Daniel Felipe Barrera Arias
05/06/2026
Es evidente que el ganador de esta jornada electoral fue Abelardo de la Espriella, que obtuvo el 43% de los votos, lo que no significa que el gran derrotado sea el candidato de izquierda, Iván Cepeda (40%). Por el contrario, logró superar en más de un millón de votos el resultado obtenido por Gustavo Petro en primera vuelta del 2022, además de contar con un alto grado de margen de maniobra, flexibilidad ideológica y una mayor capacidad para acercarse al centro político en segunda vuelta. Una diferencia crucial con el candidato de extrema derecha, que se ha mostrado inflexible en su discurso ultraconservador, que difícilmente podrá mimetizar su agenda como moderada, en un escenario en que ya se ha jugado sus cartas por completo. Sin duda, el gran derrotado es el uribismo tradicional, que padeció la absorción de sus bases férreas ante la opción libertaria y solo obtuvo el 6,9% del total de votos.
Aunque el panorama electoral de cara a la segunda vuelta tiene algunas similitudes respecto a la contienda electoral del 2022, existe una diferencia importante: quien tiene la ventaja hoy es la derecha libertaria. Esta situación pone al candidato Cepeda a moverse con la astucia suficiente para desmarcarse de la figura de Petro y los límites de su progresismo, sin dejar de afianzarse en el programa político del Pacto Histórico. Tienen razón quienes han señalado que es momento de que Cepeda se ponga a hacer campaña, asuma una oposición ofensiva, ponga sus propias ideas en la palestra pública, rompa el aislamiento político y sea capaz de establecer vínculos más directos con sus votantes; forjar una nueva imaginación política afincada en la justicia social por fuera del legado petrista. Por eso, entre otras cosas, es clave reconocer los resultados; más allá de toda duda razonable, es necesario admitir los errores de campaña y volver a conquistar las bases populares; son ellos y ellas a quienes se debe el proyecto político progresista.
¿Se inaugura un nuevo centro gravitacional de la vida política en Colombia?
Algunos analistas han visto en los resultados electorales como la confirmación última del fin del ciclo político uribista, iniciado en el 2002, debido al florecimiento de las nuevas derechas post-uribistas. Aunque comparto que gravitamos sobre un nuevo ciclo político que se caracteriza por: i) la consolidación indudable de las ideas progresistas vinculadas con la justicia social y la redistribución en la esfera pública; ii) la emergencia de una derecha libertaria que combina neoliberalismo securitista con una agenda ultraconservadora en materia de libertades individuales. También creo que sería erróneo creer que el decaimiento electoral del Centro Democrático en las elecciones presidenciales –no así en los comicios legislativos, en los que siguen siendo la segunda fuerza política del país- es el fin de los intereses económicos y políticos de un sector de las élites terratenientes y financieras que representa el uribismo. Tanto es así que, si Abelardo quiere ganar en segunda vuelta, deberá hacer un ejercicio de equilibrismo; no perder su falso ropaje de outsider y agrupar los intereses de las élites empresariales y políticas tradicionales representadas por el uribismo que apuestan por gestionar el modelo neoliberal realmente existente.
Es incuestionable que, en Colombia, fuerzas políticas como Salvación Nacional y la campaña de Abelardo han construido un asidero político importante; eso explica las distancias con el uribismo de cepa y sus arquetipos trumpistas, pero también es cierto que no basta con los resultados de hoy, ni con una agenda religiosa y autoritaria para consolidarse en el mediano plazo como una fuerza política estable en la cartografía electoral. En especial porque, en caso de perder en una segunda vuelta, lo más seguro es que el fenómeno del abelardismo desaparezca, no así el uribismo. Por eso, pese a la constante distancia que establece Abelardo con la derecha del establecimiento, el candidato más votado de estas elecciones presidenciales no ha logrado construir una agenda económica distinta a la del uribismo, más allá de sus arengas antidemocráticas e inconstitucionales.
Al respecto, valdría la pena insistir analíticamente en las líneas de ruptura y continuidad que presenta el proyecto político de Abelardo; la clave es preguntarse qué de viejo tienen las nuevas derechas y qué de nuevo tienen las viejas derechas. Es necesario tomar distancia de los análisis de coyuntura electoral que desestiman las categorías económicas y estructurales, para concentrarse en nociones exclusivamente políticas vinculadas a sus formas de enunciación y agendas políticas.
Por último, es necesario reconocer la agencia política del ethos conservador que Abelardo enarbola. No basta con descalificar, asumiendo la superioridad moral e intelectual sobre el votante de extrema derecha libertario. Hay algo en el artefacto ideológico neoconservador que ha calado en el imaginario social. Ellos y ellas representan de una forma autoritaria los malestares del goce neoliberal que les prometió ascenso social, pero los condena a la desigualdad y a la pobreza, concediéndoles solo la libertad de destripar al otro inferiorizado. Lo que se ha denominado el efecto del “colado en la fila”, a saber, que alguien (el negro, el ambientalista, la mujer, el homosexual y la indígena) ha socavado las jerarquías de poder al interior de la sociedad, por lo que responden con violencia para restituir la estructura simbólica.
Así las cosas, es necesario advertir que la disputa electoral no está definida por completo; en las urnas, la aritmética electoral no suele ser confiable. La esperanza de los sectores progresistas y de centro se cierne sobre la posibilidad del acuerdo nacional en torno a una defensa de la institucionalidad democrática, que Abelardo amenaza, y la profundización de las reformas sociales.

