Michael Billington
12/05/2013
¿Es hoy nuestro teatro ineludiblemente de clase media? Lo pregunto porque no hace mucho intervine en un debate en el programa Night Waves, de Radio 3 [de la BBC británica] acerca del surgimiento de obras escénicas y películas sobre la clase trabajadora que se produjo a finales de los años 50 y principios de los 60. Al igual que Ken Loach, compañero en la mesa redonda, puse en cuestión el uso del término "fregadero" ["kitchen sink", con el que se denominaba comúnmente en la época este género]. Pero no se puede mirar atrás más que con asombro a un periodo que produjo obras como A Taste of Honey [Sabor a miel], de Shelagh Delaney, y The Kitchen [La cocina] de Arnold Wesker; películas como Saturday Night and Sunday Morning [Sábado noche, domingo mañana, 1960, de Karel Reisz] y This Sporting Life; [El ingenuo salvaje, 1963, de Linsay Anderson] y películas de televisión como Up the Junction [1965] y Cathy Come Home [1966], de Ken Loach.
Dicho movimiento, con su retrato nada condescendiente de la vida de clase obrera, supuso una clara reacción en contra de la asfixiante conformidad del periodo precedente. Pero, si bien los tiempos cambian irrevocablemente, me pregunto si el teatro de hoy no está perdiendo lentamente el contacto con aquellos que existen por debajo de un cierto nivel de ingresos. Al entrar a dirigir el Royal Court de Londres en 2006, es bien sabido que Dominic Cooke declaró que quería "investigar lo que significa ser de clase media". Desde luego, lo ha hecho todo lo bien que decía. El resultado, no obstante, ha supuesto una disminución de las obras sobre la vida de la clase trabajadora; y viendo este mes No Quarter, de Polly Stenham, situada en el salón de una mansión en decadencia, me pareció detectar el rumor de los fundadores del Royal Court retorciéndose en su tumba.
Hay excepciones, por supuesto, a la hegemonía burguesa dominante. La obra In Basildon, de David Eldridge analizaba el año pasado el surgimiento de la nueva clase obrera tory en [el condado inglés de] Essex. Roy Williams, en Joe Guy y Sing Yer Heart Out for the Lad, ha escrito de modo brillante sobre la intersección de clase y raza. Y The York Realist, de Peter Gill, trataba de un modo precioso la colisión entre campo y ciudad, y la persistente idea de que la cultura es prerrogativa de unos pocos. Pero estas obras son excepciones. Si bien acepto sin reparos que los dilemas morales de las clases medias son siempre tema adecuado para el drama, tengo la impresión de que nuestro teatro, supuestamente inclusivo, excluye en la actualidad a una buena parte de la sociedad.
Michael Billington es crítico de teatro del diario británico The Guardian.
Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

