Argelia: la democracia, la Asamblea Constituyente y el reto de la transición

Nadir Djermoune

28/04/2019

Esta es la cuestión política que estructura las acciones y debates en el movimiento de protesta popular llamado "Hirak." Desde el 22 de febrero, fecha de la aparición del movimiento que ocupa las calles y las plazas de Argelia, las reivindicaciones han pasado rápidamente de su dimensión ética, el rechazo de la candidatura de un presidente viejo y enfermo para un quinto mandato, a los desafíos políticos detrás de esa candidatura y sus consecuencias en la organización y el ejercicio democrático del poder por las autoridades argelinas.

El reto es claro, nítida y preciso: de un lado están las fuerzas que tienen el poder, representadas por las estructuras militares y gubernamentales abandonadas por el presidente tras su dimisión. Aseguran la continuidad de la estructura de poder, el respeto a las instituciones a través de la aplicación formal y estricta de la Constitución, en particular, de su artículo 102. Por otro lado, existe una oposición que exige una ruptura con el régimen actual y el compromiso de una transición a una nueva estructura política.

Pero esta oposición sigue difusa en cuanto a su organización y diverge en su concepción de la "ruptura" y, por tanto, del futuro democrático del país. Hay fuerzas que quieren un gobierno de transición que organice la elección de un nuevo presidente e inicie las reformas. Las fuerzas que podrían llamarse "reformistas". Otros defienden un proceso constituyente y la convocatoria de una Asamblea Constituyente para una verdadera ruptura democrática y la creación de una nueva estructura de poder. Las fuerzas que se pueden describir como "revolucionarias". Estas son las cuestiones planteadas por esta transición.

Pero antes de examinar las cuestiones relacionadas con esta transición, subrayemos de nuevo la importancia de esta movilización histórica y popular para Argelia.

El significado del movimiento

Independientemente de los obstáculos y las dificultades que pueden bloquear su camino, el movimiento que surgió el 22 de febrero supone una ilimitada apertura hacia un futuro posible verdaderamente democrático de la sociedad argelina. Supone una conciencia espontánea fundamental que supera el derrotismo sedimentado por años de temor a una guerra civil, la ansiedad y el miedo a un futuro oscuro. Una efervescencia volcánica capaz de pasar por encima de los fracasos acumulados.

En este movimiento popular, la acción es libre, sin pesadas herencias. Se ha transformado en un sentimiento de pertenencia a una comunidad, en la que los acontecimientos se transforman en alegría y fiesta continúa.

La fuerza del movimiento está en su masividad y su despliegue territorial y nacional. Hay en esta fuerza la voluntad de los rebeldes de convertirse en los amos de sus vidas y de su historia, no sólo en cuanto a las decisiones políticas, sino también en la vida cotidiana. "Blad dyalna, n'dirou rayna" dice uno de las consignas más populares de las manifestaciones- (“el país es nuestro, hacemos lo que queremos”). Esta fuerza sigue siendo la única garantía de un futuro mejor y salvaguarda contra una deriva bárbara o una regresión reaccionaria.

En este movimiento, héroes y genios son colectivos. El movimiento no tiene grandes líderes o dirigentes oficiales. Sin embargo, sus animadores hacen tanto de teóricos como de activistas, por igual hombres y mujeres, y no hay escasez de genios, espacios o competencia. Es la imagen de esta estrategia llamada "Silmiya" (pacífica), que se ha convertido en una buena técnica de lucha. Los cuerpos y las voces de las mujeres, hombres y niños bloquean a la policía ante cada intento de violencia, introducen una dimensión ética en la confrontación política, a pesar de que esta sigue siendo muy dura por la fuerte presencia de las fuerzas de represión en las calles Argel, sede del poder, que protege la "Casa de al Mouradia" de las manifestaciones.

