Yanis Varoufakis
Ken Loach
Owen Jones
Chris McLaughlin
28/09/2025
Se está tirando por la borda una oportunidad histórica para la izquierda británica. Esta riña en público en torno a Your Party tiene que acabarse ya
Yanis Varoufakis, Ken Loach
Escribimos en calidad de amigos y compañeros.
La necesidad de un nuevo partido de izquierda se ha hecho evidente desde hace tiempo. Ahora es aún más urgente, ya que el Partido Laborista de Keir Starmer se precipita de cabeza a un vacío moral tras otro: rindiéndose a los especuladores corporativos y a la City, recortando las prestaciones por discapacidad, apaciguando a los racistas, revocando derechos políticos, confabulándose con el genocidio de Israel, etc.
La perspectiva de un nuevo partido ha iluminado esta obscuridad con una nueva esperanza. Ha motivado a cientos de miles de personas a afiliarse. Ha encendió una esperanza real, por primera vez en decenas de años, de que un partido basado en principios socialistas y comprometido con la democracia de base pueda presentar un serio desafío al dictado de Margaret Thatcher de que no hay alternativa.
Las expectativas eran elevadas, la esperanza era estimulante. La comunicación desde su núcleo central era esporádica y cada vez más insatisfactoria, pero el entusiasmo seguía intacto.
Y ahora, estos últimos días han provocado ansiedad, confusión, desesperación y no poca ira. Hay muchos que no logran entenderlo, pero el efecto es demoledor. Una cosa está clara: esta disputa pública tiene que terminar, y terminar ya.
Este proyecto pertenece ahora a los cientos de miles, potencialmente a los millones que lo necesitan desesperadamente. Podéis debilitarlo si persistís en esta pelea, o podéis trabajar juntos de buena fe.
Os imploramos a vosotros, organizadores de Your Party, a que escojáis la segunda opción para que la esperanza y la ambición que habéis suscitado no caigan en saco roto. Os exigimos que trabajéis con diligencia para que se dé una nueva voz a quienes no la tienen.
Os rogamos que hagáis todo lo necesario para que celebremos un congreso, que se organice democráticamente y que contemos con un partido en el que el poder esté en manos de sus afiliados.
Os instamos a comprender que esto no va de vosotros ni de nadie en particular, sino de la mayoría, y que la necesidad política del nuevo partido transciende las quejas personales.
Si no trabajáis todos juntos, se perderá esta oportunidad histórica. Con todos vosotros colaborando, podemos cambiar la historia.
Nos observan las generaciones futuras, os observan a vosotros. El fracaso es incomprensible. No debe ser esta la herencia que dejemos.
Yanis Varoufakis, Exministro de Finanzas de Grecia, dirigente del partido MeRA25 y profesor de Economía en la Universidad de Atenas. Su último libro es “Tecnofeudalismo: El sigiloso sucesor del capitalismo” (Ed. Argentina, 2024).
Ken Loach, aclamado y premiado director inglés, es el mayor de los cineastas políticamente comprometidos del realismo social británico, autor entre otras de la película "Tierra y Libertad".
The Guardian, 21 de septiembre de 2025
Corbyn y Sultana: Las necesidades de la izquierda son mayores que cualquiera de vuestras diferencias
Owen Jones
La izquierda se enfrenta tradicionalmente a cuatro enemigos formidables: los intereses de los ricos, la élite política, los principales medios de comunicación y ella misma. En los últimos días, el último de ellos ha retornado con furia vengativa.
Cuando el diputado independiente y exlíder laborista Jeremy Corbyn y la exdiputada laborista Zarah Sultana anunciaron el nacimiento de un nuevo partido de izquierda, el desbordado interés sorprendió incluso a sus fundadores. Más de 750.000 personas se inscribieron para apoyar a un partido sin nombre y que aún no existía. Las encuestas sugerían que casi un tercio de los británicos votaría por una alianza con los Verdes; entre los menores de 35 años, el apoyo aumentó al 52 %. El hecho de que los medios de comunicación dedicaran más tiempo a burlarse de su nombre provisional, Your Party, que a tratar de comprender este fenómeno, lo dice todo. En la Gran Bretaña actual, «preocupaciones legítimas» significa expulsar a los inmigrantes, no gravar a las élites para reconstruir los servicios que se caen a pedazos.
