18 de mayo.
Fuente:
https://www.esquerda.net/opiniao/mulher-de-lot-olhou-para-tras-e-morreu/95326
Traducción:
Enrique García