La fuerza del movimiento surge también en la denuncia unánime del saqueo organizado y la corrupción generalizada del "sistema". "Edditou l’blad ya serraquin"(“oh ladrones, que habéis secuestrado el país”), dice otra consigna popular. Si la denuncia se expresa principalmente en el plano moral, afirmando el derecho a la dignidad y la libertad, el debate y la crítica revelan tras las manifestaciones, los resortes profundos y los mecanismos económicos de este robo organizado. El liberalismo económico y la privatización de sectores enteros son denunciados. La apropiación soberana de las riquezas del país es una de las consignas emergentes. Prefigura el contenido de los debates que vendrán sobre la crisis.

Esta fuerza colectiva y espontánea, sin embargo, tiene sus límites. El movimiento se confronta con su propia dirección y emerge como una corriente alterna. Esta es la condición necesaria de una revolución o, en su caso, de la negociación sobre los términos de una reforma sistémica. Aunque esta opción está en el propio movimiento, su emergencia requiere una acción teórica fundamental para darle significado y un futuro democrático y social a la altura de sus reivindicaciones.

Reforma o revolución: salir de la linealidad escolástica

Algunas de las críticas teóricas se limitan a destacar la ausencia de carácter revolucionario del movimiento. Este sería reformista por su componente sociológico - clases medias y jóvenes - o por la falta de un partido de vanguardia, que traería desde fuera esa conciencia necesaria. Sería fácil de manipular, a golpe de conspiraciones internas o exteriores.

Estas lecturas nacen de una lógica estática y formal. No hay movimiento "revolucionario" por definición o esencia. Su resultado nunca es predecible. La crítica no puede proceder a priori como bienvenida o condena.

Impulsados por una conciencia espontánea, este tipo de movimientos de protesta comienza siempre por las reivindicaciones inmediatas de la vida social, cultural, económica o política, sin plantear la cuestión de la "reforma" o "revolución" del sistema existente. Los movimientos pueden extenderse en el tiempo y en el espacio, si sus reivindicaciones no son satisfechas sin que se produzca un salto cualitativo en términos políticos. Este es el caso actualmente de los “chalecos amarillos” en Francia. Pueden radicalizarse rápidamente, pero apagarse después. Como ocurrió en la Cabilia en 2001. Pero también pueden politizarse y  lograr rupturas revolucionarias, sin perjuicio del alcance o la naturaleza de esa revolución. Como fue el caso de Túnez en 2011.

Son sobre todo las élites y vanguardias políticas, impulsadas ​​por una conciencia crítica, las que formulan sus  proyectos y alternativas en términos de  "reforma" o "revolución". Estas fórmulas son hipótesis necesarias que parten de un sistema filosófico establecido de antemano, o de un contacto directo con la realidad y una crítica realista de la situación con el fin de transformarla.

Desde esta perspectiva, el "sistema", tan criticado por los manifestantes argelinos, tiende a mantenerse a partir de su matriz constitucional, que le sirve de apoyo político e ideológico. La exigencia de un gobierno de transición que convoque elecciones presidenciales, como hemos señalado anteriormente, se sitúa en un reformismo radical. Son las fuerzas políticas de la oposición, esencialmente las oligárquicas y neoliberales, las que reclaman un paréntesis en la actual Constitución para reanudar su aplicación tan pronto como sea elegido un presidente que pueda hacer las reformas necesarias. Se niegan, por lo tanto, a ninguna ruptura revolucionaria con este "sistema". Rechazan la consigna de la Asamblea Constituyente con diversos pretextos, alegando sobre todo que la lentitud de un  proceso constituyente abriría la posibilidad de que actuase una "mano extranjera" o la "barbarie islámica". En realidad, este rechazo busca evitar todo debate amplio y transparente con el conjunto de los componentes de la sociedad sobre el tan denostado "sistema".

Aquí es donde radica el carácter revolucionario de la consigna de Asamblea Constituyente soberana. Porque abre el camino, en estas condiciones, a un cambio verdaderamente democrático y radical "del sistema".