Por desgracia, ha dado la impresión de que una disputa pública muy poco atractiva en estos últimos días hacía estallar todo el proyecto. Sultana busca la copresidencia de un nuevo partido, y su bando consideró que les estaban marginando los asesores de Corbyn y los cuatro diputados independientes que ganaron con un programa que se oponía al genocidio de Israel y abordaba la miseria económica en el país. El equipo de Corbyn cree que sigue siendo éste el político más capaz de galvanizar a las bases. Los independientes consideran que, tras haber aplastado a la maquinaria laborista cuando Keir Starmer se aseguraba una victoria aplastante, representan una base masiva que hay que respetar y a la que se le debe otorgar un papel importante.
Por temor a quedar marginada, Sultana lanzó unilateralmente un programa de afiliación bajo control de sus aliados. A continuación, se produjeron amenazas de acciones legales por ambas partes, así como acusaciones de sexismo por parte de Sultana. Las redes sociales se llenaron de mensajes desesperados, en su mayoría de votantes jóvenes que saben hacia dónde se encamina Gran Bretaña y pensaban que su bote salvavidas había sido hundido por fuego amigo.
Afortunadamente, parece que ha llegado a su fin un juego mal calculado de ver quién se achica primero, y se han reanudado los planes para lanzar un nuevo partido. Sultana ha suspendido las acciones legales y ha advertido acertadamente que «hay demasiado en juego como para permitirnos un fracaso». Debemos esperar que los exaltados de todos los bandos den paso a estrategas más sensatos. Una iniciativa popular de las bases anda pidiendo de forma constructiva que se haga cargo del proceso un nuevo comité electo. Dada la magnitud tanto de la oportunidad como del peligro, una implosión de la izquierda sería trágica e imperdonable.
Las condiciones nunca han sido mejores para una fuerza a la izquierda del Partido Laborista. Starmer cortejó a los afiliados para convertirse en líder del partido como socialista, luego giró hacia la derecha y lanzó un ataque contra el flanco izquierdo del Partido Laborista. Como primer ministro, Starmer ha hecho todo lo que la derecha de su partido deseaba: atacar la seguridad social, criticar a los inmigrantes y negarse a subir los impuestos a los ricos. ¿El resultado? Tras haber expulsado a un gobierno conservador despreciado hace poco más de un año, sólo un 11% de los votantes aprueba al gobierno, mientras que el 72 % lo suspende.
Mientras tanto, las encuestas muestran sistemáticamente un apoyo masivo a medidas políticas de izquierda, como el aumento de los impuestos a los ricos y la propiedad pública. Por su parte, los Verdes han elegido a un Zack Polanski, extremadamente impresionante, cuyo discurso ecosocialista está calando hondo. Una alianza entre un nuevo partido de izquierda y los Verdes podría substituir al Partido Laborista, que se encuentra en plena implosión.
Nada de esto borra los desafíos. Cualquier coalición de izquierda viable debe reconocer a los musulmanes británicos como parte esencial de su base. Se han politizado por las matanzas occidentales en territorios mayoritariamente musulmanes como Irak, Afganistán, Libia y Palestina; por las dificultades que afectan de manera desproporcionada a sus comunidades; y por la islamofobia endémica y generalizada. Las fuertes redes comunitarias, tan poco frecuentes en una Gran Bretaña atomizada, permiten llevar a cabo formidables campañas sobre el terreno.
Pero no pueden ignorarse algunas tensiones, como la tensión dentro de dicha coalición entre valores socialmente conservadores y progresistas en cuestiones como los derechos de las personas transgénero. Sin embargo, los dos políticos musulmanes británicos más destacados —el alcalde laborista de Londres, Sadiq Khan, y el ex primer ministro escocés Humza Yousaf— han sido firmes aliados de la comunidad LGBTQ, a diferencia de la mayoría de los diputados conservadores cristianos. Los musulmanes votaron al Partido Laborista cuando este aprobó la legislación sobre los derechos de los homosexuales. Muchos votantes de entonces, musulmanes o no, no apoyaban la equiparación de la edad de consentimiento ni la derogación del artículo 28, pero decidieron que tenían otras prioridades. Cualquier alianza de izquierdas debe enfrentarse con firmeza a la islamofobia, oponerse a la matanza de musulmanes en el extranjero y defender los derechos de todas las minorías. No es solo una cuestión moral, sino también estratégica. De lo contrario, se alejarán los votantes más jóvenes y la coalición electoral se derrumbará.
Fracasar ahora sería de una indulgencia criminal. La inseguridad económica define la vida de millones de personas. El fascismo está resurgiendo en todo Occidente. El autoritarismo se está endureciendo en el país: no hay más que ver la detención masiva de activistas pacíficos contra el genocidio en virtud de las leyes antiterroristas del Partido Laborista. La indulgencia de Starmer con las políticas antimigrantes —y su negativa a abordar las raíces económicas de la desesperación— no hace más que legitimar las tendencias de Farage. Una izquierda unida con un mensaje convincente alejaría el debate político de los ataques a los migrantes para centrarse en las élites ricas que son las verdaderas responsables del declive de Gran Bretaña. Eso obligaría tanto a Starmer como a Farage a ponerse a la defensiva.
