David Edgar
01/08/2010
¿Tiene algo que hacer o decir el teatro en el debate sobre Afganistán? Por supuesto que sí: soy uno de los doce escritores que van a abordar 200 años de conflicto en una nueva temporada de obras.
El año pasado doce dramaturgos escribieron doce obras sobre el mismo tema: un país montañoso, sin salida al mar, al que otros países no habían conseguido a lo largo de tres siglos imponer su voluntad económica, cultural, militar, debido a la resistencia de una sociedad ferozmente tribal y tradicionalista.
El país, claro está, es Afganistán, y de él trata como tema recurrente la temporada de The Great Game [El Gran Juego] [1] en el Teatro Tricycle, completada el año pasado por vez primera y ahora recuperada antes de emprender una gira norteamericana.
Pese a que escribimos nuestras obras de forma independiente y con variedad de estrategias y estilos dramáticos, resultó sorprendente con qué frecuencia reaparecía esta narrativa subyacente. El ciclo empieza y termina con soldados británicos, en 1842 y hoy día. La mayoría de las obra se sitúan en Afganistán, en ubicaciones que van de un Rolls-Royce en un paso de montaña a la casa de fieras del león del zoo de Kabul. Algunas se refieren a figuras históricas reales, la mayoría, no. En mi obra, Black Tulips [Tulipanes negros], yo quería mostrar las semejanzas entre la ocupación rusa de 1979 a 1989 y lo que está sucediendo ahora: decidí apuntar a la circularidad de los acontecimientos haciéndola discurrir hacia atrás, de la desesperación final al entusiasmo inicial, un recurso que desconcertó a algunos de sus primeros lectores, pero con el que parece que el público no tuvo problema alguno.
En su contenido, El Gran Juego es contemporáneo; en su forma es parte de un cambio teatral radical. Desde el 11 de septiembre, el teatro político británico se ha visto dominado por el drama basado en hechos, en el que se cuentan dramatizaciones de investigaciones judiciales clave, del caso Scott que inquirió sobre la venta de armas a Irak [2] a la Comisión Saville sobre el Domingo Sangriento.[3]
El drama basado en hechos reales ha tenido repercusiones tanto políticas como teatrales. La dramatización de la investigación McPherson sobre la muerte de Stephen Lawrence [4] contribuyó a que se admitiera públicamente el concepto de racismo institucional. Dos obras recientes sobre la muerte de cuatro reclutas del ejército en los cuarteles de Deepcut, en el condado de Surrey, han revivido el interés público por el caso.
Pero junto a esto se ha advertido una sensación creciente de que el teatro de la realidad se define por lo que no puede hacer tanto como por lo que sí. Desde luego, pone en cuestión la evidencia sobre la que basamos nuestra visión del mundo. Pero también se puede argumentar que el drama textual, basado en entrevistas, representa una suerte de abdicación de la realidad de la misión previa del escritor político: no sólo presentar sino explicar.
Ahora parece que está cambiando. En unas notas de programa de 2008, David Hare [5] definió sus tres obras más recientes (entonces) como "puro dato transcrito" (The Permanent Way [El modo permanente]), "un tercio transcripción, dos tercios imaginación" (Stuff Happens[Pasan cosas]) y "pura ficción" (Gethsemane [Getsemaní]), dando a entender que se trataba de una progresión más que cronológica (le convencieron, sin embargo, para volver al texto documental en su obra de 2009 sobre el derrumbe financiero, The Power of Yes [El poder del sí]).
De hecho, Gethsemane queda mejor descrita como "faction", [6] una obra contigua a la realidad, en la que se ha cambiado lo bastante como para que el escritor presente un fenómeno contemporáneo en este caso, la cultura de las donaciones al Nuevo Laborismo sin tener problemas con la exactitud de los hechos. Este es también el método de la obra de Hare The Absence of War [La ausencia de guerra], de 1993, una obra situada en la contiguidad de las elecciones de 1992 y, más recientemente Posh [Pijo], de Laura Wade en el Royal Court Theatre, una "factionalización" sobre cómo se desarrolló el actual liderazgo conservador a partir del Bullingdon Club de Oxford.