Democracia, una construcción permanente

Otros creen que no sirve de nada formular alternativas políticas de transición, ni convocar una huelga general, mucho menos una asamblea constituyente, mientras los manifestantes no hayan formulado claramente un programa que cuestione el orden social actual ni se hayan organizado como un poder revolucionario alternativo. Los tiempos no son propicios para un cambio democrático o revolucionario, nos dicen. Hay que esperar a la construcción del partido de vanguardia que conduciría a las masas a la toma del poder. Mientras tanto, la prioridad deben ser las reivindicaciones:  la afirmación de las libertades democráticas, económicas y sindicales ante el poder de facto. En otras palabras, se trata, según esta lectura, de pedir a los millones de manifestantes que renuncien a sus reivindicaciones políticas, se coloquen detrás de los reformistas o se sitúen al margen de la historia real que se desarrolla ante nuestros ojos.

Debemos salir de esta tautología. Para liberarnos de todos, " yetnahha-w gaâ", como afirma el lema que corean millones de manifestantes, es decir, deshacerse de los ladrones, pero también de la opresión y la explotación, para lo que sin duda es necesario tener partidos de vanguardia que puedan aportar esa conciencia crítica. Pero solo el propio movimiento puede crear las condiciones de su propia emancipación política, social y cultural. Solo a partir del propio movimiento de protesta puede construirse un proyecto emancipatorio y las estructuras que permitan desarrollarlo hasta su plenitud. No es sólo la creación de una organización partidista que aportará la solución del exterior.

De ahí la importancia de la consigna de Asamblea Constituyente. Porque al darse como objetivo la refundación de la república, necesitamos un debate amplio y transparente que solo la propia organización de esta asamblea puede estructurar.

Pero la Asamblea Constituyente no es la solución definitiva. Es el punto de partida para una solución democrática, en especial contra la crisis planteada por el movimiento. Y la forma que adopte esta democracia, o segunda república como quiere un sector del movimiento, no está definida a priori. Se trata de una construcción. Prefigurar la alternativa sería caer en la trampa de la utopía.

La democracia no es una forma de expresión universal. La de hoy, en su discurso concreto según los países, es un legado de los siglos XVIII y XIX de las naciones europeas, un proceso revolucionario llamado "revoluciones democráticas burguesas" en el contexto del capitalismo triunfante y el colonialismo. Estas estructuras e instituciones de gestión de la polis no son constantes. Aunque esta forma de gestión democrática puede darse por sentada para toda la humanidad, esta destinada sin embargo a cambiar. Ya ha pasado del sufragio censitario al sufragio universal, de incluir solo a los hombres blancos a sumar también a mujeres y negros ..., de la autodeterminación a los derechos sociales y culturales. También ha conocido otras formas directas pero efímeras, como los "consejos populares".

Sin embargo, las nuevas estructuras no pueden ser creaciones a partir de cero. Si, los hombres y las mujeres hacen su propia historia, pero en condiciones que no han elegido, y los argelinos están haciendo actualmente su propia historia en el contexto de un capitalismo atrasado y dependiente de un capitalismo mundial en crisis. Esta problemática también estará presente en el debate en torno a una Asamblea Constituyente.

La realidad tecnológica y productiva en la que vivimos no ha superado los principales problemas y contradicciones del capitalismo. Lo nuevo es la conciencia de los vínculos existentes entre los medios de comunicación y el comportamiento colectivo. Una conciencia que ha tomado forma a través del desarrollo de la globalización y la expansión de los medios de comunicación.

Problemas de método como conclusión 

Las condiciones políticas previas a cualquier cambio, sea cual sea su forma, parten de un cuestionamiento que es el mismo que señalaba el filósofo alemán Walter Benjamin frente a la obra de arte: "en lugar de preguntarse, ¿cuál es la relación de una obra con las relaciones de producción de una época? ¿Se corresponde con ellas? ¿Es reaccionaria o revolucionaria? En lugar de ello, o al menos antes de ello, me gustaría plantear otra cuestión ... Me gustaría preguntar: ¿cuál es su lugar en esas mismas relaciones de producción?".

La misma pregunta pueden dictar nuestra conducta: ¿cuál es el lugar de la democracia de una manera general y de la consigna de la Asamblea Constituyente de una manera especial en la relación de fuerzas política actual?

Eso es lo que he intentado abordar en este artículo.

Es miembro de la dirección del Partido Socialista de los Trabajadores (PST) de Argelia.
Fuente:
http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article48596
Traducción:
Enrique García