Ningún político de izquierdas ha alcanzado la fama sólo por su talento. Han surgido movimientos de izquierda en todo Occidente en los últimos años por razones estructurales: un orden económico que provoca una caída del nivel de vida, una creciente inseguridad y un derrumbe del ámbito público, junto con una política exterior catastrófica y asesina. Por lo tanto, todos los políticos deberían hacer gala de humildad. Están aprovechando una ola y deberían considerarse custodios de un movimiento que los ha elevado. Si acaban destruyendo ese potencial, en lugar de facilitarlo, no se lo perdonarán millones de personas desesperadas por un cambio radical.
The Guardian, 22 de septiembre de 2025
Si ha aparecido Your Party es por alguna razón
Chris MacLaughlin
Se ha movido la montaña. Retumba una avalancha con una fuerza imparable. El panorama político cambiará para siempre. Un nuevo partido se vislumbra en el horizonte. ¡Corten!
Aún es demasiado pronto para ponerle títulos de crédito al thriller estrenado por Jeremy Corbyn y Zarah Sultana. Pero crear un partido organizado que rompa moldes y ofrezca una opción electoral duradera a millones de ciudadanos marginados ha sido, por decirlo suavemente, una tarea nada fácil.
No obstante, el relato es más grande que el liderazgo de dos diputados conflictivos. En medio de todo el caos y de las especulaciones tremendamente inexactas sobre el nuevo partido de la izquierda, hay una verdad ineludible. No ha sido un acto de protesta, un contratiempo que se resolverá cuando todos hayamos respirado hondo. Ha sido un intento de dar liderazgo a un movimiento que ya existe, a la espera de organización y dirección. Caracterizarlo como una mera protesta, como han hecho muchos comentaristas, supone minimizar deliberadamente la importancia de las fuerzas sociales sobre las que se iba a construir: un movimiento principalmente positivo y dispar, ampliamente unido tras la necesidad de una sociedad más justa y equitativa en el contexto del fracaso del Partido Laborista.
Transformar el interés expresado por más de 800.000 suscriptores de la lista de correo en una organización estructurada con influencia electoral efectiva siempre iba a ser una tarea abrumadora. El lanzamiento oficial, con un nuevo nombre putativo, fue solo el comienzo. La escala potencial del apoyo público era, como mínimo, enorme. Capturar ese santo grial eternamente esquivo de la unidad de la izquierda, y mantenerlo, era tan esencial como inalcanzable. Por otra parte, la unidad no impone, ni debe imponer, la uniformidad. Gestionar diferencias saludables pero controlables es una disciplina que requiere constancia. Es lo que en su día dio fuerza al Partido Laborista, nacido originalmente de la protesta contra la desigualdad, pero ahora corrompido por un partido gobernante dedicado a la represión de las protestas pacíficas.
Queda por ver hacia dónde se dirige el nuevo partido a partir de ahora. Pero, a pesar de sus inconvenientes, su aparición ha supuesto un paso adelante para la izquierda, una unión en torno a una agenda política “socialista sin complejos” en la que figure la propiedad pública, la acción climática, una fiscalidad más justa para los ricos, el antirracismo, una política exterior ética, el fin del militarismo, justicia para Palestina y justicia en materia de vivienda; una agenda que prometa la distribución de la riqueza y el fin de un sistema económico que fomenta el auge de los multimillonarios, junto con facturas cada vez más elevadas y la caída en picado del nivel de vida.
En este sentido, se trataba de algo inevitable. Con o sin Corbyn como figura más reconocible, siempre iba a surgir algún tipo de partido u organización nuevas de la desesperación y el desánimo de la política nihilista del Reino Unido. Al crear un enorme vacío en la izquierda, Keir Starmer, Rachel Reeves y Morgan McSweeney se han convertido, sin quererlo, en los precursores de nuevas alternativas, al tiempo que actúan como directores de pompas fúnebres del Partido Laborista. Lamentablemente, también le están allanando el camino hacia el número 10 de Downing Street a Nigel Farage.