Yo recurrí a esta técnica en dos obras sobre Europa Oriental: The Shape of the Table [La forma de la mesa] construía una revolución anticomunista genérica de 1989 a base de piezas corporales de seis revoluciones de verdad; The Prisoner's Dilemma [El dilema del prisionero] construía una imaginaria guerra civil interétnica a partir de conflictos reales como los de Sudáfrica, Irlanda del Norte, Yugoslavia y Oriente Medio. Al recurrir a una panoplia tan amplia de ejemplos de la misma cosa, el escritor de "faction" puede presentar no lo que está pasando (que es trabajo del periodista) ni lo que ocurrió (que es el papel del historiador) sino lo que sucede en un determinado proceso, cuandoquiera que ocurre.
Tal como resultó, The Prisoner's Dilemma proporcionó un primer prototipo de la tendencia dominante del teatro político de hoy. Los riesgos e hipocresías de la intervención liberal y sobre todo, la negativa de los intervencionistas a reconocer su propia agenda se han convertido en tema del drama en la década de 2010 tanto como lo era el feminismo en los años 80. Constituyen la acción de una serie reciente de obras en el National Theatre situadas en una África real/mítica de The Overwhelming [Lo abrumador] (acerca de Ruanda) de J.T. Rogers y The Observer [El observador] (sobre la supervisión electoral) de Mark Charman al actual Welcome to Thebes [Bienvenido a Tebas] de Moira Buffini.
La mayoría de las obras que componen El Gran Juego son "factions" o ficciones. Pero la forma de autores múltiples escogida por el director Nick Kent pone en tela de juicio la vieja idea de que hay una sola respuesta...o una sola pregunta incluso. La discusión final de Simon Stephens entre un sargento británico y su mujer presenta una defensa de la intervención tan persuasivamente como el caso contrario. Las obras contiguas de Abi Morgan and Richard Bean presentan puntos de vista casi opuestos sobre la integridad de los trabajadores de ayuda al desarrollo (Bean, en contra, Morgan, a favor). Como mosaico de ficción y "faction", con cierto material textual añadido, El Gran Juego es rigurosamente contemporáneo: un híbrido de híbridos. No obstante, a diferencia de mucho drama postmoderno, conserva un tema central consistente: las intervenciones occidentales en Afganistán han producido siempre el efecto opuesto al que se pretendía.
Escribir sobre el período soviético deja traslucir una ironía particular. Al igual que las tropas británicas de hoy, a los soldados soviéticos se les aseguró que estaban allí para ayudar a un gobierno nacional legítimo a modernizar un país atrasado: liberar a las mujeres, plantar jardines, construir hospitales y escuelas (los titulares de portada del Times del pasado viernes decían "La misión consistía en construir una escuela, pero acabamos bajo el fuego en Helmand".) De hecho, los soviéticos quedaron atrapados en una tragedia de las proporciones de Esquilo, cuyas indeseadas consecuencias han dado nueva forma al mundo. Hoy está claro que la Casa Blanca de Carter se propuso provocar la invasión soviética prestando ayuda a los rebeldes afganos contrarios al gobierno comunista, débil pero del país, rompiendo el equilibrio en favor de una invasión que acabaría por derribarlo en última instancia. Como todo el mundo sabe, esa invasión creó una insurgencia que, armada por los norteamericanos, se convirtió en lo que hoy llamamos talibán.
Minifaldas en Kabul
Pero detrás de una historia que no tenía que pasar hay una historia que podía haber pasado. En medio del Gran Juego acechan destellos del Afganistán modernizado que podría haber florecido si lo hubieran dejado en paz. Tal como lo resume David Greig en su obra: a principios de los años 90 había minifaldas en las calles de Kabul.
Un año después de la apertura de la temporada, esa realidad es todavía más difícil de imaginar. Cuando estrenamos en abril del año pasado, habían muerto 153 soldados británicos en Afganistán desde la invasión de 2001; desde entonces, el número de bajas ha llegado a más del doble. El pasado agosto, el presidente Karzai "ganó" unas elecciones tan claramente corruptas que su oponente se negó a participar en la segunda vuelta; en septiembre aprobó una ley que prohibía a las mujeres salir de casa sin permiso del marido.
Casi nueve años después, los invasores se enfrentan a un descarnado y conocido dilema entre el principio Mastermind [7] ("Como lo he empezado, tengo que terminarlo") y el mandamiento a lo Denis Healey [8] ("Si estás en un hoyo, deja de cavar ya"). Como resultado de 200 años de intervención exterior, las gentes de Afganistán se enfrentan hoy a una perspectiva más obscura.
The Great Game se representa en el Tricycle Theatre, Londres NW6, a partir del 23 de julio.