La respuesta oficial, pero anónima, del Partido Laborista al anuncio original de Corbyn y Sultana en julio fue despectivamente arrogante: «El electorado ya ha dado por dos veces su veredicto sobre un partido liderado por Jeremy Corbyn». Sí, y dos veces el electorado dio al partido liderado por Corbyn más votos que a Starmer: 2,5 millones más en 2017 y 500.000 más en 2019. Estas estadísticas deberían repetirse sin cesar mientras los dirigentes laboristas sigan mintiendo e ignorando el hecho de que Starmer ganó gracias a un sistema electoral desacreditado y quebrado que ya no sirve a su propósito (por no mencionar una cínica estrategia de campaña). No es de extrañar que una gran parte del electorado se haya inclinado por una alternativa nueva, antes incluso de tener en cuenta las calamitosas traiciones que definen al Gobierno de Starmer.
A medida que sigue consolidándose una nueva base activista, siguen surgiendo preguntas. ¿Sucumbirá la izquierda a una fragmentación terminal? ¿Debería haber algún tipo de alianza (o acuerdo, o entendimiento, o pacto tácito) entre un nuevo partido y los Verdes, cuyo nuevo líder, Zack Polanski, entona con fuerza las mismas consignas? ¿Es un nuevo partido la forma adecuada de maximizar la energía que hay ahí fuera? Algunas personas próximas a las primeras discusiones sobre la formación de un nuevo partido instaron a la cautela ante la imposición demasiado pronto de una estructura partidaria, alegando que se corre el riesgo de ser excluyente e institucionalizar la división. Uno de ellos, Andrew Feinstein, que se opuso a Starmer el año pasado, comentó que es importante «construir desde lo local, desde las bases». Todo apunta a que Corbyn, en particular, lo entiende y está de acuerdo con esa opinión. Pero, ¿hasta qué punto puede ser flexible una coalición federativa de grupos si pretende ser una fuerza cohesionada para un cambio real?
La primera gran prueba de ello llegará con las elecciones locales del año que viene, en las que la mayoría de los escaños del consejo en juego se disputarán en los tradicionales bastiones urbanos del Partido Laborista. En una encuesta que deja en evidencia la complacencia del Partido Laborista, Ipsos concluyó que el 20 % de los votantes «consideraría votar» a un nuevo partido de izquierdas. La cifra asciende al 33 % entre quienes votaron al Partido Laborista el año pasado, y es similar entre los votantes más jóvenes, de entre 16 y 34 años. Esa es la avalancha que todos podemos oír. Ese es el cambio en el panorama electoral. Se ha observado una tendencia similar en las encuestas realizadas por la página digital LabourList, fiel al partido, en las que dos tercios de los miembros afirman que les gustaría ver un giro hacia la izquierda en las políticas del Gobierno.
La fuerza que impulsa este cambio es la profunda y creciente convicción de que la dirección laborista ha abandonado su base trabajadora, junto con los valores y las políticas que defienden sus intereses, que se está doblegando a los intereses de las empresas y el capital, que ha perdido de vista su brújula moral en política exterior.
Sus miembros, entre ellos algunos diputados de la neutralizada izquierda laborista, observan con diversos grados de consternación, con los dedos cruzados, con incredulidad o con la esperanza contra toda esperanza de que las cosas mejoren. Muchos simplemente esperan a ver cómo se configura la nueva organización para decidir si abandonan el barco.
El papel de los sindicatos en todo esto es potencialmente crucial. Potencialmente, en el sentido de que tendrían que actuar realmente —y hacerlo de forma concertada— para provocar un cambio suficiente dentro del Partido Laborista que garantice un cambio radical de rumbo (como orquestar un nuevo liderazgo o destituir a todos los asociados al actual). Bienvenidos al país de las fantasías. El Partido Laborista sigue siendo la mejor oportunidad para que el movimiento obrero influya en las políticas y la legislación del Gobierno, aunque las tensiones estén llevando al límite el cordón umbilical. El momento en el que decidan colectivamente que ya es suficiente aún no aparece en ninguna previsión a largo plazo.
Menos fantasiosa ha sido la idea de que algunos sindicatos, probablemente los que ya no están afiliados al Partido Laborista, podrían apoyar a un supuesto nuevo partido. Starmer, presa del pánico, salió del receso parlamentario de verano con un plan para dar al número 10 más control sobre la política económica, liberando al Gobierno del férreo control de su perjudicial y engañada ministro de Hacienda antes de los presupuestos. Como si el primer ministro y sus controladores tuvieran ideas mejores. Y como si no fuera ya demasiado tarde. Ese ruido que oyen en la sala del Consejo de Ministros es la tierra que se mueve bajo sus pies. Con un nuevo partido o sin él.
Chris McLaughlin,
Tribune, septiembre de 2025