Cómo trocar el periodismo en drama: consejos de Richard Norton-Taylor [9]
El teatro puede constituir una vibrante prolongación del periodismo, otro medio para contar una historia y transmitir un mensaje. Puede tener un impacto mayor que los periódicos, la radio y hasta la misma televisión.
Así parece haber sucedido con las obras de tribunales que Nicolas Kent y yo hemos escenificado anteriormente en el Teatro Tricycle. Este año hemos intercalado doce obras acerca de Afganistán con una serie de entrevistas recogidas textualmente, que iban del jefe del Ejército británico a un comandante talibán. Con una sola excepción, todos aquellos a quienes nos acercamos se mostraron sorprendidos en un principio, pero entusiastas una vez les explicamos lo que andábamos buscando.
Para ellos, una ventaja consistía en que, por contraste con el sistema habitual en el que el periodista interpone sus opiniones, en el teatro los entrevistados hablan totalmente por si mismos. No se añade nada. Si sus palabras se editan, se hace sólo en el sentido de abreviarlas. El meter paja, evitar preguntas, estas cosas no tienen lugar en un empeño cuyo entero propósito estriba en mantener la atención del público. Para evitar una sucesión de simples discursos, el reto consiste en entretejer una serie de historias dramáticas como contrapunto de lo que otros personajes/entrevistados han dicho.
Encontrar gente a la que entrevistar podría haber resultado difícil. El conflicto de Afganistán está entre las noticias de actualidad con perfil alto, y sin embargo las cuestiones subyacentes no cambian. Hay quienes dirían que no han cambiado desde hace siglos. "¿Estamos en nuestro noveno año en Afganistán o estamos en nuestro primer año por novena vez?" preguntaba un veterano oficial de Estado Mayor que, tras la dimisión de su jefe, el general Stanley McChrystal, pedía permanecer en el anonimato.
Al final, sólo los funcionarios del Ministerio de Defensa se anduvieron con evasivas cuando solicitamos una entrevista con Sir David Richards, jefe del Ejército, el año pasado. Finalmente, intervino el entonces secretario de Defensa, John Hutton, para neutralizar a los timoratos y suspicaces burócratas.
NOTAS T.: [1] Gran Juego es el término utilizado por los británicos para denominar la rivalidad estratégica mantenida con Rusia en Asia Central a lo largo del siglo XIX y principios del XX. Dicha rivalidad, a la que los rusos, por su parte, denominaron "El Torneo de las Sombras", nunca se tradujo en un enfrentamiento directo entre las fuerzas armadas de ambos países. Kipling utilizó la expresión en varias de sus obras situadas en la India: Sólo cuando todo el mundo muera acabará el Gran Juego. [2] El Informe Scott (denominado así por Sir Richard Scott, que presidió la comisión creada al efecto en 1992) fue el resultado de una investigación judicial sobre la venta de armas y tecnología de uso dual a Irak en los años 80 por parte de empresas británicas. El informe se publicó en 1996, pero buena parte del mismo fue declarado secreto, y supuso un duro golpe para el gobierno conservador de entonces presidido por John Major. [3] El Informe Saville sobre la matanza del Domingo Sangriento, en la que el ejército británico mató a 13 manifestantes desarmados el 30 de enero de 1972, se hizo público recientemente, el 15 de junio de este año en curso. La comisión investigadora que lo elaboró estaba presidida por Lod Saville y se formó en 1998 a instancias del entonces primer ministro, Tony Blair. [4] Stephen Lawrence, estudiante adolescente negro, asesinado en Londres en 1993 mientras esperaba el autobús, aparente por motivos racistas. [5] David Hare (1947), dramaturgo inglés contemporáneo, comprometido como Edgar en obras de actualidad histórica y política. [6] Faction, difundido término compuesto de fact y fiction, sintetiza la fecunda y polémica mezcla de realidad e invención que se encuentra hoy tan extendida en cierta literatura como, más controvertidamente, en algunos géneros del periodismo. [7] El principio Mastermind se refiere a la coordinación y esfuerzos de dos o más personas con vistas a alcanzar un fin determinado. [8] Denis Healey (1917), célebre dirigente laborista, ministro en los 60 y 70 con Wilson y Callaghan. [9] Richard Norton-Taylor es jefe del área de seguridad del diario The Guardian, y especialista en asuntos de espionaje y armamento, habiendo participado también en la confección de obras de teatro documentales.
David Edgar (1948) es uno de los más destacados y prolíficos dramaturgos británicos, autor y adaptador de más de sesenta obras para teatro, radio y televisión.
Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

